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Accidente


La velocidad a la que circula el Vamtac (Vehículo de alta movilidad táctica) es a todas luces excesiva para las características del camino de tierra por el que avanzamos. Las ventanillas bajadas dejan entrar una interminable cortina de polvo. Vamos los tres en los asientos delanteros. El conductor a un lado y al otro, mi supuesta escolta. Ellos visten el uniforme reglamentario del Ejército español, yo llevo la ropa propia de los insurgentes de Al Qaeda, turbante incluido.

—¿Cuánto queda para llegar a la aldea?

Tranquilo sargento, alcanzaremos el punto de destino en menos de quince minutos. Relájese y disfrute de la música, a saber cuánto tiempo pasará hasta que pueda escuchar otra maravilla como esta.

Trato de concentrarme en la música que escupen los altavoces conectados al Ipod.

Hay veces que no sé, si exprimir el sol
para sentir calor y dudo que al nacer, llegará a creer
que hoy fuera a morir

Suena a todo volumen, los soldados dicen que si no, no la escuchan a través de los cascos de transmisiones. Yo no llevo casco y mi cabeza va a reventar. Curiosa letra.

Intento comprender, el porqué de esta decisión
si yo jamás odie
me intento aferrar al valor,
pero no sé fingir
solo quiero vivir

—No creo que esto sea reglamentario —como el copiloto no me oye, le cojo del brazo y se lo repito— no creo que esto sea reglamentario.

—Esto es Libia sargento, el reglamento es más laxo aquí, donde en otros sitios se rompería aquí tan solo se pliega.

¿Dónde se vende algo de compasión?
Para saciar mi soledad
¿Dónde trafican con sueños de amor?
Pues quiero esta angustia dormir

Me dan ganas de abrir los brazos y estrellar las cabezas de los dos, la del conductor contra el volante y la del copiloto contra el salpicadero plagado de transmisiones. Intento no pensar en ello, los necesito para alcanzar mi destino, solo unos minutos más.

Recuerdo el día en que mi libertad
no tenía precio ni fin
en cambio hoy daba hasta la eternidad
por ver mañana el sol salir

El conductor rebaja el volumen del Ipod, tiene un mensaje entrante y, lógicamente no lo escucha bien.

—No estoy seguro de haber entendido bien, repita contenido del último mensaje, repita, cambio.

Por el auricular le llega de nuevo la orden y mira al copiloto, el otro asiente y se encoge de hombros.

—¿Ocurre algo?

—Nada, presencia de hostiles al frente, justo en la aldea a la que nos dirigimos. El Mando nos dice que estemos alerta.

Por alguna razón su voz no me suena convincente, puede que sea por la puta música; llevo demasiado tiempo sin dormir.

Me vengaré y todo el mal que me hagas
yo te lo devolveré
el hombre nunca fue dueño de Gaia
es justamente al revés

Alcanzamos por fin la aldea. Parece desierta. Sé que es una sensación engañosa, los insurgentes pueden esconderse detrás de cualquier puerta, debajo de cualquier duna, sobre cualquier tejado, necesito encontrarlos. Conductor y copiloto se bajan del transporte.

—Espere aquí hasta que reconozcamos la zona.

—Pero

—Lo dicho sargento espere dentro del Vamtac, son las órdenes.

Los veo alejarse desplegados. Han sustituido los cascos del vehículo por otros tácticos. No dejan de observar en mi dirección. No han apagado la música.

Oigo unos pasos, se quiebra mi voz
sé que vienen a por mí
y un sacerdote en nombre de Dios
pregunta: ¿Quieres confesión?

No soy capaz de asimilar la letra de la canción, no la había oído antes. Los soldados están ya a más de treinta metros. Parecen más preocupados de lo que les llega por la radio y de que yo siga en el Vamtac que de los posibles enemigos.

Confieso que amé y creí en Dios
de los pobres, justo y moral
confieso que en la silla
en la que he de morir
mi alma renacerá

Alargo la mano y me coloco el casco del conductor, aún conserva el calor y la humedad de su sudor, resulta desagradable. Puedo ver como ellos están recibiendo por sus equipos de transmisiones pero yo no escucho nada. Compruebo las conexiones; están correctas. Pruebo con el otro casco; nada. La frecuencia debería ser la misma, pero yo no recibo nada. Me saco el casco y lo dejo caer al suelo. La música me sigue taladrando los oídos.

Toda mi vida desfila ante mí,
tantos sueños por cumplir
no tengas miedo, no llores por mí,
siempre estaré junto a ti

Esa última estrofa de la canción me suena premonitoria. Algo va mal, los dos soldados han desaparecido después de echar una última mirada al Vamtac. Salgo del transporte y corro en dirección contraria a la que han seguido los soldados. No he llegado a alejarme más de treinta metros. Entre los últimos acordes de la canción creo escuchar un siseo creciente.

Oigo los rezos, intento gritar,
me cubren para no mirar
a los ojos de una cruel humanidad,
la muerte se excita, es el fin.

Sin dejar de correr me giro y busco en el cielo. Veo el destello llegar directo contra el vehículo, el Vamtac parece desintegrarse, lo mismo que todos mis recuerdos.

Una vez más me desperté violentamente, empapado en sudor. Cuando conseguí recuperar la calma Laura ya me observaba en silencio. Se incorporó y se sentó a mi lado. Me puso con cariño la mano en el hombro.

—¿Estás bien?

Era curioso, como en todas las ocasiones anteriores recordaba cada uno de los detalles como si acabase de vivirlos.

Ella se mantuvo en silencio, esperando en segundo plano mientras acariciaba con suavidad mi nuca.

—Acabo de ver el momento de mi accidente, en directo, en primera fila, incluso en tres D —me decidí por fin a explicarle.

—Otro sueño.

Me tomé unos instantes para meditar sobre cada momento, sobre cada fotograma de la escena que acababa de revivir, incluso creí escuchar dentro de mi cerebro la letra de la puta canción.

—¿Te ha ayudado en algo? ¿Qué has soñado esta vez?

—¿Seguro que no habías oído hablar antes de mi?

—¿Cómo?

—Antes del momento en que nos encontramos en la cafetería del CNI.

—No entiendo.

—Haz memoria —me situé frente a ella, ambos sentados en la cama. Sentí su mano resbalar hasta apartarse de mi torso.

—Ya te lo dije, había oído que habían encontrado a uno de los nuestros en Libia, que estaba en cuidados intensivos, que se encontraba herido de gravedad. Pero no te conocía ¿Por qué lo preguntas?

—Uno de los nuestros, uno de los nuestros, de quién, del Ejército, del CNI, de Earthus, de quién.

—De los nuestros, de la Casa. Solo es un sueño Jose, tú mismo dijiste que no estabas seguro de que lo que sueñas hubiera sucedido en realidad.

Busqué en su mirada algo, no sé qué, un indicio, una prueba, algo. Ella bajó la vista hasta posarla entre sus manos ahora descansando en su regazo. Una sensación extraña me recorrió de pies a cabeza.

—¿Por qué yo no puedo tener sueños normales, agradables, bonitos, en lugar de revivir pesadilla tras pesadilla? ¿Por qué?

Ella se encogió de hombros y me besó en la frente antes de contestar.

—No lo sé Jose, puede que sea la forma que tiene tu subconsciente de ir aflorando recuerdos, o puede que simplemente necesites descansar, acabar con todo esto, encontrar a tu hija y dedicarnos a vivir, a sobrevivir en lo que nos ha quedado.

Por alguna razón que no acerté a comprender, sus palabras, por primera vez, me sonaron falsas, sin saber el motivo concreto desconfié de lo que me decía.

Un alboroto de gritos nos llegó desde cubierta. Fue la excusa perfecta para salir del camarote. El barco avanzaba levemente, las velas desplegadas por completo resultaban del todo inútiles; no soplaba ni una brizna de aire e Iván había decidido conectar el motor. Cuando salimos nos encontramos a Jorge y Will enfrentados. El chico adoptaba posición tras posición de las que le había enseñado Shania. Mariano se acercó a separarlos pero Iván lo cogió del brazo y se dirigió hacia ellos.

—Vale ya, dejadlo. Es una tontería.

Jorge se descuidó un instante girando la cabeza hacia Iván y Will aprovechó para lanzarle un puñetazo. Shania aplaudió sujeta a uno de los cabos. Ambros y Adam se miraban sin entender. Iván se interpuso entre los dos.

—He dicho que ya está, soy el Capitán de este barco y

No pudo acabar, Jorge lo apartó con violencia y lanzó una patada al pecho de Will. El pelirrojo retrocedió un par de pasos y terminó cayendo hacia atrás. El abuelo consiguió sujetarlo antes de que su cabeza golpease contra una cornamusa.

—Ivaaaán.

Con la exhibición de Jorge habíamos olvidado a Iván. El empujón recibido le había hecho caer por la borda. Thais lo llamaba asomada.

—No está, no está.

¡AAAH!

—El grito procede de popa —Shania parecía divertirse colgada de los cabos.

Cuando llegué a la popa observé sangre en el mar, mucha sangre.

—Mierda Shania, la hélice ha herido al chico ¡Ven!

Me lancé al agua, al poco ya tenía a Shania a mi lado. No tardamos en localizar a Iván, se hundía envuelto en una nube de sangre. Entre los dos logramos sacarlo a la superficie. Laura, con la ayuda de Adam, lo izó y entre los dos lo trasladaron al camarote de proa.

Cuando subimos, tanto Shania como yo íbamos cubiertos de sangre.

—Quítate esa sangre, rápido.

—Tú también estás manchada.

Shania se recogió su pelo y lo estrujó con saña. Un chorro de agua demasiado rosada llenó el suelo de cubierta.

