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Introspección


Volvía a encontrarme en el mar, nadando de nuevo. Era la única actividad que me permitía ejercitar mis músculos, quemar toda la .energía que me invadía y fluía en mi interior incapaz de escapar, tratar de apaciguar la ira que iba y venía sin sentido. Mientras nadaba mi conocimiento se clarificaba, conseguía un nivel de concentración que difícilmente lograba en la cubierta del maldito barco. No lo recordaba pero estaba convencido de que en ningún momento de mi otra vida me habían gustado, anhelaba poder pisar tierra firme.

Desde el accidente posterior a mi enfrentamiento con Shania ya no me alejaba tanto del catamarán, la sensación inmediatamente anterior a perder el conocimiento había resultado tan placentera, tan reconfortante y sobre todo tan fácil de obtener que temía que mi voluntad se viese tentada y me abandonase de nuevo a su consecución.

Había regresado y me encontraba agarrado a uno de los múltiples cabos que colgaban por los lados del catamarán. El mar estaba encrespado, el agua clara y más fría de lo normal. El cielo grisáceo como mi estado de ánimo. No tenía ganas de nadar más pero tampoco me apetecía tener que compartir el espacio con nadie en la cubierta del barco, ni siquiera en mi camarote, mío y de Laura, en modo alguno quería mantener ningún tipo de conversación con ella; además sentía crecer un incipiente dolor de cabeza.

—Prométeme que lo haremos —Iván hablaba con alguien, seguramente se trataba de Thais. Lo hacía en voz baja pero la fibra de vidrio del casco sumergido en el mar parecía amplificar el volumen de su conversación.

—Que haremos qué —reconocí la voz de la chica.

—Vamos Thais, ya hemos hablado de esto.

Como ella continuó en silencio se vio obligado a insistir.

—Me prometiste —se detuvo por alguna razón— me dijiste que lo pensarías.

Ella seguía sin decir nada y él continuó.

—Pronto tendremos que tomar tierra, las provisiones se nos están acabando. Cuando lo hagamos nos macharemos, buscaremos otro velero y dejaremos atrás toda esta locura.

Podía imaginarme el rostro imperturbable de Thais. Nadie que no la conociese perfectamente sería capaz de adivinar lo que estaba pensando.

—Ya sé lo que crees. Crees que le debemos algo por haberte…

—Habernos —volvió a llegarme perfectamente su voz.

—Vale, nos salvó la vida a los dos, pero ya hemos hecho suficiente. El otro día lo sacamos del agua, si no lo hubiéramos hecho ahora estaría muerto.

—He perdido la cuenta de las veces que ese hombre se ha jugado la vida por nosotros Iván. Antes de que el mundo se fuera a la mierda el futuro o la existencia de los demás me era completamente indiferente, pero ahora, después de lo que he vivido no, ahora creo que la única forma de sobrevivir es permanecer unidos, cuanto mayor sea el grupo en el que estemos más probabilidades tendremos de lograrlo.

—Vamos Thais, ya le has visto, estuvo a punto de matar a esa mujer, que no es que me caiga precisamente bien, pero la próxima vez podría ser uno de nosotros, podrías ser tú, o yo. Ese hombre no está bien, apenas recuerda algo de su pasado y lo poco que recuerda es para que nos echemos a temblar, ya le escuchaste, dijo que se había visto asesinando a sangre fría a toda una familia, niños incluidos. No me creo que no te preocupe. Al menos antes tenía una meta, un objetivo, quería encontrar a su hija, salvarla, pero ahora, ahora no tiene nada que le impulse a continuar con vida ni a cuidar de la nuestra.

—Vale, vale, veremos cómo se desarrolla la siguiente semana y decidiremos pero ya sabes cuál es mi posición al respecto, mucho tendrían que cambiar las cosas para que variase mi opinión.

Las voces cesaron por completo para dar paso a los susurros, a los gemidos y a las caricias.

Aunque me jodiese, el chico tenía razón, era cierto, ya no tenía ninguna meta, mi hija estaba muerta. Ella había sido lo que me había impulsado a seguir. Ahora todo era inútil, ni siquiera el hecho de intentar recuperar mi memoria, mis recuerdos, mi pasado, mi vida, ni siquiera eso me atraía. ¿Para qué? Lo más probable era que las respuestas que encontrase no me gustaran lo más mínimo. Al fin y al cabo ya sabía lo que había sido, lo que era ahora, lo que parecía que no iba a poder dejar de ser: un asesino implacable y despiadado, un mercenario a sueldo, una máquina letal. Tal vez debería aceptarlo de una vez por todas como decía Shania. Otra vez ese maldito clic.

Al subir al barco me encontré con Jorge practicando kárate con Shania, la verdad era que el chico cogía las cosas a la primera. Se pasaba las horas repitiendo los ejercicios que había aprendido.

—Jose ¿Me enseñas más cosas? Shania dice que tú eres mucho mejor luchador que ella.

—Ella es mejor maestra que yo.

Cogí una toalla y me dirigí secándome hasta el camarote.

—¿Estás bien?

Laura se incorporó de la cama hasta sentarse. La camiseta de tirantes que vestía estaba arrugada y sucia pero aun así le sentaba bien. Apenas disponíamos de ropa para cambiarnos, lo teníamos en tareas pendientes, como tantas otras cosas. No tenía ganas de hablar pero tampoco podía irme sin más. Las palabras de Iván se reprodujeron en mi cabeza, tenía razón.

—Cuando desembarquemos en tierra nos separaremos. Cada uno seguirá el camino que quiera. La excursión se ha terminado.

Ella me observó un instante en silencio meditando acerca de lo que acababa de escuchar.

—No comprendo.

—No hay nada que entender es lo mejor para todos.

—Nadie querrá separarse de ti.

—Pues tendrán que hacerlo, pero de todas formas yo no estoy tan seguro de eso.

—¿Qué quieres decir?

—Nada, es igual —no quería seguir con eso y decidí cambiar de tema— ¿Qué hay para comer?

—¿Te apetece pescado? —Laura sonrió intentando quitar tensión al momento.

—Nos van a salir escamas por todo el jodido cuerpo. Comprobé otra vez que la caja de aspirinas; estaba vacía, arrojé el envase por el ventanuco al mar.

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