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Cataluña (VII)

Proseguimos camino hacia Tortosa
La Dertosa de los romanos
Al parecer esta población que ya pertenecía a Roma en el siglo I, hunde sus raíces en un antiguo poblado íbero que se encontraba en el curso final del Ebro. Sin embargo, fueron los árabes los que construyeron el fabuloso castillo de la Suda y con ello dieron el pistoletazo de salida a la formación de la ciudad a los pies de la fortaleza, siempre protegida por las inexpugnables murallas que habían levantado los ingenieros romanos.




Ello hizo que floreciera una actividad intelectual de vital importancia que atrajo a gran número de estudiosos y eruditos, que acabaron por dar prestigio y fama a la Turtusha árabe. Los cristianos no tardaron en ambicionarla y por supuesto en conquistarla; la convirtieron en residencia real y sede del parlamento, levantando grandes casonas y palacios nobles y dotándola de todo lo que una ciudad de su empaque podía necesitar. La guinda la pusieron los judíos, que en buena convivencia con los otros habitantes de la ciudad, convirtieron su judería en la más culta de toda Cataluña.


Pero, ¡ay!, la expulsión de la comunidad sólo trajo desgracias para Tortosa, que vio como su importancia cultural caía en picado y con ello las inversiones que habían favorecido su comercio e industria, por lo que se sumió en un letargo que la hizo caer en el olvido, pero que a los visitantes de hoy en día nos procuró un casco antiguo perfectamente conservado, rico en calles y callejuelas de regusto y sabor medieval, de rincones que parecen aún dormidos en el tiempo, recuerdos de templarios y del sabath judío, aromas árabes y rezos cristianos, más de dos mil años de historia y de convivencia de tres culturas que la enriquecieron y ensalzaron.


El antiguo barrio judío, la catedral, el Palacio Episcopal, el de Despuig o el de Oriol, el Hospital de la Santa Cruz o el convento de San Juan, son algunos de los edificios que nos salen al paso y que son recuerdos de una Tortosa que aún parece aletargada, que prefiere no despertar y vivir de sus recuerdos junto a un río Ebro que la acaricia a cada latido de su alma medieval.

De fortaleza a parador
Sus orígenes musulmanes, íberos e incluso romanos, otorgan a este castillo un linaje del que pocas fortalezas españolas pueden presumir, ya que en el montículo donde se asienta ya hubo población en el siglo I a.c. según atestiguan las excavaciones realizadas en los cimientos del castillo.





Tanto íberos, como romanos y musulmanes eran grandes estrategas y gustaban de levantar fortalezas o pequeños cuarteles en lugares elevados para mantener una vigilancia constante de los enemigos potenciales de sus asentamientos. Es por eso que desde siempre la roca donde se levanta el castillo ha estado siempre habitado por el hombre.

Levantados sus cimientos y murallas por los árabes, fue conquistado por los cristianos rápidamente y con igual celeridad cedido a la Orden del Temple, lo que hizo que tras su caída en desgracia en toda Europa, el castillo les siguiera al abismo, quedando abandonado a su suerte y a la furia de la Guerra de la Independencia hasta que finalmente fue restaurado y convertido en Parador Nacional.


Por él han pasado reyes de todas las épocas, religiosos de la más alta jerarquía, militares y estrategas, nobles y vasallos, hasta llegar al presente, momento en que el castillo está abierto para el uso y disfrute de quien tenga la suerte de hospedarse en él.
Las vistas desde arriba son de casi 360º, y recomiendo encarecidamente recorrer la ciudad por la Ruta de las Fortificaciones, que nos darán una idea de lo importante y estratégica que llegó a ser Tortosa.

La heredera del tiempo
La catedral de Tortosa, enclavada en el punto justo, en el núcleo de la ciudad y que forma junto con el Castillo de la Suda una pareja histórica inseparable, hunde sus cimientos en lo que en su día fue el foro romano y mas tarde templo visigótico, mezquita e iglesia románica. Así que ese suelo, donde se levantó la Catedral allá por el siglo XIV, tiene una carga histórica y emocional que se nota nada más pisar las calles que rodean al templo.





Vista desde los Jardines del Príncipe, la iglesia presenta su aspecto más macizo, como si fuera una prolongación del castillo que se levanta más arriba, pero cuando nos acercamos vemos que que no es tan homogénea como puede parecer, ya que los diferentes episodios de la historia hicieron que se fuera construyendo a cachitos, por partes, como si siempre quedara algo por hacer. De echo se consagró sin estar terminada y fueron necesarios cuatro siglos para que quedara tal y como la vemos ahora. Y sigue inacabada.