—Límpiate la sangre vamos, hazlo ya.

Me fijé en su rostro, estaba lívido. Ni cuando Arlenne la disparó la había visto tan blanca.

—¿Qué demonios te ocurre?

Sin llegar a contestar se lanzó sobre mí con tanto impulso que los dos acabamos en el mar otra vez.

Cuando volvimos a subir al velero ya estábamos más limpios.

—Se puede saber qué coño te pasa.

—Te dije que te limpiases la sangre —Shania se alejó hacia los camarotes contoneándose, ya volvía a ser la de siempre.

Excepto Mariano, Jorge y Will, el resto de los tripulantes estaban en el camarote de proa en torno a la cama en la que descansaba sin sentido Iván. Laura esparcía sobre la cama el contenido del botiquín hallado en el velero. Adam y Ambros trataban de impedir que la herida del chico dejara escapar más sangre.

—¿Cómo está?

Ambros levantó la cabeza un instante para volver a concentrarse en cerrar el corte. Fue Laura la que respondió.

—La herida no parece en sí grave, es un corte limpio, si detenemos la hemorragia, debería mejorar. ¿No?

Las dudas en las palabras de Laura hicieron que Thais no pudiese ya controlar el llanto.

—Bueno, le dejaremos descansar y mientras voy a reunir todos los antibióticos que pueda.

Me llevé a Shania del brazo a proa, el resto estaba en popa en torno a un timón que ahora gobernaba un cabizbajo Jorge.

—Creo que tienes algo que contarme.

—¿De qué hablas soldadito?

—Déjate de tonterías, he visto tu reacción al verme cubierto de rojo.

—No sé de que hablas —se desasió y se sentó en la proa, con el agua salpicando sus piernas.

—¿Qué te ocurrió que te afectó tanto?

—Déjame en paz, no necesito un puto loquero.

—En realidad me traen sin cuidado tus traumitas siempre y cuando no nos pongan en peligro a todos.

Dejamos de hablar, Jorge se acercaba con la cabeza gacha y los hombros caídos.

—Yo, lo siento, fue una tontería, no debí pelearme con Will, pero

—Deja de pedir perdón chico, las cosas hay que afrontarlas como vienen.

—¿Eso haces tú Shania? —Ahora parece que había dado con un punto débil, puede que el único y no estaba dispuesto a dejarlo pasar— ¿Las afrontas o te escondes?

—Que os jodan a los dos —se quitó la camiseta para alegría de Jorge y se tiró al agua de cabeza.

—Chico, tienes que ser responsable. Shania no te ha enseñado a luchar para que te enfrentes con Will, ni con ninguna otra persona viva, sino para que seas capaz de defenderte de los zombis.

—¿Y Chupete? Si no lo hubiese matado

Era cierto, el mundo había cambiado muy deprisa. Recordé la punta del wakizashi apareciendo por el pecho de ese cabrón. Jorge era solo un niño, debería estar jugando a lo que quiera que jueguen los niños de su edad en lugar de ir degollando zombis y atravesando violadores.

—Tú solo ten cuidado vale. Todos los actos que lleva a cabo una persona acaban teniendo consecuencias. En aquella ocasión no tenías otra salida, en esta sí. Y ahora ve con Mariano.

—¿No quieres saber por qué nos peleábamos?

—No.

El sol estaba a punto de ponerse. Shania limpiaba la raspa de algún tipo de pescado que Mariano había preparado a la brasa. Yo ya me había acabado el mío, el resto no habían probado bocado. Laura apareció seguida de Thais.

—Jose, esto no va bien, ven, creo que Iván está empeorando.

El chico sudaba tendido en el centro de la cama. Thais tomó un trapo, lo mojó en un recipiente con agua y se lo pasó, primero por la frente y la cara y luego por todo el pecho.

—Creo que tiene infección, está ardiendo, pero fíjate, no responde, parece muy débil, a pesar de la fiebre que tiene está completamente blanco.

—Ha perdido demasiada sangre.

Los dos nos giramos. En el umbral de la habitación, el lutier observaba a Iván.

—Necesita una transfusión de sangre o probablemente no lo conseguirá.

—Estudiaste medicina en el conservatorio o lo leíste en la Wikipedia —Shania introdujo a Ambros en la habitación de un empujón.

Por un momento dio la impresión de que iba a plantarle cara y enfrentarse a ella pero al instante bajó la mirada, se sentó en la cama y le cogió el pulso a Iván.

—Su corazón va muy lento, necesita sangre.

—Mira, como los zombis.

—Sal de aquí de una vez hija de puta o

—O qué —Shania sonreía cínica apoyada en el marco de la puerta retando a Laura con la mirada.

—Shania: largo.

—Iré a hacer café.

Desde nuestra visita al submarino, nuestras provisiones de determinados productos estaban razonablemente bien cubiertas. Entre los productos más abundantes figuraban el café y el azúcar, la misma Shania se había ocupado de ello. Desde entonces estaba haciendo café a todas horas, de hecho, podía decirse que era lo único útil que hacía.

—¿Qué vamos a hacer? Ya has oído a Ambros, y yo también pienso igual.

—Creo que no está en nuestra mano —me giré y salí del camarote en dirección a la cocina desde la que ya llegaba el aroma del café recién hecho.

Thais rompió a llorar sobre Iván.

—¿Qué podemos hacer? Tiene que haber algo que podamos hacer —Laura miraba directamente a los ojos del lutier, intentando profundizar en la negrura de los mismos.

—Lo que necesita hace tiempo que está inventado, se llama transfusión. Lo triste es que no queda ningún hospital activo, personal que la lleve a cabo, ni instrumental para realizarla. Me jode tener que darle la razón a tu amigo pero así es. En otro momento esto habría sido una herida tonta, un contratiempo desafortunado que se habría solucionado con un par de días de hospitalización y dos o tres unidades de sangre —hizo una pausa, lo había expresado todo de carretilla— en las condiciones actuales tendrá que superarlo por sí mismo, si es capaz.

—¿Qué haría falta? —Thais se había sentado frente al lutier y se secaba los ojos.

—Escucha, no

—¿Qué haría falta? —Insistió Thais.

—Vale, veamos. Lo primero sería saber el grupo sanguíneo del chico

—A negativo —interrumpió Thais.

—Malo.

—Malo por qué.

—Sólo puede recibir sangre de su propio grupo y del cero negativo. Junto al B negativo son los peores grupos posibles.

—Vale, qué más.

—Bien, también necesitamos un donante, un donante que se encuentre en este barco; ya no existen los bancos de sangre, vamos, no creo que quede ninguno operativo, sería un milagro.

—Qué más.

El lutier suspiró y observó a Laura, consideraba la conversación un ejercicio inútil de auto flagelación pero continuó.

—El instrumental necesario, vías, agujas, catéteres, tal vez una bomba de infusión. Eso sería lo imprescindible, bueno, eso y los conocimientos necesarios para practicarla.

—¿Tú sabrías? —Intervino Laura.

—Tu amigo —siempre pronunciaba esa palabra cuando se refería al sargento en un tono raro— tiene razón, soy lutier no médico.

—Pareces tener bastantes conocimientos para ser solo un lutier.

Ambros se dejó caer de espaldas sobre la cama y se dispuso a viajar a otro lugar y a otro momento.

—Mis padres eran médicos. Los dos. Eran buenos. Crecí entre libros de medicina y salas de reuniones de hospitales. De alguna forma, según me fui haciendo adulto, me vi —se detuvo buscando la expresión apropiada— me sentí obligado a seguir su camino. Comencé la carrera de medicina, completé dos años con algunas dificultades y al final reuní el coraje suficiente para enfrentarme a ellos y decirles que no quería continuar con la tradición. No fue un momento fácil. Sentí que debía alejarme, buscar mi camino. Viajé por diversos lugares, en mi país, en Génova, Viena, Ibiza, y el último lugar La Roca. Descubrí que era bueno creando violines, eso es lo que hice, eso es lo que sé hacer: soy lutier, no soy médico, bueno, era, ahora no soy nada.

—Pero sabrías realizar una transfusión a que sí —Thais parecía más animada.

—Suponiendo que dispusiéramos del instrumental y de un donante apto; supongo que sí.

—Vale —interrumpió Thais— vamos a reunirlos a todos, seguro que en el barco hay alguien compatible.

—Thais, te llamas así verdad, en el mundo, los grupos menos abundantes son el A, B y AB todos negativos, luego el cero, también negativo. El más abundante es el cero positivo, pero ese no nos vale; yo soy cero positivo.

—Yo también —reconoció Laura ¿Cuál eres tú?

—A positivo —respondió bajando la cabeza— pero da igual, seguro que alguno es A negativo.

Abandonó el camarote llamando a todos a gritos para que se reunieran en torno al timón. Allí les explicó de forma resumida lo hablado en el camarote.

—Por eso necesito saber cuál es el grupo de cada uno —concluyó.

—Yo no lo sé, no lo recuerdo —comencé.

—Cero positivo —contestó Shania— yo A positivo.

—Yo B positivo —siguió el abuelo.

—A positivo —continuó Adam.

—B negativo —apenas susurró Will.

La mirada de Thais, y la del resto, se dirigió hacia Jorge.

—Yo, yo no lo sé, como se sabe eso.

—Es una prueba muy sencilla, sólo un pinchazo en un dedo y

—Vale, pues pínchame ya —interrumpió Jorge alargando la mano derecha con su dedo índice extendido.

—No es tan simple.

