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Earthus, aproximación

Por fin está terminada la segunda parte de la Trilogía Earthus. Aquí os dejo la portada del libro.

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SINOPSIS EARTHUS, APROXIMACIÓN

Un militar español despierta en la sede del CNI solo y sin ningún recuerdo de su vida anterior. Por si esto fuera poco, se encontrará con un mundo devastado por un virus dispersado en un ataque terrorista masivo.

Tras abandonar la Base de Dajla, el sargento cree perdido lo único que le impulsaba a seguir. El encuentro fortuito con unos militares británicos le devolverá la esperanza de poder recuperar a su hija. Nuevos flashbacks le ayudarán a profundizar en su sórdido pasado alimentando la lucha interna que mantiene. Mientras se aproximan a su destino, el grupo deberá elegir entre lo éticamente correcto y la necesidad de sobrevivir. En su búsqueda irán hallando a personajes que les sugerirán que sólo quedan dos clases de seres humanos… los muertos y… los que deberían estarlo.

Paralelamente, las mercenarias que custodian a la hija del sargento irán recorriendo el desierto africano para intentar conducirla con vida hasta su destino, enfrentándose en su viaje a los zombis y a las tribus del desierto.

En León, un piloto malvive con su hija en el interior de un avión. La decisión de abandonarlo para dirigirse al encuentro de su madre les pondrá a ambos en una situación más difícil todavía.

El precario equilibrio que los tres grupos mantienen se verá dinamitado por una tormenta que les hará ser más conscientes de su frágil situación. Dieciocho días de vértigo en los que no hay un segundo para el descanso.

Segunda parte de la Trilogía Earthus:

Earthus, terrorismo zombi. Publicado.

Earthus, aproximación. Publicado.

Earthus, veritá. En proceso de creación

Habrá nuevos personajes: Ambros, Julio, Giulia, Adam, Rut, Caronte, Sienna… Visitaremos más escenarios: León, Gibraltar, Ibiza, Mauritania… Acción en todos los capítulos. Iremos desentrañando el subconsciente del Sargento, sus miedos, sus fantasmas; también los de algunos de sus compañeros de viaje. Su verdadera naturaleza irá aflorando. Volverá a encontrar una razón para seguir. Todos los personajes se irán posicionando ¿Continuará viva su hija? De ser así ¿Seguirá en manos de la Organización? ¿Mantendrá esta su operatividad? ¿Serán capaces de llegar hasta ella? Lamentablemente no todos lo conseguirán.

Acción a raudales, muchos muertos, mucha sangre y…MUCHOS ZOMBIS.

Esta segunda parte comienza exactamente donde terminó la primera.

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Y ahora lo prometido es deuda. Aquí va el primer capítulo de Earthus, aproximación. Subiré un capítulo nuevo cada dos semanas, todos los lunes a las 00:01. Espero que os guste.

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EARTHUS, APROXIMACIÓN

El momento había llegado, ya estaban ahí, saltó con sigilo desde la escalera de incendios al callejón, corrió hasta la esquina y se preparó. Armó el bate sobre su espalda y dejó que pasasen los cuatro primeros. Descargó el golpe sobre el siguiente, un pequeño labrador. Pudo sentir como el impacto de la madera contra la cabeza del perro se transmitía igual que un impulso eléctrico desde sus manos hasta su cuello. El animal cayó rebotado contra la pared. Observó los espasmos que sufría, no estaba completamente muerto, un amago de vómito asomó a su garganta y la relajación involuntaria de su esfínter hizo que se le escapasen algunas heces; si él hubiera tenido algo en el estómago lo habría tirado seguro pero hacía ya tiempo que sus tripas estaban vacías.

