Patarranes... y Patarranas.
Aqui va la penultima entrega.
DÍA 16. OHRID-TETOVO. 180 kms
Jornada por Macedonia con su cara y su cruz. Iba a decir que amaneció un día espléndido en Ohrid
Cuando he recordado que antes de arrancar detecté una fuga de combustible en los macarrones de la gasolina. Fue imprescindible buscar inmediatamente una ferretería, comprar abrazaderas y reparar allí mismo, en la acera.
Dejé el lago Ohrid no sin antes pasar por una peculiar playa
para llegar posteriormente al lago Debar,
donde inicié mi ruta a través de las montañas de Mala Reka,
a veces, en compañía.
Cuando alcancé las orillas del lago Mavrovo
el tiempo estaba de cambio. Busqué un observatorio para otear el horizonte
y confirmar que la tormenta llegaría muy pronto.
Momento propicio para comer algo como por ejemplo una muchkalica macedonia en un barucho junto al lago.
Fue acabar de comer, recorrer 5 kilómetros escasos, y empezar a diluviar. Suerte tuve de poder refugiarme en una providencial parada de autobús junto a la carretera.
No podía hacerse más.
Pasé bajo el tejadillo aquel la siguiente hora y media entre goteras y rayos.
Al menos tuve compañía: aparecieron por allí una pareja de senderistas polacos con las ropas tan empapadas que parecía que fueran vestidos con neoprenos, pobres.
Más tarde pasó un motorista sobre una custom siendo remolcado bajo el diluvio por un coche. Este por no llevar no llevaba ni casco. En cuanto coronó la subida el tío se tiró cuesta abajo sin motor. Quiero decir que el que no se consuela es porque no quiere.
Cuando la tormenta se disipó ya había perdido demasiado tiempo para continuar con la excursión de la tarde que acababa en la estación invernal de Popova Sapka. Preferí llegar por carretera a Tetovo y buscar alojamiento para descansar y secarme. Esta vez me dejaron aparcar la moto junto a la conserjería del hotel, vaya lujo.
DÍA 17. TETOVO-BROD. 175 kms
Poco tránsito en la aduana de Globocica para entrar en Kosovo.
Aún así, fue el paso fronterizo más lento de todos los del viaje. La carta verde no sirve en este país y hay que sacar allí mismo un seguro específico. En el caso de una moto, 15 días, 15 euros.
¿Cómo es el sur de Kosovo?
Población albanesa, religión musulmana y paisaje rabiosamente verde.
Algunas pintadas daban muestra de las disputas politicas que originaron la guerra,
y algunas señales de tráfico indicaban que hasta hacía muy poco las armas estaban en la calle.
El objetivo del día era subir al pico Skarp, a casi 2500 metros, situado justo en la frontera entre Kosovo y Macedonia.
Para variar, la mañana fue pasada por agua; suerte que la lluvia no duró mucho.
La subida al Skarpa se iniciaba en el pueblo de Zaplluxho por una buena pista de grava.
La sección media, aparentemente inofensiva, ya fue más exigente a causa del engañoso terreno: suave y chocolateado, pero en realidad una trampa de barro donde la moto apenas tiraba.
En ocasiones lo más sensato era salirse por la hierba mientras no tropezara con obstáculos ocultos.
Para rematar, unas últimas rampas muy deshechas, de las de de ir en primera, porque la moto a causa del calentón y la carburación demasiado gorda ya no daba mucho más de sí. Sin el líquido Evans, no me sorprendería haber hecho cafetera.
Fue una excursión de alta montaña que, sin equipaje y sin barro, habría sido un divertido paseo; pero que, lejos de casa, con maletas y terreno enfangado se convirtió en un serio desafío.
Algún descansillo para respirar moto y piloto...
y momentos para disfrutar a tope del entorno de las montañas Sharr.
