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A MARIO VARGAS LLOSA


¿Qué sería, pues, de nosotros, sin la ayuda de lo que no existe?

Paul Valéry, Breve epístola sobre el mito

Abrió los ojos a las cuatro de la madrugada y pensó: Hoy comienzas a cambiar el mundo, Florita. Es lo primero que recordé cuando escuche contar tu historia; te llamaron a las cinco y media de la mañana y te dijeron que reconocerían tu extensa trayectoria literaria con el Premio Nobel de Literatura. Hoy comienzas a cambiar el mundo, Marito, y esta vez para siempre, pensé, no hay retorno.

Recordé las dos primeras líneas de tu novela El Paraíso en la otra esquina y la emoción que me produjo leer las peripecias de Flora Tristán y su nieto Koke, el indomable Paul Gauguin y en ese instante, sin reparar en el involuntario acierto, me di cuenta que efectivamente el paraíso está tan cerca como la otra esquina o tan profundo como el lugar del propio corazón, inaccesible por falta de coraje o exceso de esquinas.

Hoy comienzas a cambiar el mundo, Marito, subrayé mentalmente.

Porque a partir de hoy el mundo buscará leer al Premio Nobel Peruano y detrás de las bambalinas de tus ficciones y ensayos te encontrarán a ti y seguramente, por aquel influjo mágico de la literatura, tus vigorosas convicciones y tus ideas libertarias pasarán a ser las de quien te lea. Con eso habrás expandido el fuego de la inconformidad frente a la realidad, esa realidad a la que siempre quisiste mejorar, liberar, denunciar, agraviar o endulzar, esa realidad que es la nuestra, la de todos, la de los que, muchas veces, vivimos pegados al miedo de querer cambiarla y no lo hacemos por cobardes.

Por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota, dijo la Academia.

Recuerdo como si fuera ayer aquella mañana sabatina de mi primer semestre universitario.

Hasta esa soleada mañana arequipeña había leído, sin detenerme mucho en pormenores, La ciudad y los perros y sentía que narraba eventos imaginarios de un lugar tan extraño y lejano para mí, que aquel derrotero de inclemencias militares no podía ser parte de mi vida ni tan siquiera de forma tangencial.

Al poco tiempo, al intentar sacar mi libreta militar, me di cuenta que estaba desnudo y secuestrado junto a otros quinientos jóvenes en un campo de tiro al aire libre para pasar una exhaustiva e indignante revisión médica y que nadie en el Perú estaba suficientemente lejos de aquel vandalismo oficial.

Aquella mañana de 1995, entre libros viejos y piratas, asistido por un vendedor de libros que no sabía lo que hacía, elegí, con mucha suerte, La Guerra del Fin del Mundo y El pez en el agua.

Las impresionantes imágenes propuestas me hicieron reparar en los peligros del fanatismo religioso y en los misteriosos e insólitos derroteros de la democracia en mi país. Me di cuenta que yo era también, una especie de fanático religioso y que, muy a mi manera, pretendía imponer mi verdad absoluta a la realidad. También me di cuenta que lo poco que conocía de la historia política de mi país lo acababa de aprender en una novela.

No me dediqué a cambiar este orden de cosas inmediatamente y mientras mis afiebrados discursos sobre la verdad se hacían más audaces y poéticos, mi hambre de historia se acentuaba de la mano con el reconocimiento de mi ignorancia.

Leí otras cosas.

La poesía empezó a llenar todos los ámbitos de mi lectura y fui amante de Pizarnik, Neruda, Wilde, Vallejo y Withman. Antonio Cisneros, Watanabe y las poetas contemporáneas nacionales fueron una revelación de orgullo que no sabía que era capaz de albergar; Varela, Di Paolo, Dreyfus, Ollé, Cornejo entre tantas otras llenaron mis tardes y mis noches de palabras poderosas, de imágenes lúdicas y honestas, de dulce paroxismo.