El labrador experimentó un último estertor y quedó por fin inmóvil. El resto de la jauría había seguido su camino, ya tenía lo que quería. Dudó qué hacer con el bate y al final lo dejó apoyado contra la pared para poder levantar el cuerpo del perro. No era un ejemplar demasiado grande, probablemente no tendría un año de vida, tal vez ocho o nueve meses, y su estado famélico no lo hacía muy pesado. Lo cogió de las dos patas delanteras y se lo echó al hombro. El cuerpo estaba caliente y varias gotas de sangre templada de su herida abierta salpicaron su rostro. Se limpió con rapidez, casi compulsivamente. Cuando acabó, pudo escucharlo; ya venían, demasiado pronto esta vez. Regresó hacia la escalera de incendios dispuesto a usar el contenedor para poder alcanzar el último peldaño. Frenó en seco, el contenedor descansaba sobre un costado a varios metros de distancia de dónde debía estar, al saltar no había reparado en ello.

Intentó auparse para alcanzar la escalera pero era misión imposible, ni siquiera sin el peso del labrador lo conseguiría. Los pasos, gruñidos y lamentos se escuchaban cada vez más cerca. Tendría que entrar por el portal y debía hacerlo antes de que ellos regresasen. Corrió como pudo sin soltar al animal. Casi al doblar la esquina advirtió que no había recogido el bate, se dio media vuelta dispuesto a recuperarlo. Al fondo apareció el primero de ellos, a este le siguieron otros dos, tras ellos muchos más. Corrió a por el bate, era su única arma, no podía perderla. A cada paso que daba se acercaba más a los zombis. Los gemidos que siguieron le indicaron a las claras que ya le habían descubierto. Alcanzó por fin el palo y lo recogió. Los zombis cada vez estaban más cerca, podía percibir su hedor como sin duda ellos podrían percibir su miedo. Corrió de regreso al portal, ahora su única vía de escape. Con cada zancada el cuerpo del animal botaba sobre su espalda. Al saltar sobre unas cajas no pudo sujetar al perro y este se estrelló contra el suelo. El primer zombi ya estaba allí. Una mujer de entre treinta y cuarenta años, sucia, con la ropa por algún motivo mojada, sin una de las mangas de la camisa y con los dos pies descalzos y sangrantes, las plantas puras costras. Blandió el bate y lo descargó sobre su cabeza. La coleta mugrienta se desplazó en primer lugar y el resto del cuerpo la siguió. Cayó desmadejada sobre el suelo. Izó el cuerpo del perro y corrió de nuevo. Giró la esquina para alcanzar el portal y allí estaban. Dos zombis le impedían el paso; en cuanto lo descubrieron se dirigieron hacia él. Por detrás le seguían los otros, solo podía huir hacia delante. Corrió dispuesto a abrirse paso. Con una mano ocupada en sujetar al animal solo disponía de la otra para usar el bate. Lo volteó de abajo arriba y lo estrelló contra el de la derecha. El golpe no alcanzó en la cabeza al adolescente y lo único que consiguió fue desequilibrarlo momentáneamente. Aprovechó el hueco que se abrió para colarse en el portal. Cuando ya había sobrepasado al de la izquierda sintió un tirón. El perro escapó de su mano y quedó colgando de la del zombi, un varón fornido, vestía algún tipo de uniforme. Sin saber qué hacer con él permaneció un instante observándolo, dejándolo de lado a él.

—Es mío cabrón.

Dejó el bate y agarró el perro de las dos patas que colgaban. El movimiento sorprendió al zombi que lo soltó. Lo elevó en brazos como pudo y se giró. En ese momento sintió el mordisco, fue algo brutal, como una descarga eléctrica sobre su espalda. Oyó claramente como su carne se desgarraba y se desprendía, nunca pensó que llegaría a escuchar ese sonido, se lo estaban comiendo. Tiró con fuerza y logró soltarse de las manos que lo sujetaban. El zombi que le había mordido permaneció en pie, en medio, saboreando su premio. Eso hizo que el resto de zombis, que ya entraban en el portal, tropezasen cayendo unos sobre otros. Ese tiempo precioso que le concedieron lo aprovechó para subir los escalones de tres en tres y correr hasta el segundo piso. Introdujo la llave en la cerradura y cerró tras él. No tardó demasiado en escuchar los golpes sobre la puerta, los gritos y gruñidos que proferían se introducían en su cabeza, siempre lo hacían, el olor que los acompañaba lo iba inundando todo. Pero esta vez era diferente, estaba a salvo y tenía comida.

