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Una entretenida senda une La Santa Espina y Castromonte por las orillas del río Bajoz (Valladolid)

Puesto de pesca en el embalse de la Santa Espina. Senda del Pantano entre La Santa Espina y Castromonte. Montes Torozos. Valladolid. Castilla y León. Javier Prieto Gallego


El reino del gallipato

Texto y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

Anda ahora el gallipato tan metido en juergas que, con un poco de suerte, olvida sus modales huidizos hasta el punto de dejarse ver en pleno día y sin vergüenzas. Por eso, al recorrer las orillas del embalse de la Santa Espina, hay que pisar con sumo cuidado: el gallipato es tan torpe cuando está en tierra como hábil nadador cuando se sumerje en el agua. Pero también es una rareza que hay que cuidar con mimo: sólo habita en la península Ibérica y en Marruecos. Y, a poco que nos descuidemos, puede convertirse en otro animal extinto.

No hace mucho se descubrió que el gallipato o tritón español (Pleurodeles waltl ) es capaz de usar sus propias costillas como si fueran púas venenosas que puede incluso lanzar cuando se siente amenazado por un depredador. Después también es capaz de regenerar los agujeros que llegan a producirse en la piel tras el lanzamiento.


Y no, no es una mezcla de gallina y pato: su nombre de pila es el de Pleurodeles waltl y es un tritón de cabeza y cola aplanadas, ojos pequeños, color verdoso o parduzco y no más de 30 centímetros de largo. Bajo su extraño aspecto de diminuto dragón prehistórico aplastado por el pie del gigante de un cuento se esconde un ser extraordinario, una de esas maravillas vivientes en vías de perderse para siempre jamás. Este extraordinario nadador, que podría pasarse la vida sin salir prácticamente del agua, habita en las lagunas poco profundas, grandes encharcamientos o remansos de aguas tranquilas. De costumbres nocturnas, espera la llegada de la noche para hacer sus excursiones a tierra, siempre cortas dada su torpeza fuera del agua, y vuelve a camuflarse bajo la hojarasca, algún tronco a medio pudrir o unas piedras siempre cerca del agua cuando clarea el alba. Allí pasa la mayor parte del día hasta que se hace de nuevo la oscuridad.

Embalse de la Santa Espina. Senda del Pantano entre La Santa Espina y Castromonte. Montes Torozos. Valladolid. Castilla y León. Javier Prieto Gallego
Embalse de la Santa Espina. Senda del Pantano entre La Santa Espina y Castromonte. Montes Torozos. Valladolid. Castilla y León. Javier Prieto Gallego
Pero el gallipato se desbarata cuando entra en celo, alcanzando su momento álgido entre los meses de enero y febrero. Es entonces cuando entre tanta parada nupcial y puesta de huevos –puede llegar a los 1.300, si se pone- sufre algún despiste y sale de excursión antes de tiempo. O cae en la tentación de algún anzuelo. En otros tiempos, existía la costumbre de arrojarlos a los pozos para que, a su vez, despejaran de bichitos el agua de beber.

Pues bien, el gallipato es un miembro más –desde luego el más singular- de la variada comunidad animal que se da cita en torno al embalse de La Santa Espina –o de Cavestany, como también se conoce-. Pero la lista es larga y jugosa, especialmente en en aves acuáticas –zampullines, fochas, garzas reales…-. Tanto que sus aguas están incluidas en el Catálogo de Zonas Húmedas de Interés Especial de Castilla y León.

El paseo

Una apetecible opción para disfrutar de este singular oasis en el corazón de los Montes Torozos consiste en apuntarse a recorrer las llamadas “Senda del Pantano I y II” que juntas enlazan las localidades de La Santa Espina y Castromonte mientras bordean el relamido cañón fluvial que se marca, con sus curvas y todo, el río Bajoz entre ambas. El paseo es fácil y los atractivos son tan variados que es imposible no quedarse enganchado en alguno. En el arranque está el monasterio levantado en el año 1147 para orar en torno a una de las espinas de la corona de Cristo llevada por el emperador Carlomagno desde Constantinopla. Además de la Sala Capitular hay que prestar atención a la espectacular colección de mariposas que el hermano Pantaleón ha ido atesorando de todos los rincones del mundo. Y también a la que la Asociación de “Aperos del Ayer” ha ido montando hasta conformar el Centro de Interpretación de la Vida Rural, con herramientas, utensilios, ambientes y recreación de labores que dentro de unos años resultarán tan raras de ver en directo como el gallipato ahora.