Minutos de éxtasis y relax en la cima, con Macedonia y los lagos Karanikolicko a mis pies. No es raro que las tropas de la OTAN eligieran Skarpa como punto de observación durante la guerra, menuda atalaya.
Las vistas extasiantes duraron poco porque enseguida empezó a entrar la niebla por la vertiente kosovar y hubo que enfundarse presto el casco y pensar en retornar a la civilización.
A media bajada me di cuenta de que había olvidado el trípode de la cámara de fotos justo en lo más alto del pico. Casi me dio un ataque de risa sólo de pensar en lo absurdo de la situación. Con lo que me había costado alcanzar la cima y ahora iba a tener que volver a subir entre la niebla a por el dichoso trípode: se lo ofrecería a los dioses de la montaña, yo no subía otra vez. Estaba riéndome de mi mala suerte cuando una silueta humana emergió entre la niebla.
Un pastor subía con su rebaño de ovejas hacia los pastos más altos.
Me contó que había trabajado un tiempo en Salzburgo pero que por diferentes razones había vuelto a su país. No sé qué trabajo tendría en Austria pero con seguridad debía ser menos duro que su trabajo en las montañas Sharr a la intemperie. También me habló de los absurdos problemas que le planteban las nuevas fronteras a la hora de desplazarse con los rebaños. Y cómo no, obligatoriamente charlamos sobre el mal tiempo y bromeamos sobre la diferente calidad de nuestras ropas impermeables.
-Observa, made in Germany, con esto aguantamos aquí la lluvia y el frío a diario. Buen material alemán. Hay que venir preparado, hombre.
-Pues mira mi chubasquero, Adidas, made in France, llevo 15 días en moto pasando más frío que un tonto.
Poco después de despedirnos aparecieron otros pastores más jovencillos,
una pareja de Sarplaninac o mastines yugoslavos, encantadores.
La compañía de los juguetones cachorros era muy agradable, pero debía seguir ruta hacia los valles de la región de Prizren.
La jornada, pasada por agua, y con suficientes emociones, tocaba a su fin. Un poco de comida basura en Dragash y enseguida rumbo a Brod,
Un pueblito donde había localizado un apartado y solitario hotel de montaña.
Allí pude reposar en tranquilidad, no sólo por el entorno... sino porque también era el único cliente. ¿No quería paz?
DÍA 18. BROD-VALBONA. 225 kms.
Dediqué las primeras horas de la mañana a pasear por las montañas cercanas a Brod, siempre cuesta arriba, sin ánimo de llegar a ningún sitio en concreto, sólo seguir el sendero hasta donde me apeteciera.
Cuando obtuve estas vistas del cañón pensé que había tenido más que suficiente, ¿no?
Bajaba yo tan contento cuando me di de bruces con estos agentes de la patrulla de fronteras.
-¡Documentos!
-No llevo.
-¿No lleva documentación?
-Pues no, tengo el pasaporte en el hotel de ahí abajo, donde muere la carretera. Pensaba que era el único humano aquí.
-Ah, debe ser usted el de "la moto amarilla", claro.
La cosa no pasó a mayores y una vez aclarada mi situación, el dicharachero policía de la izquierda me hizo una exhibición de cómo manipular adecuadamente el AK-47. Vigilaban el contrabando en la frontera con Macedonia y saldaban el año con un par de intervenciones a todo tirar. Un poco más abajo encontré su coche aparcado justo al inicio de la senda.
Estos hacían algo de trekking, pero con moderación.
Desde el mismo hotel nacía una pista empinadísima hacia la frontera y con muchas posibilidades de enlazar con otros caminos de alta montaña. Aquella zona era todavía mejor para rodar que no el Skarpa, pero reconozco que me faltó decisión para volver a coger la moto y explorar el terreno. Nadie es perfecto.
El plan A consistía en volver a Albania y llegar aquel mismo día a Valbona, pero antes debía salir de Kosovo atravesando cómodamente campos y bosquecillos idílicos. Qué relax circular por la campiña recién segada y no por las pistas deshechas y enfangadas del Skarpa.