Al dejar el cuerpo sin vida del perro en el suelo sintió un profundo dolor en la espalda. En ese instante fue consciente de la realidad me han mordido. Se dirigió al aseo y se giró para poder verse el torso. La ropa ensangrentada no permitía distinguir la herida. Se desvistió con pesar y arrojó la ropa dentro de la bañera cubierta de una capa de mugre. Volvió a acercarse al espejo. Ahora sí lo vio; un profundo desgarro, un poco por debajo del hombro derecho. La importancia de la herida no era lo relevante; ahora el virus corría por sus venas, estaba sentenciado, sabía lo que vendría a continuación, había sido testigo de ello en varias ocasiones.

Un mareo lo sacudió. Se apoyó en la pared y se dejó resbalar hasta terminar sentado en el suelo, un reguero sanguinolento manchó los baldosines blancos. No debería haber salido, nunca debió abandonar la seguridad de su refugio pero tenía tanta hambre…

Lloró, lloró recordando a sus seres queridos perdidos los primeros días de la infección. Lloró recordando a las personas que se había ido encontrando y que también había perdido y lloró, por fin, lamentando morir ahora que había conseguido comida.

Una vez se le agotaron las lágrimas llevó el cuerpo ya frío del perro a la cocina y comenzó a despellejarlo. Era algo que no había hecho nunca. Pensó que le costaría más. El escozor de la herida aumentaba por momentos, tenía que darse prisa. Fileteó el solomillo del escuálido can y lo fue colocando en la plancha, la cocina a gas era el único electrodoméstico que todavía funcionaba.

Después de comer todo lo que su estómago le permitió se tumbó en el sofá. Le habría gustado tocar alguna pieza pero un desconocido sopor comenzaba a invadirlo. Cerró los ojos pensando que se transformaría en un zombi con el estómago lleno.

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Vale, os habéis quedado con ganas de mas. Solo por esta vez os subo el  segundo capítulo. A disfrutar.

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Costa Este de Italia

No hacía excesivo calor aunque la humedad ambiental sí que era elevada. Las dos sombras avanzaban en la noche a lo largo de la calle completamente a oscuras. Ninguna de las farolas lucía. La oscuridad de esa travesía contrastaba con la iluminación del resto de la urbanización.

Daban la impresión de flotar en lugar de caminar. Sus movimientos no emitían ruido alguno. Avanzaban pegadas a las vallas de los chalets que iban pasando, rozando los setos que sobresalían de ellas.

Las dos sombras se detuvieron al mismo tiempo, como si de un solo ente se tratase. Permanecieron inmóviles, casi sin respirar, durante unos instantes y reemprendieron la marcha a la vez. Las dos figuras empuñaban pistolas con silenciador. Las dos llevaban una funda perfectamente sujeta al muslo, ahora vacía. Las dos portaban en el ceñidor cuatro cargadores más perfectamente alineados. Las dos tenían todos sus músculos en tensión.

Después de dejar atrás dos chalets se detuvieron frente a la valla de entrada del siguiente. Todo el muro exterior estaba lucido con piedra roja de rodeno. El seto de arizónica elevaba la altura del muro hasta casi los tres metros pero la puerta automática se alzaba poco más de metro y medio.

Con unos movimientos extremadamente ágiles las dos sombras volvieron a pararse, ya dentro del recinto. Sus cabezas giraron a un lado y a otro de la misma forma que lo habría hecho una cámara de vigilancia, las dos sincronizadas, con movimientos suaves. A su derecha un pino canario con más años en su corteza que la propia construcción en la que se ubicaba; tras él una pista de tenis con un potente foco, ahora apagado, en cada uno de sus vértices. Al fondo de la pista de tenis una pista de pádel con paredes de metacrilato. Casi pegados al camino de entrada, asfaltado de adoquines rojizos, un pequeño parque infantil con columpios, una escalera semicircular y un balancín. Delante de un limonero cargado de fruto, dos palmeras se elevaban al cielo sin fin.

