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Necesidades básicas


A pesar de saberse protegidos en el interior de la cabina del camión de bomberos, Julio no había logrado disfrutar de un descanso total. Sus sentidos parecían haberse habituado a una vigilia continua, el peligro podía aparecer por cualquier sitio y en cualquier forma. Aún con todo, su descanso había sido mucho más completo que en cualesquiera de las noches anteriores desde que dejasen el avión de carga.

Observó a Giulia, estaba encogida y hecha un ovillo en el asiento de al lado. Aunque parecía tener algo de frío, daba la impresión de disfrutar un sueño tranquilo y relajado. Su rostro mostraba mejor aspecto, mejor color. Cuando tuvo que dejarla subida a la rama de un árbol y rodeada de esos malditos zombis lo primero que se le vino a la cabeza fue la decisión de abandonar el aeropuerto, dejar la seguridad del avión. Lo cierto era que esa ya no era una opción viable y él estaba convencido. Sin embargo, había algo que descubrió la noche anterior en ella, en su comportamiento, en su mirada. Ya no era la niña asustadiza que no quería dejar el avión. Había tomado la iniciativa en varias ocasiones y había mantenido la calma necesaria en el árbol mientras él buscaba la manera de ayudarla. Eso era bueno, la hacía fuerte y le ayudaría a sobrevivir, pero no podía dejar de pensar que la inocencia de su hija se desvanecía por momentos. En lugar de estar disfrutando de sus juguetes, presenciaba como su padre arrancaba las cabezas de los zombis con una manguera de agua a presión. Su infancia había terminado abruptamente de la peor manera posible.

—Hola, hace un poco de frío —Giulia se frotaba los hombros para entrar en calor.

Julio se giró y cogió de los asientos de atrás una de las pesadas chaquetas de bomberos y se la dejó caer encima a su hija.

—Tengo hambre.

—Claro, enseguida saco una —se interrumpió.

—¿Dónde tienes tu mochila?

Giulia bajó la cabeza apesadumbrada.

—Cuando todos esos zombis aparecieron en la arboleda me olvidé de todo y trepé al árbol, la mochila desapareció debajo de sus pies.

Julio intentó recordar en qué momento había dejado de tener controlada la suya. Cuando vio a Giulia rodeada de zombis corrió carretera adelante, recordaba llevar la mochila cogida de uno de los tirantes, pero

—¡Mierda! —Su hija le observaba esperando.

Cuando entró en el coche la lanzó al asiento del acompañante pero cuando dejó el coche en Osorno ya no la llevaba, se quedó en el coche.

—Vale, no te preocupes, buscaremos comida.

—También tengo un poco de sed.

—El agua no es un problema, nos quedan miles de litros en los tanques.

Mientras Giulia bebía agua de un botellín hallado en la cabina Julio estudiaba el mapa. La población más cercana era Melgar de Fernamental. Se encontraba algo más cerca que Osorno. Podría intentar recuperar su mochila del coche pero no deseaba volver a revivir el horror de nuevo. Prefería probar suerte en Melgar. Además, ahora era diferente, conducía un camión al que ningún zombi podría subir.

Debían encontrar algún sitio donde conseguir comida. Un supermercado. Dirigió la mirada al reloj del cuadro de mandos. Las 10:37. Sonrió por un instante al pensar que a esa hora ya debía estar abierto el super, cualquier comercio. Rápido se sorprendió intentando averiguar qué día era. Si era domingo estaría cerrado.

—¿Qué día es hoy? De la semana quiero decir.

Giulia lo miró sin saber muy bien a qué venía esa pregunta. Luego se encogió de hombros.

Circulaba despacio por la N-120. Atravesaba el pueblo. Era extraño pasar por una población y no escuchar ni un solo ruido. Melgar era un pueblo pequeño, no tendría más de 1.800 habitantes pero seguro que antes habría bullicio, coches circulando, personas paseando, niños que salían de la escuela. Todo eso implicaba ruido, sonidos humanos.

—¡Allí! Un Dia.

