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Relatos de COSOqueTEcoso (L)

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Entre puntada y puntada

(L)


De mirincondelabahia.wordpress.com. Original en color.
El tren avanzaba lento. Le costaba remontar la pendiente del puerto. Los viajeros ganarían la batalla a la carbonilla y al humo al cerrar todas la ventanas del vagón. Queitano andaba quejoso y nervioso. Los listones de madera del asiento se clavaban en su trasero más que en las nalgas de las demás pasajeros, o al menos eso era lo que le decía a Xana. Por ello no paraba ni un minuto sentado. Aunque la verdad era otra. Sus nervios por ver posible y cercano reunirse con su hija y su costumbre a los espacios abiertos le excitaban. Lo primero lo sabía y lo ocultaba. De lo segundo no era consciente, por lo tanto no lo disimulaba. Prefería la carbonilla, el humo y el monótono traqueteo del tren al agarrarse a las vías sin perder velocidad. Pasaba más tiempo fuera, en el balcón trasero del último vagón al que se tuvo que trasladar Xana. Y aún así, soplaba y resoplaba sin ser consciente del motivo. Cada parada que el convoy hacía le servía de distracción, echaba pie a tierra y, mientras andaba hacia la máquina, miraba las caras de la gente con la que se cruzaba. Se preguntaba adónde irían. Él iba a ver su hija después de quince años. Seguramente no quedaría mucho de aquella roxikina(1)que dejó marchar por su propio bien y la insistencia de su madre. ¿Se acordaría Gertrudis de su padre? No, seguro que no. Entonces, ¿cómo sabría ella que era su padre? Cuando le hizo esa pregunta a su compañera, ésta le contestó que de la misma forma que él sabría que era su hija, a lo que Queitano adujo que cualquiera se podría haber presentado ante ella como su padre. El “Nun sías pesáu y reconoz que la eches de menos y asina dexares de pensar tontures” de Xana cerró la discusión, pero no alejó los fantasmas de aquel padre, si bien quiso creer la respuesta que fiaba todo al instinto, a la llamada de la sangre. Entonces recordó la imagen que la foto de Antón guardaba y pensó que no, que así no lo sabría, pero Gertrudis sí los reconocería a ellos, bueno, no, a su madre, porque al verla creería que estaría viéndose en un espejo que envejeciera veinte años. Por ello les reconocería. Y con esa idea se tranquilizó un tanto, pero siguió con las visitas al balcón del vagón. Al volver dentro, el olor a guiso y tortilla había llenado el viciado aire del coche. Aquel grato aroma produjo un efecto de imitación general. El olorcillo obligó a muchos a abrir las tarteras y cacerolas, sacar las hogazas, embutidos y quesos. Queitano también oyó sonidos familiares, crujir el pan, abrirse una navaja de muelles... Todavía quedaba mucho para llegar a destino y la impaciencia y el hambre hacían mella en todos. Y ese fue el único momento en que los críos, de varias edades, estuvieron sentados. Bien es verdad que, a más de uno, la potestad materna obligó a comer tranquila y cómodamente, aspectos que también disfrutaron el resto de viajeros. En el fondo esa autoridad es la que nos marca a todos los que hemos tenido suerte de conocer a nuestra madre. Aquella orden paterna y lejana ya del “pórtate bien” ningún crío la recordaba ya, y menos aquella otra en el sentido de no dar guerra a la madre. Los niños dan guerra a todo el que se pone por delante, son lo más parecido a un dictador, si exceptuamos los motivos. Uno de aquellos trastos, acaso el que menos paraba quieto y el que todo lo tocaba, cayó en gracia a Queitano. El sentimiento fue mutuo y cada vez que el hombre restregaba la culera, más que gastada, de sus pantalones en la madera del asiento, la guaja pelirroja le echaba el ojo, dejaba lo que estuviera haciendo y seguía a aquel hombre que siempre hacía el mismo recorrido. Retrocedía por el pasillo hasta la puerta de atrás del vagón, la abría, esperaba a que saliera ella, se apoyaba en el barandal del balcón de cola y resoplaba. Ella hacía lo mismo que veía, pero tenía que empinarse un poco para que dicho barandal, donde también se sujetaba, le dejara ver cómo se alejaban los árboles, las piedras, las vías… Y desde donde, de vez en cuando, echaba una mirada a su compañero de viaje. A la cuarta o quinta vez que se sintió mirado, Queitano le preguntó por su nombre. La cría le puso una condición, antes el preguntón debía confesar el suyo. “Yo llámome Queitano”. “Y yo Gertru”. No hablarían más en todo el trayecto. Ni siquiera se despidieron con la mirada antes de que madre e hija se bajaran en la estación de León. Su madre tirando de ella y de un gran paquete encordado consiguió apearse y apearla contra su voluntad. Ella quería seguir viaje y no bajarse del tren. Después de seguir la maniobra de descenso de la pareja, Queitano no le dio más importancia, pero a la siguiente visita al aire libre se sintió solo y no volvió a salir. El motivo que esgrimió en un primer momento es que la carbonilla y el humo habían aumentado después de la parada en León. Xana intuyó que aquella era un excusa porque había oído como la madre amenazaba a la niña con no hacerla más las coletas llamándola por su nombre. Al poco tuvo la certeza de que Queitano se sentía abandonado por la niña. “Sabes, Roxa, la neñina pelirroxa llámase Gertru”. A lo que contestó: “Sí, la carbonilla volvióse pelirroxa, oh”. La locomotora seguía tira que te tira de los vagones con pereza por la meseta de Castilla la Vieja, pero con una velocidad mayor y más constante; y con su traqueo y el calor producido dentro del vagón por el personal y la falta de aireación. Ese ambiente unido al sopor de la digestión hicieron que más de uno, y no solo niños, hincaran la barbilla o reposaran la cabeza en el compañero o compañera de asiento. Xana encontró acomodo en el hombro de Queitano y se traspuso mientras él se tomaba muy en serio el fungir de almohada. Y soñó dormida todo lo que había soñado despierta y más, porque en una hora fue capaz de ser abuela de un par de hijos de Gertrudis. Lo que no corrió tanto como ella fue el convoy, cuando Xana abrió el ojo, preguntó como cualquier niño de viaje: “¿Cuánto falta?”. Queitano no la supo qué contestar, sólo que no habían parado desde que se bajó la “neñina”, y al resto de viajeros no le incumbía ni su curiosidad ni su impaciencia. Queitano se relajó, se levantó y se desentumeció. Había estado sentado una hora seguida y sin moverse por miedo a despertar a su durmiente compañera que le comentó que se había hecho de noche. Él le explicó que no, que estaban dentro de una montaña, de ahí el fresco que hacía y la falta de luz. Esa vez la excusa de la dureza del asiento no le sirvió por lo evidente de la última hora pasada. Le dolía la espalda y los glúteos. Ninguno de los dos estaba acostumbrado a estar inactivo casi un día, el trayecto a Madrid costaba veintidós horas en tren, frente a las setenta que hubieran gastado de ir en diligencia, motivo por el cual Queitano había accedido a subirse a aquella máquina infernal. Xana, un poco más comedida, imitó a su marido y al sentarse plantó un beso en su mejilla. Era el pago del alquiler de la almohada.

