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Arena, arena, arena y más arena

Caronte dio un vistazo en redondo al horizonte. Las conductoras de los vehículos esperaban una indicación suya. Giró el cuerpo hasta enfrentarlo a la dirección en la que soplaba el viento. Seguía haciendo calor aunque ahora resultaba algo más soportable, la noche lo suavizaba. Pronto oscurecería del todo. Pero no era eso lo que la preocupaba. Se aproximaba otra maldita tormenta de arena, una más. Ignoró intencionadamente como Rut se acercaba, sigilosa. Se preguntó una vez más cómo una mujer tan, tan enorme, podía moverse con tanta delicadeza. Se soltó la coleta rubia, sacudió la cabeza varias veces. Podía notar como su pelo desprendía polvo y arena. Volvió a recogerse el sucio cabello con la goma, se levantó el pañuelo que le cubría la boca y la nariz, lo subió casi hasta sus ojos intensamente verdes y se giró hacia ella. Ya la tenía enfrente, a medio metro y acercándose. Era de esas personas que siempre invadían ese espacio que los humanos gustan de dejar libre, solo para ellos.

—La tropa espera órdenes.

El desagradable aliento de Rut invadió las fosas nasales de Caronte a pesar de su embozo, no pudo evitar expresar un gesto de repulsión bajo el pañuelo y retrocedió un paso. Órdenes, tropa. Rut continuaba expresándose como la militar que había sido. Órdenes, tropa, ejército; ya nada de todo eso tenía sentido. Su interlocutora parecía impacientarse, las aletas de su nariz se movían con extrema rapidez. Caronte creyó percibir otra vez el olor de su aliento. No le gustaba el papel de Jefe que ahora ostentaba, se encontraba más cómoda con alguien por encima tomando las decisiones pero las circunstancias eran las que eran y ahora le tocaba a ella la responsabilidad de guiar el convoy. Se llevó la mano distraídamente a la sien izquierda.

—Continuaremos unos cinco kilómetros más. Que vuelva a embarcar todo el mundo.

Las aletas de la nariz de Rut parecieron hincharse aún más, luego, de repente, se relajaron.

—Amenaza tormenta, debemos buscar algún sitio para protegernos. Este lugar es bueno ¿Por qué no acampar aquí?

Caronte llevó su mano desde el nacimiento de la coleta hasta la punta de su cabello. Toda la tripulación de su Hummvy se bajó y se colocó rodeándola, un paso por detrás.

—Seguiremos unos cuantos kilómetros más —insistió.

Rut bajó su mano hacia la funda donde descansaba su pistola.

—La travesía ha sido excesivamente dura… y larga —añadió— si no te hubieses empeñado en ir por el desierto ya habríamos llegado a Fderik. Tal vez sea mejor que reconsideres la posibilidad de acampar en esta posición, la tormenta está muy cerca.

Caronte caminó sintiendo la arena hundirse bajo sus pies hasta alcanzar la radio de su vehículo.

—Que embarque todo el mundo. Continuamos la marcha.

Tras dejar el micro miró directamente a los ojos a Rut. Podía sentir el odio que destilaban.

—Como quieras, espero que no te equivoques… otra vez.

La avanzadilla de la tormenta ya les estaba rozando. Caronte se dirigió a una zona en la que las enormes dunas protegerían con más eficiencia su convoy. Ordenó colocar todos los vehículos en círculo, como en las películas de indios y vaqueros, y a todo el personal permanecer en el interior. Los cuatro Hummvys y los tres camiones formaron un círculo más o menos reconocible de unos cincuenta metros de diámetro. Una vez establecido el perímetro y comprobadas sus órdenes salió del Hummvy a fumar un cigarro. La arena ya golpeaba su cara, su uniforme; comenzaba a envolverla. Aspiró una larga calada de su cigarro y expulsó lentamente el humo, disfrutando la sensación que la nicotina provocaba en su sistema nervioso. Una vez más se vio sorprendida por Rut.

—No entiendo como sabías que aquí encontraríamos una mayor protección —pretendiendo más realizar un reproche que un cumplido.

Caronte vio su oportunidad.

—Por eso soy yo la que toma las decisiones y no tú, no lo olvides —la colilla arrojada con dos dedos pareció ser de inmediato absorbida por los granos de arena que dominaban el aire; cuando ya no distinguió su forma se introdujo en el Hummvy sin decir nada más.

