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Tenías que ser tú. Capítulo 27.



La risa de ambos resonaba en la habitación. A penas habían dormido un par de horas pero allí estaban buscándose mutuamente las cosquillas. Fran estaba eufórico. No tenía planeada su propuesta de la noche anterior pero mucho menos la respuesta afirmativa de ella. De vuelta a la habitación había tenido que aguantar las ganas de tocar en las puertas de sus amigos para contarles la noticia. ¿Quién le iba a decir a él que finalmente lograría estar con la chica de sus sueños? Fran la contempló sonriente. Nada ni nadie podría borrarle la sonrisa de la cara. Estaba emocionado y con ganas de gritar a los cuatro vientos su felicidad.

Emanaba tanta felicidad que era imposible casi del todo no sentirse igual estando a su lado. No, no tenías dudas. Raquel estaba completamente segura de su respuesta. Estaba convencida de haber dado la respuesta correcta. Quizás,  porque no se había planteado nunca que en cuestiones de amor no existen respuestas correctas o incorrectas. No, el amor no es un concurso de televisión en el que se acierte con un ?sí? o un ?no?. En el amor, la lógica no actúa. En el  amor, la razón no entra en escena.  No, en el amor la razón y la lógica no aparecen en los créditos del inicio o fin de tu propia  película. Malo sería elegir con la cabeza. En el amor hay que seguir siempre los dictados de ese músculo sufridor; músculo que a veces sentimos acelerarse o pararse al estar junto a una determinada persona.


Ese sentimiento Raquel sólo lo había vivido una vez. Sin contar un amor de adolescencia, que la había hecho derramar más de una lágrima. Ahora en su madurez, ese sentimiento tenía un nombre propio. Un nombre que comenzaba por la misma inicial que el suyo: Roberto. Su imagen la vino a la mente huyendo de las cosquillas de Fran. Imagen que se diluyó lentamente al notar las manos de Fran recorriendo su cuerpo. Sí, estaba convencida de su respuesta? de sus sentimientos hacia Fran. Roberto formaba parte de su pasado. No de un pasado pluscuamperfecto sino de un pasado reciente, un pretérito perfecto pero pasado?

Sí, estaba del todo segura de querer casarse con él. ¿Por qué no? ¿Qué mujer en su sano juicio no querría un marido como Fran?, se planteaba Raquel sin dejar de besar a Fran.

?Me temo que es hora de ponerse en marcha­­?comentó Fran dejándole un beso en el nacimiento del cuello._ . Eso o mañana no vamos a trabajar y nos quedamos aquí.

?No creo que sea una buena idea. Hablo de la de no ir a trabajar. Me quedaría encantada aquí.

?¿Conmigo?

?¿Lo dudas?

?No?respondió besándole la punta de la nariz. ?. ¿Estás segura de tu respuesta? ?preguntó Fran sentándose en la cama.

?¿De mi respuesta? Claro, mañana hemos de estar en nuestros respectivos trabajos. No está la situación actual para jugárnosla.

?No hablo de eso?sonrió Fran?. Hablo de tu respuesta de anoche. Me respondiste tú o la mezcla del vino, el cava y los gintonics.

Raquel estalló en carcajadas al tiempo que se incorporaba y sentaba junto a Fran.

?¿Me estás llamando borracha? ¿Le has pedido a una borracha que se case contigo? ?No podía parar de reírse mientras hablaba. ?Bueno, igual estaba un tanto achispada pero recuerda los niños y los borrachos no dicen o decimos ?sonrió? mentiras.

*  *  *  *  *

David y Valerie habían ido a recogerlos. Estaban derrotados. Pocas horas habían dormido a lo largo del fin de semana. Fin de semana que les había parecido más corto de lo habitual. Cansados pero exultantes. Especialmente, Fran que no podía negar su alegría.

?¿Qué tal la boda? ?preguntó Valerie mirándolos de reojo desde el asiento del copiloto.

?Bien, muy bonita. Fran leyó un poema precioso de Cernuda haciendo llorar a casi todos los invitados.

?¿Y el hotel, qué tal? ?preguntó David. A él no le interesaban los cotilleos de la boda pero sí los detalles prácticos del hotel.

