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La Galerna de la noche de Santa Clara

El relato

1912. La Galerna.

Si aquel agosto cuarenta barcos no hubieran salido al calor del Cantábrico, si aquellos días no hubieran sido de calma y días largos en la mar, si hubiéramos creído al rudimentario barómetro de aquel francés,

Aquel día de San Roque el pueblo hubiera visto treinta bodas, alegría y abrazos, pero ni el séquito del rey, los ministros, los obispos, ni el luto de las novias, las madres, las lágrimas de los hijos, nada de eso hubiera aparecido.

Las ciento cuarenta y tres penas ahogadas no hubieran roto el siglo XX de las cuatro villas de Bizkaia. Hubiéramos tenido más niñas en las plazas, más comadres esperando toda la vida juntas por quien ha de volver y no por quien ya se ha ido. Hoy no tendríamos la estatua del viejo señalando la mar.
Que no, que no nos digan que el pescado es caro.

Mariñeiro da Dorna

Tercer Premio en el X Concurs de Microrelats Marítims del Museu Marítim de Barcelona

Qué es una Galerna

Se trata de un fenómeno singular que se produce en las costas septentrionales de España, aunque también puede ocurrir más al norte, en la costa atlántica de Francia e incluso en el canal de la Mancha. Es un fenómeno costero, que no afecta al interior terrestre y que se produce con más frecuencia en primavera y otoño.

La galerna consiste en un temporal de fuerte viento racheado, con o sin lluvia, que se inicia de manera súbita cuando el tiempo es caluroso y apacible. Existen dos tipos fundamentales de galernas: las galernas típicas y las frontales.

Autor: Imanol Zuaznabar García
En las galernas típicas, al inicio, se produce un cambio repentino de dirección del viento, que pasa a soplar del Oeste-Noroeste, con velocidades que pueden superar los 90 km/h, aunque en la mayoría de las ocasiones no se alcanzan esas velocidades. Después del cambio de viento suele producirse la entrada de bruma, la temperatura desciende de forma brusca (hasta 12°C en 20 minutos) y la humedad relativa aumenta hasta acercarse al 100%. Estas galernas suelen levantar la arena de las playas, provocando con cierta frecuencia su desalojo, y también empeoran el estado de la mar, pero no suelen tener consecuencias más graves.

Sin embargo, las galernas frontales se producen cuando existe un frente de aire frío que avanza rápidamente por la costa cantábrica. Este frente se asocia, en ocasiones, con la formación de una ciclogénesis explosiva. Este fenómeno resulta extremadamente peligroso, ya que las rachas de viento pueden superar los 150 km/h y el estado de la mar empeora de forma drástica, generando un riesgo inminente para las embarcaciones, que pueden llegar a zozobrar. Las galernas frontales pueden darse en cualquier época del año, aunque su ocurrencia se limita a pocos casos cada década.

Los datos históricos de la galerna de 1912, de la que hablaremos en esta entrada, apuntan a que lo más probable es que esta fuese causada por una violenta ciclogénesis en el golfo de Bizkaia. Históricamente han tenido lugar otras galernas de características semejantes, varias de ellas con consecuencias trágicas. Algunas de las más destacadas serían las siguientes: 20 de abril de 1878, conocida como la galerna del Sábado de Gloria; 12 julio 1908; 7 de julio de 1938; 26 junio de 1958; el 12 julio 1961; el 6 de julio de 1969; 7 junio de 1987; entre otras. Hace menos tiempo, en diciembre de 1999 y en enero del 2009, los ciclones Lothar y Klaus originaron igualmente galernas de este tipo.

