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Reflexión: un paseo marinero

Jueves reflexivo; tarde de paseo

Hola a todos y muy bienvenidos. ¿Cómo va la semana? Espero que genial.

Hoy toca el post improvisado así que aprovechando el silencio de la casa, y con un café muy muy rico me pongo a escribir.

Hace mucho que no hablo de mis paseos o alguna excursión de esas breves y sencillas, y hoy me apetecía hablar un poco de eso.

Este paseo lo dimos hace unos días, un día de sol cargado de olor a verano. Todo empezó a primera hora de la tarde, lo que para mucha gente es la sobremesa. Salimos de casa temprano, y cuando atravesábamos la ciudad en coche no había apenas nadie.

En algunas terrazas había gente terminando de comer, poca porque aún no es época de vacaciones para la mayoría, aunque durante muchos años yo iba en estas fechas, para mí es la mejor época.

Una vez en el coche empezamos a dudar y decidimos ir en dirección a un pueblo marinero que me encanta y al que voy de vez en cuando desde que era muy pequeña.

Fuimos por vía rápida así que en el coche no observamos nada, simplemente fuimos escuchando música y relajados, sin más.

Cuando llegamos aparcamos en nuestro sitio favorito, una zona muy tranquila, con viviendas unifamiliares y que siempre huele a verano, aunque vayamos en enero. Un lugar que en ese momento parecía dormir.

Y desde ahí empezamos a caminar.

El centro del pueblo a esas horas estaba muy tranquilo. Las zonas más soleadas resplandecían en silencio, y en los bancos a la sombra había algunas personas mayores, y alguna mamá con niños dormidos en su carrito, pero el ambiente en general era silencioso.

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Las fotos son de otro día pero el sitio es el mismo, solo cambia la hora y la estación del año.

Poco a poco, y sin decir nada por miedo a romper esa tranquilidad que se podía palpar, nos acercamos al puerto. Caminando por estrechas callejuelas llegamos a la playa, y de repente parecía que estábamos en otro mundo.

El aire estaba adornado por la algarabía de los niños, el olor a coco y zanahoria de las cremas solares se mezclaba con el del salitre y los destellos que lanzaba el mar al salpicar llenaban de luz la tarde.

Nosotros no habíamos llevado bañadores ni toallas así que caminamos por el paseo deleitándonos con los aromas y sonidos, y nos detuvimos a ver como entraban y salían las lanchas.

puerto-luanco

Y la foto tampoco es de ese día pero el puerto está igual, las terrazas más llenas y con más niños jugando pero igual.

Aquí el ambiente era de lo más variopinto, niños jugando, alguna persona pescando, con su caña, su cesta y toneladas de paciencia, y los paseantes que iban arreglados y dispuestos a disfrutar.

La hora de la sobremesa ya se había terminado un buen rato antes y las calles estaban llenas de vida.

En algunos rincones había grupos de adolescentes y parejas de novios, y ya os he dicho muchas veces que ese tipo de estampas me traen muy buenos recuerdos, viajo a una época muy buena y entrañable,a la que no quiero volver pero me encanta haber disfrutado.

puerto-luanco

Esta foto tampoco es de ese día pero es ese mismo puerto, la diferencia es la gente, aquí no había

Después de pasear, observar barcos, parejitas y niños correteando nos sentamos en una terraza que nos gusta mucho, a disfrutar de un par de cervezas frías.

El sol en ese momento está en todo lo alto y el camarero, que ya nos conoce, nos comenta lo contento que está porque el buen tiempo llena de vida la zona y aunque las jornadas de trabajo son maratonianas es una suerte hoy en día poder trabajar y tener clientes.

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Mientras disfrutamos la bebida y el pincho de cortesía que aquí tanto valoramos me río mucho con los niños de la mesa de al lado. Son una parejita de niños pequeños que están con sus abuelos jugando, como yo hacía para entretener a mis hijos cuando eran peques, jugábamos al veo veo y a lo que hiciera falta.

Los abuelos hacen adivinanzas y las respuestas de los niños son muy simpáticas.

En otra mesa hay una pareja jovencita que comparte una botella de sidra y me los imagino haciendo planes llenos de ilusión, esa ilusión propia de los primeros años de vida y también de las relaciones.

Y con las luces más intensas de la tarde miro a mi alrededor y me siento afortunada, porque aunque llevo una temporada realmente complicada siempre hay pequeños momentos que me ayudan a mantenerme a flote.

Rodeada de los abuelos con sus nietos y de la pareja joven y con mi marido charlando tranquilamente mientras el sol calienta nuestras caras me doy cuenta de que soy feliz. Enfrente los pescadores se ven envueltos en las luces el atardecer, alguno ha tenido suerte y saca un pez plateado que deslumbra y lanza reflejos, y los otros lo siguen intentando.

Y después del descanso en la terraza volvemos al lugar donde hemos dejado el coche. La playa ya no está tan llena, las familias con niños recogen y se van, algunas tienen que perseguir a los niños que quieren quedarse un poco más en el arenal y otras ya caminan cargados de tumbonas, cubos, palas y toallas. Solo los grupos de adolescentes o las parejas se quedan a saborear esos últimos rayos.

Las calles que estaban tranquilas y silenciosas están ahora llenas de gente que viene y va, niños correteando en la zona peatonal y algunas de las familias que vuelven de la playa entran en el portal.

Los bares están llenos de gente y huele a sidra y a comida de verano, huele a mi infancia.

En las zonas donde las casas son muy bajas a veces huele a comida, y a comida también de verano, a tortilla de patata, a pimiento frito o pisto, no sabría distinguir, y a calamares. Y en algunas incluso se oye el familiar ruido de la cena friendo, y me imagino ese aceite de oliva calentito que huele tan bien.

En las casas que hay donde dejamos el coche también se aprecia la vida, niños corriendo por el jardín, algunos hombres recortando los setos y gente aprovechando el atardecer.

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Ir en el coche rodeados de prados y verde es lo más.

Esta vez decidimos dejar la vía rápida y elegimos las carreteras secundarias. Los prados tienen la hierba alta, y ésta se balancea con las flores que son tan altas como ella, hierbas y flores se mueven al compás cargadas de los aromas que trae el atardecer.

Aquí y allá se ven vacas y de vez en cuando alguna oveja. En algunos prados se ve gente segando o trabajando en el huerto, y en la mayoría se ve que los campesinos ya van de retirada.

El sol cada vez está más bajo aunque aún tardará en irse a dormir, hasta las diez y media o más aún es de día así que hay que aprovechar.

Cuando llegamos a mi ciudad ésta parece haber revivido. Las calles que dejamos vacías ahora están llenas de gente. Veo familias que vuelven de la playa; niños con sus bodyboards y madres con las toallas, las mochilas y mil y un cosas, como hacía yo con mis hijos.

Las terrazas están llenas de gente y en algunas zonas huele a sidra y a pinchos, aquí también huele a verano.

Las tiendas ya han cerrado pero hay tanta luz y tanta vida en la calle que da la impresión de que todo está abierto.

Y sin prisa y con la sensación de terminar bien un día que ha empezado con bastantes sobresaltos regresamos a casa, con los nuestros, a cenar algo rico y apetecible y a ver alguna serie de esas que me gusta ver en verano.

Bueno, hasta aquí el post de hoy, sé que ha sido un poco largo pero me pongo me pongo y no puedo parar, jejejeje.

Muchas gracias por leerme y muy muy feliz jueves a todos.

Fuente: este post proviene de Pequeños trucos para sobrevivir a la crisis , donde puedes consultar el contenido original.
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