?Muy bien. El sitio es muy bonito aunque para ser sinceros yo no soy neutral tratándose de Peñíscola. ¡Y ahora menos! ?declaró Fran apretándole la mano a Raquel, quien le dedicó un guiño.

?¿Y se puede saber el motivo? ?preguntó Valerie girándose y observándoles detenidamente. ?Tenéis una mirada un tanto sospechosa. ¿Qué ha ocurrido? ¿Vais a contar o no?

?Sí, claro. No es ningún secreto. ?rió Fran? . Y menos para vosotros.

?¿A qué se debe tanta miradita misteriosa?  ?preguntó David que los había observado un momento por el espejo retrovisor. ?¿Vais a contar lo que sucede?

?Sí, pero mejor hacerlo cuando lleguemos a casa.

?De eso nada, Fran. Ya puedes abrir esa boca ya. ?dijo Valerie. ?.Hablad ya, ¡por dios! ?casi gritó Valerie que ya no aguantaba más.

?No desesperes, Valerie. Ya os lo contamos. ?comentó Fran? .Tampoco pasa nada grave. Sólo nos gustaría proponeros ser testigos.

?¿Testigos de qué? ?preguntó Valerie.

?Testigos de nuestra boda. ?soltó de golpe Fran.

?¿Quééé? ?gritó una emocionada Valerie. ?¿Estáis hablando en serio?

Raquel movió su cabeza confirmando con aquel sencillo movimiento las palabras de Fran.

?Bueno, ¿entonces seréis nuestros testigos? ?insistió Fran sin poder negar la alegría en sus ojos.

?¡Por supuesto! ?contestaron al unísono Valerie y David.

?¿Cuándo os casareis? ¿En verano? ¿El próximo otoño? ?preguntó David.

?No, antes. Mañana mismo paso por el consulado para ver qué papeles necesitamos y desde que lo tengamos todo y fecha disponible nos casamos. Será algo sencillo. Nada de celebraciones por todo lo alto. Un enlace por lo civil y una celebración íntima con amigos y familia cercana.

Fran hablaba y hablaba. Contaba cuáles eran sus planes para aquel momento tan especial. Raquel lo oía sonriente sin añadir ni un solo punto, ni una sola coma a su explicación.

¡Ay, Raquel, Raquel! ¿No te das cuenta de lo que está ocurriendo? Claro que tampoco entiendo que Fran no se dé cuenta de todo. ¿Qué mujer no habla de su boda? Te podrá gustar más o menos la idea de casarte. Podrá no ser una de tus metas pero una boda es algo demasiado importante como para permanecer callada, dejando al novio contarlo todo.

Valerie los contemplaba. Sí, ambos sonreían y demostraban estar felices pero algo no le cuadraba en aquella decisión. No comprendía el silencio de Raquel ni aquella repentina boda. No te vas a librar de mis preguntas, Raquel. Mañana te interrogo.

*  *  *  *  *

?Menos mal que ya hemos terminado. Estoy muerta. Necesito café por vía intravenosa. ?comentó Raquel a Valerie mientras hacían cola para pedir un par de cafés.

?Claro, es lo que pasa cuando no se descansa en todo el fin de semana.

?Sí, eso y que a mí el avión me cansa mucho. No sé por qué pero siempre ha sido así. ¿Nos sentamos junto a la cristalera?

?Sí.

Valerie observó en silencio a Raquel verter el sobre de azúcar en el café y revolverlo posteriormente mientras le contaba que iban a publicarle el libro. Valerie la felicitó y la dejó explicarle con pelos y señales toda la historia de la publicación y la necesidad de tener un agente literario. Incluso le contó con sumo detalle la anécdota sobre Rosa, la amiga de Fran que esperaba se convirtiera en su agente. Valerie la escuchaba sin pestañear. Sí, aquella era Raquel. Sí, aquel era un típico discurso de Raquel. Un discurso lleno de detalles. Un discurso que te brindaba todos los detalles que se te hubiese ocurrido preguntar de no habértelos dado ella misma.