—Toi deseyando llegar.

—Y yo volver coles alcordances anovaes. Nun faigo más que pensar nAntón.

—Pos tendríes de pensar na to fía. Y que quiciabes nos pida que quedemos con ella. Taría nel so derechu.

—Pero yo tengol deber de volver.

—Yo nun siento esi pesu, Queitano. Siento más la llamada muda de la mio fía.

—Sería interesáu quagora la nuesa fía dixébranos, Roxa. Porque ella nun creo que tea dispuesta a volver al infiernu(2).


Estación de MZA Madrid año 1920. De alexisnajera26.wordpress.com
———— o O o ————

No había tenido bastante Balín con la visita del representante de la imprenta que hete aquí que apareció por la oficina un funcionario del cuerpo de correos, a quien o faltaba cuerpo para rellenar el uniforme o le sobraba ropa y gorra. Éste, acaso por ver a alguien más menudo que él, y sin tener en cuenta la edad, dio los buenos días al “pispajo” que le recibió tan bien trajeado como el cartero hubiera querido vestir. Fue tan evidente la envidia que salía de los ojos del recién llegado a la oficina tras mirar al crío de arriba abajo, que éste no pudo por más que, tras sus educados buenos días, aludir a la indumentaria del faltón.

—Pase, pase. Pero tenga cuidao, no se pise usté la gorra. Ah, y pispajo, no me llamo, soy Balín. Y aunque no me gusta que me falten, tampoco que me sobren los vestidos, como a usté.

—¿No está el otro pispa…, señor? —se equivocó a drede y corrigió el cartero.

—Si busca usté al Antón, está de viaje, y desde luego no es una pispa, ¡jo!leer más
. Muchachita vivaracha ... leer más
». ">(3).

—Bueno, chaval, que traigo un telegrama para… —leyó el libro de firmas el cartero—. Para Don Mauro Pérez Martín. ¿Es aquí?

—Bien sabe usté que sí, le visto subir muchas veces esa escalera. Pero está ocupao, no quié recibir a naide y menos a usté.

—Pues entonces no entrego el telegrama y sacabó.

—No, no sacabao, porque puedo preguntarle si está menos ocupao.

—Anda, ve a preguntar al patrón, que te voy a dar…

El patrón, que había oído toda la conversación, no había salido antes de su despacho porque esos días andaba más preocupado por él y por el ausente que por su nuevo secretario, y como Dios aprieta pero no ahogaleer más
Déu apreta però no ofega ... leer más
», pero cambia el verbo ahogar por horcar. No dice más respecto a su origen. También, en un blog en catalán, encuentro este comentario: «... leer más
. Peris (2001) relaciona aquest refrany amb la dita dHoraci a Carmina sobre Apol•lo i el seu arc ... leer más
», que mal traducido sería: [Ernesto Martín] Peris (2001) relaciona este refrán con un dicho de Horacio a Carmina sobre Apolo y su arco.">(4)
, porque Él no puede tener la culpa de nada, Balín, que no tenía nada que ver con el Todopoderoso, entró en el despacho del casi ahogado y le anunció que “ahí fuera hay un traje que a penas tié dentro un menda debajo de una gorra y que pregunta por usté”.

—Menda no. Señor, caballero, hombre… Pero menda no —corrigió don Mauro con una sonrisa triste en la boca.

—Pos a mí me paece un menda lerenda, aunque lleve gorra y chapa dorá. Es más esmirriao toavía quel Antón.

—Anda, dale entrada, a ver quién es, aunque me lo imagino

—Sí, don Mauro. Ah, dice no sé qué dun tererrama. Como si mi tía Tere fuera un árbol, jaja —río con todo el cuerpo Balín.