Unas dos horas más tarde la tormenta los había sobrepasado. La arena llegaba a los cristales de las puertas. Caronte ordenó arrancar a su conductora y logró salir del interior de la montaña de arena en que se encontraba. Dio orden a Rut de comprobar el perímetro ahora que el aire volvía a ser medianamente respirable.

Observó el GPS. Le fascinaba que el mundo se hubiese ido al carajo y los satélites continuasen funcionando. Se giró y en esta ocasión descubrió a Rut antes de que se acercase demasiado. Por detrás de ella una de las vigilantes se aproximaba corriendo.

—¿Qué ocurre?

—Tenemos que abandonar este sitio ya.

—¿Y eso por qué?

Sabina le hizo una seña para que la siguieran y, cojeando, las guió a las dos hasta el perímetro exterior.

—Son cadáveres de camellos. Están por todas partes, hay cientos, de la mayoría solo queda el esqueleto.

—Los animales no se transforman en zombis, y los camellos son animales también —insinuó hiriente Rut.

Caronte se volvió hacia ella.

—Tanto camello junto solo puede significar una cosa, estamos en una ruta comercial —intentó expresarse en un tono neutro, no quería comenzar una nueva discusión con Rut.

—¿Y? —Preguntó ésta.

—Aún hoy en día, bueno, hasta hace bien poco —se corrigió Caronte— el comercio en estas zonas continuaba realizándose como hace siglos. Los camellos muertos reflejan que se trata de una ruta comercial y donde hay camellos también hay hombres, estos animales no deambulaban solos por el desierto. Y si hay hombres habrá zombis. Debemos largarnos de aquí lo antes posible.

Mientras regresaban a sus Hummvys se sucedieron varios disparos. Caronte y Rut corrieron hasta la mujer que los había realizado.

—Zombis —contestó al verlas llegar antes de que la interrogasen sobre el motivo de las detonaciones.

Los intensificadores de luz descubrían a centenares de zombis dirigiéndose desorganizados hacia ellos. La arena que cubría sus cuerpos parecía refulgir bajo el filtro del visor.

—Hay que acabar con todos, daré la orden de abrir fuego.

—¡No! —Intervino Caronte mientras bajaba su mano de la sien— son demasiados, no tiene sentido malgastar munición, además podríamos vernos envueltas ¡Embarcad! Nos largamos de aquí.

—No me gusta dejar zombis a mis espaldas.

—Me da igual lo que te guste —Caronte se introdujo en su vehículo dejando a Rut con la palabra en la boca.

Todo el convoy arrancó motores. Las dos cisternas y el camión en el centro, dos Hummvys delante y dos detrás; Caronte en el de cabeza y Rut en el de cola. Los zombis fueron quedando rápidamente atrás y se perdieron progresivamente en la difusa luz del amanecer.

Avanzaban con precaución; no siempre estabas seguro de lo que se ocultaba bajo una duna, ya habían estado a punto de volcar en dos ocasiones y el primer día perdieron un Hummvy y a casi toda su tripulación, solo Sabina logró salir con vida aunque su pierna probablemente le recordaría toda la vida ese momento. Un ligamento roto hacía unos meses solo significaba un tedioso periodo de dura recuperación; ahora implicaba una condena a la cojera de por vida.

En la retaguardia, Rut no comprendía la seguridad con que las guiaba Caronte, salvo la cagada de avanzar desierto a través nada más dejar Dajla, lo cual habría hecho ella también aunque no lo reconocería en voz alta, el resto todo eran decisiones acertadas. Esa situación no facilitaría su relevo. Al frente apareció como por arte de magia un pequeño poblado de casas de tonalidad marrón. Rut no pudo evitar soltar una sonora maldición.

Las casas no eran nada del otro mundo, apenas cuatro paredes desnudas con un techo cochambroso. Naturalmente estaban todas vacías, vacías de personas que las habitasen. Encontraron varios cadáveres con la cabeza destrozada. Los posibles habitantes de ese oasis en mitad del desierto hacía tiempo que se habían marchado. Probablemente ahora deambularían por algún lugar convertidos en hambrientos zombis y, en el mejor de los casos, yacerían sobre la arena de ese desierto, que una vez amaron, con la cabeza destrozada.