—Pero acabas de decir

—Lo que acabo de decir vale para el mundo del que venimos, no para el mundo en el que nos encontramos. Ahora algo tan sencillo como determinar el grupo sanguíneo de alguien se convierte en una misión imposible —Ambros elevó demasiado la voz y terminó apartando de su lado a Jorge y alejándose del grupo.

—Vale, pero y si yo sí soy compatible, prueba conmigo, si no vale paras.

—Que no, enteraos todos de una vez, eso no es posible, si no tuviese un grupo compatible podría producirse una reacción hemolítica que terminase colapsando la circulación del chico, lo mataríamos. Pero aún asumiendo esa decisión como la única posible, seguimos sin disponer del instrumental necesario —concluyó afectado de verdad Ambros— lo siento.

—No estamos muy lejos de la costa —intervino Mariano que hasta ese momento había permanecido callado.

—Ibiza está a menos de una hora —gritó Thais— antes has dicho que estuviste en Ibiza, ahí habrá hospitales donde buscar ese instrumental que necesitas.

Thais avanzó de un salto y se plantó frente a mí.

—Jose, por favor, por favor, tienes que ayudarle, tienes que conseguir ese instrumental que necesita Ambros, por favor Jose, tú lo conseguirás, lo sé. Iván cree que tú eres un problema, que acabarás causando la muerte de alguno de nosotros pero yo sé que no es así, lo sé. Los dos te debemos la vida, sé que no tengo derecho a pedirte esto, que tu hija te necesita, pero por favor.

Thais se arrojó en mis brazos.

—Te juro que te ayudaremos a encontrarla, no me separaré de ti hasta que lo consigas, te lo juro, por favor.

Ese “clic” una vez más. Sabía que era absurdo, inútil. Aún en el caso improbable que llegáramos a conseguir el material necesario, seguiríamos sin disponer de un donante compatible. Pensar que si en el hospital que encontrásemos hubiera en su momento un banco con reservas de sangre, esas reservas todavía se hallasen en estado de utilización, era como hacerse a la idea de que los zombis habrían desaparecido en el momento de tocar la costa. Shania me miraba con una sonrisa torcida en su boca. Era de la misma opinión que yo, lo sabía. Incluso el jodido lutier pensaba igual.

—Vamos pibe, yo iré con vos. Haré de cebo para los zombis si querés.

—Por favor —insistió Thais.

Shania dio media vuelta y se adentró en los camarotes. Una vez más íbamos a hacer una puta locura y lo sabía.

—Vendrán —hice una pausa más escénica que porque tuviese que meditarlo— Jorge, como causante principal de toda esta mierda. Ambros —creo que fue la primera vez que me dirigí a él por su nombre— y nadie más.

—Pero Jorge es un niño y Ambros no es un soldado —Laura se situó frente a mí— ¿Quién te cubriría?

—Aparta princesa —Shania hizo su aparición ya pertrechada para combatir y portando fusiles y pistolas para el chico, para el lutier y para mí.

—Espera un momento.

—Tú vienes, eso no es negociable, conoces la isla y sabes qué material se necesita —el lutier me miraba más ofendido que asustado.

—Sé defenderme de sobra, claro que iré aunque da igual, el caso es que no necesito ninguna pistola, no son una buena idea con los zombis.

—Yo iré también —Laura cogió la pistola que acababa de rechazar Ambros.

—No es necesario que vengas, iremos más rápido si

—Voy también —Laura me interrumpió y se situó entre Jorge y el lutier.

Shania me observaba con una mirada torcida.

—Vale, ven si quieres, pero al primero que me desobedezca en algo, yo mismo se lo daré de pasto a los zombis.

Ya podíamos distinguir la costa perfectamente. Improvisar un plan no había sido muy complicado. Will manejaba el timón, junto con Mariano se harían cargo del control del velero. Thais permanecería cuidando de Iván. Adam quedaría a cargo de la protección del barco.

Debía ser una intervención muy rápida, el chico no disponía de tiempo. Solo llevaríamos lo justo. Un plano militar inglés que nos facilitó el Capitán del submarino, un fusil con silenciador y una pistola para Shania y lo mismo para Laura y para mí. Jorge llevaba una pistola al cinto y portaba el Bó (arma en forma de vara alargada de madera, de 180 aunque se suele hacer a medida del luchador) que le había fabricado Shania con un remo y con el que había estado practicando en el barco; bien utilizado, esa vara de 1,20 podía ser letal frente a otra persona. Contra los zombis resultaba igualmente determinante. Por último, el lutier solo quiso llevar su bate de béisbol; el Stradivarius lo dejó al cuidado de Mariano.

Laura se acercó a mi lado.

—Creo que deberíamos llevar a Adam también, es un soldado, nos puede ser de ayuda.

—Laura, en realidad me llevo a Jorge solo como escarmiento, y al lutier porque es el único que sabe el instrumental que necesitamos para la transfusión de sangre. Tú vienes porque te has empeñado. Con Shania me bastaría, iríamos más rápido, pero las cosas están así. Por otro lado, tengo un mal presentimiento con todo esto. Prefiero que Adam permanezca en el barco dando seguridad. No quiero que permitáis subir al velero a nadie, y nadie es nadie, ni siquiera a una anciana coja con un bebe en brazos ¿Me explico? —Mariano bajó un poco la cabeza antes de responder.

—Claro, llevá cuidado.

Iván echó el ancla a unos veinticinco metros de la costa. Desembarcaríamos en Ses Figueretes. No era un puerto, así que no deberían abundar los zombis en el fondo del mar. Aún así tendríamos que estar atentos a cualquier movimiento en el agua.

El Hospital al que nos dirigíamos era Can Misses, estaba situado en la Calle Corona, Carrer Corona en las señales. Era el que conocía Ambros, según él, si en ese no había sangre no habría en ningún otro, era casi nuevo, lo habían inaugurado a principios de año.

La isla estaba completamente a oscuras. Eran las diez de la noche. No se oía ningún sonido. Eché un último vistazo a todos. Shania desbordaba adrenalina por todos los poros de su cuerpo, volvía a tener el aspecto de Lara Croft: pantalones cortos, botas altas, camiseta excesivamente ajustada, pistola al cinto y fusil en una posición demasiado despreocupada. Ambros vestía la misma ropa con la que llegó al barco, el mismo suéter de manga larga desgastado aunque con un aspecto algo más limpio. Sujetaba nervioso su bate cambiándolo de mano una y otra vez. Laura vestía pantalones cortos aunque menos atrevidos que los de Shania, solía llamarlos tangalones, sonreí al recordarlo, cargaba una mochila a la espalda, lo mismo que el lutier, en ellas transportaríamos el material necesario para la transfusión. Jorge calzaba las deportivas que encontró en el chalet de Saelices, le están un poco grandes pero le gustaban mucho, y tampoco tenía otras. El Bó descansaba firme en sus pequeñas manos. Puede que fuese mejor que se quedara. Cuando ya me había decidido a comunicarle que no venía Shania saltó al agua, la siguió Ambros, al instante el chico y Laura saltaron también, Alea jacta est. No entendía las putas frases que afloraban en mi cabeza.

Miré el reloj de mi muñeca, era el único que teníamos, el del lutier no funcionaba, debía tener algún motivo especial para conservarlo. Llevaba conmigo desde casi el momento en que desperté, mi primer compañero. Rememoré el instante en que Will me lo había devuelto en el trayecto a bordo del camión militar que nos llevó desde la Base hasta el catamarán; daba la impresión de haber transcurrido tanto tiempo de eso. Las 22:07 teníamos que darnos prisa.

En el agua no había nada; buen comienzo. Pisamos la costa y avanzamos dejando atrás el maldito olor a mar, a sal, al maldito pescado. Mi ropa pesaba el doble ahora mojada, tal vez hubiera sido mejor optar por un atuendo similar al de Shania en lugar del uniforme que llevaba. Era curioso el silencio, silencio humano que lo envolvía todo. Ya lo había experimentado en Valencia y poco antes en el Peñón pero no me acostumbraba a la carencia de ruidos producidos por los hombres. No todo estaba en silencio, los sonidos humanos habían sido sustituidos por alaridos y gruñidos zombis; no era lo mismo.

Shania avanzaba en cabeza, el plano descansaba en una bolsa dentro de uno de mis bolsillos, ella, al igual que yo, lo había memorizado. En el centro, el chico, Laura y el lutier. Yo cerraba la marcha.

Corríamos por Passeig ses Pitiüses. En las calles no abundaban los zombis; los coches, al igual que sus propietarios, habían desaparecido. Se encontrarían la mayoría en las inmediaciones del puerto o en los alrededores del aeropuerto. Ibiza era una isla con la infección en su interior; una puta trampa mortal. Shania derribó a una mujer que se interponía en su camino. Llevaba un vestido que en algún momento debía haber sido blanco. Su cabeza salió despedida hacia atrás por el impacto. El cuerpo la siguió con dificultad. Salté sobre el cadáver tendido de un zombi. Giramos a la izquierda por Carrer Josep Tarrés. Una palmera caída y casi quemada por completo obstaculizaba la calzada de lado a lado. Disparé sobre un zombi que se aproximaba más rápido de lo normal al lutier. Bajó el brazo armado con el bate al ver desplomarse al muerto. La superamos, unos por encima y Jorge por debajo, mi mano empapada de sudor quedó impregnada de la fibra abrasada de la palmera, de su olor, de su ceniza; me limpié en el pantalón y continuamos. Observé a otro zombi caído a un par de metros de nuestro itinerario.

Shania se detuvo un instante para orientarse. Giró a la derecha hacia Av. Pere Matutes Noguera y volvió a acelerar el paso. Su pierna parecía completamente recuperada. Fijé mi atención en otro zombi caído, sentado contra la pared parecía reírse de nosotros, de nuestro inútil esfuerzo.

