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Una escapada a La Alberca y Las Batuecas (Salamanca)

Dintel decorado. La Alberca. Sierra de Francia. Salamanca. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego


Granito, agua y tradición: rincones sagrados y una arquitectura singular en la Sierra de Francia

© Texto y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

No hacía falta ser muy espabilado para poner a La Alberca el nombre que los árabes le dieron: Al-Bereka, que significa “depósito de agua”, “estanque”. Porque agua a raudales es lo que baja por las calles de La Alberca cuando llueve. Cuando no, y si el cambio climático no viene a enmendar la plana, el agua le brota a La Alberca por una red de fuentes de las de caño gordo y caudal fresco. Es, desde luego, una de sus mayores riquezas. Pero no la única. Ni mucho menos.

Porque esta localidad salmantina se ha convertido en las últimas décadas en una de las puertas de entrada más recurrentes de quienes visitan la Sierra de Francia. Y ahí supo encontrar otra de sus riquezas: mientras en otros lugares la modernidad alentaba el derribo, ladrillo y hormigón, La Alberca enseguida fue consciente de que su cara de siempre, la que durante siglos había configurado una forma de construir propia, anclada en la tradición, un aislamiento secular y en los imperativos del área serrana en que se halla, era, también, su mejor carta de presentación.

Detalle de la joyería del traje de Vistas. La Alberca. Sierra de Francia. Salamanca. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Detalle de la joyería del traje de Vistas. La Alberca. Sierra de Francia. Salamanca. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Por eso, recorrer hoy La Alberca es una delicia que muchos no quieren perderse. El entramado de sus calles no ha perdido un ápice de su atractivo, a pesar del gentío que soportan en determinados días festivos. El laberinto de callejones, algunos tan estrechos que nunca han permitido el paso del sol, sigue revelando la forma inteligente que los pueblos serranos tienen de protegerse de los rigores del frío y del calor: callejas frescas, siempre a la sombra cuando los calores del verano caen a plomo en la solana; pero también a salvo de las corrientes de aire helado o de las nieves que chocan contra los tejados voladizos sin poder tocar el suelo. Callejas estrechas, apiñadas y pendientes, dispuestas así para aprovechar mejor el poco espacio que la montaña permite. Hay quien dice también que para recordar una forma constructiva que guarda mucha relación con el origen de las comunidades judías que repoblaron éste y varios otros pueblos de la sierra, allá por el siglo XV, cuando encontraron en ella el rincón apartado del mapa en el que vivir y prosperar. O de las aljamas árabes. Precisamente a esta circunstancia achacan también la profusión de inscripciones religiosas que abundan en los dinteles de muchas de sus puertas: cruces, siglas, invocaciones y fechas que vienen a exhibir en público la condición cristiana de sus moradores, alejando así por adelantado la sospecha de herejía o judaísmo que, en siglos pasados, era vigilada con lupa por los tribunales de la Inquisición. El verdadero encanto de La Alberca radica en que ha sabido huir de los asfaltos para conservar sus suelos de canto rodado, sus fachadas de entramado y solanas, y un olor a chacinería de altura que se pega tanto al paladar que hace imposible regresar a casa sin probar el embutido. Tampoco habría que hacerlo sin visitar su iglesia de la Asunción, levantada por Manuel de Churriguera en 1730, cuyo recorrido interior depara sorpresas tan gratas como la contemplación del púlpito, joya de granito policromado realizada en el siglo XVI.

Púlpito policromado del siglo XVI. Iglesia de la Asunción. La Alberca. Sierra de Francia. Salamanca. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Púlpito policromado del siglo XVI. Iglesia de la Asunción. La Alberca. Sierra de Francia. Salamanca. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego

Pinturas rupestres en Las Batuecas

Y como no todo ha de ser entramado de maderas y piedra, olor a chacina, bordado artesano y tradición, a las afueras de la localidad, de hechuras más contemporáneas, aguardan también dos lugares de visita imprescindible: la Casa del Parque, con información del Parque Natural Las Batuecas-Sierra de Francia, y el Centro de Interpretación de los grabados rupestres y el convento de San José de Batuecas (tel. 923 41 52 91). Este último acondicionado por la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León. Su recorrido es una lección amena que ayuda a descubrir cómo los primeros habitantes de la sierra llegaron a ella mucho antes que los árabes: las evidencias de ocupación ancestral abundan en forma de castros en varios lugares, pero destaca de una manera especial el conjunto de pinturas rupestres localizadas en el vecino valle de Las Batuecas. Diseminados en diferentes paneles rocosos, se rastrean allí más de 30 abrigos con pinturas, conformando uno de los más densos y notables conjuntos de Arte Esquemático Típico de la península Ibérica, realizados durante la Edad del Bronce. Otro de los secretos que atesora el valle, su conjunto de eremitorios nacido al rebufo del asentamiento allí del monasterio carmelitano de San José en el siglo XVII, también queda al descubierto en el paseo por las diferentes salas. Tanto que en una de ellas, incluso, hay que pasar de puntillas, entre la alacena y el camastro de un monje que reza de hinojos, en la ermita de San Elías, para no romperle su meditación.