Basta fijarnos en la fachada barroca para ver las ausencias, o en las torres y si queremos afinar más, dando un paseo por el exterior observar los cambios bruscos de constructores y estilos.





Aún con todo es una obra de arte que vale la pena admirar. Porque también hay belleza en lo inacabado.

Miravet, El refugio de los templarios
Casi colgado sobre las aguas del caudaloso río Ebro, que le sirve de espejo donde admirarse, y por encima del precioso núcleo urbano que se agarra a la roca con las uñas, encontramos el imponente castillo de Miravet. Para llegar a él debemos entrar por el centro de la población, y una vez dejada atrás subir por una empinada carretera que nos deja a los pies de la fortaleza.





Una vez allí, aún tenemos que subir un poco más por una rampa de tierra para entrar en el cuerpo principal del bastión.
De toda la visita al castillo me quedo con las espectaculares vistas que se ven desde el pie de la torre del homenaje con el río como protagonista y por supuesto con las del mirador de la Sanaqueta desde el que se puede contemplar los requiebros del Ebro y parte del conjunto monumental de Miravet. Un espectacular patio de armas es otro de los protagonistas de la visita a la fortaleza.




Aunque la verdad no se si la imagen más impactante es la que se obtiene desde el castillo o es la que ofrece la orilla del Ebro que se encuentra frente a él, ya que desde abajo es desde donde realmente se aprecia la tan promocionada y hermosa estampa de la fortaleza rodeada por las casas de Miravet y abrazado el conjunto por el río Ebro, como si de un rey y sus caballeros se tratara.






Creo que me quedo con esa última imagen.

Las muletas del santo alfarero
Llegamos a Miravet en plenas fiestas mayores veraniegas de Sant Doménec, el santo patrón de los alfareros. Lo que empezó como una celebración que pretendía ensalzar las virtudes y belleza de la alfarería del pueblo acabó trascendiendo al barrio donde se celebraba para ocupar todo el pueblo y diversificar sus celebraciones. Durante tres días, Miravet se convierte en el escenario de una serie de actos festivos, entre los que destaca por su originalidad y juerga la bajada de los andròmines o "trastos" por la parte del Ebro más cercana a la población.





Desde los tiempos más remotos surcaron las aguas del Ebro los diversos pueblos que han habitado en la zona: íberos, fenicios, cartagineses, romanos, cuyas naves se desplazaban empujadas por la corriente del agua y el viento favorable o eran impulsadas por hombres de fuerza y mucho brío. Hoy, de manera más festiva y recordando a esos primeros navegantes fluviales se celebra el día de los andròmines. Se trata de embarcaciones hechas a mano por los participantes sin una forma específica, ya que con que se mantengan a flote es suficiente.

Algunas son más elaboradas que otras, pero lo importante es divertirse y pasar un día de mucho calor dentro del río. Su origen se remonta al siglo pasado, cuando se utilizaban barquichuelas o "muletas" a modo de ferry para pasar de un lado a otro del río. Las de ahora son balsas adornadas con banderas, pancartas, o simples botes hinchables de plástico que recorren el tramo del río durante unas horas y proporcionan diversión a los que sobre ellas intentan mantener el equilibrio entre risas y música.


Y para acabar el día nada mejor que una buena comida a base de vino y carnes asadas, recordando los momentos de diversión que nos ha deparado flotar sobre el río Ebro.

Y nos vamos a Reus
Iglesia de San Juan Bautista, la iglesia de los contrastes.






Tiene Reus una pequeña joya escondida que suele pasar desapercibida por encontrarse un poco al margen de los recorridos modernistas de inspiración gaudiana o de las bulliciosas calles más comerciales y artísticas de la ciudad. Yo decidí alejarme un poco de lo más popular y visitado de la ciudad y llegar hasta esta pequeña incógnita arquitectónica de Reus.

Impacta ya desde la primera imagen que nos muestra por un hecho muy evidente, está inacabada. Nos encontramos de frente con un muro que no sabemos si era el original de acceso a la iglesia o se puso de manera provisional para poder empezar con el culto. La idea se ve reforzada por los muros laterales, donde se aprecian incluso los arranques de los marcos de la vidrieras.

Y es que la iglesia, aunque no es antigua ya que data de 1932, surgió como la necesidad urgente de una pequeña ciudad que crecía rápidamente y necesitaba un templo mayor donde reunirse. Aún así, y siendo Reus un potente centro económico y comercial, el dinero nunca llegaba en suficiente cantidad, así que el templo neogótico tuvo que sufrir en su construcción los embates económicos e históricos del transcurrir del tiempo.