Shania giró a la derecha hacia Carrer Periodista Francesc Escanellas, una vez más nuestro recorrido aparecía limpio de zombis. Vi como se detenía, rodilla en tierra junto a uno, y me hacía una seña.

—¿Qué opinas?

Ambros dirigió la vista primero a Shania y luego a mí.

—Toda ayuda es buena.

—Y cuando se canse de ayudarnos ¿Qué?

El lutier no pudo aguantar más callado.

—¿Ayuda? ¿De qué estáis hablando, ayuda de quién?

Shania le indicó el zombi sin dejar de vigilar nuestro flanco.

—Un zombi muerto, como todos los que hemos ido viendo, salvo la mujer y el que tu

—Mira su cabeza —señalé la varilla que sobresalía por su ojo derecho.

—Lo han atravesado ¿Qué más da con que lo hayan matado? Hay que darles en la cabeza.

—Joder —Shania se giró y extrajo de un tirón el perno de la cabeza del zombi— mira esto, todos los zombis sobre los que hemos ido saltando tenían uno clavado ¿Un arco tal vez? —Se dirigió a mí ignorando ahora al Lutier.

—Más bien una ballesta, es de noche, no se ve nada.

—O está muy cerca o lleva ayuda electrónica.

—¡Basta! —Intervino cabreado Ambros— ¿De qué coño estáis hablando? —Creo que era el primer taco que le escuchaba decir— ¿Arco, ballesta, qué es lo que está pasando?

—La mayoría de los zombis caídos que nos hemos ido encontrando tenían uno como este atravesando su cerebro, mira la sangre que ha salpicado el suelo, está, iba a decir fresca pero la sangre de esas cosas está de cualquier cosa menos fresca, el caso es que es reciente. Tiene que haber sido disparado con una ballesta con algún tipo de visor nocturno incorporado. En cualquier caso quien quiera que nos esté ayudando no está demasiado lejos —Shania y yo ya intentábamos localizar su posición— a este zombi hace muy poco que lo han abatido.

—Pero quién es —intervino Jorge.

—Qué más da mientras nos siga ayudando —contestó Laura.

—El problema vendrá cuando decida dejar de hacerlo —Shania estiró la mano del lutier y colocó sobre ella el perno manchado de restos de sangre y cerebro muerto del zombi.

—¡Joder! —Ambros soltó el perno como si quemase.

Shania ya se había incorporado y continuaba calle adelante. En la rotonda siguiente se volvió a parar. Varios zombis nos habían descubierto y se aproximaban desde la Av. la Pau, justo la dirección que debíamos seguir.

—Ya está, ya se cansó —indicó Shania.

—No exactamente, mira aquellos zombis. Quiere que giremos a la derecha.

—Y qué hacemos, si nos está ayudando puede que ese camino sea más seguro —Ambros nos miraba alternativamente a Shania y a mí— ¿No?

—No puede saber a dónde nos dirigimos así que no nos está ayudando, al menos no en nuestra misión —disparé contra los dos zombis que iban en cabeza. Sus cuerpos cayeron hacia atrás frenados en seco— continuaremos por el itinerario previsto intentando ahorrar munición, no nos sobra.

El lutier se adelantó a nosotros y se plantó firme en el asfalto con el bate armado a la espalda. Lo descargó sobre la boca de un muchacho con una especie de cresta aplastada en la cabeza. Jorge se zafó entre nosotros y corrió hacia el siguiente, vestía un polo verdoso con el logo de Telefónica. Todavía portaba en un alojamiento de su cinturón un alicate. El zombi no hizo intención de detenerse. Jorge se agachó y barrió desde la derecha como Shania le había enseñado. El zombi saltó de lado y continuó su avance por la inercia rodando. El chico no se lo esperaba y se vio sorprendido por el operario.

—Al momento de ejecutar el golpe debes resituarte y si es necesario apartarte de la trayectoria, estate atento o no te enseñaré nada más —Shania tiró de la cabeza del hombre, que ya se aproximaba demasiado a la cara de Jorge, hacia atrás con tanta fuerza que su cuello crujió. Luego lo apartó a un lado e izó al chico.

Varios zombis más corrían en nuestra dirección. Shania me miró.

—Vale, por donde quiere, en cuanto podamos volvemos al itinerario previsto.

Giramos por Carrer de Aragó. Ese camino volvía a estar libre de zombis. Cruzamos otra calle y alcanzamos Carrer de Murcia.

—Recupera nuestro camino —le grité a Shania excesivamente alto.

Shania dobló a la izquierda. Por ahí no había zombis acercándose ni cadáveres con la cabeza atravesada por un perno.

Aceleramos hasta enfrentar a Carrer Vicent Serra i Orvay. Miré el reloj 22:36. Apenas nos había costado media hora. Al ir a cruzar la E-10 Shania se detuvo. Más de medio centenar de zombis avanzaban por los dos carriles de la autovía.

—Por aquí —Gritó Jorge señalando el cadáver con la cabeza atravesada por otro perno.

Si girábamos por allí nos alejábamos de nuestro objetivo. Llegué junto a Shania. Todos jadeábamos por el esfuerzo, el calor y la tensión.

—Tú dirás —Shania calculaba la distancia a la que se encontraban los zombis.

—Nos está llevando por donde quiere. No me gusta que me dirijan y tampoco me fio. Vamos a atravesar la autovía antes de que nos den alcance y correremos rectos al Hospital.

Sin esperar conformidad avancé, seguido al instante por los demás. Cuando cruzamos los dos carriles ya teníamos a los zombis a menos de cincuenta metros. Podíamos escuchar sus gemidos, incluso podíamos oler el hedor que despedían.

En el cruce del Carrer Albarca y Des Cubells todo se desmadró. A los zombis que nos seguían se les unieron dos nuevos grupos procedentes de cada una de las dos direcciones. Ningún zombi con la cabeza atravesada nos indicaba una posible salida.

—Puestos a tener que enfrentarnos con los zombis lo haremos avanzando en dirección a nuestro objetivo.

Encaramos Carrer des Cubels. Shania y yo nos situamos en cabeza. Cada uno de nuestros disparos terminaba con un zombi abatido. Frente a nosotros los aproximadamente cuarenta zombis iniciales iban reduciendo su número. Los cargadores de fusil se agotaron. Comenzamos a disparar con las pistolas. Ahora cada detonación constituía una llamada de atención para que más zombis corrieran hacia nuestra posición. En la carretera se abrió suficiente hueco para que atravesáramos con una mínima seguridad el cordón de muertos.

Logramos alcanzar Carrer Corona y a la izquierda pudimos distinguir la silueta del Hospital. Corrimos hasta adentrarnos en el aparcamiento del Centro de Salud. La pulcritud con que un Nissan Qasqhai permanecía aparcado exactamente dentro de las líneas que delimitaban su plaza, contrastaba con el caos en el resto del extenso aparcamiento. Una melé de coches empotrados unos en otros, ambulancias volcadas y con parte del material que transportaban aún alrededor de ellas. Una cisterna de aire comprimido excesivamente cerca de un coche calcinado por completo daba la impresión de haber sido situada equidistante de los dos lados del lateral del edificio de las Urgencias. La vegetación de los jardines ya hacía días que había decidido expandir su territorio.

—Y ahora qué —me giré hacia Ambros.

El lutier apenas era capaz de controlar su respiración, mientras lo intentaba se giraba y miraba en todas direcciones, parecía calcular el número de zombis que nos rodeaban.

—Girando ese edificio estaban las Urgencias, ahí deberíamos encontrar el material que necesitamos.

El caos en que se había convertido el exterior del Hospital dificultaba los movimientos de los zombis y, por el contrario, nos hacía a nosotros más fácil ir esquivándolos. Ni a Shania ni a mí nos quedaba ya munición. Cogí una muleta situada al lado de un brazo arrancado, sin dueño.

La entrada de Urgencias se encontraba obstruida por completo por una ambulancia. La habían introducido a presión, aplastando los laterales de las puertas y rascando las paredes. El resultado era un acceso sellado al Hospital. Los zombis ya estaban demasiado cerca. No podríamos escabullirnos para buscar otra entrada.

Ambros me apartó a un lado y la emprendió a golpes con los cristales de las puertas traseras del furgón. Una vez rotos manipuló en el interior hasta conseguir abrir. Pasamos todos dentro y Shania cerró las puertas de nuevo. Los zombis introducían sus brazos cortando jirones de su carne podrida con los restos de cristales todavía sujetos a los marcos. Las puertas de delante estaban encajadas, imposible abrirlas. La emprendí a patadas con el parabrisas delantero. Laura se me unió. La mampara no tardó en desencajarse. Saltamos al interior del edificio y nos alejamos de la ambulancia.

Ambros se adentró en el primer Box de Urgencias. Laura lo siguió.

—¿Te has dado cuenta? —Shania se me había acercado y rozaba mi hombro con el suyo sin dejar de observar en todas direcciones el haz de luz que proyectaba su linterna. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su descontrolada respiración amenazando con abandonar su estrecha camiseta.

—No hay zombis, ni vivos ni muertos por aquí.

—Ni cadáveres tampoco —confirmó ella batiendo el suelo alrededor con la luz.

—Y eso qué quiere decir —Jorge se colocó frente a nosotros sin dejar de mover el Bó en todas direcciones.

—Que alguien se ha tomado muchas molestias en quitarlos —expliqué.

—Y seguro que no le hace gracia que nosotros se los podamos traer de nuevo —Shania se dirigió al segundo Box de Urgencias, la seguí.

