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Deflagración

Avanzaban a buen ritmo por una de las pocas carreteras decentes de Mauritania. Tras la equivocada decisión de acortar por mitad del desierto ahora progresaban con más seguridad. No es que el asfalto fuese equiparable a una autopista europea pero al menos rodaban en un continuo, sin que el desierto se transformase en un enemigo más. Hasta el momento, el camino solo se había visto interrumpido en un par de ocasiones. El problema se solucionó fácilmente dejando a un lado la carretera. Las infraestructuras del país eran tan precarias como su desarrollo pero a pesar de eso los vehículos detenidos, accidentados o abandonados, constituían un paisaje de obstáculos, monótono y deprimente.

Ahora se dirigían a Nuakchot. Era un lugar en el que nunca había estado y al que nunca hubiera deseado ir. Rut tampoco quería, lo había dejado claro durante la última parada técnica. Pero Caronte tenía sus razones, razones que de momento solo ella conocía y que no podía compartir con nadie más. Nuakchot era la capital de Mauritania. Cuando el mundo era mundo la poblaban medio millón de personas según Naciones Unidas pero en los países africanos los censos de población cambiaban continuamente cuando no eran directamente manipulados.

—Caronte. Aquí Rut. Tenemos que parar —la radio crepitó.

—¿Qué coño quiere esta ahora?

Caronte se giró interrogante hacia su conductora. Megan intentaba descubrir el motivo de la detención pero la estela de polvo que levantaban los coches en su avance hacía imposible identificar nada.

—Para —ordenó a regañadientes.

Mientras la tripulación de su vehículo desembarcaba y tomaba posiciones Caronte acercó el micro a su boca.

—¿Qué pasa? No hace mucho que paramos.

—Es la cisterna, el motor parece muerto.

—¿Cuál de las dos? —Interrogó preocupada Caronte.

—La llena —respondió Rut confirmando sus temores.

—¡Mierda! —Escupió Caronte con rabia.

—Hay que traspasar el combustible a la otra. No podemos permitirnos perderlo. Que todos los vehículos se concentren en torno a las dos cisternas.

La situación no era muy complicada de defender. La carretera no podía ser más llana, dos carriles separados por una irrisoria mediana y la arena del desierto confundiéndose con el asfalto pero era cuestión de tiempo que los zombis fuesen llegando. Siempre lo hacían, además ya estaban muy cerca de la capital. Hileras de casuchas anunciaban los guetos que se extendían alrededor de la misma.

El sol estaba en lo más alto. Caronte tensó los músculos de su rostro y sintió lo reseca que tenía la piel. El poco aire que llegaba era abrasador. Se subió el pañuelo casi hasta los ojos y se encaramó en el techo de su Hummvy junto a Megan.

—Por allí —señaló su conductora— no tardarán en llegar. Son muchos.

—Concentrad todos los esfuerzos en el flanco Este. Disparad sólo las armas con silenciador —transmitió.

Sólo disponían de un fusil con silenciador en cada vehículo. Lo portaban las mejores tiradoras. Caronte sabía que no sería suficiente. Una nueva ráfaga de viento cargada de arena le alcanzó un ligero aroma a mar, olores que la transportaron a momentos anteriores. Sería bonito poder acercarse a las playas cercanas, las tenían al lado pero

Los disparos comenzaron. Dos zombis cayeron sin que en el aire se escuchase ningún sonido. Al momento volvieron a levantarse.

—No, no, no. Asegurad los tiros, esperad a que estén más cerca. No debemos malgastar munición.

Podía sentir el nerviosismo de sus soldados. Ella misma lo estaba también. Todas eran combatientes experimentadas. Habían participado en multitud de intervenciones contra contra personas vivas, pero los zombis eran diferentes. No coordinaban sus ataques ni disponían de francotiradores que te disparasen a doscientos metros. Eran lentos, la mayoría débiles, sí, pero tenían una cualidad que los hacía mil veces más peligrosos que el mejor de los soldados: no se morían a menos que les reventases la cabeza. A un combatiente humano le alcanzabas en una pierna y quedaba inutilizado él y el personal que tendría que auxiliarlo. A un zombi le dabas en pleno corazón y se levantaba como si nada.

Cada vez se podían ver más zombis, más cerca y desde todas direcciones. El ruido del motor de la cisterna que trasvasaba, el único existente en muchos kilómetros alrededor, los atraía. Era absurdo aguardar más, Caronte iba a dar la orden de abrir fuego cuando pudo escuchar varios ruidos sordos de los silenciadores. En esta ocasión los blancos no se reincorporaron. Los disparos se incrementaron y comenzaron a escucharse los de los fusiles sin silenciador. Cada detonación se escucharía a varios kilómetros de distancia e induciría a multitud de zombis a seguirla. Ese había sido el motivo inicial de intentar atravesar el desierto, evitar núcleos importantes de población, evitar lo que estaba sucediendo.

