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Saga Amigas y Treintañeras: Cuarto Libro.

Capítulo 1: El post-it.

Verano 2015
¿Por qué cojones no contestas al teléfono, Patty? No tenía que haberle hecho caso, tenía que haber ido con ella al especialista, reflexionaba Aday volviendo a marcar el número de su novia sin obtener ningún resultado. Esto no es normal, hace más de una hora que debe haber salido de consulta, ¿qué coño ha pasado para no contestar a mis llamadas?
Las paredes de la casa se le venían encima a Aday, comenzaba a desesperarse por la falta de noticias de Patty. No quería ponerse tremendista, hacía más de una hora que intentaba hablar con ella, saber cuál había sido el diagnóstico; pero Patty no contestaba a sus llamadas y mensajes.
¿Y si se mareó yendo en el coche y le ha pasado algo?, se preguntaba recordando que aquella misma mañana se le había encontrado vomitando junto a la taza del váter.
―¡Mierda, Aday, tenías que haber ido con ella! ¿Por qué demonios será tan cabezota? ―reflexionó en alto volviéndola a llamar sin resultado. ―¿Sabrá algo Silvia?

Aday no lo pensó dos veces, buscando de inmediato el teléfono de Silvia.
―Hola, Silvia, ¿sabes algo de Patty? ―preguntó Aday nada más escuchar la extrañada voz de Silvia por su llamada. ―No, quiero pensar que no ha pasado nada, pero es que no contesta a mis llamadas y estoy empezando a preocuparme.
―No, no sé nada de ella. La he llamado un par de veces porque recordé que tenía médico pero nada, tampoco sé nada. No, las chicas no saben nada porque antes Lola y Laura preguntaban por el grupo de whatsapp.
―Tu amiga es muy cabezota, quería ir con ella pero no me dejó y ahora me tiene de los nervios por no contestar a mis llamadas.
―No te preocupes, Aday, igual ha dejado el móvil olvidado en algún sitio. ―respondió Silvia en un intento de buscar alguna explicación coherente a la desaparición de su amiga y tranquilizar a Aday. ―Si te llama, avísame, por favor.
―Sí, no te preocupes si me entero de algo te llamo. Gracias Silvia, perdona por haberte llamado pero estoy de los nervios.
―No pasa nada, Aday, para eso estamos los amigos. Tranquilízate, ya verás que en breve te llama y está todo bien.
―Eso espero porque, Silvia, estoy muy preocupado. Cada día la veo peor. Patty siempre ha tenido problemas de estómago pero ahora no sé… ¿tú has visto cómo se ha quedado? ¡Está en los huesos!
―Aday, ya verás que no es nada. Seguro que todo es cosa del estrés producido por la inauguración de Magec y, todo lo que ha traído consigo. Estoy convencida que Patty nunca imaginó que le fuera a ir tan bien.
―Sí, igual es eso. Gracias, Silvia.
*****
Patty rebuscó en su bolso, necesitaba las gafas de sol, sus enrojecidos ojos por el silencio e intermitente llanto comenzaban a picarle por la intensa luz del sol, que no sentía ni un atisbo de piedad por ella.
Poco más de una hora llevaba sentada en aquel banco, su móvil había sonado varias veces, pero no le apetecía contestar. No tenía ganas de hablar con nadie, ni siquiera con Aday, sabía que estaba preocupado por ella, por los resultados médicos, que recién había cogido, pero no podía hablar con él hasta estar segura de hacerlo sin echarse a llorar.
Eres una testadura, le había dicho aquella misma mañana tras ella negarse en redondo a que la acompañase al especialista. Llámame desde que sepas algo, le había dicho su novio.
Patty sonrió al recordar la cara de su novio mientras la llamaba cabezota sin dejar de mirar aquella nota. Solo contenía un número de teléfono, ni siquiera le habían dado un nombre de referencia. No, el médico ni se había molestado en darle un nombre por quién preguntar.
La imagen de la sonrisa de su novio desapareció, para volver la seria imagen del especialista y sus escasas palabras:
―Patricia, ya está resuelto el misterio. Eres celíaca.
―¿Celíaca? ¿A estas alturas de mi vida? ¿Por qué? ―había preguntado sin entender nada.
―Toma―contestó el médico extendiéndole aquel post-itamarillo mientras llamaba al siguiente paciente ante los atónitos ojos de Patty.
¿Qué le costaba explicarme algo?, se preguntaba así misma sin poder evitar derramar un par de lágrimas. El móvil volvía a sonar, esta vez era Laura. No le apetecía hablar con nadie hasta no llamar a aquel número y saber qué significaba ser celíaca.