En esa cabina había material de reanimación, un avanzado desfibrilador que ahora disponía sus componentes en un ordenado desorden.

—¿Por qué no hay cadáveres? —Ambros me deslumbró antes de percatarse y bajar su linterna.

—Alguien se ha tomado muchas molestias en apartarlos. El suelo está relativamente limpio, las paredes —el lutier iluminó 360 grados a su alrededor— no tanto.

—Puede que el caos no alcanzase esta zona —Laura se acercó a los estantes que estaba registrando Ambros.

—No, él tiene razón, lo han limpiado a posteriori. Vi la parte de atrás del Hospital calcinada. Las Urgencias fueron lo que primero se colapsó en todas partes. Esto está saqueado, vayamos al siguiente box.

Después de inspeccionar todas las cabinas de Urgencias, el resultado fue el mismo: nada.

—Y ahora qué —Shania se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la pared y las piernas flexionadas.

—Buscaremos por las siguientes dependencias del Hospital que no hayan quedado arrasadas por el incendio. Laura, no has realizado ningún disparo, dame tu fusil y tu pistola —le alargué los míos con los cargadores vacíos.

Me dio su fusil y cogió el mío, al ir a cambiar las pistolas se detuvo.

—¡Mierda! Mi pistola no está, la tenía antes de entrar aquí, puede que esté en la ambulancia —se giró y echó a caminar hacia el vehículo.

—¡La ambulancia! Eso es —Ambros iluminó en la dirección que se alejaba Laura y ésta se detuvo— en las unidades de soporte vital se lleva todo lo necesario para las reanimaciones, puede que aún continúe ahí lo que buscamos.

La ambulancia se veía mal, sonaba mal, olía mal; mala idea meterse en ella. Fuera, los zombis continuaban su insistente concierto de lamentos sabedores de que al otro lado había vivos a los que destripar.

—Entraremos Ambros y yo, el resto permaneceréis alejados, listos para largarnos si las cosas se ponen feas.

El lutier le entregó el bate a Laura y luego se abrazó a ella de improviso.

Según nos acercábamos al furgón, podía sentir como crecía el nerviosismo en Ambros. La luz de la linterna parecía tener vida propia.

—Tranquilo, todo irá bien, limítate a buscar el material y procura no excitar más a los zombis con la luz.

Cuando saltamos al interior de la ambulancia los gritos y gruñidos arreciaron. Los zombis más cercanos a la UVI móvil intentaban colarse por los cristales de las puertas traseras al mismo tiempo. Cortaban los tejidos de sus ropas, seccionaban su piel reseca y su sangre coagulada manaba lentamente por sus heridas.

El lutier buscaba frenético por todos los alojamientos de la ambulancia. Un zombi, en realidad un adolescente con algo de sobrepeso, había logrado introducir su tronco y sus brazos. Un esfuerzo más y alcanzaría su premio. Recogí unas tijeras del suelo y las clavé abiertas en su cabeza. Al instante dejó de moverse, su cuerpo ejercería de tapón a los demás.

—¡Bien! —El lutier sostenía una especie de estuche de color anaranjado que ahora se esforzaba en cerrar— Esto es, ya podemos salir de aquí.

El tapón cayó lentamente como lo habría hecho un corcho de una botella desventada. Los zombis parecían haber hallado la forma de atravesar las puertas de la ambulancia.

—¡Sal! —Ordené— encaré el fusil y realicé varios disparos. El avanzar de los zombis se ralentizó de nuevo.

Corrimos hacia el lado opuesto de la entrada de Urgencias. Shania iluminó nuestra carrera.

—¿Lo tenéis? —Interrogó Laura.

—Sí —contesté.

—¿Y mi pistola? —Negué con la cabeza.

Alcanzamos la salida de Urgencias hacia el interior del complejo hospitalario. La puerta corredera de cristal estaba cerrada. Ya iba a disparar contra ella cuando el lutier la emprendió a golpes con su bate. Era cristal reforzado, no blindado, pero más grueso que el de una ventana normal. A la primera grieta le siguieron otras y tras varios golpes la cristalera se vino abajo. La estancia a la que pasamos era amplia, con varios accesos. Resultaba aún más oscura que las Urgencias, ninguna lámpara de emergencia funcionaba ya. Shania barría la zona con el haz de luz. En ella el abandono era más patente, más acorde con el momento de la historia en el que nos encontrábamos. Cadáveres en el suelo, amplias manchas de sangre ya reseca, desorden y mal olor en todas partes. Los gritos de los zombis arreciaron, debían haber logrado pasar al interior de la ambulancia.

¡CLAC!

La linterna que portaba Shania se movía en un sentido y en otro iluminando el suelo.

¡CLAC!

La segunda linterna, la que portaba el lutier, cayó al suelo también, al instante, su bate.

—Pero qué pasa.

Cuando Jorge ya se agachaba a recoger la primera linterna, un nuevo haz lo iluminó a él. Antes de que terminase de encarar mi fusil hacia ese foco, la luz se desplazó de Jorge hacia Shania. Un individuo la inmovilizaba desde atrás. Sostenía una ballesta no demasiado grande con la punta de la flecha apretada contra su sien. Al instante el haz se desplazó de nuevo. En esta ocasión mostró una nueva ballesta apuntando a la cabeza del lutier. Ahí estaban nuestros benefactores ocasionales, los moradores de las Urgencias. Aún disponía de varias balas.

“clic” “clic” “clic”

Ahí estaba otra vez, inundando mi cabeza de pensamientos contradictorios. El lutier no me importaba una mierda y Shania, Shania probablemente fuese la persona que más odiase en este mundo porque seguramente fuese la persona, puede que la única, que de verdad era conocedora de mi pasado, de mi naturaleza.

El portador del haz se iluminó ahora a sí mismo. Una tercera ballesta se clavaba en el cuello de Laura.

Podía hacerlo, seguro, alguien moriría pero

—Tira al suelo el fusil y tu pistola —la voz procedía de la oscuridad, al menos había una cuarta persona.

Escuché un leve susurro, el tipo se movía.

—Haz lo que te dice Jose, por favor —Laura habló con dificultad.

Un nuevo susurro.

—Que les jodan, dispara a estos cabrones —a Shania no la habían convencido, un golpe la hizo callar.

—No tienes opción, si disparas ellos morirán, el chico morirá, tú morirás. Arroja al suelo tus armas y os dejaremos escapar, os podréis ir de nuestro Hospital. Incluso permitiremos que os llevéis el material de transfusión.

Conocían nuestras intenciones, nos habían estado escuchando, no solo nos habían ido dirigiendo, nos vigilaban en todo momento. Sabía que al menos había cuatro tipos pero puede que hubiera más. Me quedaba sin opciones.

Jorge, que se había situado lentamente detrás de mí, se colocó a mi lado y dejó caer el Bó.

—Recoge el palo chico, solo queremos armas de fuego, escobas tenemos a montones.

Jorge iba a extraer su pistola pero se detuvo, la voz en ningún momento se había referido a ella, puede que no la hubieran visto, puede que no se esperasen que un niño fuese armado.

Lancé mis armas a los pies de la voz que surgía de la oscuridad. Pude escuchar como alguien las recogía, incluso creo que podía intuir sus movimientos gracias a la luz ambiente que creaban los tres haces de las linternas encendidas.

—Ahora suéltalos.

Entre tinieblas pude seguirlos mientras retrocedían hasta una puerta. Arriba unas letras blancas parecían refulgir: Radiología.

El lutier cayó a mis pies. Una linterna dirigida por Jorge iluminó la salida a Radiología dejando ver como arrastraban por ella primero a Shania y luego a Laura.

—No te las vas a llevar.

—Créeme, les hacemos un favor, en breve esto estará lleno de zombis, no tenéis armas; lo dicho, les hacemos un favor —las puertas se cerraron tras ellos.

El lutier corrió a por la linterna caída, Jorge y yo hacia la puerta recién cerrada. Por más que empujamos no logramos nada, estaba perfectamente atrancada por el otro lado.

—Dame tu pistola —Jorge me la alargó para luego recoger el Bó.

Cogí la mano de Jorge y dirigí la luz hacia el reloj de mi muñeca. Las 22:57. Ya se acercaba el rumor de los pasos de los zombis invadiendo el espacio de las Urgencias.

—Ya vienen, tenemos que encontrar otra salida.

—No, no podemos dejarlas —el lutier sujetaba con firmeza mi mano mientras sostenía en la otra el bate y la linterna.

—No podemos hacer nada, esos hombres pronto estarán muertos y ellas escaparán, tenemos que concentrarnos en hallar una salida.

—De qué hablas, son tres y las están apuntando con ballestas.

—Son cuatro en realidad. Shania acabará con ellos y: suéltame el puto brazo.

El lutier se relajo y aflojó la presión de su mano pero sin apartarla de mi brazo esperando, deseando que lo que le acababa de decir se cumpliera.

@@@

Al otro lado de la puerta, en el sector de Radiología, Shania y Laura eran empujadas hasta una habitación. Mientras se alejaban comprendieron que los sistemas que habían usado para franquear la entrada que acababan de atravesar impedirían que ni zombis ni humanos lograsen acceder. En un cartel de metacrilato con las letras impresas en color plata pudieron leer Sala de espera. Al entrar entendieron que era mucho más que eso, era el verdadero refugio de las personas que las retenían. Continuaron caminando empujadas hasta entrar en la sala de TAC. Un enorme donut de plástico la presidia. La mesa en la que en otros tiempos se tendían los pacientes para que les realizasen las exploraciones pertinentes aparecía ahora cubierta con innumerables objetos, pero todos ellos con alguna utilidad, tijeras, pilas, linternas, walkies, pernos para las ballestas, gafas de visión nocturna. Todo eso lo podían ver porque una vez que entraron, el acceso se selló y uno de los tipos encendió una lámpara conectada a una batería de coche, lo suficientemente potente como para iluminar la estancia y darle un aspecto de cómoda habitabilidad.

