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La primera vez que hice un triatlón

El mundo del triatlón, como lo podrán ver, es una montaña rusa de emociones, los sentimientoS se encuentran a flor de piel y es que es un evento que has estado preparando no solo unos días, sino por muchos meses y lo único que esperas es que todo salga perfecto. Sin embargo, conforme va pasando el tiempo, te das cuenta de que nada sale como deseas, todo está de cabeza, te duele el estómago, te estas arrepintiendo, pero una vez que tocas el agua sólo existes tú.
 

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Cuando hice mi primer triatlón estaba muy asustada, me desperté con nauseas, no había dormido nada la noche anterior de los nervios, pensando que no se me fuera a olvidar algo. Como pude me paré y me vestí, no podía ni estar de pie. Entró una de las personas que más ha marcado mi vida, quien me regaló el gusto, amor, pasión y entrega por este deporte, era parte de mi equipo y era el novio que tenía en ese momento. Me abrazó y me dijo que confiaba en mí, que tenía el entrenamiento necesario para esa prueba y que independientemente de lo que pasara ya era una ganadora solo por estar ahí luchando.
 
Tenía que llevar las cosas que necesitaba en la transición y salí de la casa rumbo al evento. Cuando llegué ya había muchas personas preparándose, calentando, familias apoyando a otros competidores y dejé preparadas mis cosas y solo tenía que esperar el momento del arranque. Finalmente, llegó mi hermana que iba a apoyarnos a todos los del equipo y eso me dio un poco de calma.
  
Tenía que nadar 700 mts en un lago donde el agua era muy turbia, y una de mis mayores fobias es el mar, el agua y sus profundidades. Se acercaba la hora, llegaron mis papás y otra de mis hermanas, me abrazaron, me llenaron de besos, me desearon suerte. En el micrófono llamaron a mi categoría a colocarse en la línea de salida, por un momento se me nubló la vista, comencé a caminar, mis pies tocaron el agua y supe que ya no había marcha atrás, de repente todo lo que estaba a mi alrededor desapareció, solo era el lago y yo. Escuché el disparo y sin dudarlo me aventé. Cuando el agua tocó todo mi cuerpo el miedo desapareció, sabía que podía hacerlo, que tenía la capacidad de nadar y solo mantuve la calma y una respiración constante. Nadé, nadé y nadé sin pensar en nada más, cuando me di cuenta ya estaba en la boya que marcaba el regreso, nunca imaginé que haría 5 minutos menos del tiempo aproximado que tardaría en el recorrido de natación.

Fuente: Pixabay/Hans

 
Pero las sorpresas no acaban aquí, tenía que hacer 30 km. de bici y para mi mala suerte la ruta de bicicleta era nueva, la cambiaron un día antes de la competencia debido al estado en el que se encontraba y el nuevo trayecto tenía una altimetría muy diferente a lo que había estado entrenando los últimos meses. Pero ya había roto mi mayor miedo que era el agua, ya nada me podría detener para continuar en la competición. Me puse la playera del equipo, mi casco, mis guantes, agarré mi bici y corrí como loca para salir de transición. El día estaba nublado y había mucho aire, llevaba el trisuit empapado y el frío. Estaba empezando a tensar mis músculos, pero nada lograría que me frenara, ver a mis papás entre los espectadores me motivó a seguir, ver como mi papá corría para mandarme un beso me llenaba de fuerza.

Cuando iba de regreso en la bici las piernas ya no me reaccionaban, tenía mucho cansancio y comencé a llorar. No sabía que estaba haciendo ahí, me preguntaba por qué había accedido a participar en eso, estaba a mitad de la nada sola con mi bici sin saber qué hacer, el tiempo pasaba y me quedaban pocos minutos para llegar si no quería que me descalificaran. En el retorno de la ruta estaban las personas que te daban agua y vieron mi cara, vieron que ya no podía más, me frenaron, me dieron agua y bebida hidratante, y uno de ellos me dijo: ya estás aquí, ya pasó lo difícil, pedalea y deja las piernas en la competencia. A marchas forzadas agarré mi bici y empecé de nuevo, pero el frío era demasiado y el agotamiento no desaparecía, y me rendí, dije que iba a pedalear solo un poco más hasta llegar a un lugar donde me pudieran ayudar y llevarme de regreso.
 
Unos días antes mi perro había fallecido y le había prometido que terminaría la competición por él y para honrar su nombre, eso era lo único que no dejaba que quitara los pies de los pedales. Les juro que cuando sentía que no podía más, que me iba a desmayar, que las piernas se me iban a romper, me llegó su imagen a la cabeza. Vi sus ojos como me veían esperando mi decisión, su carita pícara cuando quería jugar y quería que lo persiguiera para quitarle el juguete del hocico, sentí en ese momento una fuerza inmensa que recorría todo mi cuerpo y sin darme cuenta mis piernas comenzaron a pedalear de nuevo pero esta vez con mayor firmeza. Sentía como Enzo, mi mejor amigo peludo, estaba ahí conmigo, sentía como me iba jalando, como me iba motivando a llegar a la transición.



¡Listo! Llevaba dos de tres y había logrado llegar en el tiempo marcado y no fui descalificada. Ya solo tenía que correr 7 km. y podría recibir el título de triatleta. Me quité el casco y los guantes y comencé a correr, sentía muy pesadas las piernas pero traté de no enfocarme en eso, la ruta era sencilla pero ya me sentía muy cansada. Todos los participantes me pasaban y sentía como me iba quedando poco a poco atrás y decidí caminar, no importaba cómo, pero yo tenía que cruzar esa meta aunque fuera de rodillas. De repente sentí que alguien se acercaba y volteé para ver y era ese alguien especial que les dije que tanto me había ayudado, había ido a buscarme para asegurarse de que estaba bien, comenzó a trotar junto a mí, a decirme que faltaba poco, que mantuviera la calma y comenzamos a correr.
 


Faltaba menos de un km para llegar a la meta, ya estaba sola cuando logré ubicarlo, entonces me gritó: "es tu momento, corre con todo lo que te queda, corre con el alma", apreté las manos y los dientes y empecé a correr lo más rápido que podía. Entré en el pasillo donde estaba la alfombra que marcaba el camino a la meta, corrí como loca y de la emoción no me fijé que había unos hoyos en el piso y me caí. Ahí estaban mis compañeros de equipo, que eran más que eso, eran mi familia de triatlón, y comenzaron a gritarme que estaba a 100 metros, que me levantara y corriera, pero el dolor era insoportable. Me ayudaron a levantarme y sabía que no había pasado por tanto como para terminar de esa manera y me fui brincando en un solo pie los metros que me faltaban y fue así como crucé la meta.
 
Ya lo que pasó después fue que me tuvieron que llevar a urgencias y me sacaron una radiografía. Tenía un esguince de segundo grado, un dolor horrible en el tobillo y una felicidad y satisfacción en el corazón que nada podía opacar. Sabía que todo lo que me había pasado ese día valía la pena, que era una experiencia más en mi vida y aprendí mucho de ella, como confiar más en mí misma.


 
Hoy le agradezco a esos dos seres que eran parte de mi vida y que ahora por diferentes situaciones ya no están. Ellos fueron mi mayor motivación, mi impulso para seguir en esta locura, lo que me mantuvo con los pies en la tierra para poder lograr mis objetivos. ¡Siempre estarán en mi corazón!
 
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