Al lado izquierdo un pequeño olivo y una zona con plantas aromáticas. El olor a lavanda y tomillo les llegó perfectamente, disfrutaron un instante de su aroma. Más al fondo las escaleras de acceso a la puerta principal, semejaban galletas semicirculares. Al fondo la casa se alzaba dominando todo el terreno. Sus paredes blancas perfectamente encaladas contrastaban con las contraventanas de madera.

Avanzaron, tras su inspección, con más lentitud aún pegados al muro que conducía al aparcamiento, ocultándose de la luz que desprendían los cuatro faroles de hierro forjado dispuestos alrededor del recinto. Un deportivo Mercedes dorado era el único vehículo aparcado. El sonido del limpia fondos de la piscina, apenas audible por el día, les llegaba ahora con claridad.

Uno de los fantasmas se desplazó semierguido hasta el otro lado de la piscina. Desde allí, mientras introducía un par de dedos en el agua, observaba el acceso trasero a la vivienda. Sus informaciones eran correctas, ni perros, ni cámaras, ni agentes de seguridad que protegieran a sus ocupantes, ni siquiera una inútil alarma.

La otra sombra verificaba las estancias inferiores. Estaban cerradas. Según la información que poseían constaban de una amplia sala de juegos con billar, futbolín y una mesa de ping pong. Un par de aseos, la sala de calderas, una habitación equipada como gimnasio y un par de habitaciones usadas como trastero o almacén.

Los dos intrusos se reunieron al comienzo de la escalera que terminaba en la puerta trasera de la casa. Daba a la cocina. Era de aluminio y cristal y únicamente disponía de una simple cerradura que ni tan siquiera era de seguridad.

Una de las sombras, la más menuda, subió ágilmente los escalones y se aplicó en abrir la cerradura moviendo con habilidad una ganzúa completamente negra. La otra la cubría desde abajo.

 El sonido de una cisterna al vaciarse las sorprendió. La habitación contigua a la cocina era un baño. Alguien se había levantado en la noche y a oscuras había usado el inodoro para posteriormente tirar de la cadena. Aprovechando el sonido producido forzó la cerradura y terminó abriendo la puerta.

Tras acceder ambas al interior de la vivienda cerraron la puerta sin causar el más mínimo ruido. Permanecieron atentas a cualquier sonido producido en el chalet mientras comenzaban a sentir como el sudor iba cubriendo sus cuerpos y sus caras bajo los pasamontañas.

Esperaron varios minutos hasta que sus ojos se acostumbraron totalmente a la oscuridad reinante. Se adentraron e inspeccionaron el salón. Nada más entrar una mesa de cristal con sillas de asiento y respaldo con imitación de mimbre presidida por una imponente lámpara de pie. A la izquierda, toda la pared cubierta de espejos de diferentes tonalidades. Más adelante un piano extraño, pequeño, como de juguete. Enfrente, la puerta de salida a la terraza delantera. Parecía cerrada. A la derecha otro espacio compuesto por tres piezas de sofá distribuidas en torno a una enorme televisión de plasma situada al lado de una chimenea tradicional.

En alguna habitación de la casa se produjo un murmullo de voces. A continuación una puerta que chirriaba levemente al abrirse y luego pasos de pies descalzos avanzando en su dirección.

Las dos sombras se pegaron a las paredes intentando hacerse invisibles.

—Ho bisogno di un antidolorifico.

Los dos intrusos escucharon claramente la voz de una mujer. Sus pasos se dirigieron hacia la cocina. Encendió la luz al entrar. Tras unos instantes trasteando abriendo armarios, grifos, la mujer salió apagando tras ella. Cuando parecía que regresaba a su habitación dio media vuelta y se encaminó al salón.

