Sé que me esperarás y sé que te reconoceré entre la gente, como te reconocería aunque hubiesen pasado mil años. Lo sé desde hace tiempo. (Carlos Ruiz Zafón)
Llovía. “Por si fuera poco”, pensé. Siempre que llueve de improviso y llevo las Converse, me acuerdo de la caída de aquel día volviendo de comprar comida. Fue épica y vergonzosa a partes iguales. Lo mejor es que llevaba huevos en una de las bolsas, con lo que bueno…ellos sufrieron la peor parte, obviamente. Total, iba andando pensando en ese día, imaginando las mil y una formas en las que me podría caer si volvía a resbalar. No me podía ni centrar en la música que sonaba por los auriculares…¿blancos? (creo que ya son grises de lo sucios que están). Iba centrada en mirar al suelo, andando como si llevara pesas adheridas a los pies, marcando el paso, pisando firme sobre tierra mojada. “No te puedes caer, no te puedes caer, un paso, otro paso, un paso, otro paso…venga, que ya queda poco”.
“Anda mira, el maldito contenedor” (a veces me encantaría tener un grabador cerebral de la voz en off que me habla a cada instante). Lo miré de reojo, como quien mira a una antigua casa. Creo que desde el día que me tocó entrar a por las llaves del coche, veo ese contenedor con cierto cariño. Nunca, repito, nunca, os habréis sentido tan poca cosa, tan patéticos, hasta que “rebusquéis” entre basura ajena unas llaves. En fin. Fue toda una cura de humildad, lo que yo os diga.
Seguí andando. ¿He dicho ya que fue el domingo? Pues vale, fue el domingo pasado. Lluvia-pelo bufado-converse=resumen. Al final de la calle, pasando el contenedor y el cajero automático…él. ¿Es…no será…no, no puede ser…o si? ¿Es él? Vale no, no era quien pensaba que era.
Creo que necesito gafas.
De lejos parecía un viejo conocido. “Y tan conocido…”, pensé. Aunque claro, de noche, lloviendo y en bici (él)…tampoco era fácil de distinguir. Aun con esas, se parecía: tal vez sea que el viejo conocido tenga una cara muy común, y por eso se parezca a muchos otros. Cara simplona, lineal, normal…de las que cuando te enamoran, acaban contigo y con tu sano juicio, porque no hay ninguna explicación lógica, no hay nada que te haga pensar ni en un ápice de superficialidad, nada que te haga creer que es un cuelgue físico temporal. Sabes que si te gusta, es porque hay algo más bajo la epidermis, o lo que haya más abajo de todo lo exterior, abajo del todo. “Ah, pero que no es guapo…? Pues entonces estás perdida…esos son los peores, cuando te atrapan ya no hay escapatoria“. Eso dice mi mejor amiga, y para mi, lo que ella dice va a misa.
La lluvia comenzaba a ir a menos mientras él avanzaba pedaleando. “Uno, dos…(cuenta mentalmente los segundos hasta que llegue) tres, cuatro…ya“. Pasó por mi lado, con un interrogante dibujado en la cara. Se debió dar cuenta de mi inspección desde la lejanía, nada discreta, por cierto. “Algún día te pillarán mirando, mirona!”, otra vez, la voz en off.
Por lo general, no suelo mirar tanto, la verdad. Pero es que creía que era él. Ese chico. Es curiosa la forma que tenemos de relacionar caras y situaciones, la forma que tenemos de asociar vivencias casi de manera instantánea cuando nos suceden episodios como este. “Y a qué santo viene esa cara? Te habría gustado realmente que fuera él? Tú estás loca, te lo deletreo? L-o-c-a”. Pues eso. Si hubiera sido él, el corazón me habría saltado como un cohete, directo de la caja torácica a zambullirse de cabeza en el charco que tenía a dos metros de distancia. Pero no era él. Y la decepción pesaba más que el hueco que habría dejado el corazón nadador.
Anduve, con el corazón en su sitio y la cabeza a mil kilómetros del charco. Mientras tanto, en el silencio de la calle, empecé a escuchar a una señora hablando sola, pensé que tal vez, su voz en off se había estropeado, y de alguna forma tenía que desahogarse. Pobre.
Otro charco. Nunca me había costado tanto cruzar uno. En él, navegaban las tardes de lluvia que pasaba viendo películas en su sofá, los cuadros que colgaban de su espalda, las marcas de los vasos de agua. En él, navegaban mis frunces de ceño y sus camisas azules. En él flotaba la última canción y el penúltimo libro, con la antepenúltima hoja y el prólogo de nuestra historia.
Ese charco era mi océano particular. No lo pisé, lo rodeé. Evité ir por los bordes, por si se me iba un pie y caía de nuevo, como el día que volvía de comprar comida. No hay nada peor que caerse en un charco, pero es mucho peor caerse en un charco de recuerdos, así que pasé con cuidado, mientras sonaba “Lost Stars” en mi cabeza.
Subí a casa y entré directa a la cocina. Abrí la mejor botella de vino que me quedaba de las Navidades pasadas. Con una copa de tinto en la mano parece que todo es más relativo. Ahora entiendo porqué dicen que “una copa de vino al día es buena para el corazón”. Estos cardiólogos son unos románticos.
Un sorbo lento. Otro más rápido. Otro lento. Cuando una copa se llena, pasa como con los charcos de recuerdos. Hay que cogerla con cuidado y asimilar cada trago despacio y sin mirar.
Cogí en un acto reflejo el móvil.
¿Sabes? Acabo de ver a tu doble por la calle. Pensaba hasta que eras tú. Me acuerdo de ti, te echo de menos
Tecleé tan rápido como aborté misión. Empecé a borrar letra a letra dándome golpes en la cabeza imaginarios. “No, ni se te ocurra”.
Bebe y para.
Y como pasa siempre que bebo algo, me dormí pronto. Rápido, casi sin darme cuenta. Los recuerdos están mucho mejor dormidos cuando se trata de él.
Pero a veces, sucede como con los charcos, que aunque tú los evites, puede que pase por encima alguien corriendo y lo pise con fuerza, o un coche a toda velocidad, salpicando toda tu ropa y tu memoria.
Hola :) Sé que hace mucho que no hablamos, ¿cómo estás? Lo siento, siento volver a hablarte, sé que dijiste que no lo hiciera, pero hoy he visto a una chica que me ha recordado a ti y no lo he podido evitar. Te echo de menos.
Existimos mientras alguien nos recuerda
La chica de los jueves
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