—Déjate de bromas, Balín. Me parece que no llegan buenas noticias. Y es lo que nos faltaba para el duroleer más
. El origen se remonta a los tiempos en que un duro, [moneda de cinco pesetas], era una cantidad de dinero importante. Cuando se cambiaba un duro a la hora de comprar algo, como hoy cuando cambiamos un billete de diez mil pesetas, se pensaba ya que lo que sobraba a la hora de la vuelta poco podía durar, porque casi siempre surgía otro gasto imprevisto que terminaba con lo que nos había sobrado, con ¡lo que faltaba para el duro! Siempre dicho en tono de fastidio; pues se gasta antes el dinero suelto que el agarrado... leer más
». Fuente: Abecedario de dichos y frases hechas, Guillermo Suazo Pascual, EDAF, 2009, refrán 320, pág. 88.">(5)
.

—¿Y qué nos faltaba?

—Los telegramas suelen ser malas noticias, hijo.

—Pos entonces lecho y yastá —dijo Balín desde la puerta—. Que no deje el tererrama.

—Aunque lo estés deseando, no lo hagas, hombre. Aunque el telegrama no llegue a su destino la noticia que trae ya se ha producido. Mejor hazle pasar. No tiene que ser una mala noticia por necesidá, urgente seguro que sí. Aunque no estamos ahora para urgencias ni para más problemas. Ya tenemos bastantes.

—Si ya dicía yo que le pasaba a usté algo.

—Anda, haz pasar a ese caballero, por favor. Y tú no te preocupes, son cosas mías —dijo don Mauro al retornar detrás de su escritorio.

—Sí, don Mauro.

—Sí, don Mauro —repitió para sí él mismo—. Sí, don Mauro. O no, don Mauro. ¿Quién sabe?

—Buenos días tenga usté. ¿Don Mauro Pérez Martín? —el cartero se había transformado en un gentleman que escondía toda su envidia.

—Sí, soy yo.

—Telegrama, señor.

—Gracias.

—¿Me firma? Aquí, por favor.

—Claro, si usté la próxima vez trata a mi secretario como me está tratando a mí. A no ser que prefiera que hable yo personalmente con sus superiores. Conozco a unos cuantos, ¿sabe? —. El empleado de correos se fue con el rabo entre las patas y el telegrama quedó sobre el escritorio de don Mauro que acariciaba sus bordes y que era mirado con desgana—. ¿Qué traerás…? En fin, sepámoslo —. En un rápido movimiento liberó el texto y sintió el último desánimo, porque lo siguiente fue ver quién firmaba el cable antes de leer su contenido: antón STOP —. ¡Dios mío! —gritó y antes de empezar a leer la primera palabra, Balín entró en el despacho, a la carrera y sin llamar.

—No he llamao porque masustao. ¿Qué pasa?

—Nada, Balín. Bueno, sí, son buenas noticias. De Antón. No te preocupes.

—Sí, don Mauro —. Después de retirarse Balín, don Mauro repitió la cantinela preferida del crío otra vez. Pero esta vez el tono era triunfal y afirmativo, no de duda—. ¡Sí, don Mauro, sí! —. Y ya, mucho más tranquilo leyó. La losa, que se cerraba cada día un poco más, desapareció de golpe, y la negrura en la que le sumía dio paso a la luz al ser consciente de que Antón estaba bien, además de que los padres de Gertrudis viajaban ya hacia Madrid.

—Sí, la familia. Sí, la familia de Gertrudis. ¡Balín! —gritó don Mauro. Y otra vez el muchacho entró como un toro en el despacho.

—¿Sí, don Mauro?

—Corre a casa de Antón y dile a su mujer, Rogelia, que hemos recibido noticias de su marido, que está bien, y les manda su cariño. Si no estuviera en casa, la buscas o te esperas, pero no te vengas sin decírselo. ¿Me has entendido?

—Sí, don Mauro. No me vengo hasta que no le diga que Antón está bien —. Y Balín, para su satisfacción, volvió a sus obligaciones anteriores, a pesar de los zapatos y el traje. Bajó las escaleras que daban acceso a las oficinas como si fuera una tren descarrilado, salió a la calle, y enfiló la de Caracas hacia arriba, como lo que era, una bala. Y más, al haber notado en las palabras de su patrón la urgencia y la importancia del recado. Ya sabía él que a don Mauro le pasaba algo y que con ese “tererrama” se le había “pasao”. Mientras, aquel hombre que minutos antes se derrumbaba, se recomponía apoyado de codos en su escritorio y se pasaba las manos por el cabello desde el flequillo hasta los abuelos, aunque el pelo le llevara corto y el cuello afeitado.

—Gracias, Dios mío. Gertrudis se lo merece —. Y después se acordó de Cayetano y le puso otra conferencia. Tuvo que esperar lo suyo, pero al final consiguió hablar con él, comunicarle las nuevas y agradecerle sus gestiones nuevamente. Cuando acabó, sintió deseos de emular a Balín y llegarse a la carrera junto a Gertrudis, para anunciarle la sorpresa, pero se frenó. No, tenía que tener paciencia y certeza total. Tenía que verlo con sus propios ojos. “Tranquilo, Mauro, tranquilo. Hemos aprendido ya. No te precipites”, pensó.
———— o O o ————