En 1998 volví a guarecerme en la sombra de tus palabras con tres libros descomunales y certeros para la época que andaba viviendo. Elogio de la Madrastra, fue mi primera novela erótica; Cartas a un novelista, fue mi primer libro de texto para aprender a escribir y Conversación en la Catedral fue la gota que derramó el vaso.

Decidí inmediatamente tres cosas después de leer estos libros; la primera, que debía seguir leyendo literatura erótica (también filosofía, historia y evolución del amor y el sexo) y escribirla por su espíritu liberador y su capacidad de destrozar los lugares comunes y ordenes preestablecidos, por recrear una íntima y elemental potencia literaria (el reto era no caer en la superficialidad ni en la huachafería), así que me interné en la lectura de Henry Miller (empecé por los clásicos Trópicos), Shere Hite (El Orgasmo Femenino y El Informe sobre la Sexualidad Femenina), Lorena Berdún (Cómo hacer el amor-bien), el Marqués de Sade (Justine, Juliette, Las Ciento Veinte Jornadas de Sodoma, Los Crímenes del Amor, Filosofía en el Tocador y una formidable biografía del autor escrita por Francine Du Plessix Gray), Hector Abad Faciolince (el bellísimo Tratado de Culinaria para Mujeres Tristes) y Octavio Paz con su Llama Doble. Encontré la ondulante y triste biografía de Mata Hari, leí las Peregrinaciones de una Paria de Flora Tristán, El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir y los Secretos Sexuales de Douglas y Slinger, establecidos por más de veinte años en el oriente para rescatar, en este gran libro, el conocimiento sexual y erótico de aquella región de chakras, energías, especias, aromas, respiraciones y penetraciones acrobáticas.

La segunda decisión fue que debía escribir. Pero no hay forma de escribir sin antes haber leído, sin el arrebato propio de quién esta tremendamente reñido con la realidad. La literatura es una forma maravillosa de creación de la realidad tanto para el que lee como para el que escribe. Disciplina en la lectura y disciplina en la escritura, todos los días, todo lo que diera la máquina, que aunque fuera poco y pobre nunca nada se creó en un día, todo se aprende.

Inventar ficciones es una manera de ejercer la libertad y de querellarse contra los que –religiosos o laicos- quisieran abolirla, escribiste en tus Cartas y yo, agredido tantas veces por limitaciones primordiales, estaba ansioso de conocer el significado más amplio de la palabra libertad. Ese señor que era mi papá, al igual que el tuyo, también murió y resucitó de repente para hacerme vivir dentro de una tiranía salpicada de breves treguas, la única forma de resistencia y emancipación fue la potencia del lenguaje.

Finalmente, la tercera revelación fue que debía aprender de historia y de política, que necesitaba el conocimiento económico para poder comprender la realidad en la que vivía y que todo ello se soportaba en el conocimiento de la filosofía y la psicología humanas.

En 1999 empecé el trabajo intelectual en el Instituto del Ciudadano (IDC), asociación creada por los correligionarios del Movimiento Libertad y auspiciada intelectual y económicamente por la Fundación Alemana Friedrich Naumann. Sólo en mi primer año en el IDC asistí a ocho seminarios de política, economía y medio ambiente, conocí a unas cincuenta personas que buscaban profundamente lo mismo que yo y quedé absorto y deslumbrado con el conocimiento enciclopédico de la historia, la política, la economía y la filosofía de una élite de amigos que cambiaron totalmente mi manera de pensar.

La noche del 24 de diciembre de aquel año, antes de empezar la cena familiar, estábamos, como era nuestra costumbre, dando gracias a Dios por todo lo recibido en el año y cuando fue mi turno de hablar dije lo que nadie se esperaba.

Mi padre, desde hacía mucho tiempo había sido un fanático durísimo del catolicismo y nos había arrastrado a los ritos más largos y soporíferos que podían realizarse en la ciudad con motivo de alabar, suplicar y cantar a Dios. Así fui testigo de ceremonias caseras de hermanitas carismáticas, imposiciones de manos, gente que vociferaba en lenguas, procesiones interminables, jornadas, ayunos, vigilias y misas de tres horas entre otras piadosas torturas conventuales.

