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Relatos de COSOqueTEcoso (y LII)

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Entre puntada y puntada

(y LII)

—Voy a luchar toda mi vida porque esa exagerada frescura tuya no se aje. Para que la vida no te arranque esa inocencia que te permite iluminar todo lo que tocas.

—Cuando hablas así no soy capaz de entenderte del todo, Mauro, aunque ahora me guste. Antes me daba miedo, pero ya no.

—Me alegro que no me entiendas del todo, Gertrudis, porque si no, hubiera fracasado ya en mi intento. Sé que no puedo luchar por Juanín en el mismo sentido, al fin y al cabo le espera la libertad de sentirse herido o a herir cuando llegue su momento. Pero tú jamás herirás a nadie, por lo que en la ecuación sólo queda que te hieran a ti. Y no estoy dispuesto a permitir que ocurra otra vez. Soy consciente de que esa determinación me obligará a actuar en ciertos momentos de una forma paternalista, espero me perdones por ello. De hecho, ya lo he tenido que hacer en alguna ocasión.

—De todas maneras, no necesito entenderte para quererte. Me pasa lo mismo con Juanín, con la señora Casta, con todos los que quiero, aunque a unos entienda más que a otros.

—¿Pero hay alguien a quien tú no quieras o te quiera? —bromeó Mauro.

—Uy, claro. Mira, el otro día mientras hacía la escalera me topé con tu nuevo vecino.

—Y el tuyo.

—Por desgracia, me parece a mí.

—Te refieres a don Agustín, ¿no?

—Sí, a ése. Y no sé, me da a mí que no soy mucho de su agrado.

—Eso es porque no te conoce. Pero me parece a mí que ese caballero es de los que no deben ser tenidos en cuenta, como los anteriores inquilinos del mismo piso o como el tal Anselmo que, gracias a Dios, desapareció de tu vida.

—¡Anda! ¿Y por qué no van a contar?

—Porque ese tipo de personas que no respetan ni su propia vida, y que reniegan hasta de su existencia, sea cual fuere, odian con el mismo fervor a los demás que a sí mismos. Y el odio cuanto más lejos mejor. Te vendo un consejo.

—Vale, te lo compro.

—Pues ya sabes el precio.

—Este juego que te has inventado, no sé yo si no es un poco marrullero.

—Bueno, como quieras, no lo niego. Pero si quieres el consejo, has de pagarlo.

—Bien, pero esta vez me lo rebajas, te lo pago en la mejilla. Estamos llegando a casa.

—A mí me es igual, me sentiría igual de pagado si me besaras la punta de la nariz, como le hago yo a Juanín.

—Mira, esa es una buena idea, señor tramposo. Ven, acércate… Y ahora el consejo.

—Es una tontería.

—¡Encima! —protestó Gertru. Y él se sonrió.

—A mí me ha funcionado, no te creas. Aunque ello no es garantía para que te funcione a ti. Verás, cuando te cruces en tu vida con ese tipo de personas actúa como si fueran de cristal.

—No lo entiendo, Mauro. ¿Cómo si se fueran a romper?

—No, que va, como si fueran transparentes. ¿Entiendes? Como si vieras a través de ellos. No tengas en cuenta nunca su opinión. Aunque parezca que pones interés en lo que dicen, obviales. Ni te lo plantees, tú como el que oye llover. Lo único que te pueden aportar es su propia confusión y su mala sangre. Aunque tu sangre…

—¿Qué le pasa a mi sangre?

—Que ni aunque tomaras el peor tósigo del mundo se te pudriría.

—¿Tósigo?

—Sí, veneno, ponzoña.

—Muy bien, eso que lo dices tú. Y ahora me venderás otro consejo, ¿no? Pero éste no te lo voy a comprar, que lo sepas.

—Mira, me has salido peleona o tacaña, no lo sé.

—Tacaña, no sé, pero peleona… No te queda na que aguantar. No pongas esa cara, lo decía en broma… ¿Qué te pasa, Mauro, por qué te has puesto tan serio?

—Porque tengo que hablarte de un asunto que no he querido hasta verte así.

—¿Cómo?

—Repuesta del todo… Fuerte…

—Ahora sí que me asustas.

—No, no te asustes, pero no es nada agradable —. Gertru notó las reticencias que Mauro tenía para hablar y le dio tiempo.

—He de confesarte algo que ni Luis ni yo quisimos participarte cuando sufriste la caída en las escaleras.

—Cuando te pones así de formal conmigo…

—Es que lo que he de decirte te va a doler, pero la vida es como es y no podemos cambiarla, Gertrudis.

—No me tengas en vilo más tiempo, por favor.

—Está bien. Después de que se malograra tu embarazo, Luis me dijo que… Que nunca más concebirías. Lo siento de verdad, Gertrudis —. La joven se le quedó mirando, incapaz de que la noticia entrara en su corazón—. No te lo quisimos decir hasta que no hubieras superado todo… He intentado decírtelo muchas veces, pero me sentía incapaz de hacerte daño. Pero debes saberlo, tienes todo el derecho del mundo y yo no soy quien para… —. A don Mauro se le quebró la voz—. Pero quiero que sepas que a mí no me importa, que tenemos a Juanín… —Los sollozos de Gertru en el momento de ser totalmente consciente de la mala nueva rompieron su cara de sorpresa y el hilo de lo que su prometido decía. Éste abrió los brazos a la espera de recibir aquel cuerpo ya con tara, pero ella, cual banderillero ante el toro, hizo un quiebro y corrió hacia el portal justo en el momento en el que la señora Casta salía a cerrar el portal. Al verlos salió a la calle y ambas mujeres se cruzaron.

—¿Qué le pasa a esa chica? ¿Se ha enfadado con ella?

—No, para nada. Sólo que, a veces, uno no tiene más remedio que disgustar a quien más quiere si pretende ser fiel al amor que siente por esa persona. No sé si haría bien en decírselo a usté, porque forma parte de la intimidá de su hija.

—Entonces, ante la duda, se lo calle, por favor. Si he de saber algo della, que sea por su boca, no por la dusté.

—No, creo que yo cometería un error y perdería una gran aliada para ayudar a Gertrudis —. Y don Mauro puso al corriente de la situación a la portera.

—¡Dios, mío, otra injusticia que cometes! —. La señora Casta miró al cielo interrogante mientras don Mauro entraba en el portal sin decir más—. ¿Pero que ta hecho esa chiquilla pa que la trates asín? —. Después se dispuso a entornar las puertas y echar los cerrojos y vio que el vecino la esperaba en el portal.