Después de la tormenta interna que se desató en la soledad de Antón, el sentimiento que surgió fue el de agradecimiento. Acaso debido a sus raíces que también aflorarían en ese momento. Pensó en qué hubiera hecho él poniéndose en la piel de Queitano. La respuesta llegó instantáneamente: No hubiera condenado al ostracismo a Rafita. Pero tampoco hubiera obligado a Rogelia a compartir su aislamiento. Pero, al pensarlo mejor, cayó en la cuenta de su situación actual. Aunque no entendía del todo bien el motivo o los motivos por los que Queitano no había mandado a Madrid también a Xana. ¿Había sido por egoísmo? ¿Se habría negado ella a dejarle solo allí? No, un hombre que quiere a una mujer no suele actuar egoístamente con ella. Al cabo del tiempo de convivencia, quizá, por la rutina o por el exceso de confianza, pero recién unidos cuando los deseos mandan más que los sentimientos, no. Acaso a otros niveles, por ejemplo, los ricos se casan muchas veces por intereses más que por amor. Por lo tanto, sólo quedaba, a su entender, una opción. Y se alegró de haber llegado a esa conclusión. Que entre los recovecos de sus ideas emocionales hubiera surgido el amor como motivo de algo le agradó, aunque ese algo él no lo viera positivo. Pero claro, no sólo era el amor de Queitano. También debió de entrar en juego el amor de Xana. Renunciar a una hija por la pareja con la que se ha gestado no sonaba muy bien, pero si conocías el futuro que esperaba a tu vástago, y ese mañana fuera como el que vivía él ahora, lo hacía más factible. Pero, ¿qué ocurriría cuando los padres se hicieran viejos? ¿Qué ocurriría cuando por ley de vida murieran antes que su hija, pero no a la vez? La respuesta no era abominable, pero las consecuencias sí. Entonces se acordó de lo que Feliciano le había dicho al salir del ayuntamiento de Villamayor. En más de una ocasión se había encontrado a parejas de viejos muertos en su casona perdida entre los montes. La soledad mata, aunque sea compartida. Por eso, y por otros motivos más, la gente acudía cada vez más a las ciudades. Los humanos necesitamos de los demás, a pesar de esos demás, aunque el terruño tire. Antón se había preguntado con frecuencia porqué las gentes que malvivían en los arrabales de Madrid, cercanos a su casa, no se volvían a sus pueblos de origen. Claro, que aquéllos que han dejado atrás todo por la soledad nunca retornarán a ella. A pesar de que sientan el mismo abandono en la ciudad, al menos allí hay gente que verá tu muerte. Pero muy mal hay que estar donde te quieren para dejarlo todo atrás y asumir los roles más bajos, y a veces ninguno, en una sociedad que te trata tan mal, como si fueras un delincuente, un anarquista o simplemente la escoria de esa sociedad que te necesita para que sus grandes próceres puedan hacer política social, negocios inmobiliarios y de todo tipo. Por eso las clases altas aguantaban la invasión de parias, por eso les permitían “afear” la ciudad con sus chabolas, con su lavar a las orillas del Manzanares, siempre

De Barrio de las Injurias, hoy Pirámides. De secretosdemadrid.es
aprendiz de río, y con su ropa tendida al sol o a la lluvia. Y, lo peor, les hacían responsables de toda malicia urbana que ocurría. Tampoco era extraño la cantidad de gentío que acudía a las iglesias. Unos para buscarse la vida, a sus puertas, y otros, dentro, para poder encontrar una esperanza que sus congéneres les negaban, salvo cuando la princesa o marquesa de turno necesitaba ganarse el cielo con ellos, entonces les regalaban hogazas de pan o ropa usada de abrigo del ropero de las iglesias, ostentosamente para que los espías celestiales tomaran nota de quien daba y quien recibía. Bien es verdad que algunos de esos advenedizos rebasaban la línea de lo moral y se dedicaban a poner bombas o arrojarlas al paso de la explosión de lujos y felicidad con los que los reyes y los nobles hacían gala ante el pueblo llano. Todos esos pensamientos parecían sobrar en el momento en el que el sol aparecía y le hacía disfrutar del mejor pintor del mundo, si bien en soledad. Pero no, siguió con su guión, no, él volvería incluso si nadie le venía a buscar. Después de las dudas iniciales había empezado a contabilizar las veces que oscurecía en aquel valle. No sabía para qué, pero era otra pequeña rutina y obligación que ayudaba, igual que la de afeitarse todos los días, aunque nadie le viera o guisar y reponer leña. La falta de fuerzas las había suplido con tiempo y constancia, y aprendió que la mejor cuña para la madera era la hecha con ese material, así que no sólo la cortaba con el hacha, que también afilaba, sino que usaba la herramienta por el lado romo a modo de mazo. “Antón, si cuidas tus herramientas, ellas te cuidarán a ti”. Aquellas palabras se las había repetido su madre cada vez que él usaba una y su hijo le miraba. Al igual que el abuelo había hecho con el padre del nieto. Antón, mucho después, había comprobado que había seguido al pie de la letra aquel consejo paterno, porque, Rogelia, cuando se ponía a limpiar y aceitar las herramientas que él había heredado, le echaba en cara que las cuidaba más que a ella. Él se reía al considerar una exageración y una mala comparación por parte de su mujer como era obvio. Con esos recuerdos en la cabeza, y el sol ya puesto, encontró mucho que hacer. Buscó, a pesar de la hora, todas la herramientas del tipo que fueran, de cocina, de labranza, de albañil, de leñador, todas las que encontró y comenzó a limpiarlas. Trató de enlucirlas y protegerlas. “Y no dejes ninguna sucia o a la intemperie, la suciedad y la humedad son sus peores enemigos, hijo”. Y, así, tachó dos días más en su calendario particular.
———— o O o ————

—¡Madre, mire lo que le trae el Venancio! —entró Reme gritando en el chiscón de la portería. La señora Casta, al ver el bulto no pudo por menos que preguntar.

—¿Y eso qués, hija?

—Una… —Reme iba a contestar pero Venancio la llamó la atención.

—Chis, calla, Reme. ¿No era una sospresa?

—Anda, es verdá. Déjalaquí, que labra ella.

—Voy.

—Pero, hijos… Si es unarradio.

—No nos regañe, madre. Usté se la merece más que naide. Y como nosan tocao los dineros de la novela… Bueno, que han acertao la Gertru y la Susana…

—No pensaba en regañinas, sino en agradecimientos, hija. Muchas gracias a los dos —. Y besó a los jóvenes, aunque Venancio protestó.

