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Cuando tu manera de educar a tu hijo no funciona



Hoy fui al banco a realizar unos trámites. Estaba sentada esperando que me atendieran y de pronto escuché un grito en “La sostenido” q casi revienta mis tímpanos y el de todos los que estábamos presentes. Giré mi cabeza lentamente y pude ver una escena de tipo “el exorcista” donde una madre intentaba que su hijo de unos 5 años se quedara tranquilo. A su lado estaba un caballero mirando el celular y que descubrí, minutos después, que era el padre de la criatura.

La madre intentó calmar al niño (al que llamaremos Pedro) mientras éste se tiraba al piso gritando y dándole patadas a lo que ella solo decía con voz angelical “Pedrito, no hagas eso, a mamá no se le pega”. Cabe acotar que a Pedrito le importó un pepino la advertencia de la madre y siguió con el berrinche por unos cinco minutos. Después de este tiempo, le tocó el turno a la mujer de ser atendida y mientras estaba ahí, el niño corrió a su lado para volver a tirarse en el suelo mientras gritaba. En un instante, mientras ella intentaba conversar con la ejecutiva de crédito, alguien entró y el niño aprovechó para salir corriendo fuera del banco. La madre salió corriendo detrás de él y lo cargó, mientras su hijo la golpeaba en la cara de regreso al banco y ella le decía con voz de cenicienta “Pedrito, a mamá no se le pega”.


Y bueno, mientras duró el proceso de la mujer, el niño se paseó el banco, agarró todos los folletos y los cambió de lugar, corría y gritaba. En un instante se paró frente a mí y tuvimos un breve contacto visual. Fingí una leve sonrisa, pero mi mirada fue lo suficientemente clara como para hacer que el pequeño diablillo saliera corriendo despavorido. De haber tenido los poderes de maléfica, probablemente lo habría convertido en un hermoso bonsái.



Todavía recuerdo la vez que mi hija y yo tomamos un vuelo a la isla de Margarita para el matrimonio de unos amigos. En el vuelo había una familia numerosa, cuyos hijos mas pequeños se sentaron detrás de nosotras. Los padres estaban delante, por lo que nosotras éramos algo así como la carne de la hamburguesa. Ya antes de que despegara el avión, los padres intercambiaban con sus hijos (sobre nuestras cabezas) las bolsas de galletas y otras golosinas. Justo en el momento en que el avión se dispuso a despegar, uno de los niños se había soltado el cinturón y paseaba libremente cual Heidi en los Alpes suizos, por el pasillo del avión. La azafata tuvo que indicar por el altavoz que mantuvieran a sus hijos sentados y con el cinturón abrochado mientras los padres protestaban y la insultaban en voz baja.


Ya en el aire, una de las niñas que estaban detrás de nosotras (de 8 y 10 años aproximadamente) se dedicó a empujar y patear el asiento de mi hija. La miré y le pedí amablemente que se quedara quieta. Ella asintió. A los cinco minutos mi hija me dice “mamá, está empujando el asiento por la parte de tela y me está encajando el pie. Volví a voltearme y la miré fijamente. La nena recogió la pierna y se echó hacia atrás. Pensando que todo había pasado, me acomodé en mi asiento y a los 2 minutos la nena otra vez volvía a meter el pie en el mismo lugar. Sin girarme, deslicé mi mano por el asiento y pude sentir el pie de la nena y con toda la fuerza que pude dirigir a mi mano, le metí el pellizco de su vida, con una encajada de uña de bonus. Después de esto, pudimos tener un viaje en paz.