La felicitó. Se alegraba por su amiga. Sabía que aquel era su sueño: publicar, convertirse en escritora. Todos tenían claro que aquel momento llegaría tarde o temprano porque habían leído sus escritos y conocían su valía.

?¿Y bien?

?¿Qué? ?preguntó sorprendida Raquel. ?Ya te lo he contado todo. Hasta que Fran no hable con Rosa no sabré si se representará o no.

?Eso me parece estupendo. Sabes que me alegro muchísimo con la noticia pero no te pregunto por tu libro sino por esa boda repentina.

?Pensaba que había quedado todo claro con todos los detalles que os dio Fran ayer.

?Claro, clarísimo.

?¿Entonces?

?No lo entiendo, Raquel. ¿De verdad te quieres casar? Y ojo, me encanta Fran, lo adoro. Es increíblemente perfecto.

?¿Qué es lo que no entiendes?

?Todo, Raquel. Hasta hace dos días llorabas por Roberto. La semana pasada me hablabas de vuestras charlas y tus ojos brillaban al contarlo.

?Entre Roberto y yo no hay nada. Estoy con Fran y eso lo sabes.

?Sí, lo sé pero ¿estás enamorada de Fran?

?Sí. ¿Crees que me casaría con él de no ser así?

?Quiero pensar que no pero no estoy segura. ¿Qué piensa Roberto?

?¿Qué? ¿Cómo que qué piensa Roberto? ¿A qué viene esa pregunta? Lo que él piense o deje de pensar me da igual.

?¿Se lo has dicho?

?No.

?¿Se lo vas a decir?

?No lo sé. Supongo que si se tercia lo haré.

?Y si él te dice que no lo hagas.

?¿Qué? ¿Por qué demonios me iba a decir eso? ¿Por qué iba a hacer caso de su opinión? Esto no es algo que le incumba.

?Te equivocas.

?No, Valerie, no me equivoco. Roberto no pinta nada en esta decisión. Entre él y yo no hay nada.

?No hay nada por haber más de mil kilómetros de distancia.

?No, ¡no es sólo eso! ¡Joder, Valerie!

?Perdona, Raquel, no quería hacerte enfadar. Necesitaba estar segura que esto lo hacías convencida.

?¡Pues claro!

?Entonces, me alegro y estaré encantada de ser testigo de vuestra boda. Fran es un buen tío.

?Lo sé.

*  *  *  *  *

Todo iba sobre ruedas. Rosa había dicho que sí. Ya tenía agente. Le había enviado una copia de su manuscrito y había quedado encantada con la historia de Tenías que ser tú. Todas las mujeres van a querer un Hugo en sus vidas, le comentó por teléfono nada más leerla. Raquel estaba encantada con ella. Era encantadora. Fran no había exagerado en sus halagos hacia ella. La trataba como si la conociera de toda la vida. A Raquel le encantaba su acento, su cadencia, sus expresiones. No podía haber encontrado una agente mejor. En pocas semanas se había convertido en algo más que su agente, la sentía como una amiga. Raro era el día que no hablaban vía internet. Ambas tenían muchas ganas de conocerse en persona.  En breve lo harían.

Rosa estaba trabajando a destajo para dar a conocer a Raquel. La había animado a tener cuenta de Facebook y Twitter en las que ir dejando noticias sobre la próxima publicación de Tenías que ser tú. Tanto y tan bonitas palabras leía cada día Raquel sobre su novela que ella misma tenía ganas de leerla, como si no la hubiese escrito. Estaba encantada con el trabajo que estaban realizando en conjunto, ella, Raquel y la propia editorial.

La boda cada día estaba más cerca. Ya tenían todos los papeles entregados. Todo había sido fácil de conseguir (fotocopias de pasaporte, certificado literal de nacimiento, fe de soltería, certificado de residencia de los últimos dos años, datos de los testigos). Todo había sido entregado en el consulado. Fran se había encargado de ello. Se casarían tras las navidades. El seis de enero era la fecha elegida. Los padres de ambos y unos pocos amigos serían los únicos invitados al enlace.

Raquel: Ja ja ja. Rosa, eso ha estado muy bien. ¡Hasta yo tengo ganas de conocer a Hugo! Ja ja ja. Y por descontado que tengo unas ganas locas de ir por Madrid y vernos en persona.

