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Compasión

Lunes 29 de agosto. Llevaban tres días de viaje, no, de éxodo, de lo que fuera. Desde el incidente de la caseta no habían vuelto a interactuar con ningún otro zombi. Se habían topado con varios, pero de una forma u otra habían logrado evitar los enfrentamientos directos. Padre e hija caminaban en silencio, atentos a su alrededor. Las pocas veces que se habían permitido el lujo de relajarse e intentar mantener una pequeña charla informal mientras avanzaban, a punto habían estado de tener que vérselas de cara con alguno de esos zombis.

Otra de las cosas que echaba Julio de menos era la música. Mientras habían permanecido escondidos en el avión no había reparado en ello, pero ahora que volvían a estar en el mundo real lo añoraba, lo necesitaba. Siempre tenía una radio encendida que absorbiera los sonidos del mundo exterior, no podía concentrarse sin los acordes musicales que cubriesen el ruido que lo rodeaba. Cuando no tenía una radio, el móvil, lo que fuese que conectar, su concentración se resentía y terminaba por levantársele un creciente dolor de cabeza que sólo le remitía con un ibuprofeno y media hora escuchando música a través de sus auriculares. Eso era lo que estaba comenzando a sucederle, en su cabeza crecía y crecía una jaqueca; así lo denominaba Simona. Pero ahora no disponía de su música, ni un lugar cómodo en el que tumbarse a descansar y tampoco tenía ni una sola cápsula de ibuprofeno.

—Estoy cansada.

La voz de su hija lo devolvió a la realidad. Las venas de su cabeza latían con vida propia. Le hizo falta toda su capacidad de concentración para tratar de entender lo que acababa de decir Giulia. Se detuvo y observó a su alrededor. Anochecía rápidamente.

—Tenemos que encontrar un refugio, un lugar cerrado en el que pasar la noche —Julio tembló de pies a cabeza al recordar lo sucedido con ese ser que se le abalanzó en la caseta— tenemos que seguir.

—Vale.

Ya era noche cerrada. A pesar de la época del año, el aire era frío en León. Continuaban avanzando sin atreverse a abandonar el camino.

—Allí.

Julio dirigió su mirada en la dirección que indicaba su hija.

—He visto una luz.

Julio trató de observar el lugar con más detenimiento pero era inútil, no distinguía nada y no quería dejar el camino.

—Creo que es una casa.

Julio miró preocupado a su hija y volvió a observar la completa negrura que se extendía delante de ellos.

—Giulia yo no

—Está allí, en la casa, había una luz en la casa.

La niña echó a correr en la dirección que no había dejado de señalar.

—Giulia no, espera —gritó— espera —susurró al darse cuenta de que su grito se habría oído desde muy lejos.

La pequeña corría sin hacer caso a su padre. Julio se apresuró tras ella renunciando a continuar llamándola para no provocar más ruido aún.

—Ahí está ¿La ves ahora?

Julio levantó la cabeza y descubrió una casa completamente vallada. Ahora sí era capaz de distinguir todo el contorno de la construcción.

—Tenías razón, pero yo no veo ninguna luz.

—Allí, en aquella ventana.

Aunque se esforzó, el padre de Giulia no logró ver ninguna luz.

—Ahora ya no está, pero la he visto seguro, lo prometo.

Julio se fijó en la casa, no era muy grande. Disponía de dos pisos y estaba rodeada de árboles, pero lo mejor era el seto y el vallado que la protegía. Ahí estarían seguros. Aunque no pudiesen entrar en la casa, la valla les permitiría pasar una noche relativamente tranquilos.

—Ven —pidió Julio.

Caminó despacio hasta dar con la puerta de entrada. Sería fácil saltarla. Cuando se disponía a echar el pie para subir Giulia manipuló el picaporte y la puerta metálica cedió con un chirrido.

—Está abierta —la niña soltó el pomo como si quemase.

—Vamos.

Julio no dejaba de mirar a un lado y a otro. La oscuridad solo le permitía distinguir contornos. Le preocupaba que de algún recoveco saliese uno de esos zombis.

La puerta de la casa se abrió entonces y un leve resplandor surgió de ella. Al instante distinguió una silueta. Sus ojos se acostumbraban a la nueva luminosidad. Se trataba de una anciana. De una de sus manos colgaba una fina vara, en la otra portaba una linterna.

—La puerta, la puerta —tartamudeó Julio— la puerta estaba abierta, necesitamos

—Los zombis no saben abrir puertas, cuando suena quiere decir que algún humano la ha abierto.

—Sí, eso, somos humanos, no somos zombis, necesitamos un lugar para pasar la noche. Mi hija, mi hija está agotada y ahí fuera

—No pueden quedarse aquí. Tienen que marcharse.

La voz de la anciana sonaba enérgica, sin un asomo de duda.