Julio frenó bruscamente sin comprender a qué se refería su hija. Siguió la mirada de su dedo. Al final de la calle había un Supermercado Dia. Aunque no habían visto demasiados zombis, el frenazo y el ruido del motor parecían llamar su atención; surgían de todas partes. Los muertos volvían a ser un inconveniente. En el camión eran invulnerables, pero cuando bajasen a por la comida estarían a su merced. Metió de nuevo primera y aceleró lentamente pasando de largo.

—¿Qué haces? ¿No vamos a por comida?

Julio trazaba una especie de plan en su cabeza.

—Daremos un rodeo, así no atraeremos a demasiados zombis. Cuando volvamos al supermercado tú te quedarás aquí escondida, que no te vean.

—Pero

—Pero nada, te quedarás aquí, así podré ir más rápido.

Giulia bajó la cabeza.

Su jugada pareció dar fruto. Cuando detuvo el camión de bomberos delante de la puerta principal del Dia apenas había media docena de zombis, y estaban bastante lejos y dispersos. Apagó el motor y, sin más palabras, saltó al suelo y cerró despacio. Corrió los pocos metros que lo separaban de la entrada. La puerta de entrada estaba abierta, uno de los ventanales de la derecha estaba cuarteado y el otro directamente descansaba hecho añicos en el suelo. Se adentró intentando escuchar algo. Maldijo los cristales esparcidos por el suelo, hacían que cada una de sus pisadas crujiese. Pasó la zona de cajas. Tan solo había dos, no era una tienda muy grande, los cristales desaparecieron. Se fijó en que una de las cajas registradoras tenía el cajón del dinero abierto. Todavía se podían ver en él varios billetes de 20, 10 y 5 euros. El dinero ya no servía para nada. Pasó entre las cajas y cogió una cesta. Los fluorescentes del techo estaban apagados pero la luz proveniente del exterior era suficiente para poder orientarse por los pasillos. Un intenso olor a podrido lo asaltó de repente. Se detuvo esperando ver venir uno de esos seres putrefactos. Tras algunos minutos esperando sin que ninguno apareciese continuó avanzando. Enseguida entendió de dónde procedía ese hedor. Estaba en la zona de frutas y verduras, todo estaba podrido. Aun así se acercó a uno de los estantes y recogió unas nueces. Las echó en la cesta para, al instante arrepentirse y vaciarlas sobre una balda repleta de manzanas mohosas, hacían demasiado ruido. Al fondo del pasillo encontró los frutos secos envasados. Arrambló con varias bolsas de pasas, pipas, cacahuetes. Todo eso tenía muchas calorías, les vendrían bien. De la parte de charcutería se llevó varias barras de fuet, chorizo y salchichón. Habría que ver cómo estaban pero parecían sabrosas. En el pasillo de las conservas montones de latas se mostraban en el suelo, esa parte parecía haber sufrido algún tipo de enfrentamiento en sus pasillos. En las estanterías apenas quedaban latas. Se agachó y recogió todas las que alcanzó sin mirar siquiera de qué eran. Rodeó la zona de perfumería y se llevó una colonia para Giulia, le gustaría.

Volver al exterior pasando sobre los cristales rotos supuso un nuevo sufrimiento. Al salir a la acera se dio casi de bruces con una mujer enorme. Vestía el uniforme del supermercado. La esquivó con relativa facilidad y corrió hacia el camión. Abrió la puerta y lanzó la cesta a la parte de atrás de la cabina. Subió y cerró con un portazo más fuerte de lo que hubiera deseado.

—Ya estoy aquí. Todo ha ido ¿Giulia?

Se giró hacia atrás a ver si estaba allí.

—Giulia ¡GIULIA! —Gritó.

