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París


Se quejaba el agente Cohle en True Detective del concepto de la conciencia humana. El escéptico detective, cargante pero en ocasiones acertado, defendía que:

"Somos cosas que funcionan bajo la ilusión de tener un ser propio, una acumulación de experiencias sensoriales y sentimientos, programada para asegurarnos que somos alguien, cuando en realidad nadie es nadie"

Si esto fuese cierto, supongo que otorgarle personalidad a una ciudad, como si de una persona se tratase, haría que Rust Cohle se volviese extremadamente violento (verbal y físicamente). ¿Se puede hablar de una ciudad como un ente aislado? ¿Cómo ignorar que las fronteras que las limitan no son más que ilusiones, que un metro más allá de esas líneas la sensación no cambia, no se produce nada nuevo? Y si además, como París, la ciudad es célebre por sus catacumbas, metro y pasadizos subterráneos, todo ello fruto de siglos de historia, imponer límites a su disposición se vuelve todavía más absurdo. 

Luego está el carácter subjetivo de todo esto. ¿Qué opinión es válida? ¿Haber vivido aquí los últimos cuatro meses me da realmente derecho a opinar sobre la vida en esta ciudad? ¿Es poco, mucho, suficiente? ¿Debería haber hecho más amigos, menos, haber encontrado un trabajo, un lugar donde ir a correr, un restaurante preferido? 

De hecho, ¿se puede hablar mal de París? ¡Si es la ciudad eterna! ¡Hombre por favor! París es como su hijo Jean Luc Godard: in-to-ca-ble. ¿Qué Godard hace una nueva película y te parece malísima? pues eso es que no la entiendes. ¿Qué encuentras un hombre durmiendo en la calle en París? a eso se le llama "encanto".  

Una vez expuestas mis preocupaciones a la hora de escribir este artículo, seguiré adelante. Vamos a ver que les cuento sobre la ciudad de la luz. 



¿Quién vive ahí? 

Los parisinos (o parisienses). Otro ente con propia imagen que me saca de quicio. De nuevo, porque dudo que exista. Empecemos a hablar por lo que es innegablemente cierto, y veamos hasta donde nos conduce. 

En primer lugar, los horarios. No son normales. Vale que el modus operandi español de comer a las tres, cenar a las once y rellenar los espacios entre medias con miles de aperitivos, meriendas, tentempiés y refrigerios, cada uno seguido de su siesta, sobremesa o similar tampoco es muy práctico que digamos, pero esto es pasarse. Comen a las 12. 

En realidad, a todo se le dedica mucho menos tiempo que en España. No se sale hasta muy tarde (porque los bares cierran) (¿he dicho bares? ¿qué bares?), no se consume mucho económicamente hablando (porque es una ciudad muy cara) ni tampoco se come ni se bebe mucho (porque no tienen alma). Esto conlleva a que tus expectativas como persona de ánimo alegre y vivaracho se golpeen rápidamente con la cara más amarga y seria de la realidad. 



Analicemos el plan por excelencia de la gente de la capital: la soirée. Aunque este término puede usarse en diversos contextos, normalmente se refiere a una fiesta en una casa particular, entre amigos.

Y ya. 

Aperitivos y bebida. ¿Qué no les suena tan mal? Estoy de acuerdo. Además, como mencionaba antes, lo cara que es la vida en la ciudad hace que sea necesario este tipo de noches un par de veces al mes para reducir gastos. 

Pero cuando se abusa de estas reuniones acaban sabiendo a poco, maldita sea. Eliminar la calle de la ecuación resta toda una parte vital a la noche. ¿Qué pasa con el "y luego fuimos a"? ¿O con el "y nos encontramos con ese tío que"? ¿Donde está la decadencia, la tormenta después de la calma? Y eso si no contamos con el factor horario. Porque aunque se suelen alargar, una soirée puede acabar a las diez tras haber empezado a las seis y a nadie le parecería demasiado raro. Y cuando todos se marchen, usted, ingenuo, preguntará:

- ¿Y ahora a dónde vamos?

Y la respuesta será:

- Pa casa. 