Tenía pensado atajar hacia Albania por un paso fronterizo abierto recientemente en un puerto de montaña, entre Shishtavec y Krushevo. El acceso era por pista forestal, cosa que ya sugería que aquella no era una aduana convencional.
En efecto, el edificio era compartido por dos agentes albaneses y uno kosovar que trabajaban conjuntamente; este último me explicó que el paso sólo era posible para ciudadanos residentes en los pueblos cercanos a la frontera. Los pueblos de la comarca estaban tan aislados que los gobiernos habían acordado facilitar el paso de la gente para que pudieran compartir servicios básicos.
Entendí que no iba a poder cruzar por allí. Ante mi decepción, el guardia albanés más bajito empezó a hacer broma con el asunto.
-Dices que quieres ir a Albania ¿Ves ese trozo de tierra detrás de la barrera, ahí, a dos metros de ti? Pues es Albania, sí, pero por aquí no pasarás, majete.
Aprovechando mi descuido, el otro agente albanés mientras tanto ya me había revisado el nivel de aceite de la moto, comprobado la solidez de las alforjas y repasado también la presión de los neumáticos. El bajito me explicó que su compañero era motard, y que me ofrecía un canje: mi Suzuki por una Yamaha que tenía guardada en el almacén.
Como no me aclaraban de qué modelo exacto se trataba nos fuimos todos para el garaje a ver la moto. Antes de abrir la puerta el bajito casi se muere de la risa: era un horrible ciclomotor Yamaha de los años 90 con transmisión por cardan.
No me iban a dejar pasar a Albania pero nos reímos un rato con sus ocurrencias.
Antes de marcharme por donde había venido me indicaron que por proximidad me convendría usar la aduana de Morine, pero cada agente me recomendaba un atajo diferente y mejor que el sugerido por sus compañeros, vaya comedia me montaron entre los tres. Prohibido hacer fotos, lo siento.
Como no me solucionaron nada, me detuve en el primer pueblo que se cruzó en mi camino, Krushevo.
Pensé que podría comer algo en el burguer local mientras consultaba la ruta en el ordenador tranquilamente,
Pero estaban en pleno ramadán y sólo pude tomarme una Schweppes, vaya chasco me llevé.
Entre los incidentes diplomáticos y la falta de condumio estaba disfrutando de una mañana gloriosa. Suerte que a la gente de la zona no les faltaba el buen humor.
Finalmente conseguí reconducir la ruta hasta la aduna de Morine y entré en Albania, donde las cosas seguían más o menos igual que la última vez que había estado allí.
Carreteras de todo pelaje, gasolineras y lavaderos cada 500 metros, miles de curvas, orografía abrupta y tortugas por doquier jugándose la vida.
Al atardecer alcancé el valle de Valbona, un enclave de tipo alpino situado en la parte más septentrional del país.
Allí conocí a Sami, monitor de esquí extremo y propietario de una vetusta Cagiva 350.
Se enamoró de la DRZ400 y no paraba de insistir en que él la transformaría en una buena supermotard.
Me ofreció una birra a cambio de que le dejara darse una vuelta con la Suzuki y, bueno, al final fueron algunas más, así que todos contentos. Ya exploraría el valle a la mañana siguiente.
DÍA 19-VALBONA-SHKODER. 160 kms
En realidad sobre la moto fueron sólo 130 kms; 30 los recorrí plácidamente a bordo del Annika, pero no adelantemos acontecimientos.
Primero había que explorar el valle de Valbona sobre un lecho de piedras tan blanco que hería la vista.
Una señal en medio de la rambla me aclaró el rumbo
Y pude desayunar algo justo en el límite del valle, en la aldea de Rrogam.
Seguir en moto más allá no era posible, sobre todo porque una barrera bloqueaba la ruta. Honestamente, tampoco habría llegado mucho más lejos.
