Reflexión: una carta de amor

Jueves reflexivo: amor

Hola a todos y bienvenidos. ¿Qué tal ha ido la semana? Espero que genial.

Hoy estamos a jueves, toca post improvisado y la casa está en silencio, mis animales duermen y el aroma a café recién hecho invade la habitación, así que sin más rollo, empezamos.

carta-amor


Mañana es San Valentín, un día lleno de defensores y detractores. Yo estoy en un punto intermedio, me gusta celebrarlo todo, así que este sería un día para añadir al calendario, pero no quiero celebrar el amor solo ese día, eso es algo que se cuida cada día.

Mis lectores habituales ya sabéis que me cuesta mucho compartir mis relatos. Si, lo sé, es una contradicción porque escribo un blog, pero no es lo mismo, me cuesta, al igual que no supero lo de ir a presentaciones de libros, lo mío es el anonimato.

Pues hoy me he animado a compartir una carta de amor con la que participé hace algo más de un año en un certamen y tuve mucha suerte porque fue ganadora. Espero que os guste.

SUEÑOS DE ATARDECERES

Querido Miguel:

Espero que cuando leas estas líneas puedas perdonarme por empezar esta carta de una forma tan distante, o más bien tan convencional. En realidad me gustaría empezar diciendo algo así como amor mío, o dueño de mis sentimientos, o cualquiera de las palabras que puedan expresar, aunque solo sea un poco, lo que eres para mí. Pero no puedo hacerlo, no puedo, porque aunque tú eres mi gran y único amor, aunque tú eres lo que da sentido a mi vida, en realidad no me perteneces. Ante la ley solo ha de dirigirse a ti así la mujer con la que te casaste.

Muchas veces, cuando el sueño se niega a venir a buscarme, y espero impaciente la amanecida mirando por la ventana, pienso en nosotros. Y con los ojos anegados en lágrimas y el corazón cargado de impotencia me pregunto por qué tuvimos que nacer en unos años tan difíciles.

Me gustaría saber por qué la guerra tuvo que cruzarse en nuestros caminos, y casi sin darme cuenta, me encuentro pensando en aquellos años infantiles, cuando compartíamos juegos y no sospechábamos lo que el destino habría de depararnos. Éramos un par de chiquillos felices y mirábamos al mundo con los ojos de la inocencia. Pero el correr del tiempo habría de despertar nuestros sentimientos, y desde que aquel lejano día, en el maizal de Aurelio, cuando ambos supimos que nos queríamos, mi vida no volvió a ser como antes.

A veces, cuando miro por la ventana y veo a dos muchachos caminando de la mano, diciéndose cualquier cosa al oído, doy un puñetazo en el cristal y me pregunto por qué nosotros no pudimos. Si, si, lo sé. Que la Guerra lo hizo todo difícil, que la familia había apalabrado tu boda y nuestro amor no habría de entenderse.

Pero nosotros siempre fuimos diferentes. Jamás nos importó lo que otros pudieran pensar. Nunca quisimos ser como los demás, preferíamos nadar contracorriente, y a pesar de todo éramos felices.

Si cierro los ojos y paseo por los recuerdos, aún me parece verte caminando a la orilla del río, sonriendo entre los reflejos irisados del agua, y agachándote para coger piedrecitas y hacerlas rebotar. Y recuerdo tu risa, limpia como las aguas del río, cuando me veías tirar una y otra vez piedras que nunca podía hacer rebotar. Pero no me importaba; solo quería perderme en tus ojos cristalinos y dejarme llevar por el calor de la tarde.

Y recuerdo las puestas de sol junto al molino, sentados detrás de las rocas que nos resguardaban de las miradas indiscretas. Cuando los últimos rayos de sol iluminaban nuestras caras nos jurábamos amor eterno, y prometíamos buscar una manera; tenía que haber alguna forma de estar juntos. No podía ser tan difícil.