Caronte ordenó inspeccionar todas las casetas, tras la minuciosa limpieza y una vez asegurado el perímetro procedieron a repartirse las casas que se encontraban en mejor estado de conservación. Solo en ese momento Caronte autorizó que el científico Abdel Sami y la niña desembarcasen de la caja del camión en la que viajaban. Observó distante como el hombre intentaba desentumecer sus articulaciones realizando estiramientos junto al camión. La cría permanecía a su lado, observando todo a su alrededor. Era inteligente, más que muchas de las mujeres que tenía bajo sus órdenes. Sus ojos todavía desprendían esa curiosidad infantil que se iba perdiendo con los años. Intentó recordar en qué momento había perdido ella la curiosidad por lo que la rodeaba; no logró ubicar el recuerdo, sin duda hacía demasiado tiempo.

La cría, Sandra era su nombre, sacudía su cabeza a un lado y otro para intentar que la arena incrustada en el pelo se desprendiese. Su cabello moreno continuó estando estropajoso, como el de todas. Caronte también se volvió a pasar la mano por su coleta, se bajó el embozo y comprobó que la arena volvía a estar pegada a su cara en la zona que el pañuelo no protegía. Sería bueno poder lavarse al menos un poco y no digamos darse una ducha. Durante la inspección del poblado encontraron varios aljibes medio llenos de agua. No era apta para consumir pero podrían usarla para asearse un poco, eso subiría la moral de la tropa.

Bryony les había conducido a la caseta que les habían asignado. Tras especificarle que no debían salir bajo ningún concepto había desaparecido sin ninguna explicación.

Sami, como le llamaba la niña, había preparado una de las rústicas dependencias para que pudiese descansar. En ninguna de las habitaciones había camas, al menos de la casa en la que se encontraban pero la pequeña estaba tan cansada que había caído profundamente dormida sobre una alfombra apolillada y con casi tanto polvo como el existente en el exterior. Él volvió a sacar sus notas, no tenía tiempo que perder. Probablemente era una tarea inútil pero tras la huida de la Base se sentía con renovadas energías. En el punto en que se encontraban ya dudaba seriamente de que el padre de Sandra, ese sargento, hubiese conseguido entrar en la Base y mucho menos escapar de ella. Ahora todo dependía de él y de la niña. No habían consentido en informarle de cuál era su destino pero tenía cierta confianza en la mujer que parecía haber heredado la jefatura, Caronte. No podía decir lo mismo de la otra, Rut, había dejado encerrada sin ninguna explicación a Claude. Sintió una profunda pena por ella, había sido la única que les había protegido de verdad, la única a la que le importaban, seguramente ese había sido el motivo de su destierro.

Desechó todas esas ideas fútiles y trató de concentrarse en su trabajo. Desplegó sus papeles sobre una mesa desvencijada y apoyó con cuidado las manos; en la casa no había una sola silla. Antes de que lograse decidir por dónde empezar, la puerta se abrió con estrépito. En el umbral se hallaba esa odiosa mujer.

—Ven ¡Ya!

Echó una mirada hacia la niña. Se había despertado y la observaba con ojos suplicantes.

—Sami, no…

—Tranquila pequeña, vuelve a dormir, regresaré enseguida.

—Es que no me has oído —repitió Rut.

Sami avanzó cabizbajo tras ella cerrando a su paso, Bryony entró y cerró una vez salieron. No tenía miedo, sabía lo que quería Rut, de hecho, no era la única, en cambio él sí era el único hombre del convoy.

Una vez saciada el ansia de Rut, lo echó fuera de su caseta. Sami se apresuró, deseaba volver con la niña cuanto antes. Cuando entró de nuevo en la habitación halló a Bryony roncando sin pudor sobre una esterilla y a la niña despierta, apoyada la espalda contra la mugrienta pared y rodeando las piernas con los brazos. En cuanto cerró corrió a su encuentro.

—¿Qué quería? ¿Por qué viene a buscarte? ¿Te ha hecho daño?

Observó sus ojos puros con churretes por la cara a causa de las lágrimas que debía haber derramado.

—No pequeña, realmente no me ha hecho daño.

Sujetó la cabeza con sus manos y limpió los ojos llorosos de la niña.

—Ahora vuelve a dormir, no tardaremos en reemprender la marcha.

—¿Te acuestas conmigo?

—Claro —su investigación debería esperar.

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