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Entrevista: Mario Zorilla

Estoy en el mejor momento profesional de mi vida



PAULA OLVERA- Mario Zorrilla es un actor vasco que desde hace varios años interpreta a Mauricio Godoy en El secreto de Puente Viejo, una de las series diarias de mayor éxito de la parrilla televisiva. Esta telenovela mantiene cada tarde la fidelidad de miles de espectadores y esto es un motivo de orgullo y alegría para el artista. La televisión no es el único medio donde desarrolla su actividad, ya que en teatro se ha metido en la piel de numerosos personajes, el último en la función Los buitres. Para finales de este año, asimismo, va a estrenar su tercera pieza teatral en la que además de autor y productor será el actor protagonista, un exboxeador que no acepta la caridad. Una obra que le tiene especialmente emocionado porque se atreve a enfrentarse a sus miedos. Sin duda, varios proyectos que confirman su buen momento profesional.


Mario Zorrilla se define así mismo como un rara avis y, quizás, conocerle un poquito mejor para comprobar si era cierto fue lo que más me motivó de concertar nuestra charla. La conversación tuvo lugar una tarde de viernes en pleno centro de Madrid, en un conocido restaurante de la Plaza de la Ópera, donde Mario se mostró tal y como es, con sus defectos y sus virtudes y, sobre todo, asumiendo la pasión por su profesión por encima de todo.

P: Actualmente te podemos ver en El secreto de Puente Viejo, que lleva seis temporadas en parrilla y, de hecho, en su día entrevisté a otros actores de la serie como Álex Gadea, Ramón Ibarra y Carlos Serrano. ¿Cuál dirías que es la clave del éxito?

R: El público tan fiel, sin duda alguna. Un público que se emociona con las historias y las tramas y las vicisitudes de los personajes de Puente Viejo y que han convertido la serie en algo propio y ahora mismo en un fenómeno social. Desde tiempos de Curro Jiménez no existía en España una serie con semejante fidelidad. Una serie diaria, esto hay que recalcarlo. No es lo mismo una serie diaria que una serie semanal porque son esfuerzos y producciones muy distintas. Este es el sexto año de emisión ininterrumpida de la serie y, evidentemente, tiene que ser que el producto sintonice con un público que necesitaba entrar en el folletín. El folletín, dicho con todo el cariño, es el género más popular que existe.

P: ¿Qué más nos podrías explicar de esté género?

R: Es un género que se inventó a finales del siglo XIX en Francia como una medida tanto para educar a las clases populares como para hacer subir el nivel popular. Ahora el folletín es audiovisual, pero también forma parte de un nivel de expresión que conecta con lo más popular que tenemos dentro y con aquellas ansias de conocer vidas que nunca seríamos capaces de vivir por nosotros mismos, pero que estamos encantados de que nos las muestren: amores imposibles, grandes tragedias, grandes traiciones, todo a lo grande, porque es la clave del folletín, que todo sea apasionadamente apasionado, valga la redundancia.

P: Me sigue sorprendiendo el éxito de esta serie, porque ha sido tal que hasta se llevó a las tablas, con la obra El primer secreto de Francisca y Raimundo. En cuanto a la preparación de tu personaje en esta producción, ¿cuántas horas de rodaje haces diariamente?

R: Los platós trabajan desde las ocho y cuarto de la mañana hasta las siete de la tarde. En ese espacio de tiempo hay un corte para bocadillo y un corte para la comida. El corte del bocadillo suele ser de quince o veinte minutos y el corte de comida es una hora. El resto en los dos platós, que funcionan simultáneamente, grabamos secuencias por valor de 1,3 capítulos diarios, que ese es el margen. Ese tiempo que ganamos diariamente, que le vamos robando al tiempo, es el tiempo que luego nos revierte en forma de vacaciones, aunque la serie continúe en emisión.

P: ¿Qué es lo más divertido que te ha pasado durante tantas horas de rodaje en esta serie?