Aquella noche fue noche buena. Me puse de pie, abrí mi bocota bien grande y dije, con no poca tranquilidad y equilibrio, que no participaría de aquella ceremonia casera, ni volvería a misa, ni participaría activamente de ninguna ceremonia religiosa. Me declaré, esa misma noche en presencia de mi familia, agnóstico.

Hablé del estado laico, la separación de poderes y los retos de la democracia liberal por disolver los ignominiosos atavismos que las religiones habían impuesto a la gente bajo la condición utópica de un paraíso en la otra vida.

Mi familia me miraba incrédula y estupefacta. No sabían si reírse por el chiste u ordenarme a gritos que me callara y me sentara a rezar. No ocurrió ninguna de las dos cosas.

Hoy comienzas a cambiar mi mundo, Marito, ya habías comenzado muchísimo antes.

Abandoné mi cena navideña en la mesa y me fui a la cama con el estómago vacío y el espíritu henchido, como si yo solito hubiese matado al mismísimo Satanás.

Pero como siempre, el paraíso estaba en la otra esquina.

Pasé un buen rato medio loco y agresivo contra la religión de mi familia hasta que se me pasó la nevada espiritual y ya no he tratado de combatir tradiciones familiares con argumentaciones políticas.

Creo que encontré un poco de aquel sano equilibrio entre lo que se sabe y lo que se es.

Desde 1999 has sido por mucho mi mayor influencia, además del responsable de que este veinteañero estudiante de ingeniería, fuese conductor de un par de programas políticos de televisión y tuviera la posibilidad de tener a mano a los actores de esa realidad efervescente del Perú post-Fujimori del 2001 y pre-TLC con Estados Unidos del 2005. Los aprendizajes me desbordaban y provocaban en mi aún mayor insatisfacción frente al orden establecido.

El Grupo de Formación Política del IDC se juntaba todos los domingos del señor (ironías de la vida) a las cinco de la tarde en el café La Bóveda de la Plaza de Armas de Arequipa, era nuestra ceremonia religiosa, nuestra misa privada que glorificaba el advenimiento de la cultura.

Leímos y discutimos tus artículos de los varios tomos de Contra Viento y Marea y El Lenguaje de la Pasión, estudiamos con abrumador detalle la treintena de páginas con que prologas Sobre la Libertad de John Stuart Mill, profundizamos en Isaiah Berlín, Von Hayek, Popper, Ortega y Gasset y nos obligábamos a escribir nuestras conclusiones y pensamientos semanalmente para presentarlos en aquellas tertulias de domingo.

Durante los años 1999 a 2001 participé en los 12 seminarios del IDC, me hice coordinador del Grupo de Formación Política, moderador de seminarios y hasta me fui becado por la Fundación a la Theodor Heuss Akademie en Alemania para estudiar Economía y Globalización.

El bicho inoculado por Conversación en la Catedral había transformado mi vida y mi pensamiento. Yo había pasado de dirigir retiros espirituales para adolescentes a coordinar y participar en disertaciones y debates políticos públicos.

La Fiesta del Chivo en el 2001 y El Paraíso en la otra esquina (del que robé el epígrafe para este artículo) en el 2003 son, en mi humilde opinión, tus mejores novelas históricas.

La primera apareció justamente el año en que caía el fujimorato y en sus hojas parecía leerse la historia de aquella dictadura peruana más que de la dominicana que en realidad cuentas con descomunal talento. Los mismos roles con diferentes actores: un dictador sediento de poder, un cerebrito maquiavélico que le daba cuerda al dictador, algunos asesinos a sueldo de rango medio y un pueblo que sufre los antojos de la omnipotencia, barbarie y corrupción total.

El tema era el mismo, hacer un recuento de los nombres que entrarían en, como lo llamaría Borges, La Historia Universal de la Infamia. El Reino del Espanto, escrito por tu hijo Álvaro, expondría esta historia peruana de oprobio y dolor con nitidez meridiana.

