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Dejar todo y viajar, 1 año y 9 lecciones

Ya hace un año que comenzó la aventura de dejar todo y viajar. Han sido 365 días en el Sudeste Asiático, superando el miedo a viajar solo por primera vez y cogiéndole el gustillo a eso de perderse.

El Sudeste Asiático me ha regalado una baraja de buenas lecciones. Aunque en realidad, no creo que haya sido mérito del territorio. El Sudeste Asiático ha sido el colegio, pero dejar todo y viajar ha sido el auténtico profesor. Qué bonito…

Hoy me gustaría hacer memoria y recopilar las lecciones más importantes de estos últimos meses. Para ello, voy a enumerar 9 puntos clave de la aventura. Si estás pensando en dejar todo y viajar, atención.

Dejar todo y viajar. Dejarlo todo e irse. 8 lecciones aprendidas en el Sudeste Asiático. Viajar solo. Miedo a viajar solo.
En el muelle de Hua Hin, Tailandia.

1. Dejar todo y viajar da mucho miedo

Cuando pienso en el momento de hacer clic en la compra del billete de ida… Aún me cago en los pantalones. El mes previo del vuelo hacia Bangkok se convirtió en 30 días sin poder pegar ojo.

Nervios, nervios y más nervios. La culpa la tiene uno mismo, cuando se simulan situaciones en la cabeza que casi nunca suceden. Por ejemplo, pensaba que me iba a quedar solo en el hostal. Aburrido y sin saber qué hacer. Sin tener a nadie con quién hablar.

Y al final, nada de eso sucedió. Salvo la primera semana que me quería largar de Bangkok, las siguientes fueron estupendamente.

2. Ser introvertido no es excusa para dejar todo y viajar

A pesar de ser introvertido, en el hostal de Bangkok no tardé en conocer a mucha gente. Cuando elucubraba desde Barcelona, jamás imaginé que sucederían cosas como éstas:

–Llegar por primera vez a mi habitación y encontrarme a una sueca medio en pelotas. Y que con total naturalidad me diese la bienvenida. Luego me enseñaría a diario, la evolución del tatuaje que se había hecho esa misma semana.

–Encontrarme jugando a cartas a las tantas de la noche con un australiano, una chica danesa y otro chico de no sé dónde.

–Partirme el culo con las aventuras del coreano Lee en CouchSurfing. Cuando me explicó que un anfitrión bizco le obligaba a dormir con él en su misma cama y arrimaba cebolleta

–Conocer a Monticha, la profesora tailandesa apasionada a tomarse batidos de setas. Luego me la volvería a encontrar en la bohemia ciudad de Pai, al norte de Tailandia. Allí, los batidos de setas son más baratos.

3. El miedo a viajar solo, desaparece enseguida

Al final, uno se acostumbra a viajar solo. El miedo va desapareciendo porque actuando con sentido común, educación y respeto, no tiene por qué pasarte nada. Solamente hay que aplicar la sabiduría española: donde fueres haz lo que vieres.

Tailandia fue el primer país del Sudeste Asiático que visité y en ningún momento tuve sensación de peligro. Salvo algún momento tenso con un Tuk Tuk que me recorrió unas cuantas tiendas de traje. Valiente hijo de pu$%”& (con cariño).

Aprendí que, lo peor que me podía pasar era perderme o llegar tarde a un sitio. Y poco más

4. Viajar solo, no significa ser un dejado

Antes de partir, pensaba que por ser mochilero, acabaría dejándome rastas, vestiría camisetas de tirantes, caminaría con chanclas de dedo y fumaría tabaco de liar con especias.

Sí, sí… En Barcelona jugaba a imaginarme la gente con la que me iba a encontrar. Y no te voy a mentir: en mi cabeza dibujaba un perfil «perroflautístico». Y al final, tampoco acerté.

Viajando te encuentras absolutamente de todo. Y hablando de rastas, recuerdo cuando en Luang Prabang conocí a Damián, un chico francés de un par de años menos que yo con unas rastas que le llegaban hasta el culo.

Un día, nos íbamos a bañar unos cuantos al río del propio hostal y le propusimos que viniese con nosotros. El tío dijo que no le apetecía porque se acababa de lavar el pelo. Nos quedamos flipando, pero comprobamos que Damián era un tipo muy divino.