Entonces yo me pregunto ¿Qué es lo que estamos criando? Porque estamos claros que los niños actúan de manera inocente y por libre albedrío, pero está en nosotros guiarlos y enseñarles a comportarse. ¿Dónde quedaron los valores? ¿y la disciplina?. Recuerdo una vez que estaba almorzando con una amiga y en la mesa de al lado estaba una mujer conversando con las que parecían sus hermanas y la conversación nos dejó atónitas. La mujer les decía “Este fin de semana me fui con mi esposo y los niños a una pizzería, la pasamos muy bien, hacía muchísimo tiempo que no salíamos en familia.” Una de las hermanas le dijo: “¿y cómo hiciste con tus hijos? ¡Porque ellos son muy tremendos!” a lo que ella respondió: “no hicimos nada, ellos se pasearon por todas las mesas. Me dio mucha risa porque se sentaron en la mesa de una pareja que estaba cerca y mi hijo pequeño terminó comiéndose el postre del muchacho. Y la menor se me perdió por un buen rato hasta que un camarero me la tuvo que traer desde la cocina (risas). La verdad la pasamos muy bien, yo dejé que ellos hicieran lo que les dio la gana, como si no existieran, ya bastante los tengo con controlarlos en casa y me cansé. Nunca salimos en familia porque mis hijos son terribles, pero si nos ponemos a darle importancia a eso ¡no vamos a salir nunca!”

Yo escuchaba el relato asombrada y mi amiga casi escupe la sopa de la indignación. Tuve que detenerla porque estaba a punto de saltar a estrangular a la mujer gritándole “¡y que culpa tenemos los demás que no sepas criar a tus demonios!!!!”


El tema con todo esto es que llega la situación que a todo padre nos duele: que nos rechacen a nuestros hijos. Y quizás nuestra respuesta podría ser “y eso que me importa, con que yo los quiera es suficiente, no me importa si no los quieren y al que no les guste como los crio, que no nos visiten”. Y si desde cierto punto de vista es válido, sin embargo es bueno recordar que vivimos en una sociedad y tarde o temprano nos tocará tener q socializar y es ahí cuando veremos las consecuencias. Para explicarme mejor daré un ejemplo:




Un compañero de trabajo nos contó que su hermana tenía dos “pequeños demonios” que nadie de la familia soportaba. Sus palabras fueron “Daniela es mi hermana, yo la adoro porque ella se ha sacrificado mucho por sus hijos, pero los tiene demasiado malcriados y nadie de la familia los aguanta. Ella hasta nos ha ofrecido pagarnos cuando tiene una entrevista y necesita que alguien se quede con ellos, pero ni que nos pague el salario entero, no los queremos, son desobedientes, contestones y malcriados, y si uno trata de ponerles orden y los castiga o regaña, el escandalo es mayúsculo. Y ya le hemos dicho que debe corregir ese comportamiento, pero ella nos contesta que son niños y que ella no quiere que se traumen, que prefiere conversar hasta que ellos entiendan, y ante esos argumentos, pues ¡que se los aguante ella!”


A nadie le gusta que le digan como criar a sus hijos y mucho menos que los cataloguen de malcriados, sin embargo, para vivir en sociedad, es necesario auto analizarse y ver si vamos por el camino correcto o debemos hacer ajustes en la educación de nuestros muchachos.




En tiempos de mis padres y abuelos, la educación era bastante estricta y se podía confundir respeto con miedo. ¿Funcionaba? Si, sin embargo todo evoluciona y con el fin de mejorar algunos aspectos, eliminar traumas, respetar las opiniones de los hijos, etc, nos fuimos al otro extremo y terminamos borrando del mapa dos frases, que desde mi punto de vista, son la base fundamental de la sociedad:




“tus derechos terminan donde empiezan los míos”

“Respeta para que te respeten”



El fin de este artículo no es exponer la manera correcta de educar a los hijos, ya que para esto existen libros, psicólogos, orientadores, terapeutas, google, etc. La idea es ver aquellas señales que nos ayuden a darnos cuenta que, probablemente, necesitemos cambiar nuestro método de enseñanza o buscar la ayuda de un profesional. Por supuesto, no estoy hablando de que hay que caerle a golpes a nuestros hijos pero si se necesita marcar los límites y demostrarle al niño que si actúas de forma incorrecta, tendrá sus consecuencias. El hablarle con voz de princesa de Disney cuando tu hijo está armando un berrinche es como pretender que si le sonríes al ladrón te devolverá la cartera.

Señales que deberías tomar en cuenta:



Tu hijo te agrede. Son normales los berrinches, todos pasamos por ahí, sin embargo, si tu hijo te golpea o escupe cada vez que se enoja y hasta el momento no ha cambiado esa conducta, probablemente el método para disciplinarlo que estas usando no es el correcto.