Aquel día de 1912

Hay una palabra seria, con regusto de sal y de lágrimas, un galicismo hondo y temible, sonoro y lúgubre, que va siempre enlazado al holocausto de las gentes pescadoras del Cantábrico: la galerna”
(R.González Echegaray, 1981)

El verano es temporada de bonito en el Cantábrico y, aunque la campaña no estaba resultando especialmente prolífica, aquellos primeros días de agosto de 1912 las capturas se habían incrementado. Quedaban pocos días para el 16 de agosto, fecha en la que se celebra San Roque en Bermeo y, como cada año, los pescadores debían quedarse en puerto durante varios días para celebrar la fiesta junto con sus familias. Durante las fiestas, como era tradición, estaban previstas numerosas bodas en el pueblo; aquel 1912 habrían de celebrarse ni más ni menos que treinta.

Pero antes de la fiesta tocaba faenar una vez más, así que el 10 de agosto, la flota de Bermeo al completo, con unos cuarenta barcos, zarpó rumbo a alta mar. La mayor parte de aquellos barcos navegaban a remos y vela, ayudados de una brújula y solo unos pocos eran barcos de vapor, que en los siguientes años acabarían por prevalecer, poniendo fin a la tradicional navegación a vela.

Lancha bonitera propulsada a vela (txalupa)
Lancha Bonitera propulsada a vapor
El día 12 de agosto, mientras los pescadores vascos faenaban, se les acercaron barcos franceses, que en aquel entonces disponían de rudimentarios barómetros cuyas lecturas les indicaban que la llegada del mal tiempo era inminente. Ante la advertencia, el señero, encargado de decidir si procedía regresar a puerto, avisó de que así lo hicieran. Sin embargo, muchos decidieron quedarse; debían aprovechar esos últimos cuatro días antes de la fiesta para seguir trabajando.

Aquella situación no era nueva, ya lo habían hecho otras veces ante un temporal. Se trataba de arriar velas, sacar mástiles y encerrarse en la bodega algunas horas mientras el mal tiempo amainaba. Sin embargo, aquella noche del 12 al 13 de agosto no fue como otras noches: esconderse no fue suficiente. A una distancia de entre cuarenta y sesenta millas de la costa, donde aquellos barcos esperaban capear el temporal, se desató con rapidez una de las galernas más hostiles de la historia del Cantábrico. La mar arbolada y el viento furioso hicieron volcar algunas lanchas y otras se partieron en pedazos. Los marineros cayeron al agua en la oscuridad de la noche sin más esperanza que sus propias fuerzas para mantenerse agarrados a los trozos de madera en los que se habrían convertido sus barcos.

De aquella noche han quedado para la historia relatos trágicos y heroicos, como el de tres náufragos de un barco de Lekeitio que, estando ya en el agua, hicieron una cruz amarrando dos mástiles con un cabo; así, lograron pasar la noche agarrados a aquella cruz hasta que, poco a poco, vencidos por el cansancio, dos de ellos se despidieron de la vida engullidos por la mar. El tercero, Juan Daniel de Ezkurtza, patrón de la lancha bonitera San Nicolás, increíblemente logró sobrevivir durante tres días, habiendo divisado numerosos barcos a lo lejos, que no pudieron ver sus señas ni oír sus llamadas. Al final, pudo ser rescatado por un arrastrero, ya a la altura de Donostia. Se cuenta que, al subir a bordo, Daniel dijo a la tripulación: “por mí, podéis seguir pescando y luego ya iremos al puerto”.

Lo cierto es que, pese a que hubo supervivientes, el resultado de aquella noche de Santa Clara fue dramático: el balance total fue de 143 muertos, de los cuales 116 eran de Bermeo, 16 de Lekeitio, 8 de Elantxobe y 3 de Ondarroa. Durante la noche y los siguientes días, el pueblo enteró se agolpó en el muelle, esperando la llegada de lanchas que hubieran podido sortear la galerna. Algunas de las que regresaron lograron guarecerse en el puerto de Santander, pero muchos nunca pudieron volver. El impacto de la tragedia en Bermeo fue tal que los muertos supusieron el 1% del total de la población en aquel 1912. Muchas de las treinta bodas previstas nunca se celebraron, setenta y cinco mujeres quedaron viudas y doscientos veinticinco niños crecieron siendo huérfanos. El promedio de edad de los desaparecidos fue de veintinueve años. Bermeo entero tuvo familiares ahogados.