—¿Cuánto os queda Rut?

—No hemos trasvasado ni un cuarto de cisterna. Va muy lento.

Caronte hizo sus cálculos. Diez mil litros, un cuarto, con lo que llevaba la cisterna no tenían más de cuatro mil litros. Los Hummvys consumían cerca de veinte litros a los cien. Estaban jodidas, con ese combustible no atravesarían África.

La multitud zombi crecía y cada vez estaba más cerca. Si permitían que les envolviesen estaban perdidas. Lo había visto antes.

—¡Embarcad! ¡Deprisa! ¡Todas! ¡Ya!

Ordenadamente se fueron introduciendo en los coches, los disparos continuaron desde ellos.

—Rut. Déjalo. Aborta. Nos tenemos que ir.

El vehículo de Caronte se situó en cabeza, abriendo camino. Sacó medio cuerpo por la ventanilla para ver como se iba distribuyendo el convoy. La única cisterna que les quedaba volvía a estar en el centro seguido del camión en el que viajaban la niña y el científico junto con todas las provisiones disponibles. Gracias a la atención de Megan un zombi no llegó a impactar contra ella. Se colocó de nuevo en su asiento y le dio las gracias con un gesto.

Los muertos ya lo habían invadido todo. Megan se esforzaba por evitar a los que podía pero era misión imposible. Uno de ellos resultó atropellado y su cabeza reventó contra el parabrisas. Sangre y sesos se esparcieron por el cristal dificultando la visión a través de él. Dio un volantazo a la izquierda para evitar a otro e intentar librarse del que seguía pegado al cristal. No tuvo acierto en ninguna de las dos cosas. Impactó contra el zombi, y el cuerpo del muerto que llevaban pegado se desprendió dejando la cabeza aplastada en el parabrisas. Como disparar en esas condiciones era absurdo, Caronte ordenó que todas se metieran dentro y ahorrasen munición.

Todos los vehículos del convoy iban de un lado a otro intentando esquivar, sin mucho éxito, a los zombis que habían invadido el asfalto. Tenían que dejar la carretera.

—Salid de la autopista, volvemos al desierto —ordenó por radio.

A Caronte le preocupaban los dos camiones, eran todo terreno militares pero sus prestaciones no eran las mismas que las de los Hummvys. Eran más altos, la cisterna iba a media carga y eso era peligroso.

Rut cerraba la marcha del convoy. Sin hacer caso de la orden de Caronte continuaba disparando a través de la ventanilla. Su porcentaje de precisión era penoso pero no podía estarse quieta. Soltó un bufido cuando un vaivén hizo que errase un nuevo disparo. Iba a echarle la bronca a su conductora pero todo se precipitó delante de ellas. El Hummvy que las precedía realizó un giro brusco regresando momentáneamente al asfalto. Lula, su conductora, frenó para evitar embestir al camión que también frenaba ya. Rut comprendió al instante lo que ocurría para, al momento, ser testigo privilegiado. El camión conducido por Briony terminó volcando y arrastrándose sobre el costado varios metros hasta acabar deteniéndose sobre los cuerpos de los zombis que había aplastado en su deriva. La cisterna, que rodaba delante, había chocado contra una torre de alta tensión a menos de cien metros. La explosión elevó la temperatura y los envolvió a todos en unas espesas llamas con un insoportable olor a gasolina. Lula nunca había conducido un coche en llamas. La visibilidad era muy escasa, la respiración imposible y el Hummvy no dejaba de embestir zombis sin que su conductora fuese capaz de evitarlos. Los continuos golpes del frontal del Hummvy al encontrarse con los cuerpos encendidos resultaban enloquecedores. La parte buena era que ello parecía contribuir a que las llamas desaparecieran para dejar paso a una pegajosa salsa roja sobre el cristal y el morro del coche.

—¿Qué ha sido esa explosión?

Rut cogió el micro y lo sopesó sin saber muy bien cómo explicar lo que había ocurrido.

—La cisterna ha explotado, nos quedamos sin reservas de combustible —los rodeos no eran lo suyo, la delicadeza, tampoco.

—¿Y el resto del convoy? ¿Y el otro camión?

Esa era la pregunta que temía Rut.

—Circulaba detrás de la cisterna, seguramente están todos muertos.

—Confírmalo, no podemos perderlo —ordenó Caronte.

Lo que no quieres perder es a la puta cría y al otro cabrón. Rut no supo si había expresado en voz alta su pensamiento.

—Negativo, está lleno de zombis, habrán muerto. Continuamos.

—Hija de puta. Según Rut están todos muertos —Caronte se expresó en voz alta, con la mirada al frente sin dirigirse a nadie en concreto.