—Y tú, no lo entiendas mal. Su desplante no está dedicao a ti. Precisamente porque pronto pensará questá en deuda contigo por no poder darte hijos. Y que se quede ahí la cosa, que no vaya a más. Una cojera se pué sobrellevar, pero no poder concebir, y menos cuando sestá enamorá por primera vez… Eso… Eso no sé yo —. Las palabras de la portera, lejos de tranquilizar al vecino le acercaron más a la impotencia y sólo pudo responder con un “Ayúdala”—. Entre todos lo conseguiremos. Ya verás—. Esta sería la única vez que ambos se tutearían.

La fortaleza de la señora Casta sufrió una crisis en el chiscón, pero cuando comenzó a subir lentamente las escaleras, tanto sus cimientos como su alzada no caerían ante ningún terremoto. Si Dios, como ella pensaba, le jugaba tan mala pasada a su hija, que se fuera preparando ese Dios. Por ello, antes de llegar al cuarto, a pesar de la hora, hizo una parada en el tercero derecha. Sabía que allí encontraría una buena intermediaria entre el cielo y la tierra, amén de un alma comprensiva que haría menos amargo el trago con otro de anís, como mandaban las buenas costumbres.

———— o O o ————

—Vete haciendo a la idea de que el domingo celebra mi hermana el cumpleaños del mediano. Cumple seis.

—Pero bueno, Carmina, es que hay que ir a todas las onomásticas.

—No es su santo, es su cumpleaños, don perfectito.

—Me es igual.

—No, no hace falta ir a todas las celebraciones, sólo a los de mi familia. Si no fuera por ello, ni tú te moverías de casa, ni yo vería a mi familia.

—Como que no salgo a hacer la compra todos los días, por ejemplo.

—Bueno, es que tú y la comida os lleváis muy bien, al contrario que con tu familia.

—Cosa que no te pasa a ti con la cocina, ni con tu cuñado. Pero el cajón de los dulces tiene más visitas que la casa de tu hermana.

—Lo que no entiendo es lo mucho que te gustan los niños y lo mucho que protestas en estas ocasiones.

—Porque a mí, como a ellos, lo que no me gusta es hacer las cosas por obligación. Sabes que huyo de ellas. Con bastante carga ya una persona como para que encima vengan los demás y te carguen con las suyas.

—¿Y qué culpa tienen esos demás de que hayas discutido con tus hermanos, bueno ni siquiera has discutido, simplemente, no os veis.

—Tú sabes el motivo. Y supongo que entre la indiferencia y el agobio debe haber un término medio.

—Y, además, no se te olvide que Andresito es tu ahijado.

—Otra obligación.

—Pero tú no dijiste que no a mi hermana Pura ni a Salvador.

—A las personas que quiero, bueno y a las que no, me es muy difícil decir que no cuando me piden algo.

—Pues conmigo debes hacer una excepción.

—Una cosa es negarse de palabra y otra que no lo haga. ¿O no?

—Las voy a apuntar.

—Cuando dije yo eso en la última discusión sobre este tema, a poco me denuncias por ser un pejigueraleer más
1. f. coloq. Cosa que sin traernos gran provecho nos pone en problemas y dificultades ... leer más
».">(1)
.

—Las cosas cambian.

—Sobre todo tú, pero otras no.

—¿Cuáles, a ver?

—Por ejemplo, la forma en que ajustas la realidad a tus intereses o necesidades inmediatos.

—¿Y con eso qué quieres decir, si se puede saber?

—Que según tu situación, o tu estado de ánimo, el blanco puede ser gris e incluso negro, pero, a los dos minutos y sin que hay cambiado nada en el exterior, para ti el blanco siempre ha sido blanco, y lo será. La inconsecuencia de tu criterio, aun no siendo un defecto, es un gran obstáculo para quien vive contigo.

—Ya te lo repetido mil veces, los géminis somos así. Mientras que los virgo nunca veis nada que no tenga mejora, nunca estáis satisfechos con nada, ni de lo que hacéis, ni de lo que tenéis alrededor.

—El fallo de tu razonamiento, Carmina, es que antes de socios del zodiaco, somos personas irrepetibles. Al menos, eso opinas tú, sobre todo de ti misma.

—Primero, según tú, cambio de opinión cada cinco minutos. Y segundo, aunque seamos irrepetibles, compartimos características con los demás. ¿O las pasiones humanas no están definidas y contadas? Y mira los que somos, para que no se repitan, vamos. ¿Y cuantos pecados capitales hay? Son como las notas musicales. Fíjate lo que dan de sí sólo siete. Todos compartimos en mayor o menor medida virtudes y defectos. Tampoco hay tantos.

—Yo no tengo todos.

—Amén. Como que a ti te tienta el dinero, por ejemplo.

—Pues claro que sí, pero desde luego menos que a ti. Aunque eso no me hace mejor o peor que tú. Otra cosa es que sacrificara todo por tenerlo o por no tenerlo, me da igual. Entonces, en vez de un planteamiento sería una obsesión, una pasión desenfrenada, aunque jamás sería una meta. Y eso sí me haría peor que otros, porque, entonces, sóla y exclusivamente miraría por él sin saber ni el motivo.

—Déjate, que el dinero nunca sobra.

—Pero a algunos el exceso nos estorba, o mejor dicho, pienso que nos estorbaría porque creemos que si no hubiera tanta sobra en un punto habría menos necesidad en otro.

—Ya, pero ande yo caliente y ríase la genteleer más
Y ¡cómo, madre! —dijo Sanchica—. Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que mañana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en aquel coche: ‘¡Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cómo va sentada y tendida en el coche, como si fuera una papesa!’ Pero pisen ellos los lodos, y ándeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. ¡Mal año y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo, y ándeme yo caliente, y ríase la gente! ¿Digo bien, madre mía? ... leer más
». Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha II, 1615, cap. 50, pág. 935, edición del IV centenario, RAE, Santillana Ediciones Generales, 2004. Si bien quien popularizó el proverbio fue otro monstruo de la literatura española, Luis de Góngora que tituló así unas letrillas que puedes leer aquí. Fuente CVC y las notas de Francisco Rico al texto de Cervantes.">(2)
.

—En eso estamos totalmente de acuerdo, porque estar caliente cuando tienes frío es una necesidad, pero nadie debería ser el dueño del calor.