Deshice el camino sin problema. Me encantaba el paisaje: pura Albania.
Poco offroad. El camino a Valbona está siendo asfaltado, pero el paraje bien merece una visita.
Un par de horas más tarde, estaba sentado tranquilamente a bordeo del Annika surcando las aguas del lago Koman.
Me vino de perlas que por una vez me llevaran y poder desentenderme de la conducción.
De los mejores momentos del viaje, 30 kilómetros de navegación en compañía de otros turistas y paisanos que íbamos recogiendo por el camino esperando al barco apostados en cualquier peñasco (ver bien la foto inferior). Sobrecogedor.
La travesía me hizo recordar inevitablemente una memorable escena de la película Remando al viento, en la que Lord Byron en pleno rapto romántico evoca la furia de las montañas de Albania.
Dos siglos después, constaté, la vida allí sigue siendo dura y áspera como sugería el canto.
Algunos pasajeros desembarcaban en improvisados muelles y se perdían senda arriba.
Otros eran recogidos en medio del lago con la ayuda de un barquero.
En fin, sólo dios sabe de dónde venían y a dónde iban aquella gente. Cuesta trabajo imaginarse su vida allí entre los riscos, caminando arriba y abajo por las sendas, prácticamente incomunicados, dependiendo permanentemente del ferry.
Estas chicas nos suministraron una suculenta y recién hecha merienda.
Comparadas con los demás habitantes del lago, eran unas privilegiadas: Vivían en esta casita en la misma ribera y con embarcadero particular.
Hubo tiempo también para darnos un baño en un recóndito cañón. Bendito relax, sí, pero la tarde iba pasando y según mis cálculos llegaría a Shkoder prácticamente de noche.
Sacar la Suzuki a tierra firme no fue fácil, hasta el capitán tuvo que implicarse.
Cuando estuve en condiciones de poner en marcha la moto ya había desaparecido todo el personal, el muelle estaba desierto y, por desgracia para mí, la salida del puerto era a través de un siniestro túnel. Y yo sin luces. Suerte tuve de engancharme a la trasera del último coche, que salía en ese momento, porque el túnel era largo, con curvas, sin asfalto, encharcado, con rasantes, goteras, derrumbamientos, bacheado. Sin su colaboración no lo habría conseguido.
Por supuesto anocheció poco antes de llegar a Shkoder, pero ya era territorio conocido y previsible...
DÍA 20. SHKODER-PODGORICA. 160 kms
Si la etapa anterior fue de barco, esta también tendría carácter fluvial o lacustre, aunque sin crucero.
La entrada a Montenegro, por carreteras terciarias, siempre bordeando la ribera del lago Skadar.
Menuda calma en sus orillas. A medida que me acercaba a Virpazaar florecieron los puestos a pie de carretera donde vendían aguardieente casero, qué peligro. Igualmente, el lago se fue transformando en el mar de los sargazos, qué raro todo.
Sencillamente, es que la región de Bobija ofrece estos fabulosos paisajes. Mi objetivo: Dodosi,
Donde debía encontrar cierto puente para introcucirme en las marismas cercanas a Podgorica. El caso es que no llegué a cruzar dicho puente ni atravesé las marismas tampoco.
El lugar bien se merecía un receso para tomar un baño en el lago, y también un número importante de cervezas en compañía de Srecko y Aleksandra. Había visto su GSX750 aparcada a la puerta del bar situado en el mismo lago, entré a saludarles y enseguida congeniamos.
El resto de la tarde transcurrió entre birras y baños en aquel paraíso inesperado, era bastante previsible. ¿Dónde iba a estar mejor?
Srecko repetía inisistentemente un par de mantras:
-Bikers are brothers.
-It"s my pleasure.