Megan la observó de reojo sin comprender muy bien qué la ocurría. Desde que comenzasen su particular éxodo por el desierto se comportaba de modo extraño, había momentos, instantes en los que no parecía ella.

—Da la vuelta —Caronte se giró hacia Megan— tenemos que recuperar a la niña y al científico.

Megan asió con fuerza el volante, sus dedos se tornaron blancos por la presión que imprimía. No entendía nada, segundos antes Caronte parecía aceptar la versión de Rut y ahora la ordenaba regresar. Era una locura y lo sabía. Esquivó a un grupo de cuatro zombis, la carretera volvía a estar despejada.

—He dicho que des la vuelta —Caronte apoyó el cañón de su pistola en la sien de Megan.

El Hummvy giró bruscamente hasta casi detenerse justo en el sentido contrario al que circulaba golpeando a los zombis con el lateral en su movimiento.

—Espero que sepas lo que haces.

Megan aceleró en dirección a la nube de humo que indicaba la posición de la cisterna.

—Dirigíos hacia el Oeste, al mar, organizad la defensa allí.

Mientras iba recibiendo las respuestas de conformidad, el Hummvy continuaba el avance hacia el camión volcado. Ya podían verlo. Subida en el lateral alguien disparaba sobre los zombis que lo rodeaban y que ya comenzaban a trepar. Enfocó los prismáticos y verificó que se trataba de Briony, de la nada emergió Sabina, su cojera la identificaba sin lugar a dudas. Junto a ellas estaban el científico y la niña. Parecían encontrarse bien. Caronte se giró hacia la tripulación de su vehículo. Las cinco mujeres la observaban con un odio declarado. De momento obedecían pero si la situación se complicaba más puede que terminase con un tiro en la nuca.

—Estad preparadas —fue lo único capaz de expresar Caronte.

El camión estaba rodeado de zombis. Más de un centenar se agolpaba en torno a él. Sabina y Briony trataban de evitar que lograsen subir al lateral, corrían sobre la lona de un lado al otro golpeando con el fusil a los que estaban más cerca de lograrlo. El hombre intentaba mantener la cabeza de la niña en su regazo sin mucho éxito. Briony machacó el cráneo de una mujer que luchaba por alcanzar la cabina. El grito de la pequeña la alertó. Dos zombis habían logrado su objetivo. Sami forcejeaba con uno tratando de mantener alejada la boca de su cara. La cría escapaba del segundo. Mientras Sabina continuaba ocupada impidiendo la subida de los zombis al camión, Briony apuntó y su pistola escupió una certera bala que atravesó la cabeza del zombi que iba tras la niña. Antes de girar el arma para cubrir a Sami, un zombi se abalanzó hacia ella y la derribó sobre la lona del camión. Solo con Sabina para impedir a la multitud zombi subir al camión varios muertos consiguieron trepar por distintos sitios.

El Hummvy de Caronte embistió al grupo que trataba de trepar por el lado de las ruedas tumbadas del camión. Caronte y su tripulación aprovecharon el momento de desconcierto para salir del vehículo y ascender por la lona. Desde esa posición elevada, las cinco mujeres se aplicaron en abrir fuego sobre los zombis más audaces. Su precisión era letal. Restos de sangre, sesos y huesos saltaban en todas direcciones. Caronte, mientras tanto, corrió hasta Sami, sujetó al zombi por la frente, apoyó el cañón del fusil sobre su sien y disparó. Incorporó al científico y lo empujó hacia el lugar en el que se encontraba la niña.

—Protégela.

Sabina liberó a Briony del zombi que la aprisionaba. Mantener la verticalidad con su pierna herida le costaba más que a sus compañeras.

Caronte se dirigió a Megan por radio.

—Aplasta a los que están delante de la cabina. Nosotros saltaremos y nos recoges más adelante. Vamos, hazlo ya.

Mientras Megan ejecutaba su orden se volvió hacia la muchedumbre que trataba de subir y se unió a su tripulación. De reojo vio como Megan se alejaba. No pudo evitar sentir un instante de pánico. Si no regresaba estarían todas condenadas. Respiró aliviada al comprobar que el Hummvy giraba y se dirigía a toda velocidad hacia el camión. Megan giró derrapando delante de la cabina golpeando a los zombis y abriendo hueco.

—¡Ahora! Saltad todas.

Desde la cabina, Caronte vio como las cinco mujeres, el científico y la niña saltaban y corrían hacia delante alejándose del camión. Megan adelantó al grupo y se detuvo a unos veinte metros. Tras comprobar que Briony ayudaba a Sabina a saltar, Caronte hizo lo propio. Por delante, su tripulación avanzaba corriendo sin dejar de disparar a los flancos sobre los zombis que se aproximaban. Llegaban encendidos, como teas ardientes. La explosión había prendido en sus ropas y sus ropas en su carne. Ahora eran antorchas zombis, brochetas podridas. Caronte se tapó la nariz mientras corría, el olor a combustible inflamado unido al de carne a la brasa era demasiado para cualquier olfato.