Shania observó a tres de los individuos ahora situados frente a ellas, luego al cuarto.

—Sois hermanos, los tres, trillizos —Laura también se había dado cuenta.

—Trillizos no, trigemelos, tres pero gemelos, se da en uno de cada dieciséis millones de partos.

—Y habéis sobrevivido todos, eso es suerte.

Mientras Laura conversaba, Shania evaluaba la situación. Cuatro objetivos, tres de ellos armados con ballestas, aunque no apuntándolas explícitamente. El cuarto se desplazaba hacia una especie de arcón. Estaba llegando el momento de recuperar el control de la situación. Observó un reloj apoyado sobre el respaldo de un grupo de cuatro sillas unidas. Las 23:00.

—Así que buscáis sangre, en cierto modo sois como ellos —hizo una pausa como si su estúpida broma necesitase un tiempo para ser comprendida— como los zombis, ellos también buscan sangre, y carne, claro.

Ya estaba bien, dirigió su mirada a Laura y le hizo una imperceptible seña.

—Para vosotros está claro que no es, tenéis algún herido en el barco verdad.

Shania detuvo su actuación, Laura mostraba en su rostro un gesto de desesperada preocupación: conocían la existencia del velero, les habían tenido vigilados en todo momento.

“Si los tenéis ya, podemos abordar el barco cuando nos digáis. Hemos contado tres personas, un chico, un hombre adulto y un anciano. Puede que haya alguien más cuidando del herido. Albert, cuando nos lo confirmes nos acercaremos”

Shania, pendiente de las palabras que escupía el walkie, no se percató de la aproximación del individuo, sujetaba algo en una mano, sin que lo advirtiera una navaja apareció en la otra y realizó un rápido movimiento.

—¿No queríais sangre? Aquí la tenéis.

Shania entendió tarde que lo que llevaba en la mano era una bolsa de sangre. Inmovilizada sintió como el viscoso líquido ya corrompido por la temperatura y la falta de refrigeración resbalaba por su cabeza, de su pelo a su cara, su ropa. El tipo sacudía la bolsa sobre ella. Retrocedió hasta encontrar la pared a su espalda, entonces se dejó caer en el suelo y envolvió sus piernas con sus brazos ocultando su rostro manchado de rojo, incapaz de detener los temblores que sacudían cada uno de sus músculos.

El tipo vació una bolsa más sobre ella y luego otra. A Shania parecía faltarle el aire, boqueaba como un pez fuera del agua y su boca parecía a punto de dejar pasar la sangre que resbalaba desde su cara. Laura asistía perpleja a la escena. Un mal momento para descubrir el punto débil de la mercenaria.

—Vaya, parece que tienes un traumita con la sangre.

—Joder Albert, mira como lo has puesto todo; lo vas a limpiar tú.

—No te preocupes hombre, ahora tenemos servicio de limpieza; de suelo y de bajos.

Los cuatro rieron a carcajadas. Albert se limpió las manos en el pantalón y cogió el walkie.

—Ya podéis abordarlos.

@@@

Situé el reloj de nuevo sobre el haz de luz: 23:03.

—Algo va mal ahí dentro.

—¿Qué? ¿Algo va mal? ¿Ahora te das cuenta? Cuatro locos armados con arcos las retienen a las dos. Pero a ti qué coño te pasa.

Las venas de mis sienes comenzaron a latir con inusitada fuerza. Un incipiente dolor colonizaba mi cabeza. Escuchaba las palabras del lutier como de lejos, como un eco inútil, lo mismo que los sonidos de los zombis que habían conseguido sortear el obstáculo que constituía la ambulancia y ya corrían hacia nosotros.

—¿Cómo puede gustarte que te duela la cabeza?

Los menudos dedos de un niño acariciaron levemente mi cara.

—No es que me guste, es que me ayuda a concentrarme. Cuando me duele la cabeza lo veo todo más claro, cuanto más fuerte es el dolor más sencillo me resulta comprender las cosas y encontrar solución a los problemas.

—Pero qué coño le pasa, parece alucinado. Los zombis ya están ahí —Ambros se dirigía a Jorge como si el muchacho tuviese todas las respuestas, o una al menos.

Eso era, los zombis ya venían, los secuestradores tenían a Shania y Laura. Ahí tenía mis problemas. Los accesos al recinto del Hospital parecían estar sellados a prueba de zombis; no había ninguno dentro. El interior estaba limpio. Los secuestradores lo sabían. Se sentían seguros, los zombis no eran una amenaza. Los vivos éramos otra cosa. La puerta por la que habían desaparecido estaba preparada a prueba de zombis, pero también de humanos. Ellos lo sabían. Habían fortificado el edificio. Ambros la estaba emprendiendo a golpes con el bate contra la puerta. Eran listos, habían dispuesto de tiempo, medios y personal para organizar su defensa. Eran listos. Tenían que haber pensado un plan de escape. Algo que les permitiese huir si todo se desmadraba. Eran listos. El dolor crecía en mi cabeza. Cada centímetro cuadrado de mi cráneo parecía en contacto con mi corteza cerebral pero no era suficiente. Cuanto más fuerte es el dolor más sencillo, cuanto más fuerte, más sencillo, cuanto más fuerte, más sencillo, más sencillo, más sencillo. Corrí hacia la puerta que continuaba aporreando Ambros con el bate y la emprendí a cabezazos contra ella. A cada impacto mi cerebro parecía expandirse, el dolor crecía, se hacía insoportable. El lutier había dejado de golpear la puerta y asistía atónito a la escena. Los zombis se escuchaban de fondo, cada vez estaban más cerca. Eran listos. Tenían que haber pensado un plan de escape. El exterior estaba rodeado de zombis. Eran listos. El exterior rodeado de zombis. Eran listos. El camión. Eran listos. La cisterna de aire comprimido extrañamente equidistante del edificio. Mi cerebro pareció explotar. Dolor. Solución.

—¡Vamos! —Grité corriendo hacia las escaleras que conducían a la planta superior.

Pude escuchar como Jorge y Ambros corrían tras de mí. A la zaga de todos nosotros: los zombis. Corrí hasta una de las ventanas. Estaba bloqueada, todas lo estaban. Arranqué el bate de las sorprendidas manos del lutier y de un par de certeros golpes reventé los cristales. La leve luz residual de la luna dejaba ver la silueta de la cisterna, ahí estaba.

—Al suelo, apartaos de las ventanas.

Me cubrí todo lo que pude y apunté. Los primeros zombis ya habían aparecido en la primera planta. Dudé un instante. A la gasolina o al aire. La gasolina. Disparé y me lancé al suelo.

En el exterior el hongo de la explosión del camión se elevó al cielo. La onda expansiva reventó todos los cristales del edificio. Los coches más cercanos botaron sobre el asfalto, algunos incluso fueron arrancados de su lugar y lanzados contra otros. Los zombis que rodeaban la cisterna resultaron afectados, probablemente no muertos definitivamente, pero la violencia de la deflagración había quebrado piernas, brazos, columnas vertebrales enteras. Aún sin estar muertos habían dejado de constituir un peligro inminente.

En cuanto la lluvia de cascotes hubo cesado me incorporé. Todas las ventanas que alcanzaba a ver de la planta en la que estábamos habían desaparecido. Lo mismo había sucedido con los zombis que habían logrado superar las escaleras.

—Rápido, abajo, no tenemos mucho tiempo.

@@@

En la sala de TAC las paredes parecieron vibrar. El sonido de la explosión les llegó con claridad. El reloj cayó de la silla. La lámpara dejó de funcionar. La estancia quedó iluminada tan solo por las dos linternas que aún continuaban encendidas en las manos de sus portadores. Laura observó con temor el suelo. El trillizo semidesnudo que intentaba inmovilizarla detuvo sus movimientos y se apartó. La lámpara volvió a encenderse de nuevo. Albert corrió hacia la puerta. En cuanto abrió recibió el golpe. Cayó al suelo sorprendido.

Ahí estaban los cuatro, todos desarmados, seguros. Laura estaba tendida bajo uno de ellos, seguía vestida, la violación aún no había comenzado. Shania estaba completamente empapada de sangre, inmóvil, la habían matado. Giré el arma hacia uno de ellos.

—Jose ¡NO! —Laura se había incorporado y me gritaba— son más, hay otro grupo cerca del velero, nos vigilaban, quieren abordarlo.

La cara del hombre mostraba ahora una estúpida sonrisa de victoria.

—Han matado a Shania.

—No —negó Laura— la han rociado de sangre y parece catatónica pero está bien.

—¿Hay bolsas de sangre útiles en este Hospital? —Me dirigí al tipo mientras permitía que se incorporase.

—¿Cómo esas? —Rió— sí claro, todas convenientemente corrompidas, ahí las tienes —señaló el arcón congelador desconectado.

Apunté a la cara de uno de los trillizos.

—Grupo sanguíneo y RH, rápido.

—B positivo —contestó el que tenía apuntado.

—Grupo y RH —repetí apuntando al siguiente gemelo.

—JA JA JA, los tres tienen el mismo, que putada que no te sirva, porque no te sirve ¿Verdad? —El imbécil se reía sinceramente.

¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

Los tres hermanos cayeron casi simultáneamente. El rostro del hombre palideció.

—Grupo sanguíneo y RH —le dirigí a él la pregunta.

Su nuez subía y bajaba, tragaba saliva sin parar. Era consciente de que de su respuesta dependía su vida.

