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Mi sillón zen.

Mi sillón zen.


La semana se inicia con un pedido a la comunidad. Estoy apelando a la solidaridad de la forma más gráfica posible: mostrándote las imágenes del desastre para sensibilizar tu glándula estética y ponerla a secretar...

Ayuda comunitaria.

Hace algunas semanas te conté lo que aprendí de la conciencia plena comprando un sillón. Te acordás? Bueno...llegó el momento de las presentaciones. Así que, amable lectora, te presento al pobre inocente. Por el momento, mientras te acostumbrás a la idea de observarlo clínicamente, pensemos que es una víctima de las circunstancias. Es la materialización del mal karma de un tapicero que seguramente pagará sus pecados en decenas de vidas futuras. Espero -que me perdone Buda-  que re-encarnado en eco-cuero mal cortado.

Mi sillón zen.


El logró que una desmesurada perfeccionista ejercite todas las técnicas de respiración profunda que conoce y se controle como una reina. De lo contrario, hablaríamos del desdichado como "el occiso". Tampoco es gran mérito el mío. Lo cierto es que no tenía una trincheta (o algún otro objeto filoso) a mano. Por ese capricho de la casualidad, sigue vivito y hundiéndose en los lugares en los cuales una apoya la parte más generosa de su anatomía. Como recordándome que no abandone mi empeño en ejercitarme. Exhibiéndose con descaro en el living, sin encontrar el espacio que le pertenece pero sin inmutarse frente a mi mirada resignada. 

Mi sillón zen.


Y aunque su fealdad es una ofensa a la belleza de los sillones (si leíste el post anterior te habrás enterado de mi fetichismo al respecto) muebles nobles que congregan a la familia para celebrar las grandes ocasiones, también debo reconocerle mi agradecimiento. No leas de nuevo todo el enunciado. Leíste bien. Estoy agradecida con un sillón.  Porque es en el dolor cuando se revelan las verdaderas lealtades. Cuando pude objetivar la situación, comencé a escuchar a no-marido intentando encontrarle una solución al "problema" de su desmesurada. Ensayando respuestas decorativas con el aplomo de un experto. Contemplando en cada palabra el peso de todos mis toc y haciéndome reír para que recuerde que, en definitiva, un sillón es un sillón.

Mi sillón zen.


Así que mirado en su situación de objeto inanimado, el sillón dejó de ser el feúcho y se transformó en el sillón zen. El que me recuerda que lo importante somos quienes apoyamos nuestra anatomía en él y que somos nosotros los responsables de re-significarlo con emociones y memorias. Aún así, no te vayas sin mirarlo atentamente y contarme cuál es tu opinión  al respecto. Quiero saber tus sugerencias para hacerlo más amable a la vista. Pensá que tiene que ser una solución frugal porque después de comprarlo, los fondos no abundan...Y te dejo pensando porque ya me gritan que si no me visto...no llegamos a tiempo a la terminal. Hoy vuelvo a Montevideo. A re-encontrarme con mi sillón. 

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Etiquetas: generalmi casa

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