Después todo cambió. Y sin previo aviso y sin que nadie estuviese preparado, la vida nos golpeó. Nos golpeó cruelmente, nos golpeó de frente y de lado, de día y de noche, sin dejar espacio para que nos pudiéramos levantar. Y a partir de entonces, la luz anaranjada de los atardeceres solo iluminaba rostros derrotados de madres que perdían a sus hijos y de viudas que lloraban a sus esposos.

Y cuando pensaba que nada podía ir peor, que lo más duro que podía pasar era la contienda cruel y dolorosa que enfrentaba a hermanos, algo destruyó mi única esperanza; tu familia te obligaba a casarte con ella. Decían que tenías que cuidar tu porvenir, que la guerra podía durar mucho, tal vez demasiado, y tenías que pensar en tu futuro. Y en este caso tu futuro era ella.

Si vuelvo a cerrar los ojos, a mi memoria acuden las imágenes de nuestra última tarde juntos. Tú llorabas y yo suplicaba, no podías dar la espalda a tu familia y dejarte llevar por el corazón, y estabas condenando tu vida al fracaso. Yo te necesitaba, te quería en cada segundo de vida que pudiese quedarme. No podía vivir sin ti. Me había acostumbrado tanto a tu presencia que era demasiado tarde para que desaparecieras de mi vida.

La noche antes de tu boda lloré como jamás lo había hecho y las lágrimas empaparon la almohada y mi alma. Y aunque los sueños se rompían en mil pedazos, y casi podía oír el ruido que hacían al chocar contra el suelo, a pesar de haber dejado las ganas de vivir en el rincón más oscuro y recóndito, a pesar de todo, acudí a la iglesia con una falsa sonrisa pintada en mi cara. Y te felicité cuando todos los hicieron. Y al cruzarse nuestras miradas sentí como el mundo se paraba y durante un instante, y tuve la tentación de darte el más dulce y tierno beso, mientras les gritaba a todos los que habían acudido a ver aquella farsa que nos queríamos. Pero ese instante pasó como un soplo y yo me alejé para siempre de ti y de tu vida.

Los meses pasaban y la guerra era cada vez más dura. Las familias estaban enfrentadas, los amigos morían o se iban al monte, y llegó el día en que tuviste que partir. Tu nueva vida estaba en el frente.

Aquel amanecer, en la estación, te despedías de tu mujer mientras tus ojos me miraban, escondido tras las madres y esposas que veían a los hombres partir hacia el infierno.

A pesar del tiempo transcurrido aún me parece verte, tan elegante con tu uniforme nuevo, subiendo la escalerilla. Y cuando tu esposa miraba hacia otro lado, cuando en el mundo solo estábamos tú y yo, te giraste y me enviaste un beso, un tierno beso que viajó a través del aire frío del amanecer. Luego entraste en aquel sucio vagón de tercera y desapareciste entre brumas y traqueteos.

Jamás recibí una carta tuya. No sabía nada. Ni una palabra. Nunca supe si me echabas de menos o tenías miedo en aquellas terribles batallas que todos contaban. En realidad nunca supe nada,, solo podía imaginarlo. Pero me asustaba tanto que prefería recordar momentos buenos, instantes que eran solo nuestros.

Pero el momento de aquellos años que más acude a mi memora no es de atardecers y abrazos escondidos, ni sueños amalgamados junto al río. No. Es de un día en que vi a tu madre en la tienda. Estaba tan feliz que no dejaba de repetir que llegabas en un par de días, y añadía entre lágrimas que era cuestión de horas volver a abrazarte.

Aquella tarde fui a la estación. Sabía que era arriesgado pero te añoraba tanto que no pude evitarlo. Estaba de nuevo tras madres y esposas, y cuando el tren llegó apenas pude ver nada tras mi absurdo parapeto.

El andén era un caos de personas corriendo arriba y abajo, y el humo del tren y el sonido de la locomotora me impedían enterarme de lo que sucedía. Así que solo pude esperar, esperar para ver a la razón de mi existencia.