—Cero negativo —tartamudeo.

Volví la vista hacia Laura.

—Miente. Sabe que necesitamos sangre para una transfusión y que el cero negativo es el donante universal.

—No, no, no, es cierto —echó mano hacia atrás.

Antes de que pudiera completar su intención recibió un puñetazo en plena boca.

—Vale, vale —su boca escupía sangre al hablar— tengo el carnet de donante en la cartera, en el lo podrás comprobar. Te juro que digo la verdad.

—Al suelo, manos a la nuca.

Saqué una cartera de piel marrón de su bolsillo de atrás. Fui vaciando departamentos hasta dar con el carnet de donante:

ALBERT MAS SUMARROCA   0 –

Se lo mostré a Laura.

—Esa cartera podría no ser suya.

—No, es mía, de verdad, lo juro.

Continué rebuscando hasta extraer el DNI. La cara que figuraba en él era la misma que la del tipo que sangraba a mis pies. El nombre que figuraba en el documento también.

—Es él, es cierto —confirmé— que suerte para ti guardar tu documentación —sonreí.

—¿Y ahora qué? —Interrogó nervioso el lutier.

—Nos lo llevamos al velero. Cogí una garrafa de agua de cinco litros situada en el suelo junto al TAC y la vertí por completo sobre Shania, principalmente sobre su cabeza y su cara.

—¿Sabías tú eso? —Laura me observaba mientras terminaba de vaciar la botella.

Ayudé a Shania a incorporarse. Parecía recuperarse por momentos.

—Alguna idea tenía, sí —respondí.

—Vale, los zombis no tardarán en reagruparse y volver a por nosotros, no tenemos munición ¿Cómo vamos a salir de aquí? —El lutier sudaba profusamente, su jersey de manga larga estaba completamente empapado.

—En eso también nos va a ayudar nuestro amigo.

Agarré de los pelos a Albert y le obligué a levantarse.

—Teníais un plan de escape, seguro que ese plan incluía algún vehículo. A que sí.

Albert sonrió torpemente dejando a la vista un diente partido por el golpe anterior.

—Creo, creo que esto lo podríamos

—¿Qué? ¿Negociar? ¿Ibas a decir eso?

—Bueno, necesitáis mi sangre para la transfusión así

Un nuevo golpe lo sorprendió. Escupió otro buche de sangre.

—En efecto, necesito tu sangre y preferiría extraértela vivo, pero seguro que hay alguna forma de hacerlo aunque estés muerto. Tienes tres segundos para decirme dónde está ese vehículo.

Albert sorbió con sonoridad.

—La explosión lo habrá destruido también —opinó el lutier.

—Está en otro lugar a buen recaudo ¿Verdad Albert?

Éste me miraba ahora con auténtico terror.

—Sí, sí, vale, te llevaré a donde está el coche —se dirigía solo a mí.

—Albert. Responde Albert. Dime que esa explosión no ha sido lo que creo. Albert. Responde joder —el walkie crepitó.

—Albert está muerto, los trillizos también, y sí, esa explosión ha sido lo que crees. Si le hacéis algo a la gente del velero os reuniréis pronto con ellos —enganché el aparato en mi cinturón aunque no esperaba que contestaran.

Recogimos todas las armas. Solo la pistola de Jorge y el fusil de Laura disponían de balas, trece y unas treinta y dos respectivamente.

Albert nos fue conduciendo hacia la parte contraria al lugar donde estaba estacionada la cisterna. Shania lo llevaba sujeto del cuello con un cable de gotero, de vez en cuando tiraba de él, solo por puro placer.

Llegamos a una puerta doble que, según Albert, conducía al exterior. Ya podíamos escuchar carreras de zombis por los pasillos del Hospital. Le lancé la pistola a Shania y caminé hasta la puerta con el fusil preparado.

—Si es una trampa, lo matas —le indiqué a Shania.

—No, no, es verdad, ahí está el coche

—Silencio —Shania estiró con fuerza del cable del gotero obligándole a toser repetidas veces.

Nada más empujar las barras de seguridad que cerraban las puertas, los zombis que deambulaban frente a ellas se dirigieron hacia mí.

¡FLOP! ¡FLOP!  ¡FLOP! ¡FLOP!  ¡FLOP! ¡FLOP!

Tras los disparos, un hueco suficiente se abrió entre los muertos andantes. Shania apareció empujando a su prisionero.

—¿Dónde está el coche? —Interrogó tirando una vez más.

Albert nos condujo hasta un Jeep Wrangler negro, sin capota.

—¿Dónde está la llave?

—Bajo la alfombrilla trasera, la del lado del conductor —respondió rápido para evitar que Shania le diera un nuevo tirón. No le sirvió de nada.

—Por tu bien espero que arranque —Shania apoyó ahora el cañón de la pistola sobre su frente.

@@@

En la costa, frente al velero dos hombres miraban incrédulos el walkie que sostenía uno de ellos.

—Mierda, mierda, mierda, tenemos que largarnos de aquí.

Hizo intención de darse la vuelta pero el que sostenía la radio lo retuvo del brazo.

—Piensa un poco.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué hay que pensar? Alguien los ha matado a todos, el Hospital ha volado, tenemos que largarnos de aquí antes de que nos maten a nosotros también.

—¿Largarnos? ¿Adónde? Ese Hospital era el único lugar seguro de toda la isla ¿Dónde quieres que vayamos?

Su compañero se volvió para echar a correr pero se detuvo y se giró de nuevo.

—¿Y qué coño quieres que hagamos? Son más que nosotros, joder, han matado a los otros. Van armados, nosotros solo tenemos un par de ballestas. No podremos con ellos.

—Con ellos no, pero con los del barco sí. Solo hay un anciano, un chico y

—Y un hombre, y parece peligroso —interrumpió el otro.

—A ese le dispararemos el primero, los otros se rendirán. Cogemos el barco y nos largamos de aquí. Podemos ir a Valencia, o a cualquier otro sitio.

—No sé tío.

—No tenemos otra opción.

La pequeña barca de remos se aproximaba lentamente al velero. Varias luces iluminaban su cubierta.

—Den media vuelta y márchense —gritó Mariano.

La barca siguió acercándose a pesar de que habían sacado los remos del agua.

—Les he dicho que se vayan carajo —repitió.

—Tranquilo, tranquilo abuelo, necesitamos ayuda, solo queremos algo de agua y comida. No hace falta que subamos al barco, nos la podéis tirar a la barca.

—Todos mis nietos están muertos chico.

¡BANG! ¡BANG!

No hicieron falta más que dos disparos, uno de los hombres cayó al agua y el otro muerto sobre el suelo de la barca. Adam cerró el ojo de buey desde el que había disparado y subió a cubierta junto a Mariano.

Thais se acercó a la radio del velero.

—Tenías razón Jose. Han venido. Adam los ha matado a los dos. Dese prisa, Iván empeora.

Ambros observaba atento como la sangre salía del circuito sanguíneo de Albert pasaba a una especie de gotero y de este al de Iván. Primero le transfundió una cantidad muy pequeña para ver si había algún tipo de rechazo. Una vez descartado, continuó. Le había realizado dos en un intervalo de una hora. Pero el chico parecía no reaccionar.

—¿Qué pasa? —Dijiste que necesitaba una transfusión pero no mejora ¿Qué pasa?

Todos estábamos en el camarote pero no se escuchaba ni un susurro. El lutier se secó el sudor de la frente.

—Yo, yo no soy médico. Es evidente que ha perdido mucha sangre pero no responde, puede que no sea suficiente, puede que necesite más.

—Pues ponle más —gritó histérica Thais.

El lutier meneó nervioso la cabeza a un lado y a otro.

—No, no puedo, ya le hemos sacado un litro, en las donaciones te quitan como mucho medio litro. No sé, podría ser peligroso para él —señaló a Albert.

—Oye, yo he cumplido, no os mentí, os he dejado que me saquéis sangre, os traje hasta aquí, os dije lo del coche, joder ya he hecho suficiente, creo que comienzo a sentirme mareado.

—Sácale otro medio litro —ordené.

—Ese no era el trato, no quiero que

Shania golpeó la nariz de Albert y le colocó un trozo de esparadrapo sobre la boca. Luego se dedicó a asegurar aún más las cuerdas que lo inmovilizaban en la cama.

Después de sesenta minutos más y otro litro de sangre, el estado de Iván no mejoraba.

—¿Qué ocurre? —Pregunté.

—No lo sé, te juro que no lo sé, joder, no soy médico, nunca he hecho esto antes, puede que esté haciendo algo mal, puede que haya pasado algo por alto.

—O puede que simplemente necesite más sangre —opiné.

—Ya le hemos quitado dos litros —Ambros negaba con la cabeza— no quiero ser responsable de la muerte de una persona. El cuerpo humano contiene entre cuatro y seis litros, este hombre es grande, seguramente se encuentre en ese límite. Si se le extrae más del treinta por ciento su cuerpo seguramente entrará en shock.

Realicé un rápido cálculo mental.

—Mariano, Jorge y Will, salid de aquí —Adam ya se encontraba fuera, en el timón.

Cuando hubieron dejado el camarote me giré hacia Ambros.

—¿Es necesario que esté consciente? —Señalé a Albert que nos miraba con los ojos desencajados.

—¿Consciente? Lo que es necesario es que siga vivo y si le quitamos más sangre no sé lo que pasará.

—Contesta a lo que te he preguntado —repetí.

—No, joder no, no es necesario, creo.

A Albert no le dio tiempo a prepararse para el nuevo golpe que le propinó Shania.