Media docena de zombis ya golpeaban la puerta por la que acababa de entrar, huellas sanguinolentas iban a decorando los cristales. Un sudor frío empezó a cubrir cada uno de los poros de su piel. No estaba, su hija no estaba. Pero no había escuchado nada. Si hubiera estado en peligro habría gritado, habría hecho sonar el claxon, algo, pero nada de eso había sucedido. Saltó al asiento del acompañante y se encaramó al techo de la cabina. Los zombis ya se arremolinaban alrededor, su número crecía rápidamente. El temor que sentía por su hija no le permitía razonar. ¿Y si alguien se la había llevado? Ella no se habría atrevido a salir sola del camión, no tenía motivo. El recuerdo de la anciana que les había negado cobijo sin ningún pudor la otra noche lo asaltó. ¿Quién podía querer hacer daño a su hija?

—¡GIULIA! —Gritó.

Todo su cuerpo temblaba descontroladamente. Empezaba a sentir que sus pulmones no insuflaban suficiente aire, estaba hiperventilando. El pecho comenzaba a dolerle, su boca a resecarse y una sensación de vértigo se apoderaba rápidamente de él. Se dejó caer de rodillas sobre el techo de la cabina mientras escuchaba muy lejano el rumor de gruñidos y lamentos de los zombis. Cuando levantó la cabeza en un último intento de localizar a su hija, algo llamó su atención en una de las ventanas de las viviendas del otro lado de la plaza. Intentó concentrarse, sentía que se ahogaba. Entonces la vio. Giulia apareció en la terraza del primer piso. Sostenía algo entre sus manos. Sin lograr identificar lo que era y sin pensar demasiado lo que hacía saltó del camión. Cayó en pie pero la precipitación y el nerviosismo le hicieron rodar por el asfalto. Los zombis no tardaron en reaccionar y, todos a una, se giraron en su dirección.

Julio ya no fue testigo de eso. Sin mirar atrás se levantó y corrió. Corrió como no recordaba haberlo hecho nunca. Su hija continuaba en la terraza. Le hacía señas con una mano. Parecía encontrarse bien.

Los pocos zombis que aún deambulaban en solitario por la plaza se dirigieron torpemente a su encuentro. Julio avanzaba a toda velocidad siguiendo la línea recta imaginaria que se había trazado en su cabeza. Si se topaba con alguno de los zombis en su camino, simplemente lo embestía sin quedarse a comprobar en qué estado quedaba. Bajo la terraza en la que continuaba su hija pudo localizar las puertas de dos portales. Solo unos diez metros separaban una de otra y Julio no sabía cual correspondía al piso en el que se encontraba Giulia. Al irse acercando comprobó que la de la derecha estaba cerrada, mientras que la de la izquierda presentaba los cristales rotos. Se decidió por esa y corrió al ascensor. Una vez frente a él, golpeó la puerta al recordar que, como tantas otras cosas, había dejado de funcionar. Se giró a tiempo de ver adentrarse tras sus pasos a una pareja de zombis. Los ignoró y atacó los escalones de dos en dos. Al llegar al primer rellano descubrió a su hija llamándolo desde la puerta 2. Corrió y se coló cerrando a su paso. Se dobló sobre su cintura e intentó recuperar la calma, apaciguar su respiración. Quería hablar con su hija, preguntarle por qué había abandonado el camión, pero las palabras no le salían.

—Perdona papá, el gatito estaba solo, los zombis lo iban a rodear, se lo iban a comer.

El cerebro de Julio no procesaba ¿Gatito? Fue entonces cuando identificó el bulto blanco que sostenían las manos de Giulia. Un gato. Un maldito gato. Había salido del camión para rescatar a un gato. Sintió como la ira crecía en su interior y como un deseo de acabar con la vida del animalito se apoderaba de su embotada mente.

—Papá, es como Marley ¿Lo recuerdas?

La imagen de Simona acariciando a su querido gatito tumbada sobre la alfombra del salón, lo transportó a otros momentos, momentos en los que eran una familia feliz, estaban juntos, disfrutaban de su mutua compañía, momentos en los que podías imaginar lo que te esperaba al día siguiente.

Una inmensa sensación de alivio sustituyó a la ira que lo había dominado instantes antes. Notando las lágrimas correr por sus mejillas, abrazó con fuerza a su hija.

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Fuente: este post proviene de Blog de Earthus, donde puedes consultar el contenido original.
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