Cuando la gente se fue marchando, entre la neblina, pude ver a tu madre y a tu esposa abrazadas llorando. Y justo a su lado, contemplé con incredulidad, aquella caja de madera, tosca y sin brillo, donde se suponía que estabas tú. No podía creerlo. ¡No podías ser tú! Quizás había algún fallo en la identificación, tal vez habías cogido otro tren por equivocación y en aquella odiosa caja descansaba algún muchacho sin familia. Pero eras tú. Tú. La persona por la que habría dado todo, el hombre por el que me habría condenado al desprecio y al rechazo. Y la escena transcurría despacio, como a cámara lenta, como si le estuviese ocurriendo a otra persona y yo solo fuese el observador. Pero en algún momento algo me hizo ver que realmente eras tú. Y ese día, contemplando una caja donde estaban mis sueños rotos, la vida dejó de tener sentido para mí.

Durante todos estos años he pensado en ti cada día. Jamás me casé ni tuve hijos, y he vivido aguardando el momento en que volveremos a encontrarnos. Por eso quiero escribirte. A pesar de todo lo compartido me he dado cuenta de que nunca nos escribimos una carta de amor. Así que quiero hacerlo ahora, y tú sabrás que no te he olvidado. Y quiero regalarte estos versos que te dedico, palabras que son un breve reflejo de lo que siento.

Tú me conociste cuando apenas

medía lo que mide un suspiro,

y poco a poco fui creciendo,

mientras mi corazón crecía contigo.

¡Cómo quisiera volver a aquellos días

en que mi peor dolor era tan breve,

que solo asomaba un resquicio en el umbral

de mi esperanza, como un silencio leve!

Así que sigo esperando

a que vuelvas a envolverme en tu terciopelo,

quiero sentirte como te sentía

antes de vestir mi alma de duelo.

Hoy más que nunca anhelo sentir el calor que emanabas y que no he vuelto a encontrar. Pensar en ti hace que se vaya lo malo, recordar tus ojos verdes y transparentes me llena de paz y ansío volver a perderme en ellos.

Necesito volver a ti, mi vida solo será una vida cuando volvamos a encontrarnos. Ahora todo será distinto; nuestro amor ya no será clandestino y no volveremos a separanos.

La eternidad se extiende ante nosotros limpia y pura, y será solo nuestra. Por fin estaremos juntos y podremos llenar de calor nuestras almas heladas. Por eso estoy aquí junto a tu tumba, y me acuesto a un lado, con mi cara cerca de donde creo que está la tuya. El cielo de la tarde está tornasolado, algunas nubes salpican el azul que ya empieza a mezclarse con el naranja, y en medio de todas estas pinceladas veo nuestros sueños. Y sé que por fin ha llegado el momento de estar juntos. Después de tan larga espera el vacío empezará de nuevo a llenarse. ¡Te he echado tanto de menos! Ahora es nuestro momento y por fin mi alma descansará. Y quizás, en este tibio atardecer, empiece a cumplirse alguno de aquellos sueños.

Ahora que ya no queda nadie en este camposanto viejo lleno de malos recuerdos, puedo verte. Te veo tan claramente como aquella última vez en el andén. Llevas el uniforme y tu cara es tan dulce como entonces. Y bajo este sol que ya dice adiós siento que todo está como tiene que estar, que volvemos a encontrarnos y ya estaremos juntos para siempre. Así que me levanto para verte mejor, y me despido porque dentro de algunos instantes ya no será necesaria esta carta , pues podré decirte todo lo que me he guardado estos años, mientras me pierdo en tus ojos. Y siento que nada podrá ir mal, ahora ya no.

Te quiere con el alma y anhela volver a tus brazos, Eduardo.

Y hasta aquí la carta. Sé que es muy larga, era la longitud que pedían así que espero que no os parezca pesada.

Ya sé que dhoy tocaba post improvisado pero esto se me ha ocurrido así, de repente, y ya que en cierto modo es improvisación, pues aprovecho y la comparto, porque sé que si lo pienso mucho no me atreveré.

Mil gracias por leerme y nos vemos el sábao en el repaso y con algún especial.

Feliz día a todos.



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