—A mí no me dé na si no quié. Yo sólo la he traído.

—Pues bastante es, si no, ésta con el meneo que lleva al andar, no sé yo si hubiera llegao entera. Menos mal que no te dio calabazasleer más
Diego Saiz (New Jersey, Estados Unidos) se maravilla de la universalidad de la expresión ‘dar calabazas’ para suspender en un examen o rechazar una proposición amorosa. Don Diego aporta el testimonio de un amigo ucraniano que también emplea esa frase para señalar que los padres no dan el permiso para que se ennovie su hija. Es más, entregan una calabaza al pretendiente rechazado para que no siga adelante. No es extraño que el signo de la calabaza haya penetrado en varios idiomas. En latín la cucúrbita o calabaza se ve como un símbolo de lo falso, flojo, con poca sustancia. En efecto, se trata de un fruto muy aparente pero poco denso y poco sabroso. Es más, en la vida tradicional se vaciaba fácilmente y se utilizaba como recipiente. En el castellano de la época del Quijote, la expresión echar a uno calabaza es no responderle a lo que pide, como el galán que saca a la dama en el festín a bailar, y ella se excusa, dando a entender que [el mozo] es liviano y de poco seso, por querer que salga a danzar con él, no siendo o su igual o de su gusto, o que le dejó en vacío hecho calabaza (Tesoro de Covarrubias) ... leer más
». LA LENGUA VIVA, El origen de algunas frases hechas, Amando de Miguel, 21/12/2015, libertaddigital. com.">(6)
. Muchas gracias otra vez. A los dos.

—No se ría usté de mi cojera.

—Y si no qué voy a hacer, ¿llorar? Anda que tu cojera no ta traído cosas buenas… Como éste, sin ir más lejos.

—Tié razón tu madre —. Quiso quitar hierro al asunto su novio.

—Eso siempre, hijo.

—No, va, en serio. Pero ¿por qué sabe usteso? —preguntó amoscado Venancio.

—¿Cuálo?

—Que me fijénella por sus andares.

—Porque me lo han contao.

—¿Y se lo cuenta to la Reme? —preguntó más receloso el novio corrido al mirar a su novia.

—Sí, hijo. Pa tu desgracia sí —. A Venancio la vergüenza le hizo bajar los ojos y subírsele los colores.

—Que no, hijo, que no.

—Ques guasa, Venancio. Ay, madre, ¿cuándo la conocerás? —terminó por saltar Reme.

—¿Las mirao la cara? —se rió la señora Casta—. ¿Pero cuándo has visto tú que una hija le cuente to a su madre, bobalicón?

—Yo… Es que… No he tenío hermanas.

—Ni eres madre, claro. Será por eso, no te digo.

—Madre, déjelo.

—Es questoy nerviosa, Reme. Ma hecho mucha ilusión la radio.

—Es pa que no esté usté tan sola —dijo Venancio.

—Uy, sola. Con los que somos más la señá Pe no estoy sola ni pa mear.

—¡Madre! —volvió a regañar Reme.

—Pero si es verdá, cuando no es una es otra, y si no el pequeño, que mira que pide atención, el jodío. Aunque, la verdá, me gusta hablar con él, me cuenta muchas cosas. Este hombretón que te corteja es el único que no pide na ni me da quehaceres, ni pa comer, porque siempre hago de más, no sé como me las arreglo.

—Sí, sólo faltaba eso —se excusó más por su hermano que por él.

—Venga, ¿qué hacéis ahí como unos pasmarotes? Eso habrá quenchufarlo, ¿no? Yo no sé cómo se usa, me tenéis quenseñar. Lo malo es copupa lo suyo. Tenéis cayudarme a colgarlo ahí, en la paré. Se lo he visto yo a más duna vecina.

—Sí, la gente la tié colgada en la paré con dos ganchos y una madera.

—Pos algo así habrá cacer aquí, ya casi no cabemos como pa que vengan tos esos que hablan por larradio. Cómo se os ocurre…

—Pos como usté no quié cogernos ni a Gertru ni a mí los dineros del premio… Pos hemos pensao que así usté también se embeneficia. Y como sabíamos que no se lo iba a gastar en usté… Se locurrió a éste. Aunque yace tiempo queríamos regalarla algo la Gertru y yo. Y ahora que podemos, lo hemos hecho. Ella no sabe que se la traíamos hoy. Verás calegría la da a ella también. Es a la que más le gusta larradio.

—O sea, que la Gertru también tie que ver con esto.

—A ver, no queríamos decirle na porque era una sospresa.

—Capunto has estao destropear, cotorra —respondió Venancio mientras colocaba y enchufaba el aparato—. Yasta. Susana menseñó a enchufar y desenchufar los cables en ca doña Consuelo.

—¿Y cuándo estuviste tú en esa casa, si se pué saber?

—Cuando la mudanza.

—¿Qué mudanza?

—La de los trastos destas.

—¿Pero no sacuerda cuando nos llevamos el taller a ca la tía de la Susana?

—¿Y qué os llevasteis?

—Las telas, las cosas de la costura, larradio, la másquina de coser…

—Pero bueno, si eso no era vuestro.

—La Susana nos dijo que no era de naide. Y quella la regalaba larradio a la Gertru.

—Madre, mía. Cualquier día se presentaquí la guardia civil y os lleva a tos a los calabozos.

—Mire, así se libra usté de tos nosotros de golpe y prorrazo —esta vez el bromista fue Venancio—. Venga, enseña a tu madre como senciende y eso. Así también aprendo yo, porque no has dejao quel dependiente nos enseñara.

