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Te quiero, tía

No sé cómo empezar a decirte que te quiero. Que cuando te veo hecha un asco y con esas pintas de recién levantada, no me das pena, me das rabia, porque conozco tu potencial y ese no se qué que te hace tan especial, y que tú a veces no ves. Pero no pasa nada. También me gustas cuando le declaras la guerra a sentirte bien por obligación. Cuando lloras quitándote los mocos con la manga de la chaqueta en plan loser, cuando explotas, cuando dices que hasta aquí hemos llegado, my friend. Cuando no tienes ningún problema en reconocer que sí que hay problemas. Eso está bien. Aunque les pongas una manta por encima y los ocultes por un tiempo, al menos sabes que están ahí. Y reconocerlo, el simple hecho de reconocerlo, ya te hace bastante lista. Así que te lo mereces: te quiero, tía.



No sé cómo decirte que verte desde fuera es una auténtica pasada. Que cuanto más pequeña te ves, más grande te veo yo desde aquí. Que vista de lejos, tu luz se multiplica y hasta cambia de color. Que pareces una puñetera verbena de verano con Rafaella Carrá cantando que ‘para hacer bien el amor hay que venir al sur’. Que hueles a inocencia y a naranjo. Que eres más guapa de lo que piensas. Que esa cara que pones cuando lees es impagable. Que tía: deja ya de castigarte. Que no te avergüences de haberle querido tanto. Silencio. No digas nada. Calla y escucha: si te observaras con mis ojos, verías que todo lo que sientes que te hace falta, ya lo tienes contigo. Que estás rodeada de fantasía y purpurina. Una purpurina un poco gris a veces, pero eso es por tu alma dramática e intensa, no pretendo cambiarte a estas alturas. Te quiero así.

No sé cómo empezar a decirte que todo esto pasará. Que, algún día, el nudo de la garganta se convertirá en un bonito collar. Que aunque no sirva de mucho, yo te creo. Que confío en tus teorías, en tus razonamientos, en tus párrafos larguísimos de divagaciones eternas llenas de sentimientos. Que sé cómo te sientes. Y créeme que cualquiera con frente entendería tus motivos, tus latidos, tu frustración. Que hiciste lo que pudiste para ser mejor en todos los sentidos y escúchame de una vez: lo fuiste. Porque todo lo que dijiste, hiciste y obviaste, fue desde el más sincero y profundo amor. Ahora solo te queda asentir y volar. Dale su parte de razón. Date tu parte de razón. Y sé tan feliz que no recuerdes en qué momento alguien te dijo «esto también pasará».

No sé cómo decirte que algún día entenderás todo esto. Que sentirás que sirvió por y para algo importante. Que todo fue un plan genial con unos meses difíciles. Que aprendiste a coser heridas, a mudar de piel, a dejar de esperar en la estación equivocada, a dejar de usar frases tan manidas. Fijo que mejoraste tu forma de escribir. Y verás que compensará todo el vacío, porque lo llenaste de una vida maravillosa cuando conseguiste cerrar esa puerta. Porque aunque creas que todavía no has echado la llave, tía, yo juraría que ya estás en ese punto. Y si no, te prometo que no tardarás mucho en hacerlo. Protege el recuerdo, siéntelo y regala todo tu cariño en forma de adiós. Es lo más generoso que harás en última instancia. Y os lo debes a los dos. O al menos a ti.



Y no te diré que eres valiente, porque la valentía se demuestra en casos mucho más duros y sé que eres capaz de más. Cada medalla a su debido tiempo. Pero sí que te diré algo que tú no eres capaz de ver ahora: lo estás haciendo muy bien.



Por mi. Por mis mejores amigas. Por las mujeres de mi familia.

Nos quiero a todas. Qué mejor forma de volver que recordándolo.

Qué mejor forma de irme.

Todo vuela.

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Etiquetas: Reflexiones

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