La segunda obra es una oda al esfuerzo, son las historias de una abuela y un nieto que resuelven que el paraíso está físicamente en una parte del mundo, en una tarea que realizar, en un cuadro que pintar, en un derecho que reconocer, en un trabajo que hacer, en una mirada individual y personalísima. Diametralmente opuestos, mientras ella daba su vida por el movimiento obrero, él dejaba Europa y se internaba en las junglas más exóticas del planeta para encontrar su íntima naturaleza e interpretarla bella y honestamente.

Entre ambas novelas pude leer tus obras de teatro: La Señorita de Tacna, Kathie y el Hipopótamo, La Chunga, El loco de los balcones y Ojos bonitos, cuadros feos; así como tu narrativa breve: Los Jefes, Los cachorros, ¿Quién mató a Palomino Molero? y El Hablador. Tu teatro es tan rápido y tan lleno de acción que se lee muy placenteramente y tu narrativa breve, aunque sencilla, no deja de ser persuasiva y mágica, como dijiste: la literatura vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

La verdad de las mentiras salió en el 2002 y todos nos apuramos por conocer las obras que en tu concepto son las que no podíamos dejar de leer.

Personalmente, me animó a aventurarme a libros de autores absolutamente inexplorados como Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, sobre el que publiqué el artículo El Problema de la Libertad en Un Mundo Feliz; La Romana de Alberto Moravia (primoroso y atrevido) y Opiniones de un Payaso de Heinrich Böll. Esta última obra me marcó muchísimo por la perfecta presentación de las emociones de un desadaptado y triste nostálgico que pierde al amor de su vida a manos de un pastor ortodoxo. Existe en la obra una combinación balanceada y riquísima entre la fina ironía y el profundo dolor por el amor perdido.

Yo sentía (y siento todavía ahora) cuando un buen libro me ocurre, que cambian un poco mi alma y mi mente. La estructura de las ideas no es igual a la estructura de las cosas materiales. Entre las ideas crecen articulaciones, se establecen vasos comunicantes, se generan nervios y cada vez que las revisamos, sus cartílagos y huesos son diferentes pues se han musculado, se han amoldado a la necesidad sus dueños, siempre con la soterrada misión de dejar fluir la consciencia y la imaginación del sueño a la realidad.

La tentación de lo imposible salió en el 2004, yo volví a vivir sólo después de casi 4 años y no hubo una mejor frase para masticar de este libro que: Como ya lo hemos explicado, en el primer amor uno se apodera del alma antes que del cuerpo, más tarde, del cuerpo antes que del alma, y a veces ni siquiera del alma…, repitiendo las palabras de Víctor Hugo en Los Miserables. Sentí que mi corazón era una Casa Verde donde la fiesta había concluido.

Diario de Irak e Israel Palestina fueron largamente discutidos con mis amigos liberales, me gané el apelativo de culturalista por mis opiniones en contra de la ocupación de Irak y mi visión desconfiada sobre las intenciones norteamericanas frente al proceso de democratización de Oriente.

De las varias recopilaciones de artículos me quedo con Sables y Utopías (luego de Contra Viento y Marea, por supuesto). Soportan desde muy diversas perspectivas la teoría que planteaste cuando te entregaron el Premio Rómulo Gallegos en el ’67:

La literatura puede morir pero no será nunca conformista.
Sólo si cumple esta condición es útil la literatura a la sociedad.
Ella contribuye al perfeccionamiento humano impidiendo el marasmo espiritual, la autosatisfacción, el inmovilismo, la parálisis humana, el reblandecimiento intelectual o moral.
Su misión es agitar, inquietar, alarmar, mantener a los hombres en una constante insatisfacción de sí mismos: su función es estimular sin tregua la voluntad de cambio y de mejora, aun cuando para ello daba emplear las armas más hirientes y nocivas.
Es preciso que todos lo comprendan de una vez: mientras más duros y terribles sean los escritos de un autor contra su país, más intensa será la pasión que lo una a él.
Porque en el dominio de la literatura, la violencia es una prueba de amor.