Rosa: Y yo. En un par de semanas nos vemos. Además, tengo ganas de ver a Fran, hace tiempo que no nos vemos. La verdad es que me alegro mucho que se casen. Cuando conocí a Fran estaba destrozado, lo acababa de dejar la bruja de la novia.

Raquel: Lo sé.

Rosa: Raquel, te dejo que voy con prisa. Hablamos. Un beso.

Raquel: Un beso.

Vio cambiar de verde a rojo el muñeco del Messenger de Rosa, al  mismo tiempo que otro muñeco cambiaba de rojo a verde. Roberto se había conectado. Hacía semanas que no hablaba con él. Sí, no hablaban desde antes de ir a Peñíscola. Raquel sintió un pinchazo en el estómago.

Roberto: Hola, preciosa, cuánto tiempo sin verte.

Raquel: Hola, sí hacía tiempo que no coincidíamos.

Roberto: ¿Qué tal todo?

Raquel: Bien. ¿Y por ahí?

Roberto: Igual. Sin cambios. ¿Y tú, qué tal?

Raquel: Bien, trabajando.

Roberto. Ya. ¿Qué tal con Fran?

Raquel: Bien.

Aquella era la pregunta que temía. Estaba incómoda. No sabía si decirle que se iba a casar u omitir aquel detalle de su vida.

Roberto: ¡Qué parca en palabras estás hoy! ¿Seguro que eres Raquel?

Raquel: Sí, la misma que calza y viste.

Roberto: Je je je. ¿Todo bien, preciosa?

Raquel: Mejor imposible.

Roberto: Vaya me alegro. ¿Y a qué se debe tanta alegría?

Raquel: Uno que en unos días estaré de vacaciones y en casa con mis papis, se les echa de menos.

Roberto: Imagino. ¿Cuál es el dos?

Raquel: Me caso.

Roberto: Creo que no he leído bien. ¿Has dicho que te casas?

Raquel: Sí.

Roberto clavó los ojos en aquellas palabras. No salía de su asombro. ¿Cómo era posible que en apenas un par de semanas de no hablar con ella hubiese cambiado tanto su situación? ¿Cómo era posible que se fuera a casar? ¿Cuánto tiempo llevaba con Fran? Unos meses.

Roberto: Enhorabuena.

La felicitó mientras una mezcla de rabia e incomprensión se adueñaba de él. Notaba que le faltaba el aire. Respiró profundamente una vez, dos veces, tres veces. No lo entendía. ¿Por qué él no había logrado borrarla de sus pensamientos y ella iba a casarse con otro?

Raquel: Gracias.

Roberto: ¿Os casáis en Valencia?

Raquel: No, aquí, en Londres. Será algo sencillo.

Roberto: Me alegro que seas feliz.

Raquel: Gracias.

Roberto: ¿Cuándo será la boda?

Raquel: El seis de enero.

Roberto: ¡Eso es ya! En apenas tres semanas.

Raquel: Sí.

Roberto: Vaya.

Cinco minutos estuvieron en silencio. Cinco minutos estuvieron contemplando sus respectivas pantallas de ordenador esperando una señal del otro. Sí, Raquel no lo reconocía pero esperaba un indicio que le indicara que estaba equivocada. Roberto no sabía lo que esperaba, tal vez, unas risas indicándole que todo era una broma.

No estaba preparado para esa noticia. Le dolía imaginarla con otro pero saberla casada ya era algo superior a sus fuerzas. Ya estaba todo perdido. Ya no había nada qué hacer. Ahora si había llegado el momento del adiós definitivo.

Roberto: Hablamos en otro momento. Acaba de llegar David y no puedo seguir hablando.

Raquel: No pasa nada. Saludos a David. Un beso.

Roberto: Un beso, preciosa.

No estaba David. No había nadie con él. No sabía cómo despedirse de ella sin demostrarle lo mucho que le dolía aquella noticia. Apagó el ordenador. Se levantó de la silla y se dejó caer en el sofá...

Elva Marmed

Tres no son multitud



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