*****
―¡Ya era hora que contestaras! Me tenías preocupado, ¿me puedes explicar qué ha pasado? ¿Estás bien?
Las preguntas de Aday se encadenaban una tras de otra, llevaba casi dos horas intentando localizar a su novia, pero ni él ni sus amigas sabían nada de ella. Patty escuchaba en silencio, entendiendo perfectamente que su novio estuviera preocupado y enfadado por no haberle contestado.
―¿Estás bien, Patricia?
―Sí, estoy bien. No te preocupes.
―Entonces, ¿me puedes explicar dónde has estado metida que no has podido contestar a mis llamadas ni a las de Lola, Silvia y Laura? ¡Nos tienes a todos preocupados! No he sido capaz de llamar a tu madre por no preocuparla. ¿Qué te ha dicho el médico?
―Ni me nombres al médico.
―¿Qué ha pasado? ―intentando mantener la calma preguntó.
―Nada, me dio un post-it con un teléfono.
―¿Cómo que te dio un post-it con un teléfono? ―Aday no entendía nada. ―¿Y los resultados?
―Sí, bueno, me ha dado los resultados. Me ha dicho que soy celíaca y el post-it.
―¿Celíaca? ¿Cómo que eres celíaca a estas alturas de la vida?
―Sí, celíaca, para mí se ha acabado el gluten y…―Patty no podía seguir hablando, un llanto ahogado volvía a adueñarse de ella.
―Eh, cariño, no llores, cielo. ¿Dónde estás? ¿Estás en Magec?
―No, no he ido. Ruth se ha hecho cargo de todo hoy. ―aclaró―. Ahora voy para allá, acabo de salir de ASOCEPA[1]―contestó llorosa. ―. Estoy bien, de verdad, no te preocupes.
―Cielo, ¿cómo no voy a preocuparme escuchándote llorar? ¿Qué es ASOCEPA?
―Aday, de verdad, no pasa nada. Solo que no me esperaba esto, aunque, en realidad, no sé si lloro por cómo va a cambiar mi vida ahora o por la rabia que me dio la frialdad del médico.
―Patty, ¿te recojo en una hora vamos a comer y hablamos?
―¿A comer? ―preguntó soltando una enorme carcajada Patty. ―¿A dónde? Yo ya no puedo ir a cualquier sitio a comer.
―¿Qué? No entiendo. ¿No es suficiente con evitar el gluten?
―¡Ojalá! No puedes ni imaginar el listado de alimentos prohibidos que me han dado, todas las precauciones que he de tomar sobre todo con la contaminación cruzada.
―No entiendo nada. ¿Qué coño es la contaminación cruzada?
―Aday, de verdad, no te preocupes cuando llegue a casa te explico.
Media hora más tarde Patty entraba en Magec, quedando encantada por cómo había ido la mañana. Sin duda alguna, su locura de montar una boutique en la que solo vendía sus propios diseños estaba siendo todo un éxito. En el poco tiempo, que llevaba abierta había visto cómo sus ventas incrementaban semana a semana sin tener en cuenta la crisis que los envolvía.
―Hola, Patty, el teléfono no ha parado de sonar preguntando por ti. ―Nada más verla le dijo Ruth. ―.¿Va todo bien?
―Sí, no te preocupes. Ya imagino que no habrán parado de llamarte mis amigas, ahora las llamaré, gracias. ¿Qué tal la mañana? ―cambiando de tema preguntó Patty.
―Muy bien, la verdad es que ha sido una muy buena mañana.
―Genial―sin mucha convicción respondió Patty. ―.Ruth, he de hacer un par de llamadas, ¿te importa seguir sola?
―No, claro que no.
Patty soltó sus cosas sobre su mesa de trabajo, varios bocetos cayeron de la mesa por el ímpetu al dejar el bolso. Patty encendió el ordenador y recogió sus diseños, no tenía ganas de nada; ni de trabajar ni de hablar con sus amigas. No le apetecía estar dando explicaciones a cada una de ellas, cuando ni siquiera ella misma se aclaraba mucho con su nueva situación.
Hola, chicas, siento haber estado desaparecida. Estaba en el médico y olvidé que tenía el móvil en silencio. Todo bien. Besitos.
Se había decantado por un whatsapp colectivo, sabía que su trío de amigas no tardarían en contestar y pedir explicaciones que no le apetecía dar.
¡Nos tenías preocupadas! ¿Seguro que todo bien?