Recreación de la celda de un monje del monasterio de San José de las Batuecas. Interior del Aula de Arqueología. La Alberca. Sierra de Francia. Salamanca. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Recreación de la celda de un monje del monasterio de San José de las Batuecas. Interior del Aula de Arqueología. La Alberca. Sierra de Francia. Salamanca. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
La Sierra de Francia es un lugar privilegiado. Por si contar con un largo reguero de pueblos bien compuestos no fuera bastante, tampoco le faltan un par de enclaves de fuerte arraigo espiritual, a los que, en buena medida, debe que la fama de sus encantos se haya difundido más allá de lo pensable. Uno es el mencionado valle de Las Batuecas. Antaño un lugar tan apartado y remoto que compartió con Babia y las musarañas la cualidad de excusa donde llevar el pensamiento para pintarlo de blanco. En el siglo XVII, gracias sobre todo a la difusión extraordinaria de una obra de Lope de Vega, acabó dándose por cierto que en ese valle profundo y escarpado, desconocido, salvaje y nunca dibujado en los mapas, habitaban tribus descendientes de unos godos escondidos allí para evitar la escabechina musulmana en su momento, gentes hurañas, huidizas, paganas y salvajes que andaban medio desnudas y adoraban al demonio con todas sus consecuencias. El caso es que los únicos habitantes del valle llevan en él, si bien con interrupciones, desde 1599, momento en el que se establece el monasterio, dale que dale a su “ora et labora” tan al margen de mitos y leyendas como ahora mismo lo están de los turistas que se acercan hasta las tapias del convento. Un cartel en la puerta del recinto monacal lo expone bien a las claras: “En el monasterio no hay nada interesante que ver”. Y es verdad. Mucho más excitante para el viajero es adentrarse por el fondo de este valle y dedicar tiempo a disfrutar de su naturaleza exuberante, buscar la ristra de viejas ermitas a las que los monjes en el pasado se retiraban durante meses o los abrigos con pinturas en las que nuestros ancestros dibujaban escenas de su vida cotidiana.

Pintura rupestre en el Canchal de la Cabras Pintadas. Edad del Bronce. Valle de las Batuecas. Sierra de Francia. Salamanca. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Pintura rupestre en el Canchal de la Cabras Pintadas. Edad del Bronce. Valle de las Batuecas. Sierra de Francia. Salamanca. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego

La montaña sagrada

El otro rincón sagrado imprescindible de la sierra, de hecho sobre el que pivota la vida espiritual de una buena parte de las provincias de Salamanca y Cáceres, es la mole montañosa, visible desde muchos kilómetros a la redonda, en cuya cúspide se localiza el santuario y convento de Nuestra Señora de la Peña de Francia.

La leyenda que dio origen a su fundación dice que en 1424 una aparición profética a una joven de Sequeros, la Moza Santa, le reveló el cercano descubrimiento de una imagen de la Virgen oculta en alguna covacha de la Peña. Poco después tiene lugar en París de nuevo otra aparición de la Virgen, esta vez ante un estudiante llamado Simón Roland, al que pide que deje todo para comenzar la búsqueda de una imagen suya animando su deambular errático con la frase: “Simón, vela y no duermas” a partir de la cual Simón será conocido en estas tierras como Simón Vela. Después de buscar durante siete años terminó Simón por acompañar a unos peregrinos hasta Santiago de Compostela decidiendo después continuar la peregrinación por el Camino del Sur. Ya en Salamanca, tras seguir a un grupo de carboneros serranos que se dirigían hacia San Martín del Castañar, acaba por coronar los empinados riscos de la Peña de Francia pasando allí tres noches, después de las cuales una nueva aparición de la Virgen le pronuncia otra vez la frase “Simón, vela y no duermas”, señalándole ya definitivamente la gruta donde permanecía oculta su imagen: una Virgen negra con Jesús en brazos. La que descubrió Simón Vela fue venerada durante siglos hasta que la Desamortización vació el lugar y la imagen comenzó a recorrer unos y otros pueblos terminando por desaparecer el 17 de mayo de 1872. Aunque devuelta 17 años después, era tan malo su estado que se decidió tallar una nueva -la que ahora se venera en el santuario- e introducir en su interior los restos de la auténtica.

Cueva en la que apareció la imagen de la Virgen de la Peña de Francia. Peña de Francia. Sierra de Francia. Salamanca. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Cueva en la que apareció la imagen de la Virgen de la Peña de Francia. Peña de Francia. Sierra de Francia. Salamanca. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego
Hoy esa cumbre, además de hito imprescindible para peregrinos y romeros, es un espectacular mirador desde el que se identifican muchos de los pueblos y rincones de una sierra que sorprende tanto a ras de suelo como desde las alturas de su montaña más emblemática.

EN MARCHA
La localidad de La Alberca se localiza al sur de la provincia de Salamanca, muy cerca del límite con la de Cáceres, en el corazón de la Sierra de Francia. El acceso al valle de Las Batuecas se puede realizar desde La Alberca continuando por la carretera en dirección a Las Mestas. La carretera de ascenso al santuario de la Peña de Francia se puede hacer desde un desvío que arranca entre El Cabaco y El Casarito.

LA ALBERCA. www.laalberca.com. Oficina de turismo: tel. 923 41 52 91.

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