—Claro, porque yo ya sabía y estaba muy incipiente porque la trayéramos. El vendedor nos ha dicho que hasta coge emisarias extranjeras.

—¿Y pa qué quiero yo eso si no sé na dextranjero?


De euskonews.com. Original en color.
—No sé. Mire, ve esta rosquita, pos pa encender larradio la mueve así, cuando más la mueva pallá más alto soirá. Y papagarla, al revés. Tié que notar que se resiste un poco y que se menea un poquito más hasta que no pueda moverla. No se la deje encendía porque se pué quedar gastando luz pero sin oírse.

—¿Y la otra?

—Esotra es pa buscar las emisarias.

—Serán las emisoras, Reme. Aquí naide nos va a enviar ningún recao, que te lo he oído decir dos veces.

—Es igual, madre. Pero sí tién que venir, al menos a traernos el premio. Bueno, si mueve la rosquita, hágalo despacito hasta coiga otro locutor. Yo le buscaré la que oímos nosotras. Es la que más nos gusta, pero a lo mejor a usté la gusta otra distinta.

—Mu bien.

—Y tié usté suerte, esta tarde empieza otro serial, lan estao anunciando estos días. Debía haber empezao antes, pero un actor se puso malo del gaznate y lan retrasao. Aunque ésta no tié premio.

—Bastante premio tengo yo con tos vosotros.
—Bueno, madre, ahí se queda usté, nosotros vamos a dar un paseo por el barrio.

—Ya me contaréis pa que sirven esos botones del medio.

—Esas son pal extranjero me paece, pero no lo sé.

—Bueno, de momento ni la toco, no vaya ser que la estropee.

—Al menos enciéndala y apáguela una vez. A ver…

—Ay, qué pesá —. La señora Casta giró el dial de encendido y del volumen demasiado y una voz atronadora surgió en el chiscón como un ser sobrenatural—. Ay, Dios mío, Reme… —. Reme bajó el volumen lo más rápido que pudo—. Uf, qué gritos.

—Tié cacerlo despacio. Y ahora apáguela.

—¿Pal otro lao, no? —aunque la pregunta de la señora Casta era retórica puesto que apagó el aparato.

—Mu bien. Enciéndalo despacito. Ande.

—Yastá. Ves, ya sé. Ya nos nesecito. Andar con Dios. Hala, hala, que voy a disfrutar del regalo.

—Bueno, madre, tampoco nos eche… Y la tié usté un poco alta pa mi gusto. ¿Venancio, subimos un momento a casa, paece cace fresco?

Una vez se fue la pareja, la señora Casta se sentó a escuchar la radio. Más que contenta, que también, se sentía orgullosa de sus hijas. En vez de pensar en ellas mismas, habían pensado en su madre. Sus ojos se humedecieron. Entre ese ensimismamiento y el locutor que voceaba la posibilidad de curar todos los males con un ungüento maravilloso procedente de unos laboratorios franceses, la portera no oyó a don Agustín que le chistaba desde el portal. El vecino del primero izquierda hubo de dar unos golpes en el marco de la puerta abierta para que la señora Casta se percatara de su presencia.

—Vaya verbena que tiene usté montada aquí, y nada menos que en una zona común de la finca.

—Mu de tos no es, pero bueno.

—Bueno, sólo espero que sea la novedad. Aunque ya está usted bajando esas voces, seguro que no deja descansar a la vecindad, y en especial a mi esposa.

—¿Y su mujer, por qué está descansando? Yo no veo el motivo. Una descansa cuando está cansá, y a veces ni eso, porque tengo más cosas cacer. Pero no se procupe, es lo único que man enseñao a hacer —. La señora Casta se levantó de su silla y bajó el volumen de la radio—. Ve usté, yastarreglao.

—Así está mejor. Y que no se repita, si no, don Eulogio recibirá una queja.

—No sabría una de quien vendría la queja —ironizó la portera—. Pero, no le hacía yo a usté hablando.

—Don Agustín.

—Vale. Que no le veía usté quejándose por la boca… —la señora Casta hizo una pausa y con retintín obedeció al vecino—, don Agustín.

—Ayer me quitaron los puntos, pero me aconsejaron no forzar —don Agustín se pasó la mano con delicadeza por la mandíbula.

—Pos, hala, a recogerse, no fuerce, tié usté to la vida pa quejarse, o por lo menos hasta que le vuelvan a partir la cara… —la portera hizo otra pausa y con la misma sorna de antes concluyó la frese—. Don Agustín.

—¿Cómo se atreve usted? —se fue arriba el vecino indignado.

—Ya sé que suena mu fuerte, ¿pero es mentira acaso?

—Me agredieron, que no saben ustedes ni hablar ni de lo que hablan. Ya hablaremos.

—Sí, usté sobre to, don Agustín —. Con un ademán de enfado y un meneo de cabeza, el señor Redondo atacó las escaleras acariciándose el mentón con gestos de dolor. La portera esperó, miró hacia las escaleras sin ver a nadie y se metió en el chiscón después de cerrar la parte de arriba de la puerta.

—La verdá es queste hombre tenía razón, la radio estaba pa tenientesleer más
4. adj. coloq. Algo sordo, o tardo en el sentido del oído ... leer más
», DRAE, 2014, 23ª edición, entrada teniente.">(7)
.