—Ahora me he perdido, Cirilo.

—Es igual, son cosas mías. A veces no sé ni lo que digo.

—Total, que el domingo vamos a casa de mi hermana.

—Total, que el domingo habrá que ir a casa de Pura.

—Ay, Cirilo, hijo, tampoco te exijo tantos esfuerzos.

—No vamos a entrar en eso. Cada uno tiene una percepción distinta y somos partes y jueces, con lo que nuestras opiniones no tienen demasiado sentido. No nos vamos a convencer de lo que el otro opina. Así que, dejémoslo.

—Pues visto así, no podríamos hablar de nada.

—Sí, podríamos hablar de las radionovelas.

—Pero si tú no las oyes.

—No me hace falta. Todas, según tú, tratan de lo mismo. Igual que las relaciones de pareja. ¿No creerás que el resto de matrimonios en nuestras circunstancias habla de otras cuestiones distintas a las que nos planteamos nosotros, verdá?

—No lo sé, pero ellos no son padres de Israel y Javier.

—Lo dices como si fueras la hacedora de su bienestar. Los habrá que vivan mejor y sean más felices que tus hijos.

—Pocos.

—¿Y todas las preocupaciones que me trasmites?

—Ya no las tengo.

—Querrás decir que en este momento no las sientes, ¿no? Porque esta tarde volverás con eso de que uno viaja mucho y el otro está muy lejos. O con aquello de que ninguno tiene novia.

—Bueno, como dices tú, dejémoslo. Tú opinas una cosa y yo otra.

—Perdona, Carmina, pero en este caso te equivocas. Yo sí tengo una única opinión sobre un tema concreto, pero tú tienes muchas distintas sobre el mismo. Según te pille.

El amor en esta pareja era como una marea subterránea. Él, consciente de casi todo, había renunciado por ella a llevar a cabo su ideal de vida. Ella, consciente de querer vivir, había apostado todo por él. Curiosamente lo que una daba al otro, y el otro a la una, estaba por encima de ellos mismos, reforzaba al otro en su forma de ser individual, le animaba a seguir siendo él mismo, aunque parezca lo contrario. Ella envidiaba la capacidad de análisis de él, pero no la quería para ella. Él hubiera dado todo por tener la alegría que ella le trasmitía, aunque no deseaba la inconsistencia que esa alegría conlleva. Cuando dos seres imperfectos crean una sociedad, el resultado jamás puede ser perfecto. Ni nadie debe pretender que lo sea, ni interferir. Se puede admirar a alguien y no querer ser como él.

———— o O o ————

Antón no se lo podía creer. ¿Estaría soñando? El punto oscuro que parecía moverse en el horizonte no podía ser una persona, tenía que ser uno de esos asturcones que se criaban salvajes en el valle. Pero la forma de moverse, que más que verse se adivinaba, y el camino recto que parecía trazar, así como las hechuras del punto en cuestión, no apuntaban a que fuera un animal. No dejaba de mirarlo con los ojos entrecerrados. Había salido a la quintana para echar de comer a las gallinas y abrir las puertas del establo para que sus dos amigos tuvieran el tiempo de holganza al aire libre aquel día. Con el talego del maíz, almacenado en un alto del establo, todavía en la mano, se había quedado mirando el horizonte al parecerle que aquel punto oscuro no estaba fijo. Pero no, movió la cabeza, no podía ser. ¿Quién iba a aparecer por allí, salvo un tonto como él? En todo caso, si fueran personas, serían dos como mínimo o tres si quieres, ¿pero uno sólo? Así que hizo lo que tenía que hacer, volvió a la cuadra a colgar el saco estrecho de su clavo, pero antes de entrar se volvió y miró de nuevo la mosca que había aparecido en el horizonte. Le pareció que le saludaban con la mano. Entornó los ojos para enfocar mejor y una alegría le inundó el corazón como un tsunami. Aquello era una persona, una persona que le saludaba. Veía claramente cómo se movía su brazo. Sí, ahora estaba seguro. No era una alucinación. Quedó paralizado durante unos segundos que a otro le hubieran parecido horas. Tenía que moverse. Tiró el talego a un lado y comenzó una carrera como ladrón perseguido. Durante la galopada observó que la figura apretaba el paso, pero que no corría, cojeaba, sí, parecía cojear. Se le vino a la mente Reme, pero enseguida lo descartó. A cada instante sentía que corría más deprisa aunque más descontrolado. Hasta que reconoció aquella figura. Era quien menos se esperaba, aunque fuera lógico. Quizá por ello se paró en seco. Aunque lo cierto era que le faltaba el aliento. Se dobló sobre sí mismo y apoyó las manos en sus rodillas sin doblar más que su cintura y el cuello, éste para no dejar de ver ni un segundo al que ya nombraba repetidamente en voz baja, como un mantra hinduista. El volumen de la letanía de Antón fue in crescendo hasta que la figura renqueante se paro frente a él. Entonces Antón se irguió y después de abrazarse a su visitante gritó con toda la fuerza de sus pulmones: ¡Feli! ¡Feliciano!

———— o O o ————

Mientras Xana y Queitano bajaban la calle Españoleto para encontrar el portal número cuatro, escucharon el ruido de los cascos del grandullón contra el suelo de adoquines.

—¿Qué atentu, verdá?

—Mira, este tien de ser, yel segundu como dixol cocheru. Pero la puerta ta cerrada. ¿Y agora qué faemos, Roxa?

Paecióme entender quhabía que llamar un tal Serenu —. Queitano obedeció y llamó a Sereno a voces—. Nun glayes(3), ¿a saber quhores son, oh? —. Al punto, el golpe de un chuzo contra el suelo y un “¡va!” resonó en el silencio de la noche como respuesta a la llamada. La pareja se miró con una sonrisa y un encoger de hombres. Giraron la cabeza hacia abajo de la calle y vieron cómo se acercaba un farol que sostenía Sereno con una buena garrota en la otra mano.

—A las buenas noches. Pero no hace falta dar esos gritos, con dar palmas basta y molesta menos. ¿Van ustedes al cuatro?

—Sí.

—¿Y a qué piso?

Al primeru o al cuartu —contestó Queitano.

—Mira qué ben —contestó el de Vigo—. Ya conocen el dicho, galegos y asturianos, primos hermanos. Eu son de Pontevedra y ustedes no pueden negar de donde veñen—. La amabilidad interesada volvía a aparecer ante ellos.