—Pero qué vas a hacer, no puedes sacarle más, lo matarás.

—Continúa, dale la sangre que necesite —ordené.

—Jose, no puedes hacer esto, es un hombre, no está bien.

Me volví hacia Laura.

—Cuando entramos en aquella habitación, uno como este, estaba a punto de violarte. Después lo habría hecho otro como este, luego otro y luego este. Puede que si continuabas viva lo hubieran repetido una y otra vez. Y tú quieres que no le saque más sangre.

—Quiero que no lo mates ¿Crees que no recuerdo lo que evitaste entrando en esa habitación? Aún me estremezco solo de pensarlo, pero es un ser humano, no podemos

—¿Ser humano? —Grité— cualquier zombi conserva más humanidad que este tipo. Lo más humano que puede hacer es morir entregando su sangre para salvar una vida.

—¿Ahora te eriges en Dios para decidir quién es digno de morir y quién no? Pues no eres Dios, eres un soldado, lo mismo que yo. Juraste, lo mismo que yo, proteger y servir a España y a los españoles, no cosecharlos.

—Ella tiene razón, no puedes hacerlo, no te dejaré —el lutier se incorporó y cerró el gotero. La sangre dejó de salir del cuerpo de Albert.

—Shania, sácalo de aquí, llévatelo fuera.

—¿Qué eres? Su perrito. Eres

Shania lo cogió del cuello y apretó lo justo para que pudiese respirar con extrema dificultad pero sin que fuese capaz de continuar hablando.

—¿No lo necesitas? —Interrogó.

—He visto como lo hace, no parece tener mucha ciencia. Llévalo arriba.

Mientras Shania lo sacaba del camarote me levanté y volví a abrir el gotero.

—No puedo creer que vayas a ser capaz de hacer esto. Te miro y no te conozco, te juro que ya no te conozco —Laura se levantó y abandonó la habitación.

—En eso coincidimos, yo tampoco me conozco —pensé en voz alta.

—Jose, yo

—No te preocupes Thais, este hombre se merece morir mil veces, además, la decisión la he tomado yo, es solo mía, yo soy el responsable.

—Ya, pero es que Iván piensa, él a veces cree

Le puse un dedo en los labios. Iba a contarme algo que yo ya sabía, algo que ella no sabía que yo había escuchado ya. Apartó mi mano con suavidad y la besó.

—Te juro, te juro por mi bebé —se pasó la mano por el vientre— te juro que pase lo que pase, nunca te abandonaré, ninguno lo hará, nunca, pase lo que pase, nunca hasta que tú me lo ordenes.

Asentí y pasé al pequeño cuarto de baño del camarote.

Al cuarto litro que le transfundimos Iván recuperó el conocimiento. Fue solo un instante, parecía mejorar. Llevé dos dedos a la carótida de Albert. Estaba muerto. Su corazón ya no bombearía más sangre. Retiré la aguja con cuidado del cuerpo de Iván. Hice lo mismo con la del de Albert. Lo incorporé, me lo eché al hombro y me dirigí a la puerta.

—Thais, una vez todo esto pase e Iván se recupere, tal vez sea mejor que no le cuentes nada. Hay personas que no soportarían una carga como esa. Yo tampoco le contaré nada.

—Pero el resto

—Nadie lo hará —continué hacia la puerta.

—Jose.

Me giré.

—Gracias.

Asentí.

Nada más salir a cubierta me encontré con Mariano, estaba claro que me esperaba.

—¿Vos también vas a recriminarme viejo? —Intenté, sin éxito imitar su forma de expresarse.

—No, no podría. Cómo recriminar a una persona que es capaz de condenarse una y otra vez por los demás, por nosotros, no, no podría. Lo único que deseo de corazón es que el infierno no sea tan malo.

—Vale —hice intención de continuar.

—Mirá —me mostraba unos viales de insulina en la mano.

—Yo no, quién

—El rapaz. Cada vez se parece más a vos.

Me dio una palmada en el hombro y se alejó hacia los camarotes. Antes de que pudiera arrojar el cadáver por la borda se me plantó delante Jorge.

—Yo —tenía lágrimas aún en los ojos— yo creo que has hecho bien, ese hombre no era bueno, yo habría hecho lo mismo.

—No hables así.

—Pero es cierto, lo habría hecho.

—Cogiste la insulina la primera vez que atravesamos la ambulancia ¿Verdad?

Asintió.

—Eso ha estado muy bien, ha estado bien de verdad.

—Yo sé que no te gusta que me disculpe, pero te prometo que no volverá a suceder, no volveré a pelearme te lo prometo.

Levanté la palma para que me la chocara pero el crío se me abrazó. Observé cómo se alejaba sin poder evitar volver a llorar.

—Jorge —llamé— estuviste muy bien al no tirar tu pistola cuando lo dijeron, muy bien, nos salvaste a todos.

—Gracias.

Lancé por fin el cuerpo al mar.

—Albert Más Sumaroca: descansa en paz, o lo que te merezcas, como todos.

Al darme la vuelta me encontré con Adam.

—Gracias. Por —no me dejó terminar la frase.

—Gracias a ti, si no nos hubieras avisado tal vez ahora no estaríamos hablando. Cuando decidí venir contigo dudaba, te había visto actuar en Gibraltar pero ahora no tengo dudas, eres legal, cuenta conmigo.

Cuando se alejó encaminé mis pasos a la proa, necesitaba nadar, mojarme, quitarme la capa de suciedad, material y moral, que me cubría. Al comenzar a desnudarme me di cuenta que continuaba con todo el equipo que había salido hacia el Hospital.

—Yo también quería darte las gracias.

Asentí. Shania se situó a mi lado.

—Gracias.

—Vale.

—¿Puedo nadar un rato contigo? Necesito quitarme toda esta

—Claro. Algún día tendrás que contármelo.

—Claro —repitió— algún día.

Nos lanzamos al mar desnudos. El agua estaba fría, maravillosamente fría. Nadé, a toda velocidad al principio, más relajado después. Necesitaba quemar toda la adrenalina. Necesitaba lavar mi cerebro de ideas contradictorias. Repasé en mi cabeza fotograma a fotograma las últimas horas. Mi cabeza, ya no me dolía lo más mínimo. No conseguí recordar en qué momento el dolor me había abandonado. No logré encontrar una sola acción de la que arrepentirme. Pensé en Laura mientras daba una brazada tras otra. Antes le había mentido. En realidad, aunque siguiese sin recordar mi pasado, cada vez iba conociendo más mi yo verdadero, la bestia que llevaba dentro, y lo malo era lo malo era que me gustaba.

En el velero Ambros se acercó a Laura.

—¿Qué relación les une? —Preguntó el lutier señalando las dos figuras que se alejaban nadando.

Laura no contestó.

—Cuando esos hombres te secuestraron, yo, sé que está mal, pero le agradezco que te salvara, que os salvara —corrigió— si te hubiera ocurrido algo yo pero, tú no lo viste en el Hospital, la emprendió a golpes con la cabeza contra una puerta, con la cabeza, a cabezazos ¿Te lo puedes creer? Ese hombre no está bien. En ocasiones siento más miedo a su lado que frente a los zombis.

Laura se volvió hacia él sin saber que decir.

—Laura, arrasó el aparcamiento del Hospital. Sin calcular nada, sin medir el riesgo. Pudimos reventar también, pudo alcanzarnos metralla de la explosión.

—Pero no ocurrió. De alguna forma él sabe lo que hace.

—No, tú no lo viste. Actúa, actúa —no encontraba las palabras— actúa como por instinto, como un animal salvaje.

Laura negaba con la cabeza.

—Y en Gibraltar que. Se lanzó en un coche al mar desde más de cincuenta metros, es una locura. Salió bien de milagro. Laura, piénsalo.

La mente de Laura daba una y otra vez vueltas a cada instante vivido con el sargento.

—En Gibraltar ¿Podía haber llegado hasta vosotros de otra forma? Quiero decir, sin despeñar el coche.

—No, pero no es eso —negó Ambros.

—Y en el Hospital ¿Tú habrías encontrado otra manera de salvarnos? ¿Lo habrías hecho? ¿Habrías sido capaz de sacarnos de allí?

Ambros no acertaba a decir nada.

—Hace un rato ¿Habrías sido capaz de exprimir a ese hombre para salvar a Iván, sabiendo como sabíamos que era una mala persona, un asesino, un violador? ¿Habrías sido capaz?

—No, no joder no. Pero está mal, sé que está mal, sabes que lo que hace está mal y además es peligroso para ti, para mí, para los otros, incluso para él mismo. Pero eso no es lo malo, estoy convencido de que por muy bueno que hubiera sido ese hombre, lo habría desangrado igualmente para salvar a Iván.

Laura permaneció unos instantes en silencio.

—Eso es lo peor, sabemos que esas cosas que hace están mal pero no solo se lo permitimos, sino que de alguna forma somos nosotros los que le empujamos a cometerlas. Ni siquiera sé cómo es capaz de vivir con la carga que día a día echamos sobre sus hombros, sobre su conciencia. No entiendo como todavía continúa con nosotros, ayudándonos, protegiéndonos. De verdad, no lo entiendo. Pero una cosa tengo clara, aunque me avergüence decirlo, pensarlo siquiera, doy gracias a Dios de tener conmigo una persona que es capaz de hacer cualquier cosa para salvarme, para salvarnos.

—Sí pero

—No hay peros, lo tienes que aceptar como es, como tú crees que es o como tú sabes que es, porque él desconoce por completo su personalidad. Pero en algo creo que estás en lo cierto; en su confrontación interior, en esa lucha interna en la que se debate continuamente, parece ir ganando su lado más oscuro.

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