En esa radio, que llegaría a ser vieja en casa de Reme y Venancio, escucharía la señora Casta una vida que no reconocería como suya, aunque le afectara directamente. Los concursos, los seriales o radionovelas, los partes de noticias, las peticiones del oyente… Todo le sonaría lejano por no entender bien quien hablaba y como era capaz ella de oírlo a través de la "arradio", pero le harían más llevaderas sus labores diarias en esa otra vida que, sin darse cuenta, se le iba de las manos al ver feliz a toda la gente que le importaba. No se veía abocada a la vejez, luego la muerte estaba lejana, detrás de la ilusión de ver a Reme madre. No se podía creer que su hija estuviera a las puertas de lo que aquélla nunca había soñado hasta conocer a su novio, como ella había oído en las conversaciones íntimas de sus dos hijas. Por ello daba gracias a Dios, otro elemento de su vida que no comprendía, y se lo daba porque a alguien había que dárselo. Su hija coja se casaría como cualquier otra que no lo fuera, tendría hijos, sus nietos, y tendría las mismas oportunidades que las jóvenes que no cojeaban. Y qué decir de la otra, la postiza, la que le trajo un día no la cigüeña, sino la Reme. Aquélla que había llegado con un hijo en las entrañas, y que después del rosario de penalidades que había sufrido se había topado con un caballero, un hombre con el que podía soñar una princesa o cualquier jovencita en edad de merecer. Fue Joselillo quien la sacó de sus pensamientos, la radio es lo que tiene, puedes oírla e imaginar o puedes no oírla y pensar. El crío entró como siempre en el chiscón, en tromba.

—Buenas, señora Casta.

—¡Ay qué susto mas dao, hijo!

—Pos será que no hago ruidos…

—Sí, en eso tiés to la razón.

—¿Anda, y eso qués? —Joselillo fue a meter mano al aparato.

—Eh, quietas las manos. Que no te vea yo enredar ahí. No es cosa pa niños. ¿Y no ves ques un arradio?

—Ya, y también la oígo. ¿De quién es?

—Si estaquí, ¿de quién será? Pos nuestra, tontorrón. Me lan regalao la Reme y la Gertru, con lo que les ha tocao en larradio.

—Qué bien, ¿no?

—Sí, pero como vea yo que te distraes de tus libros, me la subo a casa. Y como este verano no apruebes te voy a dar de calabazadasleer más
cabezada (‖ golpe dado con la cabeza) ... leer más
». «... leer más
cabezada: 2. f. Golpe que se recibe en ella chocando con un cuerpo duro ... leer más
», DRAE, 2014, 23ª edición, entradas calabazada y cabezada respectivamente. Ya lo trae Covarruvias en su entrada [CALABAZA]: «... leer más
Calabazate, la conserva que se hace de la calabaza, que es fresca y saludable; como no sea de pared, porque los golpes que dan a uno arrimándole la cabeza a la pared se llaman calabazadas, del nombre cabeza, y tuércelo a calabaza. ... leer más
», Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española (1611), edición integral e ilustrada de Ignacio Arellano y Rafael Zafra, Universidad de Navarra, ed. Iberoamericana, Vervuert, 2006, págs. 365-366.">(8) contra la paré.

—Entonces me subo yo arriba a estudiar.

—Serías capaz —malinterpretó la señora Casta a Joselillo—, y además te dicho este verano, no ahora.

—No ma entendío, si me quedo aquí usté no podría oírla por mi culpa —aclaró el crío con cara de extrañeza al no entender a su madre putativa.

—Bueno, no discutamos antes de tiempo —pasó la mujer a la condescendencia por haber pensado mal del chico—. Lo primero es merendar. ¿Quieres pan con chocolate de don Mauro?

—Madre —sorprendió Reme a la pareja.

—¿Pero qué haces tú aquí, no os habíais ido?

—Ya, pero el Venancio sacordao que Cirilo labía puesto tarea, así que yo, aunque las había dicho a la Gertru y a la Susana que no iba a coser esta tarde, me voy acercar a ca la señá Julia, a ver si puedo adelantar algo. Arriba sa quedao el Venancio.

—Anda, pos me subo yo también, así puescuchar usté larradio. Es mu bonita, Reme. Taluego.

—Eh, usté, caballerete. ¿Y la merienda? Toma, un cacho pan y el chocolate, así damos salida a lo que trae Gertru y toma dale esto a tu hermano, que también tié derecho a merendar. Al final vamos a tener cacer una casa de chocolate como en el cuento ese, ya verás.

—¿Qué cuento? —preguntó Joselillo.

—Y a ti qué te importa. ¿No tenías prisa por subirte con tu hermano? Pos arrea.

—Sí, ya me subo —el chico incrustó las dos onzas de chocolate en la miga de cada ración de pan, dio un mordisco al suyo, metió el otro bocadillo improvisado con los libros y cuadernos, agarró la cartera, y salió a lo loco, como entrara.

—Yo me voy también, madre.

—Muy bien, hija. Que os cunda a todos. Yo voy a escuchar un rato esto y luego me meto con la cena. Que no sabe una cacer con las patatas ya.

