La Gran Suiza (V)

Al parecer, y siguiendo la tradición de la mitología griega, Ganímedes fue llevado al Olimpo a lomos de un águila que era el mismísimo Zeus, como premio por los regalos que su padre, el rey Tros había ofrecido al padre de los dioses.




Ganímedes no sólo vivió en el Olimpo para siempre- ya que se convirtió en inmortal-, sino que fue copero de los dioses y amante de Zeus hasta que éste lo transformó en la constelación de Acuario.




Y precisamente sobre el momento en que Ganímedes va a ser llevado al cielo trata esta escultura que se encuentra junto al lago de Zurich, y que fue realizada por un artista llamado Hermann Hubacher en 1952.




Según muchos críticos las connotaciones artísticas pesan menos que las políticas, ya que al parecer tiene mucho de ideología nazi, aunque no está del todo comprobado.
De cualquier manera, la escultura aunque sencilla, tiene su encanto y el suficiente poder de atracción para llevarnos hasta la orilla del lago, desde donde se tienen unas bonitas vistas de los embarcaderos que lo rodean.




El precioso Limmat parece querer abrazar con sus cristalinas aguas la ciudad de Zurich, por eso ella, en agradecimiento, construyó un precioso paseo que lo bordea y que sirve de recibimiento a aquellos que quieran visitar la ciudad y ver la comunión entre el río y la urbe.


Basta con aparcar el coche en los aparcamientos de la ciudad (como en todas las ciudades suizas que visitemos, ya que el tema del aparcamiento en la calle es un poco peliagudo) cercanos al lago y cruzar un par de calles para empezar a sentir el lago.


Su olor nos va atrayendo poco a poco hasta acercarnos a su orilla y allí vemos auténticas imágenes de postal.
La humedad del lago nos atrapa y nuestra vista tiende a perderse en el horizonte al que ponen freno las montañas en su longitud(40 kilómetros y en su ancho, apenas 3). Poca gente, aparte de los suizos conoce un dato de vital importancia. El lago Limmat es el más limpio y cristalino de toda Suiza y uno de los lagos urbanos (por no decir el mejor) con mejor calidad de agua de todo el mundo.
Los zuriqueses, lo aman, lo adoran y lo cuidan, aunque para ellos se ha hecho tan cotidiano que parecen vivir de espaldas a él.
Aunque con el buen tiempo lo usan de medio de transporte y centro de actividades náuticas y con el invierno como enorme pista de patinaje, el lago y su paseo se ha integrado tanto en el entramado urbano de la ciudad que es indisoluble de ella.
Es una auténtica delicia recorrer la orilla de ese pequeño pero cristalino mundo acuático y ver como se reflejan los árboles los cisnes o los inmensos Alpes. Cuando nos demos cuenta, estaremos en pleno centro de Zurich.



La antigua Turicum conquistada a los celtas por las legiones romanas, tiene tanta historia y leyenda como vida. Tan sólo hay que hacer caso a la leyenda de sus santos patronos, san Félix y san Régulo que cuando fueron martirizados y decapitados, ellos mismos cogieron sus cabezas y las llevaron al sitio exacto donde querían ser enterrados y donde ahora se levanta la Catedral, para comprender el tesón y la fuerza de los zuriqueses. Y claro, eso se ve en todo lo que concierne a la ciudad. Desde ser cabeza del movimiento reformista suizo, a sufrir o disfrutar, según se mire, de una explosión económica de fábricas, editoriales e imprentas que actuaron como imán para todos los artistas, escritores de vanguardia y estudiosos de todas las áreas y materias.




¿El resultado de todo esto? Que aparte de ser uno de los centros económicos más importantes de Europa, Zurich conserva ese calor que emana de su movimiento cultural y de la multitud de visitantes que acuden a la llamada de su naturaleza urbana y maravillosos paisajes que se reflejan en el lago.






Uno de los índices de calidad de vida más altos del planeta, los más de 350 bancos, 50 museos y 100 galerías de arte y la impresión de que las iglesias más bellas de suiza están en la desembocadura del Limmat, o la Iglesia de San Pedro con la esfera más grande de Europa, la Fraumünster con los vitrales de Chagall o la Grossmünster con sus dos torres, nos esperan en Zurich.
















Una de esas sorpresitas que se descubren casualmente y que salen al paso sin quererlo, sin tenerlo pensado. Un rincón de los que sorprenden, por lo menos a mí, poco acostumbrado a los grandes espacios de fábricas y almacenes.
Llegas al hotel de Zurich, cansado después de horas de coche y experiencias vividas y sólo te apetece sentarte a tomar una cerveza con los amigos y comentar, para no olvidar las maravillas que vamos recorriendo en la jornada. Al salir a la calle una llamarada de luces de colores nos atrae como si fuéramos polillas que irremediablemente acuden a la luz de una farola.




Y entonces aparece la inmensidad renacida del Palacio de Exposiciones de Wir Messe, una de las mejores, más acertadas y originales maneras de recuperar un espacio obsoleto y convertirlo en un lugar único.
Esta era una antigua zona industrial cuyo centro era y es la plaza Escher Wyss. Fea y casi abandonada, fue regenerada según crecía la ciudad de Zurich para acoger otros espacios, esta vez de oficinas, hoteles y centros de ocio. Hoy, rebosante de cines, clubes y restaurantes, esta zona se ha convertido en punto de partida de las mejores salidas nocturnas.




Por eso, el antiguo astillero, hoy regenerado en un espacio megacultural, no sólo ofrece espacios expositivos para todo tipo de ferias y congresos, sino que también tiene un completo, selecto y enorme gimnasio y un abanico de bares y restaurantes que se abren hacia el interior de la amplia factoría y que incluyen comida oriental, europea, de fusión, pizzerías y como no, magníficas cervecerías como la exquisita Turbinen Bräu.


Supieron, acertádamente, los artífices de la transformación dejar al aire, a la vista todos los elementos que nos recordasen dónde habíamos ido a parar, como las grandes grúas deslizantes, los enromes ganchos o las turbinas y tuberías de la fábrica.
Supieron también enmascarar, para proteger, la fachada de antiguo cristal, con una nueva de hormigón y moderno vidrio translúcido.
Por fuera, un precioso parque, con árboles y esculturas modernas y desafiantes, sirven de ropaje a este moderno fénix que supo resurgir de las cenizas del tiempo.

La inconfundible silueta de las dos torres de la catedral, bastan para llamarnos junto a ella. Edificio emblema fundamental en la historia de la reforma suiza alemana y la ética protestante, su interior, muy diferente al de las grandes catedrales europeas a las que estamos acostumbrados por la falta de ornamento y sobriedad, nos regala unas preciosas vidrieras de Giacometti, y una estructura de base gótica de tres naves de lo más perfecta con una culminación gótica muy delicada en las bóvedas.



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