—No, no lo conocíamos.

Como me pasa min con vostedes. E non é que non me fíe de vostedes, pero é que nin o primeiro nin o cuarto desta casa vive ningún asturiano, que saiba eu.

—Pues sabe usted mal, porque en uno de esos dos pisos vive nuestra hija Gertrudis. Y si no, mire el sobre —Xana hurgó de nuevo en su hato y sacó el papel.

Non deixe, muller, non sei ler. E si coñezo a la Gertru. Boa moziña. —contestó Marcos que buscó entre el gran manojo de llaves, eligió una y abrió el portal y entró. Con el farol en alto sujetó la robusta hoja e invitó a pasar a la pareja de primos hermanos.

Gracies.

Para iso estamos —contestó el sereno, ya con la mano extendida y la palma hacia arriba. Y al ver una sombra de duda en las dos caras que le miraban y que él iluminaba aclaró la situación para beneficio propio. — A min non me paga ninguén por estar toda a noite na rúa e eu tamén teño fillos, ¿saben?

—Entiendo —contestó Queitano—, Roxa da-y dalgún dineru al caballeru.

—Yes tul que lleva les monedes, Queitano.


2 ptas. de 1905. De ebay.es
—Ah, sí, ye verdá —recordó éstey se volvió hacia el sereno—. Allúmame(4)equí un momentu, por favor —. Tras rebuscar y sacar de su bolsillo unas monedas, eligió una al azar, como si conociera su valor y supiera distinguirlas—. ¿Con esto va bastar, señor Sereno? —dijo al depositar la moneda de dos pesetas en la mano de Marcos, al cual le resplandeció la cara y le reafirmaron los modales serviles y amables.

—Claro —Marcos se olvidó incluso del gallego—, el servicio incluye el alumbrado hasta el piso, suban ustedes eu les alumbro por detrás, aunque no llegó a pisar el rellano del primero—. Este es el primero, que tengan ustedes boas noites —y bajó las escaleras. El resto de luz duró unos segundos escasos en los que la pareja hubo de decidir a qué puerta llamar. Y, sin saber el motivo llamaron a la más lejana. En principio nadie contestó a los golpes en la puerta. Ninguno conocía la existencia de la palanca exterior para hacer sonar la esquila interior. Después de golpear varias veces más la puerta, a pesar de las reticencias de Xana, vieron que una luz se había encendido en el interior de la casa, al menos eso dedujeron al ver una línea de luz que salía por debajo de la sólida puerta. Después oyeron unos ruidos detrás de ella y a continuación la luz les cegó por un momento.

—¿Y ustedes quienes son? ¡Leñe! ¿Saben la hora que es? —. Tanto él como ella se quedaron sin habla ante la mujer en bata que abrió la puerta y que les regañaba. A continuación otra cara somnolienta pareció detrás de la primera.

—¿Tú conoces a estos, Agustina?

—¿Yo? No. Para nada.

—Pues entonces cierra, que se vayan a molestar a otro sitio. ¡Será posible lo mal educada que está la gente! —se quejó un enfurecido don Agustín. A pesar de ello, Queitano logró articular una palabra.

—Gertrudis —. El murmullo fue oído por el desagradable vecino.

—¿Gertrudis? ¿Y quién narices es esa Gertrudis?

—Nuestra hija —logró contestar Xana.

—Bueno, ¿y a mí qué me importa?

—El nombre me suena, pero no sé, Agustín.

—¿Quieren irse ya de una vez? Si no, tendré que avisar al sereno.

—Decías tú de los moros esos, no hace falta ser de Marruecos para no saber comportarse ni oler mal. Dios mío, ¿pero qué hemos hecho nosotros para tener que aguantar a toda esta gentuza? —. Su marido no contestó, con un gesto dulce, retiró del umbral de la puerta a Agustina. En eso, Xana hechó mano al hatillo y sacó el sobre con el dibujo de la casa y se lo tendió al desconocido. Éste, sin ni siquiera mirarlo, lo tiró al suelo y lo pisó y sin decir una palabra más, pulsó con el dedo índice el hombro de Xana como si pulsara reiteradamente un timbre. Queitano que entendió las sugerencias como empujones saltó, se puso delante de ella y agarró la mano de Agustín que todavía estaba por el aire y la sujetó con una fuerza desmedida, de modo que el atacante se dobló como pudo por el dolor con un quejido animal. El asturiano no soltó la presa y doña Agustina, al ver a su marido atacado y humillado, empezó a gritar y a quejarse y, por supuesto, a insultar a su atacante. Pasaba la media noche, y don Mauro, después de echar de menos a Antón y acabar de contabilizar los movimientos del día, pasaba por el recibidor camino de su alcoba y oyó los gritos de la vecina. Sin pensarlo abrió la puerta y se plantó en el descansillo, con lo que otro foco iluminó la escena.

—¿Qué pasa aquí, señores? No son horas de discutir —. Ese fue el momento en el que Queitano soltó su presa que, de rodillas, se retorcía y escondía su mano maltrecha entre sus piernas y su estómago.

—Que qué pasa —gritó doña Agustina que se inclinó y puso una mano sobre la espalda de su marido—. Que estos dos desalmados, aparte de presentarse en una casa decente a estas horas de la noche, así, como el que llega a la suya, no tienen bastante y encima este bruto casi mata a mi pobre marido que aún anda convaleciente de una operación —exageró la agraviada.

—¿Eso es cierto? —preguntó don Mauro a la pareja que pisaba el rellano.

—No señor, no todo es verdad. Sí hemos llamado a su puerta, pero mi marido sólo me ha defendido de este caballeru.

—Eso no es cierto —dijo don Agustín al levantarse sin dejar de abrazar su brazo—. Yo sólo les he atendido educadamente a pesar de no conocerles de nada y de las horas que son.

—¿Sí? ¿Y quién ha tirado al suelo la carta que le he entregado? Usted. ¿Y quién me ha empujado? Usted —. El segundo usted no lo escuchó el matrimonio porque él cerró la puerta de un portazo, lo que disminuyó la iluminación.

—¿Ónde nos metimos, Roxa?—comentó más que preguntó el hombre.

—No lo sé, Queitano, no lo sé —. Al oír el nombre, a don Mauro le dio un vuelco el corazón.

—¿Ustedes son los padres de Gertrudis? —preguntó y se extrañó a la vez.