R: Son muchas anécdotas. Yo soy muy afortunado porque amo mucho mi trabajo y voy todos los días con una sonrisa en la boca a trabajar y con un deseo de mejorar o de compartir. Y de crear in situ. Yo nunca voy a trabajar con una idea preconcebida, siempre voy expectante de que los ojos de mi compañero me colaboren a que yo haga muy bien mi trabajo. Y procuro que el entorno en el que yo trabajo sea amable, sea agradable, y genere un estado de creatividad lo más libre y espontáneo posible. Las anécdotas en mi caso tienen que ver con situaciones hilarantes por los propios errores que se producen o por abundar en un error que no terminas de salir de él porque te has trincado con una palabra, por ejemplo. Y es una palabra tonta. Pero la repetición del error al final produce hilaridad. Y luego soy muy afortunado porque la inmensa mayoría de mis secuencias, a día de hoy, las hago con Marta Tomasa y María Bouzas, que traduciendo al lenguaje puentevejino son Francisca Montenegro y Fe, dos tipas extraordinarias, grandes trabajadoras y mantengo una complicidad sobre todo con María ya desde hace seis años. Es difícil tener un regalo más grande que poder entenderte con los ojos más que con las palabras. Además, en televisión es importantísimo el montaje. Yo estoy convencido que en Puente Viejo nos mejoran notablemente a todos. Siempre nos ponen el mejor plano, la mejor frase.

P: Tu debut en la televisión se produjo en Médico de familia. ¿Cómo recuerdas esta experiencia?

R: Muy bien, con mucha ilusión porque yo he tenido pocas ayudas, eso es lo cierto, y cada pasito adelante que yo he conseguido en mi profesión me ha costado sangre, sudor y lágrimas, de alguna manera. Cada oportunidad que me ha dado la vida y la profesión no me ha frustrado, de tal manera que después de trabajar siempre he tenido ilusión por continuar, por seguir mejorando, por seguir aprendiendo, por seguir comprendiendo los códigos y lenguajes que yo no conocía, pero estaban delante de mí y, poco a poco, con el trabajo iba conociéndolos y aprendiendo a respetarlos también. Tiempo después son el apoyo para poder construir los personajes: cuanta más técnica tengas y cuanto más conozcas el medio más libre puedes ser para construir. Mi camino ha sido de investigación permanentemente en este terreno, en el conocimiento de la técnica. Ahora el paroxismo de mi vida es El secreto de Puente Viejo.

P: ¿Te sigue sorprendiendo verte en la tele?

R: Sí. Yo tengo un sentido autocrítico muy grande, pero mi vanidad también es muy grande en el sentido de que a mí sí me gusta verme. Imagínate que alguien decide investigar cómo eran los culebrones. De pronto esa persona me va a ver, cien años después de que me haya muerto. Esto me emociona. También es un legado para mis hijos y es una forma de ser protagonista de mi propia vida, porque soy muy consciente de que estoy haciendo la única actividad y profesión que he querido ser toda mi vida: ser actor y querer contar historias.

P: Más allá de El secreto de Puente Viejo, hasta ahora, ¿qué personaje te ha costado más interpretar?

R: Hay muchos personajes que les tengo un cariño infinito, desde un boxeador que hacía con veinticinco años en la Sala Triángulo de un autor argentino que se llamaba Eduardo Pavlovsky. Me dio una revelación de mis capacidades como actor, porque era un tour de forcé tan grande que me tuve que superar a mí mismo y entrar en terrenos desconocidos para que, una vez aprendidos, hacerlos cotidianos. Eso fue un viaje extraordinario, uno de los personajes que me han marcado, y tuvo muy buena crítica de crítica, valga la redundancia. En esa época de la que te estoy hablando, la noche del estreno nos quedábamos en la Puerta del Sol y aledaños esperando que saliera la primera edición para poder leer la crítica. Fíjate qué movida. Yo todavía he tenido la oportunidad de poder vivir eso en sus últimos coletazos. Tuve el privilegio de que gente muy importante en la crítica viera este trabajo y le ponderara, y especialmente hablara bien de mi trabajo. Todos esos son chutes de energía, son balones de oxígeno que a uno lo que le hacen es continuar con la misma ilusión o más y, en definitiva, por poder contar historias y porque haya alguien que las quiera ver y las pueda disfrutar. Lo mismo que el Drácula que hice con Emilio Gutiérrez Caba hace cuatro años en el Teatro Marquina. Hice un papel de Renfield, un papel complejo psicológicamente, sórdido. Y el último papel del que estoy orgullosísimo es el de la obra de teatro Los buitres que estuvo en La pensión de las Pulgas. Es un personaje del que he aprendido latín.

