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Etcétera

Cuando era unos cuantos años más joven, allá por el instituto o si me apuráis en el colegio, recuerdo que en los exámenes, cuando no tenía ni idea de qué poner, escribía algunas de las palabras clave que pensaba que me salvarían de la quema y a continuación un recurrente y socorrido “etc.”. “Etc”. Como si el profesor fuera a pensar que el “etcétera” era sinónimo de “sé mucho sobre la materia, pero no quiero hacerle leer demasiado ni gastar tinta”, cuando en realidad era algo como…”no tengo ni zorra, pero creo que queda interesante y deja la puerta abierta a un 0,25 más en la pregunta”.

Recuerdo también que tenía una compañera que en un examen, en lugar de contestar a lo que se preguntaba, hizo una flecha apuntando a la parte superior del folio y escribió algo parecido a “no sé la respuesta de lo que me ha preguntado, pero le puedo hablar de esto, que sí que me lo sé…” Y zas. Parrafada al canto.

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Cuando nos hacemos mayores, la cosa creo que no es mucho más diferente. Cuando no tenemos ni idea de lo que están hablando alrededor, cambiamos de tema. Y cuando no sabemos bien qué decir, rellenamos con simplezas o con etcéteras. Aparcamos los temas desconocidos y nos las damos de listos con los que ya sabemos. Damos el golpe maestro con palabras que desvían la atención y las decoramos con tonterías que no nos hacen parecer más inteligentes. Para nada, vamos.



Yo con él hacía algo parecido. Le cambiaba los temas y le metía etcéteras cuando no sabía explicarme con más palabras de las necesarias.

Cuando me hablaba de arte yo le decía que llovía, que empezaba a refrescar. Cuando me hablaba de presente yo le decía que de mayor quería vivir en un pueblo al norte, muy al norte y frente al mar. Cuando me hablaba del sur, yo le decía que me iba a comprar comida, que qué quería para cenar. Cuando me hablaba de penas y memorias, yo le decía que echaban una de amor en la tele, que si quería verla o si bajábamos a la calle.

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“¿Pero me estás escuchando?” Me solía decir algunos días. Yo siempre le decía que sí, cómo no. Pero la mayoría de las veces me quedaba mirándole pensando en el tiempo que estábamos perdiendo sin perderlo juntos todo el rato.

Pensaba en sus pros y en sus contras mientras él me contaba que el trabajo le agobiaba, o que los zapatos le apretaban. Pensaba en los mil motivos que tenía para echar a correr mientras pegaba las suelas a menos de treinta centímetros de las suyas. Pensaba en su boina perdida, en dónde narices estaría y en si le regalaba una sin que se lo esperase, mientras él me hablaba de cómo estaba empezando a estudiar la Bolsa. Interesante. Ajam. Sí. Tú sigue hablando, que yo ya te escucho.

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Escuchaba sólo lo que quería escuchar. Veía sólo lo que quería ver, como Bruce, en el Sexto Sentido. Era como llevar las gafas manchadas con salpicaduras de agua y barro. No ver era lo mejor, lo más cómodo. Era como si nuestra historia estuviera metida en un termómetro de mercurio, variable según temperatura, fácil de romper y de peligroso contenido. Era como si nuestro día a día se vistiera de vajilla de porcelana o de pompa de jabón. Frágiles, como dirían aquéllos.

Cuando me preguntaban que qué tal con él, hacía lo mismo. “Pues bien, como siempre…no sé. Ya sabéis. Etcétera. ¿Dónde tomamos algo?” . Y me miraban raro. Odiaban que me fuera por las ramas. Que no me limpiara las gafas. Pero a mi me daba igual. Me acostumbré a la desaprobación. Y siempre me daba media vuelta con un etcétera bajo las suelas.

“Si es que no os entendéis”

“Si es que eso está condenado al fracaso…”

Voces en off en mi cabeza. Coro de viudas, hablen.

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 Un día hace algún tiempo, mientras me hablaba del calor que empezaba a hacer y de la ropa que iba a meter en la maleta, yo le dije que me iba a comprar pan, que me apetecían unas tostadas. Él me miró y me preguntó que por qué siempre le cambiaba los temas, que empezaba a estar cansado de tanta palabra suelta y de que no le prestara atención. Que parecíamos dos sordos hablando a gritos sin escucharse.

Le dije que no podía seguir sus conversaciones, que perdía el hilo, que me distraía. Le dije que no sabía bien de qué hablaba en realidad cuando me hablaba, que no podía reconocer sus palabras entre líneas. Y que eso me ponía nerviosa. Le dije que tenía tantas ganas de ver lo que no veía, que trataba de escuchar lo que no escuchaba. Le dije que quería escuchar amor y no economía. Y ya está.

Él me dijo que tenía mal el oído y la vista.

Me dijo que cuando me hablaba veía el siguiente cuadro que quería pintar. Me dijo que cuando me hablaba veía las maletas que quería llenar con ropa a medias y las suelas de los zapatos que quería quemar a mi lado. Me dijo que cuando me hablaba, veía nuestra vida dentro de un termómetro de mercurio, dentro de una pompa de jabón. Que era tan frágil y delicado, que prefería centrar la atención en temas tan absurdos como que hacía calor. Que si me decía que me quería el termómetro estallaba, la pompa se rompía.

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Me dijo que mis etcéteras le asustaban. Y mis palabras sueltas también. Pero que no le daban tanto miedo como que quebrara nuestro débil amor. Que no le aterraban tanto como los dibujos que hacía cuando me recordaba.

Me dijo que se bajaba a por el pan, que si compraba algo más. Me miró entre líneas. Me sonrió hablando con las palabras justas, con esas que yo quería escuchar siempre y que él ofrecía a cuentagotas para no estallarnos el termómetro y el tiempo.

Le devolví la mirada.

Y le dije que le quería. Sin etcéteras.



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