—Sí, señor.

—¿Y Antón?

—Antón está al cuidado de la quintana. No podíamos dejar morir a los animales.

—Pero… Está bien, ¿no?

Cuando-y dexamos sí, y nun creo quellí-y pase nada —intervino Queitano.

—Encantado de conocerles. Yo soy Mauro Pérez Martín, para servirles. Y debo decirles que yo soy el responsable de que estén aquí. Espero no haberles causado muchas molestias. Gertrudis… Gertrudis es mi prometida. En la ausencia de ustedes me he tomado la libertad de… Bueno, dejemos eso para luego. Ahora lo que importa es que vean a su hija. He de decirles que ella no sabe nada de su viaje…

—Entonces eso de ahí es para usted, creemos. Nos lo dio Antón —informó Xana del sobre que todavía estaba en el suelo. Don Mauro recogió el sobre pisado, leyó el remite y se lo guardó en el bolsillo de la bata.

—Gracias, luego lo leeré. Sabiendo que Antón está bien… Pero debería decírselo a su mujer… Aunque a estas horas lo mismo es peor... Vamos, lo digo por el susto que pueda… La verdá, no sé qué hacer… —. Los padres de Gertru escuchaban a don Mauro pero, lógicamente, parecían ajenos a sus palabras. Los dos zarpazos de felicidad habían afectado a don Mauro igual que si hubiera recibido dos violentos puñetazos que le hubieran dejado grogui. Uno siempre espera lo peor, pero que llegue lo mejor no hay mente que lo aguante. Al final hubo de ser Queitano quien cortara la palabrería, para él y Xana vacía de contenido y pusiera tranquilidad, porque el supuesto prometido de su hija parecía ahora ausente y feliz.

Perdone, caballeru, pero nun entendemos lo que nos quier usté dicir. Nós namá queremos ver a la nuesa fía. Asélese, paez usté abondo nerviosu, anque contentu(5).

—Perdóneme usté a mí, no le acabo de entender.

—Dice que no le entendemos, que solamente queremos ver a Gertrudis y que se tranquilice.

—Sí, sí, claro, pero esperen ustedes un momento. Pasen, pasen a mi casa. Antes tengo que resolver un asunto que afecta a la familia de Antón. Su mujer está más preocupada que yo y he de comunicarle la buena nueva —. Don Mauro entró el último en su casa, llevó al saloncito a sus invitados y después llamó suavemente a la puerta del dormitorio de Servanda.

—Sí, ¿qué pasa, don Mauro? —apareció tras la puerta Servanda en camisón y un tanto sobresaltada.

—Servanda, no se preocupe, ya sé que no son horas, pero es que necesito que me haga usté un favor —dijo don Mauro a través de la rendija que el aya había dejado abierta—. Están aquí los padres de Gertrudis. Acaban de llegar y me han dicho que Antón está perfectamente.

—Ay, señor, gracias a Dios.

—Sí. Rogelia, su mujer está preocupadísima y quisiera informarla de la buena nueva, a pesar de la hora. ¿Podría hacerlo ustéd? —. Después de dar las oportunas indicaciones a Sevarda, don Mauro volvió al soloncito.

—Perdonen, no sé lo que les decía antes. Me he puesto muy nervioso. Las emociones… Estábamos todos muy preocupados por Antón, hacía tiempo que no teníamos noticias de él… Y también estaba muy ilusionado con su visita. No saben lo que representa para mí verles aquí. Pero, perdonen ¿Necesitan ustedes algo? ¿Tienen hambre o sed?

—No, no se preocupe por nosotros hemos cenado y todavía nos queda algo en el hatillo. Gracias. Nuestra necesidad es otra.

—Imagino, señora. Ya subimos. Gertrudis vive en el cuarto con una familia que la ha cogido de buen grado.

Pero, Roxa, yo preciso mexar —corrigió la situación Queitano.

—¿Perdón?

—Que éste necesita ir a mear.

—Ah, pase, pase. Pase al retrete. Por aquí —en el pasillo se encontraron con Servanda, que ya con el abrigo puesto se apresuraba a salir.

—Gracias, Servanda. Yo voy a subir con ellos a casa de la señora Casta.

—Pero, señor, ¿y Juanín?

—No se preocupe, yo me encargo de él. Usted vaya —. Todavía se demoraron un poquito más porque Xana también quiso pasar por el váter. Cuando estuvieron los tres otra vez juntos, don Mauro no tuvo más remedio que estirar la impaciencia de los recién llegados.

—Ya sé que están deseosos de ver a su hija, pero yo también tengo uno pequeñín y no puedo dejarle solo aquí, así si me lo permiten voy a cogerle y subimos. Perdonen —don Mauro desapareció y al cabo de lo que les pareció una eternidad volvió con un bulto sobre los brazos. La manta que le cubría sólo dejaba ver un poquito de pierna y un pie por abajo, y unos pelos revueltos por arriba—. ¿Vamos? —al llegar al recibidor, don Mauro se paró—. Perdone, señora…

—Xana, sin señora.

—Xana, ¿podría meterme esa llave de ahí encima en el bolsillo de la bata?

—Sí, claro. Ya está.

—Pues entonces vamos, suban ustedes.

—Coja usté también la palmatoria y las cerillas… Gracias —Queitano fue más rápido que ella, y antes de que abandonaran la vivienda ya había encendido la vela.

Xubamos yá, oh.

—Insisto en que ella no sabe nada, ni siquiera que yo les estaba buscando. Va a ser una sorpresa tremenda verles a ustedes. Y a estas horas… Incluso puede que estén todos dormidos ahí arriba. Pero, vamos, yo también estoy nervioso e impaciente—. Cierre usté la puerta. Gracias —Y empezaron a subir—. ¿Cuánto hace que no se ven?

—Va para quince años, creo yo, porque allí en el valle el tiempo se mide muy mal.

—¿Podría iluminar la cara a su mujer, si no le importa Queitano?

—¿Para qué? —preguntó Queitano extrañado.

—Para comprobar lo que me ha parecido ver en mi casa. Es que no me lo puedo creer.

Como usté quiera, home, si yel so gustu —Queitano, en el descansillo del segundo, se paro y Xana que sabía lo que querían los dos hombres se volvió. Su compañero levantó la palmatoria y don Mauro se convenció de que no estaba soñando.