¿Para casa? ¿Ya? Pero si estaba intentado ligar, me he bebido dos shandys y ya estoy borracho, el cielo es azul y las alondras cantan...

Pues para casa. Si como decíamos antes París pudiese ser una persona, sería una mujer. No por la elegancia o el glamour, eso son etiquetas que la ciudad ha sabido mantener por conveniencia. París es una mujer porque sus gentes saben contenerse. Mientras que su vecino bajo Los Pirineos se comporta igual que un hombre, sucumbiendo a todos sus necesidades y deseos, permitiéndose noches de juerga aún sabiendo que la resaca del día siguiente será gloriosa, París y su feminidad pueden decir basta. Pueden tomarse un vaso de vino y no pedir otro. Pueden ir a una sala del Louvre y no necesitar ver nada más. Pueden comerse un macarron y no desvalijar la pastelería. 

¿Quiere esto decir que el parisino es por defecto aburrido, borde, malhumorado o similar? Para nada. Allí he conocido personas que me ha ayudado muchísimo, con los que me lo he pasado muy bien y que me gustaría tener cerca en cualquier fiesta. Pero sí existe una cultura de no tomarse un tiempo extra, de lo práctico, que vuelve a las gentes de París  poco conscientes de lo que les rodea. Esto, que puede ser entendido como un síndrome típico de una gran ciudad, pegada al estrés y a las prisas, alejada de la vecindad de las pequeñas ciudades, se vuelve un elemento diferenciador aquí en París. 

Sí hay una vida cultural muy activa, e irremediablemente moderna. No quiero decir de calidad o puntera, sino simplemente moderna. Es moderna tanto cuando hablamos de ver una performance en la calle como cuando hacemos referencia a cómo la gente se aproxima a lo viejo. Aunque París se caiga a pedazos (luego hablamos de esto), morirá siendo hipster.

Ici c"est Paris

La gente de la capital de Francia valora el hoy, el ahora, es vanidosa y quiere lo que se le ha prometido, lo que sabe que es suyo. Y precisamente porque sabe que es suyo, no valora el recibirlo.

Pero es que París es la capital de un país muy orgulloso. No necesariamente con una connotación negativa, ojo. Es simplemente la versión europea de ese combo de libertad de expresión + orgullo nacional que es Estados Unidos. 

Además París (que no Francia) tiene otro elemento que la une con otras ciudades del norte de América, y es la diversidad de su gente. En ella se cocina un extraño caldo de cultivo formado por todo tipo de orígenes, nacionalidades, creencias, culturas y sobre todo, una gran diferencia de clases sociales. Las diferencias económicas son palpables en cuanto nos alejamos de los cuatro o cinco lugares de turismo básicos de la guía Lonely Planet. No es una regla perfecta, pero por lo general el sur es rico y blanco y el norte es pobre y negro, aunque es cierto que aquí el color de la piel es un elemento nada seguro para establecer el poder adquisitivo de una persona, al contrario de lo que suele ocurrir en España. 

Esta compleja mezcla de gentes hace que se den algunos contrastes. Por ejemplo, que París haya elegido a una alcaldesa (mujer por vez primera en el ayuntamiento) socialista mientras que el resto del país parece inclinarse hacia otra mujer, en este caso de extrema derecha. Cómo, en la capital de un país donde el partido socialista se tambalea y donde la inmigración es un claro problema, se sigue apostando por la izquierda en política es algo que escapa a mi comprensión de mero espectador. 

De todas formas, y aunque tal vez el periodo calmado y breve que me ha tocado vivir en la ciudad no sea muy representativo, diré que esa idea de que París siempre está en pie de guerra es más una idealización que una realidad. Al menos, Madrid ha tenido una historia reciente mucho más movidita. Y si a esto le añadimos que es una ciudad enorme, puede que en el tercer arrondissement se esté peleando por el pan mientras que en el quinto nadie se entera de nada. Se cumple aquello que decía Brynden Tully: 

"Even in war"s darkest days, in most places on the world... absolutely nothing is happening"

El físico. 