Por ello en la inauguración se bendijo la nave central y el altar provisional, dejando para otro momento la construcción de la fachada, el ábside y otras dependencias. Llega la Guerra Civil y con ella un largo periodo de pausa e incluso abandono, que afectó gravemente a la estructura. Durante el Régimen, la iglesia sólo se mantuvo en condiciones para el culto y no fue hasta 1988 cuando se acometieron obras de reforma y ampliación.

Estas obras, en mi opinión poco acertadas, no siguieron la idea original, sino que integraron el cristal y el hormigón en un impactante muro detrás del altar, así como una residencia y un claustro. La estética no es para nada la que esperamos al visitar el templo y nos choca en gran medida por las texturas y los colores.

Si decidimos no conceder mucho tiempo a esta parte del templo ( decisión por otra parte comprensible) podemos emplearlo en visitar las capillas de los lados, dedicadas a Montserrat, el Pilar o el Sagrado Corazón. Seguro que nos vamos con mejor sabor de boca. Aunque sinceramente, me quedo con esa estructura exterior, esa posibilidad que nos da el templo de completar su diseño en nuestra cabeza, imaginarlo más largo, más ancho o más alto. Es una manera de rendir homenaje al arquitecto que no pudo ver acabada su obra.

Calles Llovera y Monterols, comercio, arte e historia





Estas dos frenéticas y populosas calles de Reus, concentran en poco menos de un kilómetro más de 600 tiendas de todo tipo, incluyendo cadenas de prestigiosas marcas y varias boutiques de renombre ( lo que la ha hecho ser bautizada como la ciudad de las compras de la Costa Dorada ), varias joyas modernistas que de vez en cuando salpican los lados y que nos hacen mirar hacia arriba, admirando la genialidad que muestran casas como la Querol, la Tomás Jordi, la Punyed, la Bartolí o la Laguna, auténticas joyas del Modernisme Catalán. Más adelante, y acabando la Monterols nos damos de frente con la Plaza Prim, seguida del impresionante teatro Fortuny, todo ello sin perder un ápice de la elegancia y forma que rige el conjunto.

Por su parte, la calle Lovera presume de su imponente y macizo Palacio Bofarull, reflejo de la generosidad económica del siglo XVIII.





Reus, con más de mil años de historia, tiene origen medieval, y estas dos calles fueron su centro neurálgico desde su fundación. Tuvo su momento de esplendor en el siglo XVIII con la exportación del aguardiente que producía y alrededor del 1900, se construyeron numerosos edificios modernistas que hacen de esta ciudad una de las más importantes en Modernismo después de Barcelona.


Por eso no debemos dejar de mirar hacia arriba, y olvidarnos un poco de las tiendas de ropa cuyos escaparates tratan de llamar nuestra atención. Pensemos que las casas y los palacios que vemos bien merecen más nuestra mirada que las insustanciales y pasajeras modas que adornan las tiendas de la calle.

La joya del mercadal
Hasta cierto punto es normal que muchos crean que todas las grandes gemas del estilo Modernista están en Barcelona. No es reprochable, ya que sin duda son los ejemplos más conocidos a nivel internacional. Pero no está de más acercarse a Reus, segunda ciudad española en poseer mayor cantidad de edificios de esta corriente arquitectónica y artística y dejarse seducir por maravillas como la casa Navás.





La casa constituye un emblema del arraigo que tuvo el movimiento arquitectónico modernista en la industrial Reus y fue un encargo del matrimonio Navás, al arquitecto Lluís Domènech i Montaner. En ese momento el genial arquitecto estaba en su momento de máxima inspiración y fecundidad creativa, por lo que volcó todo su saber en la espectacular residencia que desde su finalización fue conocida como " La Bella del Mercadal"

Fue construida entre 1901 y 1907 para albergar la vivienda principal y el establecimiento comercial ( que aún se conserva en la planta a nivel de calle con su mobiliario original y que es sólo un recuerdo de los grandes almacenes que fueron en su tiempo ) de la familia Navás, adinerados comerciantes de la floreciente Reus. No escatimaron en gastos ni en exuberancia constructiva, por lo que incluso dotaron al edificio de una preciosa torre que aún se puede ver sólo en fotografías de la época ( ya que fue destruida por la Guerra Civil en 1938) y con unas preciosas vidrieras, también perdidas las originales pero restauradas gracias a los bocetos originales. Cerámica, mosaicos, esgrafiado, el trabajo de la piedra y las vidrieras de la casa Navàs son magníficos ejemplos de las artes decorativas que nacieron con el Modernismo y que gracias al destino no se perdieron del todo con la detestable y fratricida Guerra Civil.