P: Precisamente una de tus últimas apariciones sobre los escenarios ha sido en Los Buitres. ¿Cómo has vivido esta experiencia teatral?

R: Una experiencia al principio difícil porque el papel era protagónico y tuve que sacar tiempo de donde no lo tenía. La serie no me deja mucho tiempo y empollarte un papel protagonista no es fácil. Me costó aprenderme el texto, pero una vez que lo aprendí y que los ensayos iban en buena dirección, ha sido uno de los personajes que más he disfrutado en mi vida, donde el director me dio una libertad extraordinaria. Fue tan bello trabajar con él y con esa libertad que yo creo que es uno de los tres trabajos de teatro mejores que he hecho en mi vida.

P: ¿Cómo compaginabas estar en una serie con un trabajo de teatro?

R: Quitándome horas de sueño y horas de no ver a mi hijo. No hay más tutía.

P: Además de ser una cara visible en televisión has prestado tu voz para diversos anuncios, ¿qué te llevó a interesarte por el mundo del doblaje?

R: Yo llegué al mundo de la locución publicitaria de pura casualidad. Yo tengo una gran amiga mía, directora de casting, que se llama Marian Grande, y por aquel entonces yo hacía de una forma un poco lumpen un espectáculo de poesía. Una época muy fea de mi vida en la que, para poder sobrevivir tanto económica como artísticamente, volqué todos mis fantasmas y mis miedos en una obra de teatro en la que junté versos de más de cuarenta poetas españoles del siglo XX. Se llamaba La casa de los tiros. En ese espectáculo yo tenía grabado un soneto de Quevedo y a ella le habían pedido una voz grave, una voz Paco Rabal, y escucharon el soneto y dijeron queremos esta voz. De esto hace cinco años y fue el primer spot de publicidad que hice. Me dieron el trabajo, no porque yo tenga la voz de Paco Rabal, aunque en algunas aristas sí es pacorabalera (risas). Lo que pasa que él tenía mucho acento murciano y yo no lo tengo. Y, desde aquel entonces, digamos que no he parado de hacer locuciones en publicidad.

P: Respecto a esta obra de teatro que comentas, ¿cuál era tu poema favorito?

R: Troppo mare, un poema de Javier Egea, un granadino de los más grandes para mí. Es el gran poeta desconocido español y tiene tres o cuatro libros que para mí son de cabecera.

P: Y ante tanto interés por la poesía, ¿has tenido la ocasión de escribir algún poema personal?

R: Sí, sí. Yo soy poeta de servilleta (risas). Yo tengo prontos poéticos, como todo el mundo.

P: Volviendo al tema del doblaje, ¿te gustaría doblar algún personaje de dibujos animados para la gran pantalla?

R: Me encantaría, pero tengo un hándicap muy grande y es que soy poco rítmico, entonces doblar es dificilísimo. Sintonizar tu voz con la voz del hablante no es nada fácil y las locuciones me las hacen fáciles porque hay un técnico de sonido con una mesa que tiene doce mil posibilidades y te cambia una palabra por otra, te adelanta la frase, y al final dices qué bien fono, qué bonito es esto. Pero una parte importante del trabajo, indudablemente, lo hace el técnico contigo, aunque no está lo suficientemente ponderado el trabajo tan enorme que hace de ayuda. Hacer locuciones de publicidad es una de las cosas que más me divierten en esta vida, meterme en la pecera con las imágenes, el técnico y el micrófono y conseguir emocionar sólo con la voz. Es algo tan bello… Yo que soy amante de las palabras, del ritmo, de la fonética, de la musicalidad. Además, como no me llaman para hacer venta, por decirlo así, sino para hacer una exposición bella, a veces lírica, como ha podido ser en algunos casos con Endesa o Seguros Santa Lucía, me siento muy agradecido de esa oportunidad original que tuve. Haberlo hecho bien me lo agradezco a mí mismo y la posibilidad de que me sigan llamando es impagable, la verdad.