¡FLOP!

La mujer no llegó a enterarse de que moría. Su cuerpo al chocar contra el suelo hizo más ruido que el disparo de la pistola provista de silenciador que había acabado con su vida.

—Lia ¿Stai bene?

La puerta de la habitación chirrió de nuevo. Alguien se dirigía hacia ellos. El hombre accedió al salón y al instante descubrió el cuerpo de su mujer en el suelo.

—Lia.

Las dos sombras dispararon al mismo tiempo sin dar lugar a que el hombre se inclinase sobre su mujer. Sendos orificios se dibujaron en su frente. El cuerpo saltó hacia atrás y quedó tendido en el pasillo, entre la puerta de la cocina y la del salón. El cristal de la ventana saltó en pedazos; uno de los proyectiles había atravesado completamente su cráneo.

—¿Mamá? ¿Papa?

Una niña apareció desde las habitaciones. La luz del pasillo se encendió. Un grito ahogado precedió a un nuevo disparo. El intruso más alto había terminado con la pequeña, sin titubear. Abandonó el salón y verificó que toda su información era correcta. En la casa no había nadie más. Los tres objetivos habían sido eliminados. Solo conocían el nombre de la mujer porque lo había gritado el marido, eran víctimas anónimas.

Cuando regresó al salón, la sombra más menuda ya había abierto la caja de seguridad escondida tras uno de los sofás y ya sujetaba la carpeta en una mano.

—Hace un calor infernal.

Se aproximó al espejo y se levantó el pasamontañas hasta la frente. El rostro se reflejó nítido.

—¿Qué haces? No te lo quites.

Se acercó al otro intruso y le levantó lentamente el pasamontañas hasta descubrir su rostro para lanzarse de inmediato salvaje sobre los labios del hombre.

¡NOOOOOOOOO!

Me incorporé totalmente empapado en sudor. Una mano se posó tranquilizadora sobre mi brazo.

—¿Estás bien Jose? Tranquilo, sólo es otra pesadilla.

Cuando se encontró con mi mirada su mano se retiró como si mi piel quemase de repente. Abandoné la cama de un salto dejando a Laura sentada. Corrí hasta el camarote de Shania. Su cama estaba revuelta, desorden por todas partes pero ni rastro de ella. No recordaba que le tocase vigilancia esa noche. Corrí a cubierta. Iván estaba al timón. Al verme lo sujetó con fuerza con ambas manos; como si pensara que iba a arrebatárselo o tal vez fuera a lanzarlo al mar. Luego me indicó con un gesto de cabeza.

—Delante, en la red de proa.

Avancé por el lateral y en efecto; allí estaba, con Will cabalgando sobre ella. Con la luz de la luna reflejándose en sus cuerpos sudorosos. El chico ni siquiera se percató de mi llegada. Lo cogí del cuello y lo extraje para enseguida lanzarlo a un lado.

—¿Qué pasa? No me digas que estás celoso. Tal vez quieras ocupar su sitio —abrió sin vergüenza alguna sus piernas aún más.

Me senté sobre ella y apreté su cuello con mi mano. Lejos de oponer resistencia dejó caer sus brazos a los lados, laxos, relajados.

—Me mentiste. Me miraste a los ojos y me soltaste una mentira tras otra.

Mis dedos se cerraban cada vez más sobre su garganta. Su rostro comenzaba a congestionarse. Sus manos se crisparon, sus dedos se engancharon de la red. Podía sentir como su sangre latía bajo la presión de mis manos apretando su piel.

—Me dijiste que yo no era como los demás, que no era como tú. Que solo maté a gentuza, asesinos, personas que se lo merecían ¡Mentira! Todo mentira.

Su cara perdía el color por momentos debido a la falta de riego y su cabeza comenzaba a presentar espasmos.

—Acabo de verme asesinando a una familia completa. Maté a una chica de la edad de mi hija ¿Hay algo de lo que me has contado que no sea mentira?

