Hace algún tiempo la famosa discoteca Studio 54 fue protagonista de un post de La Otra Mirilla. Hoy vuelve a serlo de la mano del fotógrafo Hasse Persson, cuyas imágenes realizadas en el emblemático local han visto ahora la luz con la publicación de un libro.
Él no tenía problemas para franquear la famosa puerta, al contrario que las miles de personas que cada noche quedaban atrapadas en la cola. El fotógrafo sueco del Expressen tenía por entonces algo parecido a una doble vida. De día, cubría a la Administración Carter, seguía la agenda de la Casa Blanca y retrataba el convulso Nueva York de los setenta. De noche, entraba a la "discothèque", como él siempre la llama, "del brazo de Andy" y se dedicaba a bailar "con Diana Ross y con Bianca Jagger".
El fotógrafo se movía entre todos ellos y raramente le pedían que bajase la cámara. "Solo si su aspecto no era perfecto o si no estaban en la compañía adecuada", apunta. La gracia del Studio 54 era precisamente que no había zona VIP ni guardas de seguridad y todos estaban condenados a mezclarse.
Casi 40 años después, el fotógrafo, que ahora dirige el museo Strandverket en su país natal, sigue recordando aquellas noches como un oasis de tolerancia, algo que sólo fue posible en un contexto determinado, con una Nueva York arruinada y llena de jóvenes artistas hambrientos en todos los sentidos y en un tiempo histórico que queda emparedado entre la extensión de la píldora y la llegada del Sida. "Calculo que un millón de personas debió pasar por el Studio 54. Ojalá hubieran sido 100 millones. Reinaba un caos controlado. Podías tomar drogas o practicar sexo allí mismo en los reservados y no pasaba nada. Ahora, si te metías en una pelea, no volvías a entrar", recuerda el fotógrafo. En su caso, admite entre risas que "la tentación era grande" pero trataba de mantenerse sobrio porque si no, no salían bien las fotos. Sus dos mundos, en el fondo, tampoco estaban tan separados. No era raro que se cruzase en los lavabos del club con Jody Powell, el jefe de prensa de Carter, o con algunos de los desconcertados gobernadores y senadores que se dejaban caer por allí, intentando que se les pegase algo de aquella frenética frivolidad.
FUENTE: elpais.com