—¡Su hija es igual que usté! No me había equivocado! Se va a ver usté con veinte años menos y con el pelo del color de su marido. Y si me lo permiten ustedes, su hija es tan guapa como usté, Xana.

—Muchas gracias —. Ella se giró rápidamente un tanto turbada mientras Queitano miraba fijamente los ojos de don Mauro, sin decidir si sentirse halagado o mancillado. Eligió lo primero por la situación y porque ya no aguantaba más tanta espera y palabrería, bajó la candela y empujó levemente a su mujer.

Vamos, Roxa, quespera la to fía enriba, nun sías creyida, oh. —. Se volvió hacia don Mauro y sin sentirse del todo halagado intentó medir fuerzas—. Si pésa-y a usté enforma se lo coxo, yo toi acostumnbrado a cargar

—¿Qué dice?

—Que si pesa mucho su hijo, que lo coge él que esta acostumbrado a llevar peso. Y yo se lo confirmo, es un bruto, se lo aseguro. Yo no sé de dónde saca las fuerzas que tiene. Bueno, de lo que come, claro. Es una lima.

—Bueno es saberlo, pero no, no hay problema, Queitano. Gracias. Además, estamos llegando ya.

Pase usté delantre, ende tras nun va ver bien —. A mitad de tramo el asturiano, pegó la espalda a la pared y dejó pasar al cargado don Mauro, que al rebasarle perdió pie. Pero no hubo traspiés porque una mano férrea sujetó el brazo del madrileño, que confirmó las palabras anteriores de la mujer. En el penúltimo tramo del cuarto piso, oyeron cómo se abría una puerta y ganaron luz. Al poco una silueta se dibujó en el vano de la escalera. La señora Casta se asomaba extrañada y atisbando. Antes de reconocer a don Mauro, cumplió con su función de portera.

—¿Qué pasahí, no saben la hora ques…? Ah, es usté, don Mauro.

—Sí, señora Casta, no se preocupe.

—De todas formas bajen la voz, por favor.

—Mire a quien traigo —. En ese momento llegaban al cuarto y la portera se retiró un poco para que los recién llegados cupieran en el descansillo, largo pero estrecho.

—Pero si se sube usté hasta Juanín… ¡Madre mía! ¿Y estos señores quienes son?

—Por eso, a ver si lo acierta. Ilumine, ilumine la cara de Xana, Queitano.

—¿Otra vegada?

—¿Otra vez? Sí, por favor —. Queitano obedeció con desgana.

—Mire, mire —. Exigió el vecino—. ¿Qué le parece? —. La señora Casta vio como aparecía de las tinieblas la cara de su hija adoptiva, con el pelo rubio.

—¡Por el amor de Dios, si es clavadita a la Gertru! Entonces… Entonces… ¡Ay, María Santísima! Entonces…

—Sí. Son sus padres —. La señora Casta prácticamente se echó encima de Xana y la colocó dos besos, uno en cada mejilla. Acaso por los nervios, se olvidó del padre.

—Encantá. Yo soy Casta, pa servirla —. Don Mauro acudió en ayuda de la madre putativa.

—Éste es Queitano, su padre.

—Ah, sí, claro, perdone usté. Soy Casta —y ella también probó las energías del asturiano, que por otro lado se comportó muy educadamente.

Enforma gustu, señora, encantáu de conocela. El mio nome ye Queitano, y el de la mio muyer Xana, anque yo llamar Roxa.

—¿Qué dice este hombre? No lentiendo.

—Perdónele, es que no habla mucho el castellano. Pero dice que tiene mucho gusto en conocerla. Que se llama Queitano, y yo Xana, aunque el me llama Rubia, Roxa.

—¿Ónde ta Gertrudis, Casta? —preguntó el asturiano.

—Eso sí lo entendío —exclamó toda ufana la portera—. Está dentro, dormida. Ya puede tronar que ninguna se despierta. Pero, ¡uy!, qué maleducá soy. Pasen, pasen ustés, aunque vamos a despertar a Joselillo y no sé si vamos a entrar tos. Si acaso, esperen quentro yo la primera y retiro algún asiento. Y usté, don Mauro, derechito a mi alcoba y allí apaña a Juanín. —. Efectivamente, el que dormía en la cama turca ya se incorporaba y preguntaba qué pasaba. Y lo curioso es que entre la somnolencia y la luz que le cegaba al venir de la oscuridad del sueño, se extrañó de que Gertru entrara en casa.

—¿De dónde viés, Gertru? ¿Y ése señor?

—Son los padres de Gertru, Joselillo —le susurró cerca de su oído la señora Casta como si le molestara más ahora despierto que antes dormido—. Venga, échate otra vez a dormir. Sólo será un momentito, hijo. Vienen a verla desde mu lejos. Vamos, digo yo.

—Sí señora, del Conceju de Piloña —contestó Xana con lo que dejó a los madrileños con un palmo de narices—. Hemos tardado unos días en llegar a Madrid —. Mientras Joselillo se tapaba hasta la cabeza con la manta, don Mauro volvió ya después de descargar a Juanín.

—Le he puesto su almohada para que no se caiga de la cama.

—Ha usté hecho bien.

—Lo raro es que ninguna de sus hijas se haya despertado, ¿no? —sugirió don Mauro.

—Uy, a ésas no hay quien las despierte. Cuando se duermen se convierten en troncos. Las dos, eh. Si lo sabré yo. Ahora, hasta que se caen dan bien la lata charla que te charla. Como si no hablasen durante to el día, me digo yo.

—¿Cuántas hijas tiene, Casta? —preguntó Xana.

—Dos. Una es la Reme y la otra su Gertru.

Eso nun puede ser, Xana ye la madre de Gertrudis —intervino Queitano.

—No se procupe, yo hablo asín porque quiero a las dos por igual. Ya sé ques su hija de ustedes —. El padre no terminó de entender a la madre putativa, pero el tono en el que había hablado la señora Casta le tranquilizó, tanto como la reprimenda de Xana.

Nun sías desagradecíu, enriba que te la críen y te caltiénenlo. Sé más estimosu y non tan quisquillos, oh(6) —. Ante la regañina, que oyeron pero no entendieron, la señora Casta y don Mauro se miraron y sonrieron.

—Buena le ha caído, señor Gitano.

—Queitano, Casta. Este bruto se llama Queitano —puntualizó la regañona.

—Uy, me parezco a la Reme. Pero, venga, vamos a despertarla. Aunque traigamos un organillo y nos bailemos un chotis, éstas no despiertan.