P: En cuanto al cine precisamente has participado en varias películas, ¿consideras que es el medio menos accesible para un actor?

R: Esta pregunta hace años te hubiera respondido que me resultaba más fácil hacer cine que teatro y televisión. Ahora me cuesta más acceder al mundo del cine, de hecho, hace seis o siete años que no hago cine. Yo soy un actor un poco rara avis. No pierdo el trasero por nada. El día que haya un papel para mí en cine no hay ninguna duda, va llegar y es para mí, no hay casting que valga. Así ocurrió con el personaje de Mauricio en El secreto de Puente Viejo que era para mí y el personaje de Los buitres era para mí. Yo soy un tipo absolutamente confiado en la vida y la vida me tiene guardadas sorpresas para las que yo lo único que tengo que hacer es estar preparado. Y no abandonarme, cuidarme, intentar estar guapetón, intentar estar siempre en el mejor estado físico posible para devolver la confianza que alguien pueda depositar en mí dándome la responsabilidad de un papel. Entonces, el cine va a llegar otra vez, ¿por qué no? Si estoy en el mejor momento profesional de mi vida.

P: Volviendo a tu trayectoria sobre las tablas, ¿qué te aporta el teatro a nivel personal que no lo haga la televisión o el cine?

R: Gimnasia, humildad y extenuación. Cada vez que terminaba una función de Los buitres acababa destrozado, roto, con un imaginario que se había acabado pero que estaba todavía por todos los poros de mi piel. El teatro proporciona frescura, inmediatez, los ojos del espectador, intentar que eso sea un arte vivo. Nunca más vas a poder hacer una función igual a otra. Entonces, todo eso son los valores artísticos que un actor los valora mucho.

P: ¿Tiene algún otro proyecto escénico a la vista que me puedas contar en exclusiva?

R: Estoy escribiendo una obra de teatro. Hay personajes que nunca me los van a escribir. He escrito dos obras de teatro y esta va a ser la tercera que voy a escribir que la produciré me imagino también y no tiene un título todavía, pero sí te puedo decir que es una relación de pareja totalmente tóxica, donde uno es un ex boxeador que ha perdido la caridad del estado y ha tenido que despedir a la persona que le cuidaba que se resiste a esa realidad y decide seguir cuidándole aunque no le pague. El conflicto pasa porque este tío no admite la caridad y entonces aparece el infierno. Van a vivir una relación absolutamente infernal porque él ha sido un campeón, pero a la vez no quiere estar solo. Ella a su manera le quiere, pero se ven abocados al infierno. Esa radiografía de los personajes, de alguna forma, también es una radiografía del país, fíjate si soy ambicioso. Hay mucho romanticismo en el personaje del boxeador porque es una lucha en solitario consigo mismo. La obra habla de cuando tú tienes la nobleza de saber que tú eres tu propio enemigo y que te llevan los diablos porque no le puedes echar la culpa a nadie.

P: Además del autor de la obra ¿serás el protagonista?

R: Sí. Es una pareja, no sé quién será la actriz, pero seremos esa actriz y yo en un único espacio que es la habitación de una pensión donde vive este tipo, donde está enfermo… A finales de año o primeros del año que viene ya buscaremos un sitio, porque me tiene emocionado atreverme otra vez a enfrentarme a mis miedos, a mis fantasmas y a mis mierdas (risas).


P: Como se puede comprobar son medios totalmente distintos todos los mencionados. ¿Te influye mucho a la hora de prepararte un personaje?