La música de las esferas

¡Que suerte tuvo la ciudad de Reus por ser la que tuvo el honor de verle llegar al mundo!. Afortunadamente ha sabido ser agradecida con el genio que la hizo formar parte de la historia del arte y ha creado una ruta específica que recrea y recuerda los lugares que están enlazados eternamente con el genial arquitecto.

Uno de ellos es esta inquietante y al mismo tiempo fascinante escultura que encontramos cerca de su casa, en la confluencia de las calles de Santa Ana y de la Amargura. Obra de Artur Aldomà del año 2002, representa al arquitecto jugando durante su niñez en un banco con unas bolas doradas con efecto rotatorio.
El bronce que representa al arquitecto tiene un genial efecto de movimiento por la torsión del tronco, y aunque carece de cualquier tipo de expresión, si nos fijamos bien tiene una mirada de ensimismamiento, de concentración. Quizá el autor quiso reflejar esa música de las esferas que sólo los genios como Gaudí pueden oír, esa inspiración que sólo algunos elegidos pueden recibir.

Nadie puede resistirse a sentarse en el banco y por un momento simular que juega con el pequeño Antoni.

Quien sabe si de esa manera nos pueda ceder algo de su genio, aunque sea una parte infinitamente pequeña....

La ciudad moderna y modernista
Poco podía imaginar aquella pequeña ciudad medieval de Redis el glorioso futuro que le esperaba con el devenir de los años como una de las principales ciudades de Cataluña. Gracias al comercio (el puerto de Salou, el mercado y la feria), el pueblo llegó a ser pronto una de las grandes poblaciones de la zona creciendo considerablemente y convirtiéndose en una notable ciudad industrial con una importante producción de lana y cerámica. Más adelante se metió de lleno en la producción y comercio de la seda que junto con su potente industria de fabricación de aguardientes la emparejó en el mercado mundial con ciudades como París y Londres.










Esta bonanza, o mejor esta riqueza económica de la que disfrutó, hizo que se desarrollara como centro de muchos mecenas de las artes que dotaron a la ciudad de hermosas casas, palacios y residencias de nobles y de comerciantes venidos a más. De todo ello disfrutamos ahora al pasear por las calles de Reus, ya que a cada paso que damos encontramos muestras y frutos de la genialidad de arquitectos como Luís Doménech i Montaner con su preciosa casa Navás, la menos conocida casa Gasull o la delicada y elegante casa Rull, el tétrico pero hermoso dispensario antituberculoso de Rubió y Bellver, con su tejado en la misma fachada o la casa Grau, hoy una farmacia, que mezcla los estilos modernistas con la decoración afrancesada del Art Noveau que se refleja en su fachada.

El centro neurálgico de la ciudad es la Plaza del Mercadal, que mantiene el encanto de su amplitud, la elegancia de sus edificios nuevos y antiguos, y el recuerdo del pasado bajo sus soportales. De ella parten nada menos que diez calles y todas las rutas turísticas, históricas y artísticas que nos ofrece Reus.



Caminemos por las calles más céntricas para observar el ir y venir de todos los que acuden a Reus para hacer sus compras, para pasear o para disfrutar de los edificios modernistas que, perfectamente conservados, les salen al paso para recordar la riqueza de la ciudad; alejémonos un poco del centro, dejando atrás la Plaza de Prim, con su estatua ecuestre del glorioso general, que en tiempos desplazó al Mercadal como centro de la ciudad.para trazar círculos concéntricos que nos harán seguir el trazado medieval de la ciudad y descubrir joyas escondidas como la iglesia de San Pere o el Barrio Gaudí, construido por el siempre polémico arquitecto Bofill.



Una curiosidad: pocos visitantes saben, que con ánimo de incrementar la velocidad del comercio entre Reus y el resto del mundo, se inició la construcción de un canal que uniera la ciudad con el puerto de Salou. Desgraciadamente el dinero, como en muchas ocasiones, se lo comió la guerra.
Y no podemos irnos de Reus sin probar su famoso aguardiente, fuente de riquezas y de donde proviene el dicho "Reus, París y Londres" refiriéndose a que era el primer centro de cotización junto a estas dos ciudades europeas.


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