Sus piernas se movían de forma involuntaria pero en ningún momento había hecho intención de resistirse.

Laura se acercó a mí por detrás.

—Ya basta la vas a matar. Para por favor, suéltala.

Ese clic una vez más apoderándose de mi voluntad, la duda, la insensibilidad al dolor ajeno.

Nada más retirar mi mano, todos pudimos escuchar como su boca se abría y aspiraba todo el aire que era capaz.

—Vaya, que pena, estaba a punto de correrme —me lanzó una mirada lasciva desde su rostro todavía desprovisto de color.

No pude contenerme y le lancé un puñetazo a la boca. Su labio se abrió y un reguero de sangre brotó lentamente. Se pasó el pulgar para recoger la sangre y lo introdujo provocativa en la boca.

—¿Mentiras? Deberías darme las gracias, no —lanzó una mirada a cada uno de los presentes— todos deberíais darme las gracias. Hice lo que tenía que hacer, lo que demandaba la situación en que nos encontrábamos. Necesitábamos tu mejor versión, el asesino implacable que llevas dentro, no el mojigato pusilánime de ahora ¿De veras piensas que estaríamos vivos hoy si te hubiera dicho la verdad? Que eres un asesino letal, que lo llevas en la sangre, que es lo que mejor sabes hacer; lo único. No, te habrías venido abajo, como ahora y todos nosotros estaríamos muertos o vagaríamos en busca de sangre por ese puto barco. No tengo culpa de lo que eres, ni tampoco de lo que soy, yo hace tiempo que lo he aceptado, haz tú lo mismo de una vez. Y ahora continúa tú o deja que siga el chico.

Me aparté de ella. La red de proa estaba al completo, tan solo Iván había permanecido al timón. Will permanecía donde yo lo había lanzado, intentando cubrir su desnudez. Me sentí mareado, extraño, como si no fuese yo el que estaba ahí.

—Jose —Laura me había puesto la mano en el hombro e intentaba decirme algo.

Me desasí con violencia y me dirigí a la popa. Me encontré con Iván que continuaba aferrado al timón como si la vida le fuese en ello, había sido el único que no había asistido al espectáculo. Desvió la vista para que su mirada no se cruzase con la mía.

Mariano me alcanzó y se situó frente a mí.

—Chico, probablemente no sea quien para decir esto pero…

—Tienes razón viejo, no eres quien, déjame en paz —me quité la camiseta empapada de sudor y me dispuse a lanzarme al agua.

El abuelo me sujetó con inusitada fuerza y me obligó a darme la vuelta.

—Vos me vas a escuchar. No sé quien sos, una buena persona o un auténtico cabrón. No sé si antes vos te dedicabas a matar gente por dinero o por lo que fuese, pero sí sé una cosa; todos los que estamos en este barco te debemos varias vidas. No importa lo que quiera que hicieras antes, lo que cuenta es lo que hacés ahora. Se os ha concedido una segunda oportunidad, en medio de este horror vos tenés una nueva oportunidad de redimiros. Aquí nadie le va a juzgar. Debés aprovecharla.

—¿Crees que me importa lo que podáis pensar cualquiera de vosotros?

—No, eso es fácil de ignorar, lo que es más complicado es vivir con uno mismo, conciliar los pecados con la existencia diaria, con las decisiones que tomamos, con las decisiones que hemos tomado, eso es lo que diferencia a unas personas de otras. Laura y el chico le necesitan, Thais, Iván, todos le necesitamos.

—Eso es lo único que os importa, me necesitáis para seguir vivos, pero qué pasará cuando mate a alguno de vosotros ¿Qué pensaréis entonces?

Mariano bajó la cabeza y no supo qué responder.

—¡Suéltame!

Me lancé al agua en la oscuridad.

Una brazada, dos, tres, respiración.

Cómo se acepta algo así, como se puede vivir sabiendo una cosa así.

Una brazada, dos, tres, respiración.