R: La técnica en cine y televisión tiene que ver con que estás trabajando para una cámara. La cámara es el ojo que todo lo ve, necesita una técnica muy precisa, casi de cirujano, para que la cámara entienda perfectamente lo que tú estás contando. Los niveles de expresividad son distintos y tienen que adecuarse a la técnica audiovisual. Esto es algo que se aprende, pero no es fácil. A mí en el teatro me gusta ser felizmente teatral, con mis hallazgos personales dentro de mi teatralidad. Que no es teatro exagerado sino es que cada personaje tiene una vida interior que produce una teatralidad expresiva para que tú seas más contundente a la hora de contar tu personaje. El cuerpo tiene un compromiso con la expresión distinto al audiovisual. Los recursos expresivos en el teatro son, evidentemente, mucho más abiertos porque tú te diriges a un gran público que necesita verte, por ejemplo en la fila doce, pero que a la vez produce una riqueza y una emoción la propia gestualidad que no la tienes en esos términos en el audiovisual.

P: También eres profesor de interpretación en varias universidades, ¿cómo es tu manera de trabajar con los alumnos?

R: He tenido un par de oportunidades. Dar clases me parece en mi caso demasiado osado, he tenido la posibilidad de colaborar o transmitir algunos conocimientos o de hacer algunos equipos para poner obras en alguna universidad. En la Universidad Pontificia de Comillas hicimos una adaptación de Terror y miseria del Tercer Reich. La mayoría de mis alumnos eran jesuitas de últimos cursos de graduación de carreras importantes, chavales que iban a ser curas, e hicimos un espectáculo que lo titulé Soñar el miedo. El miedo es la gran tragedia de este país. Soñar el miedo era como si el nazismo no hubiera ocurrido, como si hubiese sido una mala pesadilla que no querríamos que ocurriera nunca más. Por eso lo titulé Soñar el miedo, algo que no queremos que vuelva nunca más y que está en nuestras manos que no vuelva nunca más. Pero, precisamente por eso, hay que reconocerlo, hay que interpretarlo y hay que llevarlo a un escenario para convenir todos, tanto espectadores como los que hacen los espectáculos, que no queremos más el nazismo en nuestra vida.

P: La mayoría de los niños de hoy en día no ha visto una obra de teatro. ¿De qué manera solucionarías esta falta de educación teatral en los más jóvenes?

R: El teatro tiene que estar en las escuelas. Creo que es el ámbito natural del teatro porque tiene tal cantidad de virtudes, es como la medicina perfecta por decirlo así. Tiene algo de terapéutico, tanto para el que lo ve como para el que lo hace. Yo no te voy a decir que tenga que ser una asignatura, pero sí una actividad permanente en la vida de los niños. Hay dos actividades que me parecen tremendamente pedagógicas de las que yo haya practicado en la vida que son el teatro y la esgrima. Forman en humanidades a los niños y en conocimientos. Crearíamos una sociedad mejor en valores comunes que hoy en día no tenemos. Y necesitamos valores comunes para sentirnos pueblo, para sentirnos país, para sentirnos hermanos. No un individualismo atroz que no conduce a ninguna parte. Los valores comunes sólo se pueden dar desde la pedagogía común. Y hablo de cosas que parten del juego, como puede ser tanto la esgrima como el teatro.

P: Cambiando completamente de tema, he visto que naciste en Bilbao, ¿qué destacarías de tu tierra?

R: Yo asocio Bilbao a amistad, a algunas personas concretas. Esto es lo que más recuerdo yo de Bilbao. Me vine a Madrid con 18 años que quería ser actor y llevo desde entonces y tengo 50 años. Yo soy muy madrileño y la otra pata de mi mesa está anclada en Castro Urdiales que es el pueblo de mis padres donde guardo unos recuerdos familiares y biográficos extraordinarios.

P: En tu tiempo libre, ¿qué te gusta hacer?

R: En mi tiempo libre la verdad es que soy muy vago. Básicamente descansar. No hay persona más feliz que yo viendo el mar con un vinito en la mano.

P: Entonces, ese será tu plan este verano, ¿no?

R: Lo voy a cumplir a rajatabla durante veintidós días, del 22 de julio al 15 de agosto (risas).

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