París es sin duda, reconocible. Años de historia junto a todo el sentimiento patrio que mencionábamos antes han hecho que sus formas pertenezcan a nuestro imaginario. No solo la Torre Eiffel, hoy en día me aventuro a pensar que cualquiera puede identificar París por un la estructura de sus calles, con cuestas, y anchuras y alturas muy diversas; sus pasamanos, sus relojes, sus árboles, los adoquines de sus aceras...

Pero luego, por supuesto, tiene zonas y rincones que vistos de manera aislada nadie diría que se encontrasen en la ciudad. Formas que imitan o se inspiran en estilos egipcios, japoneses o rusos, barrios residenciales donde el célebre art noveau se junta con elementos contemporáneos, canales que se transforman en improvisadas terrazas o zonas de lectura y fachadas que parecen fotocopias, pero que al fijarse sus detalles muestran no tener nada que ver con la anterior. 



Estas fachadas suelen estar repletas de arte urbano. La explosión de autores y el ingenio de los mismos es inmensa, tal vez no en la técnica habitual de graffiti con spray pero si en cantidad de pegatinas, pósters, estructuras, salientes, mensajes... Autores como Space Invaders, Combo, Diamond o Gz"Up combaten entre ellos utilizando y moldeando a la ciudad como campo de juego, dejando al resto de habitantes como simples testigos. 


Esquina de París con una pequeña obra del artista Diamond.
Algo que igualmente se descubre único en París son sus villas y pasajes. La ciudad crece en todas direcciones, y es difícil ver una zona vacía, un solar. Siempre se encuentra una agrupación de casas, unos jardines, algún tipo de combinación de viviendas y zonas vecinales que aprovechan al máximo las calles y plazas de la ciudad. Esta disposición vuelve a París masiva, la define como una ciudad compacta y una compleja mezcla de búsqueda de aprovechamiento y agobio, de habitabilidad y falta de espacio. 

Hay algunos edificios que se repiten, como los ayuntamientos de cada arrondissement, pero por defecto me he acabado fijando en los cines. En París hay muchísimos y de toda clase. Los cines de barrio siguen sobreviviendo por una mezcla de buena localización (siendo París, casi cualquier zona es buena), diferenciación (un tipo de cine que no emiten las grandes cadenas) y por supuesto, nostalgia. 

Todo este encanto se ve ensombrecido por una dolorosa realidad: la suciedad. París es sucia. Muy sucia, mucho más que Madrid. La suciedad es también evidencia de una dura realidad: no se cuida el aspecto, primero porque el que vive en París ya lo conoce y no se queja y después porque el que viene a visitar París será conducido a través de un cuidado y acicalado laberinto. La mezcla de suntuosos templos religiosos, arquitectónicos y del saber junto a la decadencia fruto de la incapacidad de la ciudad para mantenerlos intactos es prueba suficiente para realizar la única confirmación de un tópico parisino en este artículo: París vive de rentas.

Falta por mencionar uno de los focos de la suciedad: el metro. Si bien en ocasiones curioso y con encanto (por sus líneas que circulan por el exterior, sus famosas entradas...) y siempre práctico, en su mayor parte es una sucesión de túneles tanto oscuros como sucios. El mal olor junto a las paredes rotas del subterráneo en los barrios pobres contrastan con el cuidado de algunas estaciones de los barrios más ricos o mejor posicionados. 

La suciedad de París nos brinda una estupenda metáfora para acabar este repaso. La ciudad es como un cuarto mal ordenado: un rápido vistazo puede gustarnos, pero cuando empezamos a abrir cajones podemos sentirnos decepcionados. París es una ciudad a la que le sienta bien que se la mire de lejos, y siguiendo a la Ley de Murphy, nunca te fíes del aspecto de nadie de lejos o de espaldas. Y menos si es una mujer.  

Lo que he dicho es lo que se, y solo les pido que lo juzguen y lo valoren sabiendo que tal vez sea lo más subjetivo que he publicado nunca. Me encantaría que alguien discrepase con mi punto de vista, pues no es de mi agrado el regusto amargo con el que marcho de París, que espero que el tiempo transforme en algo más dulce. 

Solo diré una cosa más: ¿Se acuerdan de aquello que le decía Bogart a Bergman, lo de "siempre nos quedará París"?

Pues vaya putada. 






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