Terminé de leer El Sueño del Celta hace poco más de un mes y leerla fue reconocer en la obra lugares visitados en el Amazonas y otras novelas que leí cuando visitaba aquellas tierras celosas. Recordé con cariño El Príncipe de los Caimanes de Santiago Roncagliolo y mis paseos por la laguna de Yarinacocha entre muchos otros mágicos lugares.

No he leído todas tus obras Marito, pero las que leí están acá, dando fe de haberlas leído en pequeñas y hasta mezquinas líneas.

Pero lo que me parece más importante de todo este ejercicio de retrospección es que estas obras se han establecido en mi vida con todo y raíces, ramas, flores y frutos, es decir, tus libros son como vértebras de la espina dorsal de mi educación no formal, he crecido con ellos y estos libros me han llevado a otros libros y a otros muchos autores, creando el tejido donde se desarrolla mi humanidad.

Hablar de tus obras en mi vida es hablar de mi vida misma y esto es no negociable.

Falta tanto por leer, por soñar, por aventurar, por aprender.

Me quedan todavía un par de libros de Isak Dinesen, Breton, Elias Canetti, Dos Passos, me falta la consagrada Señora Dalloway de Virginia Wolf, Steinbeck y Greene; en fin; me falta leer a tantos.

Y cuando ya hayamos leído todo y creamos saberlo todo, o bastante o algo muy suficiente, nos daremos cuenta que la verdad es que el paraíso está en la otra esquina, que aún falta muchísimo, muchísimo por leer y aprender, muchísimo qué criticar y contra qué rebelarse.

Aquella noche del Nobel, antes de que las trompetas reales sonaran, la integridad de tu obra fue premiada y yo sentí, que me premiaban un poquito también a mí por haberte elegido como autor de los libros que me cambiaron la vida y el pensamiento.

Por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota, dijo la Academia para darte las gracias.

Ángeles Mastretta comentó dos cosas que me gustaron mucho en una entrevista realizada con motivo de tu Nobel:

Cuando queremos a un escritor, el día que lo premian nos premian.
Reconocer a un gran escritor es también reconocer a sus lectores.


Cuánta razón.

Y termina diciendo:

El mejor personaje de Vargas Llosa es él mismo.
La fortaleza, la cabalidad, la pasión con que se ha creado como escritor y el valor con el que defiende lo que piensa.


Me quedo con este resumen.

Mi personaje favorito eres tú.

Arequipa, 28 de diciembre de 2010

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PRESENTACIÓN BIOGRÁFICA

Javier Manuel Rivera Martínez (1978, Arequipa - Perú) es Ingeniero Químico titulado, especialista en Administración y Gerencia de Proyectos con Segunda especialidad en PMI. Coach Internacional certificado por ICC de Londres con especialización en Coaching Ontológico. Becario de la Fundación Alemana Friedrich Naumann para estudios de Economía y Globalización en la Theodor Heuss Akademie en Gummerbach. Publicó su primer libro de poemas CRONOPIÁCEOS a inicios del 2012. A partir de los aprendizajes de diversos talleres de poesía y luego de una producción que abarca los años 2014 y 2015 nace Parasomnias y otras identidades del recuerdo, su segundo poemario. Ha participado en diversos recitales de poesía y actividades culturales en la ciudad de Arequipa, asistió como invitado a la Caravana Poética y el VI Festival de Poesía de Lima 2015 donde presentó sus poemas en la Casa de la Literatura. Ha presentado sus libros y otras lecturas en la FIL Arequipa 2014 y 2015 y en la FIL Cusco 2015 y participó en el Festival más antiguo de poesía en el Perú: Enero en la Palabra 2016. Actualmente se encuentra en la preparación de su tercer poemario denominado Objects in a mirror are closer than they appear.

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