En fin, que viajar y encontrarse a gente de todo tipo es genial. Por ello, dibujar un perfil del típico mochilero no tiene demasiado sentido

5. Los mejores lugares para viajar solo, los descubres tú

No te voy a engañar. Cuando leí a otros nómadas por internet, pensaba que el lugar idóneo para quedarme a vivir una temporada larga era Chiang Mai.

Había leído tanto acerca de esa ciudad y parecía la candidata idónea para mí. Sin embargo, cuando llegué a Chiang Mai me llevé un chasco enorme. Sufrí el síndrome de París pero con esta ciudad tailandesa.

Me lo había pasado tan bien en Bangkok el mes anterior, que ahora en Chiang Mai todo me parecía descafeinado. Quizás, si no hubiese leído ni escuchado la opinión de tantas personas, la rosa del norte me hubiese parecido una buena ciudad para vivir. Lamentablemente no fue así.

Por ello, las mejores ciudades para viajar solo deberías descubrirlas tú. Porque cada persona es un mundo y que mi color favorito sea el azul marino, no significa que el tuyo también lo sea. ¿Ves por dónde voy?

6. Dejar todo y viajar, tiene momentos no tan divertidos

Viajar solo tiene muchos momentos de mierda. Hablando en plata. Por ejemplo, hay veces que estás tu solo en un precioso lugar y te gustaría tener a alguien al lado para comentar la jugada.

En otras ocasiones, echas de menos tu ciudad natal. Te comerías un plato cocinado por tu madre. O te gustaría mantener una conversación en tu idioma.

También, cuando te pierdes y estás solo, te irritas. Si no te entiendes con otra persona, te desesperas. O cuando no sabes si estás pagando lo mismo que una persona nativa.

Tampoco mola ver que has reservado un hostal que es un puto desastre, poco higiénico y donde nada funciona.

7. Viajar con un teléfono móvil es hacerlo acompañado

Nunca he entendido demasiado bien aquellos viajeros que reniegan de lo digital: «Yo viajo sin móvil, GPS y dejo que los taxis me den mil vueltas porque no tengo ni puta idea de la distancia a recorrer».

Pues que quieres que te diga. Desde mi punto de vista, viajar con Google Maps es de gran ayuda. La tecnología me ha solucionado la vida a lo largo del viaje: reservas de hoteles, hostales, vuelos, consulta de movimientos bancarios hubiesen sido gestiones más complicadas de no haber tenido móvil, portátil y una conexión a internet.

Además, siempre es de agradecer poder escribir un mensaje cuando uno echa de menos a alguien. Por todo ello, renegar de la tecnología y presumir de viajar con un teléfono antiguo, me parece dañino. Viva Google, coño.

8. Viajar solo, es vivir más con menos

Viajar solo, te fuerza a comprimir toda tu vida en el espacio de tu equipaje. Esto significa que se ha de descartar mucha mierda antes de emprender una aventura así.

Como diría el gran Alfonso Arús: «mierdas, las justas».

En una maleta caben pocas cosas, así que hacer un ejercicio de selección antes de partir es obligatorio. Gracias a ello,  uno se da cuenta de lo poco que hace falta para tirar millas. Parece un asqueroso tópico, pero es verdad.

Tener una vida minimalista no significa vivir en la miseria, sino reconocer lo que verdaderamente es importante. Desechar todo aquello que no sirva absolutamente para nada. Gracias Alfonso Arús por tus enseñanzas.

9. Tailandia ha sido la guinda del pastel

Pero… ¿Tailandia es un país seguro para viajar en solitario?

Y sí, la respuesta es que sí. Uno puede venir tranquilo en Tailandia. Durante todos los meses que he estado en este fabuloso país, nunca he sentido inseguridad. Entre el trío titular del Sudeste Asiático: Malasia, Laos y Tailandia. Éste último se ha convertido en mi favorito.

Además de ser un buen país para iniciar una aventura en solitario, también es un buen territorio para establecerse una larga temporada. Por poco dinero –unos 600 euros al mes– se puede vivir decentemente en la mayoría de ciudades tailandesas. Incluso en la propia capital.


Dejar todo y viajar es un reto. Una aventura extraordinaria. Y si has llegado hasta aquí, seguramente te haya picado el mismo gusano que a mí. Por eso, me gustaría preguntarte, ¿en qué ciudad te gustaría empezar?

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