¿Sabiendo, qué era lo que sabía en realidad? No tenía ninguna certeza. No recordaba nada de mi pasado y las cosas que veía en mis visiones, en mis sueños ¿Qué eran? Fantasía, realidad. Ni siquiera podía tener la seguridad de que fuesen reales, de que fuesen verdad.

Una brazada, dos, tres, respiración.

Sin embargo… sin embargo yo sabía que lo eran, lo presentía. Ese clic que sonaba en mi cerebro, esa indiferencia al dolor de los demás.

Una brazada, dos, tres, respiración.

¿Podría revertirla alguna vez? ¿Podría cambiar realmente? Alguien que había hecho lo que yo ¿Podía de verdad convertirse en otra cosa?

Una brazada, dos, tres, respiración.

Puede que sin saberlo fuese lo que buscaba realmente. Puede que quisiera encontrar a mi hija para hacerlo realidad. O puede que solo se tratase de un reto, de un fin, una meta.

Una brazada, dos, tres, respiración.

No recordaba un solo momento con mi hija, de hecho, la única imagen suya la había obtenido de un portarretratos en el piso de Valencia.

Una brazada, dos, tres, respiración.

En cualquier caso eso ya no importaba, ella estaba muerta. Yo había fallado, el asesino infalible había fallado.

Una brazada, dos, tres, respiración.

¿Qué me quedaba entonces? Una vida sin pasado en un mundo lleno de muertos ¿Era eso lo que quería?

Una brazada, dos, tres, respiración.

Cada vez me encontraba más cansado, nadaba a toda velocidad, mis brazos aumentaban de peso.

Una brazada, dos, tres, respiración.

Tal vez fuese mejor acabar. El mar era una buena opción, al menos tan buena como cualquier otra.

Una brazada, dos, tres, respiración.

Tarde o temprano acabaría haciendo daño a alguien, era mi naturaleza, y ni siquiera lo sentiría, no lo lamentaría. Probablemente no tardase demasiado en olvidarlo, como había olvidado ya a todas las personas a las que había arrebatado la vida desde que había renacido.

Una brazada, dos, tres, respiración.

Sí, el mar era la mejor opción.

Una brazada, dos, tres, respiración.

Estaba agotado, los brazos me pesaban como losas.

Una brazada, dos…

Ya no había oxígeno, no había luz, solo agua salada entrando a presión en mis pulmones, mi cuerpo cayendo a las profundidades del mar, oscuridad, paz.

@@@

—Rápido, tumbadlo ahí —Laura se dirigía nerviosa a Iván y a Jorge.

—No respira, hay que reanimarlo.

Laura se sentó sobre el Sargento y comenzó a realizar ejercicios de reanimación sobre su pecho. Por más que apretaba, su cuerpo no reaccionaba, seguía sin respirar. Alrededor nadie decía nada, tan solo se escuchaba el sonido de los movimientos que Laura realizaba para intentar que los pulmones del Sargento se llenasen de nuevo de aire.

—Aparta.

Shania había aparecido en la popa cubierta tan solo con una camiseta de tirantes que difícilmente cubría sus atributos. Echó a un lado a Laura y comenzó a realizarle el boca a boca. Entre insuflaciones realizaba compresiones torácicas. A la tercera repetición el Sargento reaccionó. Una bocanada de agua fue a parar a la cara y el pecho de Shania empapando su exigua indumentaria, lo dejó que se recuperase y desapareció de nuevo.

@@@

Cuando terminé de toser me giré en redondo, todos habían desaparecido, todos excepto Mariano que no me quitaba sus ojos acusadores de encima.

—¿Quién me ha sacado?

El abuelo permaneció en silencio, como meditando su respuesta, como pensando si realmente me la merecía.

—El chico insistió en que le siguiéramos, entre Iván y él os sacaron del agua. Esa mujer, la mercenaria os reanimó. Pero ninguno de ellos puede salvaros, eso es algo que tenés que hacer vos, vos solo.

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