Laura había sido la primera en contestar, acto seguido un bombardeo de mensajes entraban en su móvil. Lola, Silvia y Laura no se conformaban con aquella simple respuesta.
Bueno, nos vemos el sábado entonces. Besos.
Ya no se acordaba, solo al leer el último mensaje de Laura recordó su despedida de soltera.
―¡Mierda, la despedida! ¡No me acordaba de ella! ―dijo en alto Patty mientras buscaba en los listados de restaurantes aptos para celíacos en la isla.
Imposible contener el llanto al comprobar el escaso número de sitios a los que podía ir sin problemas.
¿Acaso pensabas que iba a ser de otra manera, Patricia? Era obvio que el restaurante elegido no iba a tener el sello distintivo de apto para celíacos, se decía así misma leyendo de nuevo la pequeña lista. Esto es de chiste, ¿qué hago le digo a Laura que celebre su despedida en el McDonald?, reflexionaba medio llorosa. Casi sería mejor no ir yo, y que las chicas pudieran cenar tranquilamente. No, Patricia, no le puedes hacer eso a Laura. No conocía ninguno de los restaurantes pero no tenía otra elección si quería salir de cena con sus amigas, tenía que hacer el cambio por uno de los pocos locales que presumían de servir comida para celíacos.
Curioso, he debido pasar por delante de su puerta un millón de veces pero nunca me había fijado en el logotipo. ¿Para qué te ibas a fijar, Patricia, hasta hace un par de horas poco o nada te importaba a ti?
―Hola, sí, me gustaría hacer una reserva para el sábado. Para cenar, seremos cuatro―dijo Patty a las preguntas que le hacían al otro lado del teléfono. ―. Una pregunta, aunque supongo que es una tontería que la haga porque ya que he visto en la web que son aptos para celíacos…Sí, sí…sí…gracias por la información. No, solo una de las cuatro. Hasta el sábado. Sí, a las nueve. Gracias. Adiós.
Nada más colgar llamó a Laura preguntándole si le importaba cambiar el restaurante. Laura se sorprendió con la petición de Patty, sobre todo porque la información que le había dado para el cambio era nula, pero no tuvo ningún problema en aceptar el nuevo restaurante. Su amiga tendría una buena razón para hacerlo, ya se las daría en un par de días.
Patty no podía dejar de leer, sus ojos iba de un enlace a otro, necesita averiguar todo lo que el médico no se había molestado en explicarle y, sin embargo, tan amablemente le habían contado en la asociación de celíacos:
―Dieta estricta sin gluten para toda la vida. ―leyó en voz alta sin darse cuenta que la puerta se abría.
―¿Piensas quedarte encerrada aquí todo el día? ―preguntó Aday acercándose a la mesa. ―¿Qué pasa, Patty?
Aday la tomó de las dos manos obligándola a levantarse y dándole un abrazo.
―Cariño, el mundo no se va a acabar por esto.
―Tu mundo, Aday, el mío sí.
―Patty, no seas tan trágica.
―¿Tan trágica? Acabo de llamar a un restaurante para cambiar la reserva del sábado, porque ya no puedo comer en el restaurante al que siempre voy con las chicas.
―Bueno, pero ya lo has solucionado.
―Aday, ¿sabes cuántos restaurantes hay en la isla a los que yo pueda ir? Los puedo contar con los dedos de las manos. ¿Sabes que desde ahora para mí se acabó todo lo que lleve gluten? ¿Sabes que he de leer la letra pequeña de todo envase que compre? ¿Sabes que hay un millón de “E” que no puedo comer? ―Un reguero de lágrimas volvía a salir de sus ojos. ―¿Sabes que ya no podemos compartir tostadora? ¡Ni la mantequilla, ni la mermelada! Porque tus cubiertos pueden contaminarla. Sí, no me mires así. Desde ahora en casa hemos de tener dos tipos de utensilios de cocina, los tuyos y los míos.
Aday abrazó a su novia, Patty no podía parar de llorar, Aday le besó la cabeza y acarició la espalda.
―Lo siento, cariño―le susurró al oído. ―. No sabía que fuera necesario tanto cambio, creía que solo era dejar de comer ciertas cosas y ya.
―Perdóname, tú a mí, tú no debes culpa de nada, pero es que me he sentido tan mal. No puedes ni imaginar la impotencia con la que he salido del médico. No se dignó en explicarme nada, solo me dio ese post-it que ves ahí―explicó señalando el montón de papeles que tenía sobre la mesa. ―. ¿Qué le costaba ser un poco más humano y darme alguna explicación?