Los pocos supervivientes de la noche de Santa Clara fueron rescatados exhaustos. La tragedia formaría parte irremediable del resto de su vida desde entonces; aun así, muchos de ellos seguirían enfrentándose a la mar a diario para poder ganar su sustento.

La noticia se difundió con gran pesar a través de todos los periódicos de España y algunos del extranjero. El día 22 de agosto, se celebraron los funerales oficiales en la iglesia de Santa María de Bermeo, a donde acudió el rey Alfonso XIII, varios ministros, militares, obispos, etc. El rey se interesó por las mejoras que habría que garantizar para mejorar la seguridad de los marineros. Llegaron ayudas para las familias por parte de ciudadanos anónimos, ayuntamientos y gobiernos, en forma de donaciones y suscripciones públicas, dado que no existía protección social alguna.

Alfonso XIII en los funerales de las víctimas de la galerna
Tras la galerna, las cofradías de pescadores solicitaron a las instituciones que revisaran la seguridad de los pescadores. Entre las peticiones se encontraba la creación de puertos de refugio y de una flotilla de buques de salvamento, escuelas de pesca, así como la implantación de motores en las lanchas pesqueras.

Sobre todo, llama especialmente la atención la petición de que se estableciese un sistema de alarma compuesto de observatorios meteorológicos locales que avisaran con rapidez de la llegada del mal tiempo. La importancia de este tipo de comunicaciones resulta evidente al observar el hecho de que todos los fallecidos en la galerna eran vizcaínos, mientras que entre las víctimas no hubo ni un solo pescador guipuzcoano. La razón de esta situación fue que el padre Orkolaga, meteorólogo aficionado y fundador del Observatorio del Monte Igueldo, en San Sebastián, pudo prever la galerna observando la rápida caída de la presión atmosférica y puso un aviso a los pescadores en la entrada del puerto. Gracias a este aviso, ninguna lancha guipuzcoana zarpó aquel día.

En 1913, un año después de la catástrofe anticipada por el padre Orkolaga, el Observatorio del Monte Igueldo instaló telegrafía sin hilos. A partir de aquel momento, los pescadores del Cantábrico siguieron con atención las indicaciones de este observatorio local.

El recuerdo en Bermeo

Esta historia ha estado muy presente en Bermeo desde aquella lejana noche de 1912, pero regresó al primer plano de la actualidad en su centenario, en 2012, en gran parte gracias a la extraordinaria película documental del bermeano Jabi Elortegui. La película, “Galerna, el infierno en la mar” explica en detalle lo acaecido durante aquellos días y recoge, además, valiosísimos testimonios de historiadores, meteorólogos, nietos de aquellos pescadores y supervivientes de otros naufragios.

Además, el grupo Galerna Taldea organiza cada 12 de agosto un evento para rendir homenaje a los fallecidos de 1912 y a toda la gente desaparecida en la mar. Durante varios días se realizan actividades conmemorativas, cuyo momento más emotivo es el anochecer del 12 de agosto. En ese momento, los barcos y lanchas de Bermeo salen del puerto en procesión, iluminados únicamente con pequeños farolillos, y realizan una ofrenda floral en la mar.

Bermeo también dispone de un fantástico Museo del Pescador en el que, además de profundizar en esta historia, se puede entender mejor cómo es la vida de los pescadores.

Por último, destaca, como homenaje a los familiares de los pescadores, un conjunto de esculturas de Enrike Zubia, titulado “Badatoz” (Ya vienen), que hace referencia precisamente a esos familiares que esperan a que lleguen los pescadores. En el puerto también podéis ver otra obra del mismo escultor “Azken olatua, azken arnasa” (La última ola, el último aliento), dedicada a las personas que han perdido la vida en la mar.


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Tomás Fernández es Director de Proyectos en CT Ingenieros. De ciencias, pero de letras también. Puedes conectar con él a través de LinkedIN.

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