Aunque en algunas emisoras subsista algo parecido, ya es impensable en la actualidad que programas como El consultorio de la señorita Francis (aunque no sea de la época de la señora Casta) se sigan emitiendo. Si bien otros como Operación Plus Ultra o Ustedes son formidables, hayan sido copiados y llevados incluso a la televisión, disfrazados de “telemaratones” con fines sociales y altruista. “Todo pasa y todo queda”, como dijo don Antonio muy acertadamente. Porque, ¿quién diría a la señorita Francis, que en realidad era un señor, que su consultorio se reproduciría muchos años después en revistas como Cosmopolitan por ejemplo. Y que si bien le preguntaban a él “¿Me puedo quedar embarazada con un beso?, en la citada revista, hoy en día, se sigue preguntando “¿Puedo quedarme embarazada con la regla?”. No hay que olvidar que las mujeres de aquella época de inicios avanzados del siglo XX compusieran el objetivo tanto de las emisoras de radio como de sus anunciantes. Gracias a ellas, o por culpa de sus perfiles, se conformó un tipo de radio que llegaría hasta bien entrado el siglo citado. La desaparición del ama de casa tradicional y la aparición de la televisión, haría cambiar profundamente ese modo de hacer radio que aprovecharía su inmediatez para afianzarse otra vez como un válido medio de comunicación de masas. Claro, hasta que apareció Internet, que también ha obligado a otro ajuste, y no sólo a la radio, sino a todos los medios que soportan publicidad. Acaso sólo hayan quedado indemnes las artes escénicas mientras se desarrollan, que con el roce directo del artista con el espectador, nunca podrán ser menoscabadas por mercadotecnia alguna, salvo que a las bailarinas del Lago de los cisnes las vistan como a pilotos de motociclismo, que todo puede ser.

[Continuará]

(1)[Volver] Roxikina. Diminutivo afectivo asturiano de roxa, rubia en español.

(2)[Volver]
—Estoy deseando llegar.

—Y yo volver con los recuerdos renovados. No hago más que pensar en Antón.

—Pues deberías pensar en tu hija. Y que quizás nos pida que nos quedemos con ella. Estaría en su derecho.

—Pero yo tengo el deber de volver.

—Yo no siento ese peso, Queitano. Siento más la llamada muda de mi hija.

—Sería curioso que ahora nuestra hija nos separa, Rubia. Porque ella no creo que esté dispuesta a volver al infierno.

(3)[Volver] Pispa, ¡jo! Juego de palabras con la que Balín contesta al insulto de pispajo del cartero. Y dice que Antón no es una pispa porque según el DRAE , 2014, 23ª edición, una pispa es una: «... leer más
. Muchachita vivaracha ... leer más
»
.

(4)[Volver] Dios aprieta pero no ahoga. Dice Rosalba Muñoz Franco en academia.edu que este refrán viene del catalán: «... leer más
Déu apreta però no ofega ... leer más
»
, pero cambia el verbo ahogar por ahorcar. No dice más respecto a su origen. También, en un blog en catalán, encuentro este comentario: «... leer más
. Peris (2001) relaciona aquest refrany amb la dita dHoraci a Carmina sobre Apol•lo i el seu arc ... leer más
»
, que mal traducido sería: [Ernesto Martín] Peris (2001) relaciona este refrán con un dicho de Horacio a Carmina sobre Apolo y su arco.

(5)[Volver] Lo que nos faltaba para el duro. «... leer más
. El origen se remonta a los tiempos en que un duro, [moneda de cinco pesetas], era una cantidad de dinero importante. Cuando se cambiaba un duro a la hora de comprar algo, como hoy cuando cambiamos un billete de diez mil pesetas, se pensaba ya que lo que sobraba a la hora de la vuelta poco podía durar, porque casi siempre surgía otro gasto imprevisto que terminaba con lo que nos había sobrado, con ¡lo que faltaba para el duro! Siempre dicho en tono de fastidio; pues se gasta antes el dinero suelto que el agarrado ... leer más
»
. Fuente: Abecedario de dichos y frases hechas, Guillermo Suazo Pascual, EDAF, 2009, refrán 320, pág. 88.

(6)[Volver] Dar calabazas a alguien. «... leer más
Diego Saiz (New Jersey, Estados Unidos) se maravilla de la universalidad de la expresión ‘dar calabazas’ para suspender en un examen o rechazar una proposición amorosa. Don Diego aporta el testimonio de un amigo ucraniano que también emplea esa frase para señalar que los padres no dan el permiso para que se ennovie su hija. Es más, entregan una calabaza al pretendiente rechazado para que no siga adelante. No es extraño que el signo de la calabaza haya penetrado en varios idiomas. En latín la cucúrbita o calabaza se ve como un símbolo de lo falso, flojo, con poca sustancia. En efecto, se trata de un fruto muy aparente pero poco denso y poco sabroso. Es más, en la vida tradicional se vaciaba fácilmente y se utilizaba como recipiente. En el castellano de la época del Quijote, la expresión echar a uno calabaza es no responderle a lo que pide, como el galán que saca a la dama en el festín a bailar, y ella se excusa, dando a entender que [el mozo] es liviano y de poco seso, por querer que salga a danzar con él, no siendo o su igual o de su gusto, o que le dejó en vacío hecho calabaza (Tesoro de Covarrubias) ... leer más
»
. LA LENGUA VIVA, El origen de algunas frases hechas, Amando de Miguel, 21/12/2015, libertaddigital. com.
(7)[Volver]Teniente. «... leer más
4. adj. coloq. Algo sordo, o tardo en el sentido del oído ... leer más
»
, DRAE, 2014, 23ª edición, entrada teniente.

(8)[Volver] Calabazada. «... leer más
cabezada (‖ golpe dado con la cabeza) ... leer más
». «... leer más
cabezada: 2. f. Golpe que se recibe en ella chocando con un cuerpo duro ... leer más
»
, DRAE, 2014, 23ª edición, entradas calabazada y cabezada respectivamente. Ya lo trae Covarrubias en su entrada [CALABAZA]: «... leer más
Calabazate, la conserva que se hace de la calabaza, que es fresca y saludable; como no sea de pared, porque los golpes que dan a uno arrimándole la cabeza a la pared se llaman calabazadas, del nombre cabeza, y tubércelo a calabaza ... leer más
», Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española (1611), edición integral e ilustrada de Ignacio Arellano y Rafael Zafra, Universidad de Navarra, ed. Iberoamericana, Vervuert, 2006, págs. 365-366.

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