―Olvídate de ese gilipollas ahora, ya le pondremos una queja en atención al paciente. ―comentó Aday besándola―. ¿Has comido? ―con cierto tono recriminatorio porque imaginaba la respuesta Aday preguntó.
―No, no tengo hambre.
―¿Patricia Díaz no tiene hambre? Eso no se le cree nadie, cariño, nos conocemos de toda la vida y sé que ni los exámenes te quitan el hambre. Busca en ese listado algún lugar cercano mientras le digo a Ruth, que hoy la jefa se toma el día libre.
―Aday. ―se quejó Patty.
―Ni Aday, ni nada. Tú y yo nos vamos a comer y luego nos vamos de compras, hay que cambiar la despensa de casa. Si mi chica es gluten free, en casa yo también seré gluten free. ¡Patricia Díaz ni se te ocurra derramar una lágrima más! ―casi gritó Aday abriendo la puerta del despacho. ―Recoge que nos vamos.
*****
Patty observaba atenta a Aday, no era la primera vez que lo veía limpiar, pero nunca antes lo había visto con tanto ímpetu.
―¿Qué haces? ―preguntó Patty al verlo tostadora en mano.
―Paso de desmontarla y limpiarla, mañana mismo voy y compro una nueva.
―Aday, no seas idiota, tú no tienes que cambiar tus hábitos de comida. Tú puedes comer pan, ya compraremos otra tostadora para mí y ya. Además, ¿has visto el precio del pan sin gluten?
―Muy bien, no la tiraremos pero el resto de las cosas las haremos iguales. A mí me da igual comer sin gluten. De hecho, hoy mismo comenzamos con la dieta sin gluten. ―dijo besándola. ―. ¿Has llamado a tu madre?
―No, aun no, ahora lo haré porque creo que ya sé cuáles son los problemas de mi tía. Ella debe ser celíaca seguro.
―Pues, hala, llámala y olvídate de la cocina. Hoy la cena la hago yo. ―profirió Aday echándola de la cocina.
―¿Y puedo saber qué vamos a cenar?
―Unos deliciosos tallarines, para eso acabamos de surtir la despensa.
―Uhmm… ¿sabes que te quiero, verdad? ―dijo Patty abrazando a su novio y besándolo.
―Lógico, soy irresistible. ―bromeó Aday―. Y yo a ti, cariño, anda sal de la cocina que ya me encargo yo de todo.
*****
No podía dormir. Era incapaz de pensar en algo que no fuera el gluten. Estiró su mano para comprobar la hora en el móvil.
Las tres de la mañana, genial Patty, mañana vas a lucir unas preciosas ojeras, se dijo dejando el móvil nuevamente sobre la mesilla de noche y levantándose con cuidado de no despertar a Aday.
De puntillas y a oscuras se dirigió al pequeño despacho, encendió el ordenador y tecleó: CELIACO. Quinientos cuarenta y siete mil resultados le ofrecía Google, Patty pinchaba un enlace tras otro, intentando averiguar por qué le había tocado a ella. No podía parar de buscar información y leer:
…El celíaco debe basar su dieta en alimentos naturales: legumbres, carnes, pescados, huevos, frutas, verduras, hortalizas y cereales sin gluten[i][2]
―¿Y cuáles son los cereales sin gluten? Claro, el arroz y el maíz. Entonces, ¿puedo seguir tomando gofio[3][ii] ? Tendré que averiguarlo…
Patty hablaba en voz alta sin darse cuenta que desde hacía un buen rato Aday la observaba en silencio desde la puerta.
―Patty―susurró Aday acariciándole la cabeza, haciéndola saltar en la silla porque no lo había oído llegar. ―, siento haberte asustado pero ¿no crees que deberías dormir? Anda, vamos a la cama.
―No consigo dormir.
―Apaga eso, y ya verás como yo te ayudo. ―comentó guiñándole un ojo y tirando de ella.




[1] ASOCEPA: Asociación de celíacos de la provincia de Las Palmas.
[2] Datos sacados de la web del FACE (federación de asociaciones celíacas de España
[3] Harina de millo (maíz)típica de Canarias, que se puede tomar de diferentes maneras.



Este libro saldrá publicado en marzo 2016, si quieres estar al día sobre cotilleos y noticias sobre este cuarto libro no dejes de pasar por la Fanpage de la Saga en Facebook: Saga Amigas y Treintañeras y si quieres interactuar con otras lectoras conviértete en Una chica de las Braguitas color caca

Fuente: este post proviene de El Blog de Elva Marmed, donde puedes consultar el contenido original.
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