No se sabe comportar en público. Bueno, lo ideal es que en casa ya sepa cómo comportarse en la mesa o cómo comportarse en casa de los demás. Mientras están en ese proceso de educación no tienes que encerrarte en tu casa, si deseas ir a comer fuera, es ideal que los lleves a restaurantes que tengan áreas de juego donde puedan drenar su energía y no molestar a los otros comensales. Son tus hijos y tú eres responsable de ellos y de lo que hacen, por lo que no es justo que tú disfrutes una linda cena mientras que la pareja de la mesa contigua tiene que sacarse de encima a tus muchachos o todos tengan que escuchar un concierto de gritos de media hora porque no sabes cómo hacer para que se callen pretendiendo que con ignorarlos cesarán. Leí hace poco una noticia donde un restaurant en Italia les hizo un descuento en la factura a una familia por el buen comportamiento que tuvieron sus hijos dentro del establecimiento. Esto da mucho que pensar.

Escuchar a tu hijo no implica que no debas socializar con los demás. Estamos claros que para los que somos padres, nuestros hijos son lo más importante del mundo, sacrificamos todo por ellos y les dedicamos toda nuestra existencia. Sin embargo, existen límites, que lejos de traumarlos, les enseñará que ellos no siempre son el ombligo del mundo y deben aprender a lidiar con eso.

Si estas atendiendo una llamada importante (ya sea familiar, de amistades o trabajo), puedes interrumpirla para ver qué es lo que te quiere decir tu hijo (ellos inventan muchísimo mientras estamos distraídos). Sin embargo, hay momentos en los que se ve claramente que ellos solo quieren nuestra absoluta atención. Entonces, a pesar de que lo escuchaste y le dijiste “si mi cielo, sigue jugando con tu osito, mamá termina en un rato y va a jugar contigo” el niño vuelve cada 2 minutos con el mismo tema, y tú le repites lo mismo sin lograr que puedas atender la llamada, es hora de evaluar la manera de que el mensaje le llegue correctamente. Es muy incómodo mantener una conversación fluida con alguien que es interrumpido cada 5 minutos, o visitar a tus amigos intentando conversar con ellos cuando te dejan con la palabra en la boca a cada rato porque deben prestarle atención a los llamados de atención del hijo.

No serás un mal padre si reprendes a tu hijo, no le crearás un trauma emocional ni le harás pensar que es mas importante la persona con la que hablas que con ellos, al contrario, le demostrarás que hay momentos para todo y que, aunque el sea tu absoluta prioridad, debe esperar a que tu termines con lo que estas haciendo para volver a estar con ellos. Explicale que de la misma manera en la que el te deja y se va a jugar con sus amiguitos o a ver la televisión no implica que dejó de quererte, de la misma manera tu no dejarás de quererlo si estás atendiendo a otra persona.


Recuerdo que cuando era pequeña y llegaba visita a la casa, yo interactuaba un poco y cuando me decían “ok Pina, vaya a jugar a su cuarto que yo tengo que hablar”, daba media vuelta y me iba. Los padres de mi mejor amiga eran más directos, le decían “¿para quien es la visita, para tí o para mí?”. No digo que se deba aplicar este tipo de respuestas, pero si enseñarles a nuestros hijos que hay un momento para cada cosa, hay límites que deben respetar y debe esperar su turno. Si no pones el correctivo cuando aun esta pequeño, ¡imagina con lo que tendrás que batallar cuando sea adolescente! Las embajadas no dan asilo a padres por huir de sus hijos.


Pide consejo: No tenemos la verdad absoluta en cuanto a la crianza de un bebé, el "curso" empieza el mismo dia que llega a nuestras vidas esta personita y vamos aprendiendo sobre la marcha, por lo tanto, es bueno escuchar consejos, informarse, y en muchos casos, buscar ayuda profesional.

La empresa donde trabajaba hace años tenia un programa de responsabilidad social que se llamaba "Escuela para padres" y eran reuniones de padres e hijos con orientadores y psicólogos, donde compartian experiencias y soluciones para su dia a dia con sus hijos. Si en tu comunidad existe algo asi, aprovecha y asiste, aunque estes convencido de que no lo necesitas. Siempre es bueno "sumar".


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