—¿Le importa que la despierte yo? —pidió Xana.

—No, para nada. Está en esa alcoba, era la mía, pero al quedarme viuda y aparecer la Gertru era mejor pa tos que durmieran ellas en la cama de matrimonio. Lleve la palmatoria, en esa alcoba no hay luz, bueno, en ninguna, sólo en la cocina y aquí en el comedor. Queitano, que había apagado la vela al entrar en casa de la señora Casta, volvió a encenderla y se la pasó a Xana que con algún problema por las estrecheces entró en la habitación de su hija. Queitano, desconocedor de las normas sociales de la capital, que advertían a los hombres de no entrar en las habitaciones de otras mujeres que no fueran la suya, siguió a su Roxa con menos problemas. La señora Casta y don Mauro quedaron en el comedor, en silencio y expectantes. Así, poco a poco pudieron escuchar la canción preferida de Gertru, pero convertida nana: ♪♪Que me los regaló, olé y olé, una rapaza soltera...♪♪ Y Gertrudis despertó de un sueño para entrar en otro.


[Fin del relato]

(1)[Volver] Pejiguera. Esta palabra, según el DRAE, no admite masculino, ya que se refiere a una cosa. Aunque yo la he oído y dicho en multitud de ocasiones referida tanto a mujeres (pejigueras) como a hombres (pejigueros), pero habrá que acatar las órdenes de la RAE porque para una vez que no existe el masculino no lo vamos a despreciar, aunque el significado en femenino, como casi siempre, es peyorativo. DRAE, 2014, 23ª edición, entrada pejiguera: «... leer más
1. f. coloq. Cosa que sin traernos gran provecho nos pone en problemas y dificultades... leer más
».

(2)[Volver] Ande yo caliente y ríase la gente. Lo dice Sanchica a su madre: «... leer más
Y ¡cómo, madre! —dijo Sanchica—. Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que mañana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en aquel coche: ‘¡Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cómo va sentada y tendida en el coche, como si fuera una papesa!’ Pero pisen ellos los lodos, y ándeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. ¡Mal año y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo, y ándeme yo caliente, y ríase la gente! ¿Digo bien, madre mía? ... leer más
». Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha II, 1615, cap. 50, pág. 935, edición del IV centenario, RAE, Santillana Ediciones Generales, 2004. Si bien quien popularizó el proverbio fue otro monstruo de la literatura española, Luis de Góngora que tituló así unas letrillas que puedes leer aquí. Fuente CVC y las notas de Francisco Rico al texto de Cervantes.

(3)[Volver] No grites.

(4)[Volver] Alúmbreme.

(5)[Volver] Perdone, caballero, pero no entendemos lo que nos quiere usted decir. Nosotros sólo queremos ver a nuestra hija. Tranquilícese, parece usted bastante nervioso, aunque contento.

(6)[Volver] No seas desagradecido, encima que te la crían y te la mantienen. Sé más agradecido y no tan quisquilloso, oh.

EPÍLOGO

Jamás pensé que algo tan frío como la Informática pudiera hacerme sentir la calidez de todas vosotras (en adelante hablaré en femenino). Y creedme, sé de lo que hablo, pues he desarrollado mi vida laboral en ese entorno durante veintiséis años. Fui de las privilegiadas que, allá por el año 1979, se encontraron con una tecnología que nos hacía dioses ante las demás. Para que lo entendáis, ya usé la tecnología de la comunicación entre ordenadores en 1982 (Internet no apareció en España hasta 1986), y ese mismo año programé un ordenador para que un plotter dibujara los gráficos de costos de una empresa de construcción de autopistas. Ya ha llovido. Como diría una amiga mía: “Fíjate si soy vieja en la profesión que trabajo en esto antes que el PC”. Nunca había escrito para los demás, ni siquiera en el blog que abrí en el 2007 en el que un rano de peluche compartía mi día a día y me criticaba para conocerme a mí mismo. También hacía chistes para reírme y poder seguir con ese caminar que tan difícil nos ponen algunos y nosotros mismos a veces. La verdad es que intentaba sacar de mí lo mejor, y hasta me ponía serio a veces, jaja. El tema que he usado como excusa en este relato que hoy acaba, sin que por ello no haya más entregas de Entre puntada y puntada, se me ocurrió por el entorno de COSOqueTEcoso, es decir, un ambiente costumbrista que se acercara a las participantes en ese blog. No he publicado todo lo escrito porque o bien me parecía redundante o bien no me gustaba. También soy consciente de que el relato admite correcciones. Si fueran necesarias, se harán. Supongo que lo han dicho otras antes, y yo lo he oído o leído un millón de veces, pero tengo que decirlo: Sin vosotras hubiera sido imposible escribir esta historia. Y sin aquellas mujeres, que intento retratar, también. No soy lo suficientemente mayor como para haber vivido aquella época, mal llamada en España los “felices años veinte” o “años locos” (ésta es una etiqueta, ¡cómo no!, estadounidense), pero sí lo suficiente como para acordarme de las penalidades que me contaba la Juana (mi madre), que nació en 1920, así como lo poco que me contaron mis abuelas. A mis abuelos no los conocí, ambos murieron en la última guerra civil que tanto daño hizo, e impensablemente sigue haciendo, a las personas como tú y como yo, como a los personajes que dejamos atrás. ¡Ojalá que otros los hagan vivir!, como diría Mendrugo. Quiero decir que todos los acontecimientos históricos de los que hablo, así como los escenarios que se describen, son reales. Lo que no he podido mantener es la misma exactitud en el tiempo en el que ocurrieron. Mezclo algunos hechos anteriores con otros muy posteriores y viceversa, pero es una licencia que me debéis perdonar y que yo me he tomado para homogeneizar nuestro relato. Lo siento, pero no me arrepiento. Yo escribo ficción, no historia. ¡Qué más quisiera una que poder interpretar la Historia!