Por delante, los miembros de su tripulación ya estaban entrando en el vehículo, giró la cabeza para verificar la posición de Briony y Sabina. Se detuvo, no las veía. Le costó descubrirlas. Un corro de zombis las tenía rodeadas. Briony disparó hasta que su cargador se consumió. Sabina iba desarmada. Caronte echó rodilla a tierra y comenzó a reventar cabezas. Rápidamente quedó un hueco por el que escapar. Briony saltó sobre los cuerpos de los zombis recién caídos. Sabina intentó hacer lo mismo, pero sus mermadas facultades no resultaron suficientes. Su pierna herida tropezó en uno de los cuerpos. Al instante varios zombis encendidos cayeron sobre ella. Desde su posición, y sin dejar de disparar, Caronte vio como el uniforme de Sabina se incendiaba. Su cuerpo comenzaba a quemarse mientras los zombis arrancaban su carne poco hecha a dentelladas. Caronte se incorporó y avanzó hacia ella disparando. En su camino se topó con Briony.

—Ya no podemos hacer nada, son demasiados y no tenemos munición.

Caronte fue consciente entonces que de su fusil ya no salía proyectil alguno.

—No podemos hacer nada —repitió Briony— tenemos que irnos o moriremos también.

Cogió a Caronte del brazo y la obligó a dar la vuelta y correr hacia el Hummvy. Atrás dejaron los gritos de dolor de Sabina envueltos en ese olor a carne humana abrasada que no podrían olvidar.

Una vez que todas estuvieron a bordo del Hummvy, la conductora pisó a fondo el acelerador alejándose del caos de llamas y cuerpos aplastados que los rodeaban.

—¿Qué dirección cojo? —Interrogó Megan— no sabemos donde están los demás vehículos.

—Sigue la carretera. El mismo camino que traíamos, te diré cuando girar.

Una vez dicho eso, el silencio en el interior del Hummvy fue total.

Ya había anochecido. Se encontraban en una playa minúscula, preciosa. El acceso estaba flanqueado por una enorme roca en uno de los lados y por dos Hummvys por el otro. El arenal a su espalda casi ascendía en vertical. Por ahí tampoco las sorprenderían. Después de organizar la vigilancia del campamento, las mujeres aprovecharon para dejarse bañar por las olas de agua tibia. Montones de cuerpos femeninos desnudos se zambullían una y otra vez. Sobre el capó de su Hummvy, Caronte las observaba ausente. No podía quitarse de la cabeza los gritos de Sabina, el olor de su carne. Había rechazado ir con las demás, no estaba segura de ser capaz de llegar a la orilla. Todo su cuerpo temblaba. Sabía que el viaje que las esperaba iba a ser difícil pero el recuerdo del camión rodeado de zombis ansiosos de conseguir desgarrar su carne era algo excesivamente reciente y resultaba demasiado doloroso.

En la orilla, Rut se acercó a Megan. Ambas iban desnudas y Megan sintió repugnancia ante la mirada de pies a cabeza que le dirigió Rut.

—Me han dicho las chicas que Caronte se volvió loca y cambió de opinión de repente. Te ordenó regresar después de decirte que continuases. Fue una decisión insensata. Pudisteis morir todas.

Megan trató de no pensar en la mirada de Rut que se desplazaba de sus pechos a su entrepierna.

—Está rara, desde que salimos. Se comporta, no sé, raro. No, no es solo eso ¿Cómo sabía el lugar exacto donde estabais acampados? Me dirigió hasta aquí sin dudar ¿Cómo pudo saberlo? Es como si escuchase voces dentro de su cabeza que la guían sin error.

Rut buscó con la mirada a Caronte. Continuaba sentada en el capó de su Hummvy. Al volverse hacia Megan esta había aprovechado para escabullirse junto a otro grupo de mujeres. Posó los ojos en sus nalgas y se relamió.

Al otro lado de la orilla, junto a la roca que flanqueaba el acceso, Sami y Sandra disfrutaban de un momento de relajación después del trance vivido. La niña marcaba la arena con sus huellas y observaba como la nueva ola que llegaba borraba el hueco dejado. Sami no comprendía como aún conservaba la cordura. Él mismo dudaba de la suya. Podía recordar claramente el hedor del aliento del zombi que lo había derribado sobre la lona del camión. Si no hubiera sido por Caronte ahora estaría muerto, o a punto de transformarse en uno de los seres que había ayudado a crear.

—Sami ven, corre, báñate conmigo.

El científico alejó esos pensamientos y se esforzó en disfrutar de un momento que seguro tardaría en volver a repetirse, si lo hacía alguna vez.

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