Total que después de estar charlando sobre motos, viajes, religión, guerras y otros temas quedó bastante claro que me invitaba a todo lo que podía beber y después a cenar y a dormir en su casa de la capital donde vivía con toda su familia
¿Quién de nosotros en occidente haría lo mismo por un desconocido?
DÍA 21. PODGORICA-KOLASIN. 140 kms
Srecko me guió por las calles de Podgorica aquella mañana de domingo y, tras despedirnos y agradedecerle su hospitalidad, me dejó bien encaminado hacia la aldea de Seliste, donde comenzaba un interesante periplo por las sierras de Montenegro próximas a la frontera con Albania.
El relieve kárstico montenegrino ya me resultaba familiar, y se hacía más descarnado cuanto más ascendía.
El caso es que me quedé sin batería en la cámara de vídeo y me detuve al lado del camino para cargarla con el miniPC. Mientras tanto, le daría un vistazo a toda la tornillería del equipaje, que siempre se acaba aflojando. Estaba yo tirado por el suelo apretando tuercas cuando apareció un 4x4. No me dieron ni los buenos días ni me preguntaron si necesitaba ayuda. Directamente me sacaron la botella de rakia por la ventanilla.
-Bebe, hijo.
-Sí. Glu-glu. Gracias.
-Bebe más.
-Claro. Glu-glu.
-Un poco más no te hará daño.
-Ya voy, ya voy. Glu-glu.
-¿Alguna avería? ¿Has pinchado?
-Nada serio, un tornillo que se ha aflojado.
-Vale. Nosotros continuamos. Con el pedal que llevamos encima iremos despacito, así que nos alcanzarás enseguida. Cuando nos veas, para, que echaremos otro traguito.
Como no podía ser de otra manera, volvimos a coincidir un poco más adelante, y mis nuevos amigos volvieron a mostrarse espléndidamente generosos.
Mientras estábamos dándole a la botella, la muchachada de las casitas cercanas se aproximó para echarle una ojeada a la moto y también al turista.
Los chavales me convencieron de que el lago al que yo me dirigía era más bien una birria, y que era mucho mejor plan quedarme allí con ellos, en el Rikavacko Jezero. Como el aguardiente había corrido en exceso, me pareció una excelente idea bajar un poco la temperatura corporal y mental con una buena inmersión.
A pesar de ser domingo, el lago estaba desierto. Con la excepción de algún artefacto del pasado recorriendo sus orillas.
En efecto, era un 600 con una familia de domingueros a bordo. Esto sí es offroad.
Más tarde aparecieron por allí Pedja, Vesna, Alexander y más gente que celebraban una comilona campestre en una casita junto al lago. No tuve más remedio que aceptar su invitación e inflarme a comer chuletas y sandía y beber cerveza.
Para postre los más inconscientes se lanzaron cuesta abajo por el prado haciendo la croqueta. Los más moderados, con mejor criterio, optaron por inmortalizarse cerca de una moto y dejarse de deportes extremos.
La compañía era agradabilísma, pero debía continuar con mi ruta. Antes de despedirnos, mis anfitriones me obsequiaron con un "gran cerdo", que es como se conoce a las litronas de 2000 cc por estas tierras. Creo que es uno de los regalos que más me han emocionado nunca :lol:. En fin, se hacía tarde y daba mucha pena marcharse. Poco a poco el lago Rikavacko fue quedando allá abajo, en el valle,
Y... enseguida me vi rodando solo otra vez por las pistas de las montañas de Montenegro.
Tras una breve visita al lago Bukumirsko el cielo se cerró y empezó a lloviznar mientras atravesaba bosques camino de Kolasin.
Para cuando llegué a dicha ciudad, era ya de noche y diluviaba.
Suerte tuve de encontrar a última hora cobijo en casa de una anciana que vivía sola con su gato y escuchaba a todas horas música balcánica en su transistor.TO BE CONTINUED...
La aventura completa... en los links siguientes
DRZ400. Trail Forever. Los Balcanes Pata