No podéis imaginar, o sí, el placer que ha sido para mí vivir más de un año inmersa en aquella época. Pero no sólo eso, sino también compartir y construir el relato con vosotras. La edición en el blog, al que me ha permitido asomarme MC, ha sido "enfermiza". Sí, no exagero. Me ha obligado a documentar con imágenes que a veces no encontraba en la Red, no porque no estuvieran, sino porque no sabía encontrarlas. Me ha obligado a leerme estudios extensos para saber si decía una pequeña tontería o una verdad para alguien, a la vez que citar cada fuente de donde he bebido (supongo que en algún caso se me ha pasado, perdón). Me ha obligado también, por mi mala memoria, a rebuscar entre mis libros, citas, refranes, giros y palabras que sabía que había leído y que no me acordaba donde. Por otro lado, y eso lo sabréis las que administráis un blog, a la hora de componer las entradas me encontré con una herramienta de edición, la de Blogger, que es tela marinera. Y por si fuera poco, aparece un día mi hijo y me dice: ¿Sabes que puedes poner las notas al pie para que se lean sin tener que desplazarte hacia abajo y luego tener que subir donde estabas? Mi error (?) fue decirle que no lo sabía, bueno no, que me gustaría hacerlo. Y digo error porque eso hay que hacerlo a mano, como vosotras hacéis la puntada escondida, no hay ningún botón en una máquina de coser que al pulsarlo lo haga. Así que, después de diez años de inactividad me encuentro con un lenguaje de programación informático que no se parece en nada a los que yo había usado. Hay más, pero lo que quiero compartir es que si no hubiera tenido una motivación importante, acaso no lo hubiera hecho, por eso os doy tanta importancia. También es verdad que soy Virgo, jajaja, y ya sabéis lo perfectitas que somos las de ese signo (esto me suena a Carmina). He intentado seguir vuestras sugerencias, incluso en una entrada hicimos una encuesta para ver por donde seguía el relato. Como “semos” como “semos” había, si no recuerdo mal, cuatro posibilidades, y claro me escribí la continuación de todas. Cuando acabé me di cuenta de que era una burrada, que no podía hacerlo más, pero la experiencia me encantó. No repetí porque durante una semana me volví loca. No sabía donde estaba, ni yo, ni tampoco los personajes. Así que eché el freno. Y la verdad es que el sistema me encantó, pero era inviable si quería llegar al siguiente lunes viva y habiendo dormido algo cada noche. En definitiva, que escribir casi ha sido lo de menos y lo más grato, junto a recibir vuestros comentarios, y ver que erais más las que leíais que las que comentabais. A todas esas anónimas también les agradezco igualmente haber estado ahí. Y a las que me habéis dado ánimo solo deciros que os he cogido cariño, ¡qué coño! Una confidencia, Entre puntada y puntada está imaginada al andar, al igual que su borrador está escrito durante mis paseos matinales. No sé porqué os cuento esto, acaso porque me parece curioso. He aprendido mucho durante este largo año, pero no os lo voy a contar todo, sirva como ejemplo que he valorado más El Quijote o el trabajo de María Moliner al componer su diccionario (por fin me lo compré en la Feria del libro de viejo). ¡Vaya mujer! ¡Y vaya trabajo! (luego me quejo yo), parece mentira que una persona sea capaz de tamaña hazaña sin desatender sus obligaciones como madre o persona. Tanta como la gesta de Sebastián de Covarrubias en 1611 al escribir su Tesoro de la Lengua Castellana o Española. Éste usaba plumas de ganso por bolígrafos, pieles por papel y velas por luz eléctrica, y el tío se hizo un diccionario maravilloso. Leer estas enciclopedias es una gozada, como decimos ahora, eso sí, no hay que desanimarse y mirar el número de páginas que las componen. Sí, no os extrañe, yo leo diccionarios, no sólo los consulto. ¡Qué tía más rara! ¿no? Pues sí, ¿acaso vosotras no? Pues eso.


Bueno, podría enrollarme un año, pero no os lo merecéis, jajaja. Tan solo añadir que, aunque el relato se acaba con esta entrega, la sección en el blog no, porque en estos días he conseguido hacer una entrevista a cada personaje principal, sí, a cada uno cuyo nombre aparece en rojo y en negrita en la relación de personajes editada aquí. Si os interesa, nos vemos el próximo lunes hasta agotar las entrevistas. Ha sido un inmenso placer. Gracias, y mil veces gracias,
Juan Carlos,

alias JC,

alias Mendrugo,

alias Cirilo

y sólo para ti, que lo sabes, Cq.

AGRADECIMIENTOS

A todas vosotras, lectoras, conocidas y anónimas. Y no sabiendo cómo ordenar vuestros nombres he decidido hacerlo por la cantidad de comentarios que habéis dejado en el blog hasta las 00:00 del día 8/1/2016, sin que con ello quiera subrayar nada. Simplemente odio el orden alfabético. (Yo, de pequeño y de joven, siempre era el último para todo salvo que algún Yuste o Zárate apareciera, jaja):

Ligia 51; Chary Aceituno 51; Amanda AG 45; Jeru VT 33; Varinia 31; Rubí 24 ; Nita 21; Arya Forel 18; Beatriz Muñoz 14; Lola, laboreando 13; Oki 11; Mar 11; Maritza 9; Abril Sampere 8; CosoQUEteCOSO 8; Carmen y Prady 6; Paz Pélaez 6; Carmen (El atelier de) 5; Forjera/Forcatering 5; Crul 4; Esperanza Ramírez 4; La Encajera 4; Marta All4 4; Marta FF 4; Susan 4; Conchi Trigueros 3; Elena Piña García 3; María José Sánchez 3; Marta MP 3; Tita Lily 3; Alexandra Abarca 2; Elisa de las Heras 2; Herminia Regolf 2; Itsaso 2; Nemen (1ª en comentar) 2; Puri tresP 2; Carmen Hernández 1; Carolina 1; Charo 1; Charo Huertas 1; Rincón de Chelo 1; Claudia1; Lucía1; María Ángeles 1; María José 1; María Francisca 1; María MR 1; María R. 1; Marta A. 1; Nati Q 1; Nola1; Robledo R. 1; Yayi 1.

A COSOqueTEcoso. Gracias, María, por el blog y por todo lo demás y por ese personaje tan maravilloso de Carmina. Ya no te molestaré mucho más, espero.

A mi correctora, Jeru VT. Ha sido un placer trabajar contigo.

A mi programador y “voceador” personal, Raúl J., alias Crul.
A Internet y a todos los que nutrimos esa nube donde, entre verdades y mentiras, encontramos opiniones y datos tan objetivos como subjetivos, instantáneas y vídeos que nos acercan unas a otras.

Y a la Juana, mi madre, porque de niño, mientras planchaba “para fuera” y mi padre estaba “de más”, me contaba cosas que he incluido en este relato, y, porque, en el fondo, es quien ha inspirado esta historia.

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