—Pero—trató de insistir Julio.

—No, deben irse, ahora.

—Escuche, solo necesitamos un

—No, deben irse, ahora —repitió la mujer imperturbable.

Julio la observó bien. Parecía estar sola, no quería hacerle daño pero necesitaban descansar en la casa y tal vez tomar prestados algunos víveres más, pero lo más importante era protegerse durante la noche. Se trataba de una anciana frágil, no podría impedírselo ella sola y en la casa no parecía haber nadie más. Avanzó un par de pasos pero se detuvo al escuchar el gruñido que crecía.

¡GRRRRR!

—Si sigue avanzando tendré que decirle a Max que les ataque. Tienen que marcharse.

Un enorme rottweiler avanzó un paso y se situó al costado de la anciana sin dejar de gruñir. Sus dientes estaban todos al descubierto su posición era de ataque.

—Señora, solo, solo necesitamos un lugar para pasar la noche, por compasión, mi hija es pequeña, estamos agotados, no le causaremos problemas.

—Ya no existe la compasión, solo permanece el instinto de supervivencia. Máchense ya.

Julio volvió a mirar al perrazo, continuaba gruñendo, el corto pelo de su lomo erizado. No le cabía la menor duda de que la mujer cumpliría su palabra y les echaría encima al animal.

—Vale, vale, ya nos vamos.

Retrocedieron sin darle la espalda al can y volvieron a salir por donde habían entrado. Cerró la puerta y se alejaron.

El rostro de la niña era la desesperación más absoluta. Caminaba con los brazos caídos, abatida, con la mirada perdida en algún punto entre sus propios pies. Su padre la observaba sin saber qué podía decir para consolarla, ni tan siquiera para distraerla.

Julio la hizo detenerse sujetándola cariñosamente del brazo. Giulia se paró sin levantar la cabeza, hundida.

—Ven cariño, al dirigirnos a la casa hemos dejado atrás un pequeño puente, pasaremos ahí la noche, estaremos bien, no te preocupes.

La noche había transcurrido más tranquila de lo que hubieran podido esperar, tan solo, hacia las dos de la madrugada pudieron escuchar unos gritos y lamentos en algún lugar cercano. A pesar de ello, Julio estaba agotado, apenas había dormido tratando de permanecer alerta y proteger a su pequeña. Cuando despertó a su hija, su rostro se encontraba más recuperado. Su cara sucia estaba más animada.

Desayunaron un nuevo zumo y unos paquetes de galletas de los muchos que llevaban en sus mochilas. Recogieron y se pusieron en movimiento. Enseguida apareció delante de ellos el chalet de la anciana que les había negado cobijo. Julio pensó en decirle lo que pensaba de ella pero el recuerdo de la boca del perro entrecerrada y mostrando toda su dentadura lo persuadió pronto. Aún así no pudo resistirse a mirar entre los setos. Puede que la mujer estuviese fuera de la casa. Cuando pegó la cara a la alambrada pudo verlos. Decenas de zombis campando a sus anchas alrededor del jardín. En cuanto lo descubrieron se dirigieron hacia él gruñendo, rugiendo, odiaba esos sonidos. Giulia se agarró con fuerza a su brazo.

—Tranquila, están tras la valla.

Caminaron unos pasos más y a unos pocos metros de la puerta de entrada, la misma puerta desde la que la noche anterior la anciana les había negado su ayuda, descubrieron el cuerpo despedazado de la mujer, aún no se había transformado en uno de esos seres, no tardaría mucho. Junto a ella, los restos del cadáver de su perro.

—¡Dios! Pero cómo han entrado, nosotros cerramos la puerta, seguro.

Nada más decir eso echó a correr siguiendo la verja. Cuando alcanzó la puerta la encontró entreabierta. La cerró con decisión. Giulia lo alcanzó.

—Pero ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo han entrado?

—He sido yo —Giulia se abrazó a su padre y comenzó a llorar sin consuelo.

—¿Tú? Es imposible Giulia, no he dormido en toda la noche y tú no te has movido de mi lado.

—He sido yo. Anoche, cuando esa mujer nos echó de su casa, le pedí a Dios que se muriese, que los zombis se la comieran, he sido yo papa.

Julio la abrazó con fuerza y acarició su cabello con ternura. Al otro lado de la verja los gruñidos de los zombis iban creciendo y la cantidad de ellos que los amenazaban también. El aroma fresco del amanecer se iba enturbiando con el hedor a podrido que sus cuerpos en descomposición desprendían.

—Giulia, Dios no hace esas cosas, no las hace aunque se las pidamos. Además, cuando nos alejábamos hacia el puente yo también deseé que algo así le sucediese. Incluso ahora creo que se lo merecía, tuvo su justo castigo. Tú no has tenido nada que ver, créeme.

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