Senda del Pantano entre La Santa Espina y Castromonte. Montes Torozos. Valladolid. Castilla y León. Javier Prieto Gallego
Senda del Pantano entre La Santa Espina y Castromonte. Montes Torozos. Valladolid. Castilla y León. Javier Prieto Gallego
Andando el camino quedan la exuberante cubierta forestal que un día lejano fue lo normal en los hoy desarbolados páramos de los Torozos; el bullicio pajarero del embalse o las soledades esteparias de las orillas del Bajoz. Y al final, la no menos interesante localidad de Castromonte, con una iglesia que merece la pena ver por dentro y algunas fachadas que aún conservan el relumbre de hidalguías medievales, famosa por la calidad y abundancia de sus manantiales, alguno de ellos aprovechado durante años para el embotellamiento de un agua mineral que tiene entre sus virtudes ayudar a disolver las piedras de riñón.

Uno de los puestos de pesca de las orillas del embalse de la Santa Espina. Senda del Pantano entre La Santa Espina y Castromonte. Montes Torozos. Valladolid. Castilla y León. Javier Prieto Gallego
Uno de los puestos de pesca de las orillas del embalse de la Santa Espina. Senda del Pantano entre La Santa Espina y Castromonte. Montes Torozos. Valladolid. Castilla y León. Javier Prieto Gallego


La ruta arranca bien señalizada con flechas naranjas en un lateral del monasterio –frente a la oficina de turismo- mientras lo rodea por dentro, permitiendo ver algunas de las dependencias, huertas e invernaderos que forman la Escuela de Capacitación Agraria. Pero andando el camino, las flechas amarillas que indican a su vez que por aquí también se va a Santiago de Compostela ofrecen menos dudas que las naranjas, desaparecidas en algunos puntos conflictivos. Así pues, ante la duda, es mejor seguir las amarillas. Del recinto se sale ascendiendo la Cuesta de la Nevera, nombre que recuerda el pozo de nieve en el que los monjes hacían acopio de este lujo tan difícil de conservar. Al final de la cuesta aparece un cruce en el que se debe seguir de frente, dejando a un costado viñedos y al otro campos de labor. Tras un recorrer un buen trecho de encinar chaparro, y dejar un camino a la derecha, se acaba por salir a la carretera. Aquí hay que cruzarla, girar hacia la derecha y, si se prefiere, continuar por la senda que corre paralela a la cuneta. Un kilómetro después es preciso estar atento a la senda que deja la carretera para bajar en perpendicular hasta las orillas del embalse. El paseo lo bordea por su orilla izquierda hasta que encuentra en su cola un humilde pontón de troncos cerca de unas colmenas. Es el momento de cambiar de orilla. La misma que se sigue ya hasta Castromonte.

Puente sobre el río Bajoz. Embalse de la Santa Espina. Senda del Pantano entre La Santa Espina y Castromonte. Montes Torozos. Valladolid. Castilla y León. Javier Prieto Gallego
Puente sobre el río Bajoz. Embalse de la Santa Espina. Senda del Pantano entre La Santa Espina y Castromonte. Montes Torozos. Valladolid. Castilla y León. Javier Prieto Gallego
El regreso se realiza por esta misma orilla todo el rato hasta llegar a la cabeza del embalse, donde la senda se convierte en un ancho camino. Antes de alcanzar la carretera se ofrecen a la izquierda los restos de un viejo acueducto y a la derecha lo arenales en los que Félix Rodríguez de la Fuente grabó un capítulo sobre la ajetreada vida de los abejarucos. Al alcanzar la carretera se ve claramente el sendero que traspasa una de las viejas puertas del recinto monacal para llevar entre huertos y choperas hasta el punto de inicio.


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